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Salvemos la Producción Nacional

Las Secuelas del Contraataque Estadinense

Durante decenios los mandatarios colombianos han venido, de una parte, diluyendo el apoyo a la actividad productiva de los estratos empresariales y, de la otra, buscando arrebatarles a las masas laboriosas los contados derechos y conquistas obtenidos en incesante batallar. Conforme a sus escrúpulos, astucias u oportunidades los gobiernos han corrido con mayor o menor suerte en semejante propósito. Pero el actual batió todas las marcas. En prontitud, porque en medio año le puso piso legal al conjunto de sus garrafales intenciones. En extensión, porque las enmiendas abarcan los más variados y sensibles tópicos de la vida del país. En profundidad, porque pocas veces el zarpazo fue tan desgarrador. En frescura, porque se recurre a cualquier arbitrio, igual a la pérfida asistencia de los victoriosos invasores del Medio Oriente que a la sumisión prometedora de los asaltantes del Palacio de Justicia.

Sin embargo, la cuestión no será coser y cantar, para decirlo sin estridencias. Así como el régimen no consulta a los damnificados al adoptar sus determinaciones, éstos tampoco lo consultarán al definir las suyas. En los últimos días se ha escuchado otra tonada, la del descontento, a cada instante más sonora, y con la característica de que involucra a casi todos los integrantes del concierto social. La carta de la Asociación Nacional de Industriales, ANDI, con fecha del pasado 28 de febrero y remitida, y además del Secretario de la Presidencia, a los ministros de Relaciones Exteriores, Hacienda y Desarrollo, da una idea clara, precisa, de cuántos temores generan los alegres argumentos y las medidas fulminantes de la nueva administración.

Aun cuando esto ocurre a los cinco meses de que los presidentes de México, Venezuela y Colombia rubricaran en Nueva York, el emporio del imperio, la avenencia de libre intercambio comercial , y harto después de promulgada la racha de reformas regresivas de fines de 1990, el pronunciamiento patentiza una de las múltiples impugnaciones al proceso que se lleva a cabo de total y precipitada anexión económica de América Latina por los Estados Unidos. No sabemos hasta dónde llegue la conciencia de los gremios al respecto, o si estén decididos a defender consecuentemente su patrimonio y el de la nación, pero la misiva recoge verdades de a puño. Advierte cómo la apertura entronizada, el intempestivo avivamiento de la integración andina y el Grupo de los Tres ahora, implican un abrupto abandono de las reglas de juego y dejan montada la escopeta de una aleve encerrona hacia el futuro. Fuera de eso, denuncia que los pasos mencionados no sólo carecen de justificación, sino de investigaciones que los ilustren. Mas no podría, ciertamente, redactarse estudios para tales cometidos, por lo menos con rigor científico, puesto que las desgravaciones y los mercados sin fronteras se implantan en el peor momento, cuando la desaceleración del engranaje productivo lleva varios anos; las exportaciones afrontan no pocos obstáculos; el hato ganadero está en extinción; el agro no logra reponer a tiempo los equipos, adecuar las tierras y sustituir las tecnologías anticuadas; los cultivos transitorios tiran a contraerse; la actividad edificadora sigue declinando; las flotas de los "cielos y mares abiertos" registran pérdidas multimillonarias, y el desempleo cunde en barriadas y veredas. En las cuentas nacionales correspondientes a la vigencia anterior, elaboradas por el Dane, la memoria estadística del régimen, el auge de la economía recibió un escaso 3.5%, mientras que los encuestadores aspiraban a cotas más altas, a sabiendas de que 1989 tampoco había sido un año bueno; y para 1991, Fedesarrollo, una fundación paragubernamental, vaticina apenas el 2%, con bajas apreciables en las cifras de la industria y la inversión privada.

Asimismo los voceros de la Asociación sostienen en su mensaje que las contradicciones se tornarán, por añadidura, de imposible manejo, si se mira la devastadora incidencia de los galpones de ensamblaje, las celebérrimas maquilas, o maquiladoras, y en concreto, las esparcidas a lo largo de la línea limítrofe del norte de México y resguardadas tras las patentes de los trusts americanos, un desafío ante el cual nuestro desenvolvimiento electrónico, automotriz y metalmecánico, entre otros, se verá disminuido. En relación con Venezuela también vislumbran riesgos de competencia no despreciables para los intereses de Colombia, debido a los costos de importación de las materias primas y de los bienes de capital. Señalan igualmente que se han establecido fechas de cumplimiento de los protocolos sin haberse dispuesto los mecanismos, ni dilucidado las pautas sobre el origen de los productos, ni las cláusulas de salvaguardia, ni el funcionamiento de las listas de excepciones. Y de contera ponen al desnudo el proceder arbitrario de las autoridades, pues los compromisos pactados, pese a su importancia y trascendencia, no fueron ni siquiera leídos ante los representantes de los productores, la fuerza más interesada y ducha en el vital asunto.

De la misma manera como la apertura tiene su historia zigzagueante y ha sido implantada gota a gota, en un lapso mayor de lo que muchos se imaginan, la actitud de los empresarios ha fluctuado al vaivén de las sorpresas, no obstante andar persuadidos de que aquélla obedece a los requerimientos ineludibles del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, a los cuales las repúblicas atrasadas y dependientes se encuentran sin remedio uncidas por deudas enormes. Ojalá la mencionada comunicación refleje a plenitud el pensamiento de los fabricantes colombianos y repercuta correspondientemente. Fue suscrita por Fabio Echeverri Correa, quien quedara entre Escila y Caribdis en las desapacibles polémicas sobre la "internacionalización de la economía" que antecedieron a su renuncia a la ANDI, obligado con frecuencia a saltar del combate al acatamiento; una de las tantas repercusiones de los enfoques contrapuestos entre dos bandos de la burguesía productora: el que rechaza la liberalización, dado que ocasiona perjuicios ostensibles, y el que la admite, por creerla aprovechable, o por gozar actualmente en el extranjero de compradores más o menos fijos para sus existencias. De cualquier forma, tarde que temprano las decepciones o las bancarrotas lanzarán a la palestra a cuantos tengan algo que perder con la postración del Continente.

Desde la época de los realinderamientos de Bretton Woods, detrás de los máximos organismos rectores de las finanzas mundiales se han movido particularmente los banqueros de la metrópoli americana, que no cesan de requerir, ante los países entrampados, franquicias para sus caudales y mercancías, o devaluaciones, recortes en los gastos, espíritu ahorrativo, a fin de que les cancelen los débitos con desahogo y puntualidad. En favor de esta solvencia de pagos, al gobierno colombiano le exigen encima que deponga responsabilidades, desista de emitir circulante inflacionario y renuncie, una por una, a sus atribuciones reguladoras, comprendido cuanto concierne al manejo del peso, que antes de 1963 le correspondía a la junta directiva del Banco de la República, de influencia notoriamente privada, y desde entonces, por Ley, recae en la Junta Monetaria, de mayoría oficial. Reversión que habrá de perpetrarse a través de la Asamblea Constituyente, cuyas principales facciones integrantes han presentado sendos proyectos en tal sentido, sin olvidar el del señor Gaviria. La supresión de los subsidios, de los créditos baratos, y aun de los planes de fomento, compendia, pues, el dogma de fe que nos predicaron siempre esos sumos sacerdotes de la especulación, así no le rindan culto en sus propios altares.

Hacia la mitad del período de Belisario Betancur, a raíz de la famosa monitoría del Fondo y el Banco, empezaron a plantear muy en serio, no únicamente el desmonte de los estímulos y de la protección a nuestras actividades productivas, sino de la legislación laboral vigente. En una palabra, la apertura. A Barco Vargas lo asediaron por todos los costados, incluso reteniéndole los dineros del préstamo Challenger. Así, la superpotencia de Occidente, estando abocada a una disputa comercial nunca vista, en especial con la Comunidad Europea y Japón, trata de salir airosa optando por la completa colonización económica de vastas áreas del globo, preferentemente América Latina, el establo de la hacienda. Y al sobrevenir el desenlace providencial del derrumbe de la Unión Soviética, poderoso adversario de la víspera, Washington ha sabido calzarse las botas, como recién lo hiciera en el Istmo panameño y en el Golfo Pérsico, cuyas gentes, entre el humo de los cañones, asistieron a la inauguración del "nuevo orden" predicado por George Bush.

Habiendo conseguido de nuevo la supremacía universal, Estados Unidos se dedica ahora a la recuperación, sin dilaciones ni miramientos, del espacio que perdiera en por lo menos dos décadas, tras los espectaculares avances de sus competidores de Europa y Asia. En muchas ramas se ha quedado atrás en tecnificación, productividad, innovaciones. Sus balanzas han sufrido deterioros constantes. Adentro ve incrementarse el desempleo, la inflación y la falta de recursos; afuera contempla la contracción de los mercados. En general, las utilidades de sus inversionistas tienden a la baja y los brotes recesivos de su economía se vuelven entretanto más traumáticos y continuos. Lo cual entraña desarreglos que de todos modos sus dirigentes hubieran encarado con urgencia, por encima de las dificultades y a cualquier precio, so pena de sucumbir; mas las condiciones han cambiado positivamente para el imperialismo yanqui. En la Casa Blanca se afinca el poder republicano, que ha vencido los complejos de la mala etapa anterior. Valiéndose de los favorables augurios, los vencedores repentinos de la guerra fría no se dedicarán solamente a corregir las desactualizaciones de sus fábricas. Blandirán cada uno de los instrumentos de presión a su alcance: la deuda de los Estados empobrecidos; el librecambio dentro de sus zonas de influencia; las barreras proteccionistas frente a los otros poderes desestabilizadores del globo; el envilecimiento de la mano de obra en extensas y populosas regiones; los altos déficit fiscales de los gobiernos lacayunos; la supervisión de los suministros estratégicos y los artículos esenciales procedentes de los países atrasados, y la violencia, que de por sí consiste en un negocio, como acaba de demostrarse en Kuwait, cuya reconstrucción se estima en cerca de 100.000 millones de dólares. Los destrozos iraquíes cuestan dos o tres veces más, y de los cuales, sin duda, también aspiran a hacerse cargo los consorcios que patrocinaron la "tormenta del desierto" y, en cuestión de semanas, la finiquitaron para su exclusivo beneficio.

Los promotores de nuestra "modernización" apelan, pues, a los métodos característicos del antiguo sistema colonial, desde la institucionalización de los impuestos confiscatorios dentro de las repúblicas que gravitan en su órbita, hasta el quite y ponga de los gobernantes que les sirven de intermediarios. Por supuesto que la hegemonía de las grandes potencias depende a la larga de la solidez de sus pilotes industriales; sin embargo, probando fortuna con una jugada no exactamente mercantil, cual fuera la ocupación del Medio Oriente, Estados Unidos retoma el petróleo árabe, reactiva las transacciones, reajusta la tasa de ganancia, refuerza los fondos de inversión y rescata la iniciativa a nivel planetario, pasos indispensables en el camino hacia una virtual reconversión de sus plantas fabriles. Realidades que tratan de encubrir o paliar ciertos comentadores, mayormente norteamericanos, cuando insisten, desde una posición académica y economista, que, para atender los apremios de la crisis, el presidente Bush debió haberse quedado en la Oficina Oval resolviendo los faltantes presupuestarios, el paro, la depresión y el resto de desequilibrios, en lugar de salir con medio millón de soldados a declararle la guerra a Saddam Hussein.

2. El Economismo en Boga

Dentro de la contraofensiva de Washington se destacan las metas de la apertura económica, no la suya sino la de Latinoamérica, una aplicación tardía de los decadentes preceptos de la Escuela de Chicago, tan denigrada ayer por los mismos que hoy entre nosotros la acolitan. Los partidarios de ensayar la subasta, la privatización, la entrega, sitúan el origen de nuestros males en las inperfecciones verídicas o ficticias que, como un virus, se han propagado según ellos por los órganos de la sociedad entera, y para cuya superación no existe alternativa diferente a la de que los virtuosos y avanzados desvalijadores del imperio tomen en sus manos el control del trabajo y de las riquezas nacionales. Se confunde el efecto con la causa y la enfermedad con el remedio. Permitir el cierre de las empresas, o su traspaso a los capitalistas foráneos, por no hallarse éstas a la altura de las técnicas y los modelos internacionales, aparte de la carga antipatriótica que llevan anejas tales consideraciones, significa postrarse ante ese economismo que venimos criticando hace rato y que han puesto de moda los círculos universitarios del Norte, la bocina ideológica de América.

Si nos guiáramos por los índices de eficiencia, o de rentabilidad, habríamos de deponer los derechos a un desarrollo autónomo en aquellos renglones como la siderurgia, los hidrocarburos, o los mismos textiles, en virtud de las ineptitudes heredadas y de los impedimentos naturales. Con el tiempo renunciaríamos por completo a la construcción material; nos conformaríamos, según las concepciones imperantes, con una ciencia que se amolde a las peculiaridades de nuestro progreso, o sea incipiente; tendríamos una medicina rudimentaria, si acaso preventiva, al margen de los altísimos logros de tan importante esfera del conocimiento, cual lo manda la cartilla oficial, y así con los demás quehaceres y disciplinas sociales. Eso sería relegarnos porque estamos relegados. Pero cualquier nación, primordialmente en crecimiento, ha de canalizar parte considerable de sus fondos hacia las funciones básicas, aunque no renten, pues las áreas que aquéllas cubren, o los elementos que proporcionan, resultan sobremanera necesarios para el conjunto de la producción. De ahí que el Estado haya de ocuparse, cada vez con mayor ascendencia, de frentes, de erogaciones o de servicios que ya no son gananciosos para los particulares. Impulso centrípeto que no habrá de invertirse por las orientaciones subjetivas de enajenar los haberes públicos. Nos referimos a un probado criterio. Mediante la inveterada práctica de los decretos de excepción el gobierno seguramente conseguirá cuanto se proponga, hasta la derogatoria de los incómodos ordenamientos constitucionales; mas ninguna reforma, por omnímoda que sea, ni aunque emane de una Constituyente como la de César Gaviria, logrará torcer el curso inexorable de las leyes económicas. Daba risa oír al titular de las finanzas cuando pedía a voz en cuello la mediación del Idema, buscando conjurar, con arroz depreciado, la escalada alcista de enero y febrero, cuyos escandalosos porcentajes derrotaron sus pronósticos sobre la inflación y con ellos su política antiobrera, siendo que en agosto, inmediatamente después de posesionado y a tono con la estratagema de la apertura, había dispuesto que el Instituto cesara sus labores de mercadeo agropecuario y se redujera a coordinar, en los extramuros de los epicentros comerciales, la acción de unos cuantos propietarios de pequeñas parcelas. Colombia, "país único", afirmaba Carlos E. Restrepo. El desatino del doctor Rudolf Hommes lo atornilló todavía más a la silla ministerial, mientras rodaba la cabeza de su subalterno, quien se negó a vender a pérdida, prestando oídos sordos a las instancias superiores. Y eso que el hoy ex gerente de dicha dependencia, Darío Bustamante Roldán, pertenece también a la Panda de los Andes que no sólo asesora sino que mangonea. A la postre, el cereal de la discordia no contuvo la carestía, ni generó divisas, merced al alza inusitada de 11.5% que en un solo mes acusaron sus cotizaciones, a principios del semestre y al cabo de un par de años de no presentar indicios de incrementos reales. Sus ventas internas subían el costo de la vida y las externas no dejaban utilidades. Los desbarajustes de esta índole que entre nosotros se suceden a diario, cada vez con mayor anarquía y menor vigilancia, aun en los renglones menos vulnerables, lejos de marcar el fin de la injerencia moderadora del Estado, la tornan más contundente y acuciante. Así habrán de ratificarlo las inmensas mayorías, bien por motivos económicos, bien por razones patrióticas.

Cual lo recalcábamos arriba, los empresarios colombianos asumieron más de una postura contradictoria y lamentable ante la incontenible arremetida estadinense sobre la América pobre, en donde los últimos dos Cónsules de Washington, la Roma imperial contemporánea, han trastrocado hondamente la situación doméstica, las relaciones exteriores y hasta el orden jurídico de los pueblos. Tras la invasión navideña de 1989, se reapuntaló en Panamá el Comando Sur de las legiones del Pentágono; y en las montañas de Perú y Bolivia erigió fortines militares con la disculpa de reprimir el narcotráfico. Entremezclándose las amenazas de la fuerza bruta con las persuasiones de los teorizantes, se condujo a los palacios de gobierno a una generación distinta de líderes dóciles y desubicados, cuyos electores, como en el caso de Carlos Menem, ya no saben si están locos o se hacen los locos. Púsose a los ideólogos burgueses a hablar un mismo lenguaje en pro del anexionismo económico. Se transformaron las pertenencias del Estado, e incluso las privadas, en bienes mostrencos sobre los cuales tendrán prelación las primeras firmas que aparezcan en estas latitudes con el propósito de poseerlos. Se empezó, en fin, a desbrozar el sendero hacia la Empresa para la Iniciativa de las Américas, esbozada por George Bush ante funcionarios oficiales de diversos países y miembros de la comunidad de negocios, a mediados de 1990, y que tiene por objeto el hacer del Nuevo Mundo una sola zona comercial, "desde el puerto de Anchorage hasta la Tierra del Fuego".

Durante el turno de Betancur no se quiso profundizar sobre tales pretensiones, aunque se hallaban ya implícitas en los programas que las agencias mundiales de crédito venían exponiendo desde muy antes a las repúblicas prestatarias. Barco instaló y suspendió comités destinados a examinar las incidencias de la apertura en los escenarios de Colombia; pero en resumidas cuentas no hizo otra cosa que ceder ante las instigaciones del Fondo Monetario Internacional y darle inicio a la desnacionalización en marcha, autorizando la merma de los aranceles, el traspaso de buena parte de la red bancaria al capital extranjero, el incremento de los intereses de los préstamos de Proexpo y la reducción de su cobertura. En otro ejemplo de condescendencia, voló a fines del 89 a Galápagos, en compañía de los demás presidentes del Pacto Andino, a suscribir la Declaración que lleva el nombre del conocido archipiélago, y por la cual se agiliza el levantamiento de todos los gravámenes interzonales, a la sazón previsto para 1995, y se procura la plena "integración latinoamericana" dentro del marco de la "apertura económica" y del entronque con los "mercados mundiales". Hacia fines parecidos estuvo encaminada la Cumbre de Cartagena del 15 de febrero del año pasado. Si bien el gobierno de Estados Unidos la convocó, conjuntamente con los de Colombia, Perú y Bolivia, tras la mira de coordinar la lucha antidrogas, sus conclusiones más bien hacen énfasis en "el crecimiento del comercio entre los tres países andinos y los Estados Unidos", o disponen que éstos "promoverán las inversiones privadas" en aquéllos. Y en cuanto a la nueva administración, le cupo la azarosa gloria de coronar el proceso. Dentro de la natural expectativa que rodea los relevos cuatrienales del Palacio de Nariño y no perdonando las vacilaciones de los empresarios, el régimen recién instalado echó por la calle de en medio y de un tirón satisfizo las inquietudes de la superpotencia, sin dejar una sola exacción imperialista por instituir.

3. Un Manejo no Discrecional de las Relaciones Internacionales

Con las complicidades de las Cámaras y de la Corte Suprema de Justicia, las otras ramas del poder público que el Ejecutivo aspira a socavar y someter a su coyunda, César Gaviria , cumplió, no con su mandato, sino con la totalidad de los mandados. Gracias a las primeras le dio simultánea mente cuerpo jurídico a más de treinta reformas regresivas y por intermedio de la segunda convocó la Asamblea Constitucional, un golpe de Estado que acabará crucificando a la vilipendiada "casta política" e introduciendo modificaciones de fondo, de las más variadas y peligrosas consecuencias, como la redistribución de las divisiones territoriales, el debilitamiento de la economía estatal, la capacidad legislativa de los departamentos, la absoluta autonomía de la presidencia para resolver sobre "Tratados de Cooperación" con otros países, sin el correlativo consentimiento del Congreso, o para imponer acuerdos internacionales cuya "importancia económica y comercial requieran su aplicación urgente", así esta extraña licencia se registre con carácter de "provisional" dentro del plan reformatorio de la Carta sugerido por el primer mandatario. Lo cual no significa, desde luego, que hemos de ir el próximo 4 de julio a los pasillos del Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada a aguardar el parto de los montes, pues a través de la vía rápida y múltiple del artículo 121, de las relaciones exteriores e incluso de las leyes, Colombia sigue abriendo sus mercados a las trasnacionales, sin que sobre ello puedan chistar o influir de veras las entidades colegiadas elegidas por los ciudadanos, y mientras se difunden doctas lucubraciones alrededor de la "democracia participativa", la "consulta popular" y el "referendo".

En aras de la estrategia colonialista se adecúan caprichosamente las estipulaciones del Pacto Andino, un compromiso viejo de cerca de veinticinco años, que Richard Nixon patrocinó con base en las diligencias y recomendaciones de su embajador plenipotenciario, Nelson Rockefeller, quien visitara la región y escribiera el análisis intitulado "Calidad de la vida en las Américas", cuyos supuestos, y hasta su terminología, aún enriquecen la jerga de la política económica oficial. Los antecedentes, para colmo, se remontan más atrás en el tiempo, por cuanto los acercamientos de este tipo hunden sus raíces en la Alalc, fundada en virtud del Tratado de Montevideo de 1960, hoy Aladi, Asociación Latinoamericana de Integración.

Resulta entonces fácil desentrañar el porqué de los meteóricos y pírricos éxitos de Gaviria, a quien le ha quedado relativamente sencillo meter al país en la boca del lobo. Una obra de meses cuya gestación duró decenios.

El presidente, sin indagarle a nadie ni responder por nada, mas escudado tras los arrumes de convenios multilaterales y con sólo estampar su firma en el Acta de La Paz, el 29 y 30 de noviembre comprometió a los colombianos todos a admitir el último día de 1991 como el plazo máximo de espera para que rija la liberalización dentro de la zona andina, acortándose as¡, en un amén, el angustioso término que hacía apenas un año concertara su antecesor en las islas Galápagos. Antes había ido a Caracas, promediando octubre, a insacular su votito de respaldo a los grupos, el de los Tres, a la sazón el más joven; el de Río, de Ocho, y que pronto será de Nueve, de Once o de Trece, y por conducto de los cuales nos enganchamos al Norte voraz, y no exclusivamente nosotros o nuestros asociados, sino Centroamérica y el Caribe. Todos los caminos conducen a Washington. Por supuesto que para pertenecer a este selecto club de colonias no basta con correr a depositar la balota o la rúbrica; los gobernantes tienen que ingeniárselas y desvivirse si desean exhibir, dentro del muestrario aperturista, las mejores ofertas a los trusts, disminuyendo los jornales, las cargas, los controles y los demás contrapesos de la superestructura, y, en la infraestructura, arreglando las carreteras, los ferrocarriles, los puertos y los aeropuertos. ¿No se trata acaso de la efectividad de los subsidios otorgados, no a nuestra industria, sino a las multinacionales, cual los confirieran, a su hora y durante lustros, por ejemplo, los mandarines de Taipei, quienes probando fortuna con su fementido Modelo de Taiwan, echaron por el atajo de las exoneraciones tributarias y se valieron, desde la década de los cincuentas, de los turbiones de cuantiosos giros que a guisa de donación o acicate afluían a sus bolsas desde las arcas del Tesoro americano? ¿Y los capitalistas del imperio no están pensando en salir hacia otros parajes, tanto más cuanto que en sus agotados dragones, con el progresivo e ineluctable acomodamiento de los factores en pugna, las ventajas previas se han ido evaporando con la subida de los. costos laborales, los retoques en el sistema impositivo, la revalorización de las monedas nativas y el encarecimiento de los bienes raíces y valores? Por mucho que los teóricos de oficio nos digan que vamos a adueñarnos en franca lid de porciones suculentas del consumo allende nuestras playas, la verdadera puja se entablará entre los débiles Estados receptores del capital foráneo, y, casualmente, por tales inversiones. Mientras oímos por doquier un súbito grito de guerra, "¡A conquistar!", sólo vemos que se obedece a toque de campana.

Desde las reuniones septembrinas, a Ecuador lo vienen conminando sus socios andinos a que se desprenda para siempre de sus carcomidas salvaguardias, las toleradas antaño por los convenios vigentes, y que le fueron concedidas en virtud de su "menor desarrollo económico relativo dentro de la subregión", junto a Bolivia. De las provocaciones enfiladas hacia el debilitamiento del hermano país participan lógica, melancólica y gratuitamente Colombia y Venezuela, cuyos gobiernos, apercibidos de las recuperaciones del sol que más alumbra, se brindan como agentes de la expoliación universal ante las repúblicas de superiores carencias y aunque hayan nacido igualmente de la espada del Libertador.

Sin desvelarlo tampoco las tragedias de sus coterráneos, el señor Alberto Fujimori, otro peón hecho dama, abolió, hace poco menos de tres meses, el dominio público sobre doce empresas en las áreas de las manufacturas, el comercio y los servicios; instauró el libre "uso, tenencia y disposición" de las monedas extranjeras, abandonando a los azares de la oferta y la demanda la fijación del tipo de cambio, y abrió de par en par las puertas del Perú a las compañías monopólicas tradicionales, convirtiendo a la patria de las miserias del cólera en el paraíso del agio y de la usura. Y hacia el extremo austral, Brasil y Argentina, los ricos quebrados del hemisferio, concibieron, o les concibieron en marzo otro subgrupo, el del Mercado Común del Cono Sur, dentro del cual dieron cabida, entre batir de palmas, a dos pobres recipiendarios: Uruguay y Paraguay. Se ha ido delineando así el mapa económico y geopolítico de las Américas, el de la Iniciativa de Bush, tan alabada por César Gaviria, salvo una objeción, la de que, pese al precipitado desfile de los catastróficos acontecimientos, anda demasiado lenta.

Y el Canciller Luis Fernando Jaramillo Correa acaba de anunciar en Medellín, el terruño de sus mayores, que los colombianos, a espaldas nuestras, obviamente, estamos acordando también un mercado sin fronteras con los chilenos, a quienes el neoliberalismo económico, desde las trágicas andanzas del régimen castrense, les ha irrogado ruinosos quebrantos en la inversión industrial, el empleo y las condiciones sociales de los desposeídos.

4. Unas veces Hacia Atrás y otras Hacia Adelante

Ante los negros presagios y sin saber a ciencia cierta qué camino seguir, la burguesía de Colombia terminó pareciéndose al asno de Buridán. En los preliminares, cuando los neófitos asesores de Barco presentaron en sociedad a la bella apertura y urdieron las medidas correspondientes, los voceros empresariales tomaron los sospechosos escarceos más como una desprevenida invitación a meditar sobre otro diseño cualquiera de desarrollo que como un ultimátum. En variados foros debatieron el monumental engendro; ventilaron ponencias que concluían en la infalible solicitud de puntuales anticipos a la banca internacional, impacientados por traer maquinaria moderna, efectuar la reconversión y alistarse para el reto. Todavía soñaban en redimir la industria colombiana con las benevolencias de los mismos que iban tras su perdición. Ya en los días inmediatamente anteriores y posteriores al advenimiento del gavirismo hicieron gala de tacto, dándole vueltas en la cabeza a las eventuales posturas, o a las adaptaciones que mas convendría asumir bajo las directrices prontas a estrenarse. Pero desde agosto todas las cosas estaban consumadas. La privatización de empresas importantes del Estado era una línea definida e inmodificable. La libertad cambiaria empezaría a regir y por ende la dolarización de las transacciones económicas. Los tratos obrero-patronales se regularían por la reforma laboral más retardataria de nuestra historia, que cortó, sin miramientos de ninguna especie, reivindicaciones de medio siglo de luchas de la clase trabajadora. Los productores nacionales perderían el derecho al sostén gubernamental, a los subsidios, a los préstamos de fomento, mientras los monopolios de las metrópolis, cuando no quedasen a la par con los inversionistas colombianos, saldrían netamente favorecidos, sin mayores normas u obligaciones ante el fisco para entrar sus dinerales o remitir sus dividendos, y con factibles zonas francas donde instalar sus maquiladoras y disponer a su antojo de los efímeros salarios, mercedes que, a la postre, llegarían a cubrir ambos litorales, el atlántico y el pacífico, además de los otros territorios que el Conpes considere relegados.

Rápido transcurrió el período de vacaciones, pasó enero y, según la costumbre, el país fue retornando muy paulatinamente a sus cauces normales. En febrero y marzo, los temores, que venían casi limitándose a meras expectativas, se materializaron y acrecieron, sin que dieran lugar a la más remota esperanza los desaforados dictámenes, mantenidos contra viento y marea por los héroes de moda, los protagonistas del relevo administrativo y de la suplantación generacional. No se habían concretado los empréstitos prometidos para robustecer la capacidad competitiva de la industria y la agricultura colombianas; no se habían resuelto, de modo conciso, satisfactorio, los cuestionarios de los gremios, y la libertad de importaciones ya estaba andando, junto al resto de las generosas garantías otorgadas a los consorcios extranjeros.

En síntesis, los postulados de la apertura económica entraron a regir, a tiempo que a la producción nacional se la desalentaba con inconvenientes sutiles pero demoledores, tales como el encaje marginal del 100% determinado por la Junta Monetaria, que tapona el crédito corriente de los bancos. Se aminoran los Certificados de Reembolso Tributario, Cert; se ordena acelerar los pagos al exterior, y se multiplican los gravámenes indirectos, entrabándose la circulación de las mercancías, incluidas las exportaciones, y haciéndose nugatorio cualquier estímulo que aún permanezca por ahí, sin vida, dentro de los desahuciados reglamentos. Tras la sistemática campaña de desinformación, las autoridades económicas, con el señor Hommes al frente, culpan a los empresarios de los trastornos de la espiral alcista registrada en los albores de 1991 y, cabalgando sobre el desconcierto generado por la propia acción gubernamental, profieren amenazas de más y mejores resoluciones restrictivas. Entonces sí explota el escozor de los empresarios de la ciudad y el campo, quienes empiezan, ante la faz de Colombia, a engarzar, todos a una, los reclamos, las advertencias, el recelo, tendiendo una saludable sombra de duda sobre la estratagema entronizada.

Hasta Augusto López Valencia, del Grupo Santodomingo, vicepresidente de Avianca, aerolínea que perdió 20.000 millones de pesos en 1990 y que actualmente soporta una deuda de 102 millones de dólares, estimó injusto que sé ponga a competir a su compañía "con sus 27 avioncitos", frente a un monstruo volante de las dimensiones de American Airlines. Los agricultores, por boca de Carlos Gustavo Cano, denunciaron no sólo la ambigüedad de los programas oficiales y las contradicciones entre los funcionarios al interpretarlos, sino los más notorios retrocesos de los sectores rurales, en siembras, tecnología, mecanización, mercadeo, etc., tratando de alertar sobre las contingencias de un desabastecimiento agrícola a mediano plazo, de no introducirse correctivos pertinentes, a fondo y sin demoras. Los cerealeros, en particular, presididos por Adriano Quintana Silva, reconvinieron a las altas esferas por su "visión oportunista, demagógica y peligrosa", puesto que ahondan la crisis repartiendo el contentillo de los alimentos importados, en lugar de propiciar la producción interna. La Federación Colombiana de Industrias Metalúrgicas, Fedemetal, dirigida por Jorge Méndez Munévar, volvió a ocuparse de las tremendas incógnitas que flotan en el ambiente tras los tumbos del ensayo aperturista, debido al cual, y en virtud de no se sabe qué misterio, las fábricas nacionales se fortalecen entregando sus pequeños mercados a la poderosa competencia externa; el país avanza compartiendo con los particulares el control de las divisas; los negocios se reaniman mediante elevadas tasas de interés, o los productos claves, como los metalmecánicos, deben desgravarse en pro de la integración universal. También los textileros y confeccionistas expresaron sus fundadas inquietudes de que la aceleración del Pacto Andino facilite, no la presencia de las telas y las confecciones de los pueblos vecinos, entre los cuales Colombia exhibe ciertas ventajas en estos ramos, sino de las enviadas desde los Estados Unidos, con cuyos excedentes bastaría para poner en aprietos a los latinoamericanos de punta a punta.

De la larga enumeración de las protestas de 1991 hacen parte el pronunciamiento de la ANDI de febrero, comentado arriba, y las elocuentes observaciones de Fedegán del mismo mes. El representante del gremio tal vez más acosado por la tenaza de la violencia cuatreril y el benepláctio oficial, el doctor José Raimundo Sojo Zambrano, llamó a rescatar la tradición ganadera de Colombia ante el filisteísmo de quienes desean su fin alegando la premura de una "eficiencia" que, según los esquemas prevalecientes, sólo podría venirnos del imperialismo norteamericano. "¿Será que los ganaderos tenemos que acabar de liquidar los hatos y volvernos importadores de carne -dijo-, para así gozar del subsidio que se nos niega como productores?"

5. Por un Frente Unico de Salvación Nacional

No obstante la contundencia de estas acusaciones, ante las que somos integralmente solidarios, a menudo los diversos segmentos de productores se portan como tales, con espíritu corporativo, asiéndose a su tabla de salvación, cualquiera, importándoles poco el naufragio de la república o de su propia clase; creen inclusive que les favorecería el hundimiento de los otros sectores, o piensan en guarnecer la fortuna aun cuando la industria se pierda. Es típico el caso de la reforma laboral, un mendrugo arrojado a los pies de los patronos y que éstos reciben pletóricos de dicha olvidando que las bajas remuneraciones de nada sirven sin fábricas, o que necesitan de los obreros hasta políticamente, pues son los más fieles guardianes de la producción, sin cuyo concurso no habrá salida posible.

Aun los asalariados de Norteamérica se pusieron sobre aviso ante la apertura, convirtiendo allí, quizás, por primera vez, las inquietudes proletarias en el máximo tema del debate público. Al promover la oposición contra el acuerdo comercial con el gobierno mexicano e identificarse con la brega de los pueblos sometidos de América Latina, plantean, de hecho, la más vasta unión de las corrientes contemporáneas del progreso humano. Fenómeno que se origina en una transitoria y trascendente disparidad: al otro lado de la frontera la fuerza de trabajo vale un séptimo de lo que cuesta en Estados Unidos. Por eso Thomas Donahue, dirigente de la AFL-CIO, describió las maquiladoras como "un desastre para los trabajadores estadounidenses y nuestros hermanos y hermanas de México". Superdesempleo en el Norte; superpillaje en el Sur.

Seguramente la burguesía colombiana se ensimismó demasiado con la caída de la superpotencia rusa. Estimó que con el fin de la guerra fría se apagarían las guerras, o que con el resurgimiento del imperio de los cincuentas los otros bloques agacharían la mansa cerviz y se esfumarían las aduanas protectoras. Cantó victoria a destiempo y no pudo intuir que atravesamos una coyuntura inesperada, en que el puñado de naciones todopoderosas del globo, para campear, y hasta para sobrevivir, acentúa de lleno el colonialismo, una arrebatiña cruel bajo la cual los centros productivos de los pueblos dependientes y atrasados resultan meras especies en extinción. A los ciento y pico de países menesterosos no les queda otra que defender lo suyo, así no sea, por ahora, muy floreciente.

Mas los infantes de los pioneros de la industria, los portadores del legado de principios de siglo, parecen no comprender o no querer comprenderlo, al menos cabalmente. En el plano internacional aceptan dialogar y pactar de manera aislada con Washington, renunciando al gran poder colectivo, como si una sola bandera pudiese obtener en la mesa de negociaciones más que las 26 de América Latina y el Caribe. No se entiende que los miembros del Sela, el Sistema Económico Latinoamericano, que tanta cátedra ha sentado sobre el desarrollo de la dilatada región, esperen hasta finales de abril para reunirse en Caracas a discutir los pro y los contras de la apertura; o que su secretario permanente, el señor Carlos Pérez del Castillo, en dicha ocasión sostenga, como si tal, que "la Iniciativa para las Américas excluye las negociaciones en bloque" frente a Estados Unidos.

Tampoco se compadece con las cruciales circunstancias el comportamiento expectante y hasta permisivo que asumen en el ámbito interno algunos contingentes de las "fuerzas vivas". La jocosa vacilación de los parlamentarios es una triste muestra. Tras de aprobar cuanto golpe matrero el Ejecutivo se propuso propinarles a las mayorías acalladas y sintiéndose burlados en los cálculos de prolongar sus dietas aun a trueque de sus lealtades, se declararon en abierta rebelión contra la Asamblea Constituyente, el gobierno y las jefaturas partidarias, a semejanza de los alquimistas medievales que practicaban el arte de la inmortalidad retornando sus cuerpos mundanos al glorioso estado anterior al pecado original. Apenas cuando quedan en entredicho los intereses más cercanos se realza la gravedad de la conjura. Pero el país entero, su estabilidad, su población, peligra.

La reforma constitucional, encaminada hacia la modificación o arrasamiento de los antiguos valores económicos y democráticos, no habría dado un paso sin la preponderancia del neoliberalismo. Así como no hubiera ocurrido el relevo de tesis, de personajes, de clases, de generaciones; ni el endiosamiento repentino del M-19, esa patulea de amnistiados que ayudará a consolidar la peor reacción a nombre de la revolución y cuyas raquíticas unidades funcionan de mentores en el Hotel Tequendama y de policías en Patio Bonito. La "federalización ", otro solecismo parecido al del "revolcón", y que dividirá a Colombia en territorios autónomos después de 170 años de existencia de la república unitaria, significa entregar desmembrado el país al águila imperial. 0 sea el complemento de la táctica de la Casa Blanca, que consiste, internacionalmente, en convenir por separado Con cada nación latinoamericana, e internamente, fraccionarlas en Emiratos Árabes sin ninguna capacidad de réplica. Igual acontece con la debilitación económica del Estado y el fortalecimiento de los poderes ejecutivos, para que aquél no ofrezca resistencias y éstos esparzan todos los dones institucionales. 0 con el auge de la microempresa, el medio previsto de atender la desocupación que sobrevendrá con los cierres fabriles, admitido aun por el titular de la cartera del Trabajo, Francisco Posada de la Peña, quien, en un seminario dedicado a la "Modernización" no tuvo reato en recomendar ese ruinoso sistema de talleres como "la forma más visible de inserción económica de las clases de menores ingreso?.

El país va, pues, a la carrera, hacia una emboscada mortal. Y en consecuencia, el MOIR acude de nuevo a los estratos y agrupaciones sociales que estén dispuestos a evitar la consumación del atentado. Empuñemos con firmeza el cometido de proteger las actividades productivas e impidamos que se haga de la conciencia patria un costal de carbonero.

Retomemos lo rescatable del pasado y construyamos un brillante porvenir. Forjemos el más amplio frente único por la salvación nacional, en procura del cual venimos combatiendo desde 1986, no al estilo de un Alvaro Gómez Hurtado, a quien no le entablaremos demanda por los derechos de autoría intelectual, pero sí le recordamos que la consigna no se concibió para seguir a Gaviria o redimir a Navarro, sino para velar las armas dela grandeza de Colombia. Que Estados Unidos no cure sus falencias, ni libre sus disputas comerciales, ni salga de su actual cielo recesivo a costa de las bancarrotas, las miserias y los sufrimientos de los pueblos de América.

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Publicado en El Tiempo el 12 de mayo de 1991