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Francisco Mosquera

Resistencia Civil

 

 

I INTERNACIONAL

EL PROLETARIADO CULMINARÁ LA OBRA DE MAO TSETUNG

Septiembre 10 de 1976

Mensaje de condolencia del MOIR al Partido Comunista de China, escrito por Francisco Mosquera y publicado en Tribuna Roja Nº 23, en septiembre de 1976.

Camaradas
Comité Central del Partido Comunista de China 
Pekín, China.
Cuando el Partido Comunista de China dio la infausta noticia de que el camarada Mao Tsetung había muerto en la madrugada del 9 de septiembre y ésta se conoció en segundos en el orbe entero, los obreros, los pueblos y las fuerzas y personas progresistas de los cinco continentes lloraron la pérdida irreparable de su más querido y respetado dirigente internacionalista. Hondo y doloroso impacto produce en todo el mundo el vacío inconmensurable que deja el fallecimiento del camarada Mao Tsetung. Diversas personalidades, jefes de gobierno, líderes de movimientos y partidos se han apresurado a reconocer en el máximo representante de los 800 millones de seres del pueblo chino, a una de las figuras estelares de este siglo y a uno de los conductores políticos que más profundamente han incidido en grandes transformaciones históricas. La maravillosa epopeya de su vida al servicio de la causa de la clase obrera y la sabiduría de su pensamiento comprobada en innumerables batallas triunfales como guía segura de quienes luchan por la revolución y el progreso, colocan a Mao Tsetung entre los benefactores esclarecidos de la humanidad. Aplicó el marxismo-leninismo a las condiciones concretas de lucha que le correspondió vivir, lo enriqueció y llevó a una etapa más alta de su desarrollo. A partir del proceso original, constante y acelerado de la revolución china durante cincuenta años, su obra magistral y monumento vivo a su talento creador, Mao Tsetung no sólo contribuyó a cambiar la fisonomía del mundo, sino que sistematizó genialmente las leyes universales del cambio social válidas para todos los países. Leal discípulo de Marx, Engels, Lenin y Stalin, Mao Tsetung pasa junto a ellos, concluido el ciclo de su existencia, a completar la gloriosa galería de los inmortales maestros del proletariado. Como heredero legítimo de las excelsas virtudes milenarias del pueblo chino, cuya historia sin par está llena de múltiples acciones heroicas, de aguerridos combatientes en defensa de la justicia y la verdad, de notables científicos, pensadores y artistas, Mao Tsetung fue depositario de sus mejores tradiciones revolucionarias y encarnación de sus más nobles y hermosos ideales. Por eso Mao se constituyó en el centro aglutinante y orientador de la nación más populosa de la Tierra, construyó el glorioso y correcto Partido Comunista de China, factor dirigente de la revolución china, organizó prácticamente de la nada un invencible ejército popular, derrotó a todos los enemigos internos y externos del país y fundó la República Popular China, hoy la patria socialista de una cuarta parte de la humanidad. En un tiempo relativamente corto China se convirtió de una vasta región ocupada, dividida y económicamente atrasada, en un país independiente, unido, grande y próspero, avanzada de la revolución mundial y ejemplo inspirador de todos los revolucionarios del planeta. Y por eso miles de millones de personas al mirar consternadas hacia la tumba recién abierta, se explican este portentoso fenómeno de la época con la exclamación de que ¡sólo un pueblo como el pueblo chino, podía producir un dirigente como el dirigente Mao!
Pero el camarada Mao Tsetung no se desveló únicamente por el pueblo chino. El porvenir de los países que han instaurado el socialismo, la emancipación de los proletarios de las naciones burguesas y la liberación de las inmensas masas de las colonias y neocolonias sometidas a la sojuzgación imperialista, fueron objeto permanente de sus preocupaciones. Proclamó que China jamás procurará el hegemonismo y, por el contrario, será siempre la segura retaguardia de los países que combaten por su independencia y soberanía. Apoyó fervorosamente todas las lides del proletariado y los pueblos por la democracia, la revolución y el socialismo y por el logro de un mundo sin naciones oprimidas ni opresoras, sin esclavos ni esclavistas, sin hambres y sin guerras. Sin embargo, el camarada Mao señaló con agudeza inigualable que la cristalización de este sueño antiquísimo del hombre será aún antecedido necesariamente de un largo período de enconados y violentos conflictos de clases, en el cual jugarán un papel de primerísima magnitud las luchas de liberación de las naciones contra el imperialismo, del movimiento obrero contra la burguesía y el revisionismo y de los proletarios de los países socialistas contra los restauradores burgueses. Continuador de la doctrina victoriosa de Marx y Lenin, a Mao Tsetung cúpole la distinción histórica de resolver el problema de la consolidación del socialismo y de la prolongación de la revolución bajo la dictadura del proletariado. Basándose en nuevas experiencias y en especial en el ejemplo negativo de la traición al marxismo-leninismo por parte de los dirigentes de la Unión Soviética, que trocaron el primer Estado proletario en un Estado burgués socialimperialista, el camarada Mao Tsetung desarrolló la teoría de que en toda la etapa histórica del socialismo, cuyo lapso de duración no es de unos decenios sino de cien a centenares de años, es absolutamente indispensable mantener la dictadura del proletariado y llevar hasta el final la revolución socialista, para impedir la restauración del capitalismo y preparar las condiciones del paso al comunismo. En el curso de la revolución socialista de China Mao Tsetung descubrió la forma de hacerlo: la revolución cultural proletaria que es, terminada en lo fundamental la transformación de la propiedad de los medios de producción, la revolución llevada a cabo por los obreros en el terreno político e ideológico para desalojar de todos los dominios del Poder a los burgueses infiltrados y a los seguidores de la vía capitalista.
Así como Lenin desplegó una descomunal batalla contra los renegados de la II Internacional para garantizar el avance luminoso de la clase obrera y el triunfo de la gloriosa Revolución de Octubre, Mao Tsetung adelantó una lucha aún mucho más aguda y compleja contra los revisionistas contemporáneos, acaudillados por los dirigentes del Partido Comunista de la Unión Soviética, para desbrozar el camino de la victoria definitiva del socialismo en el mundo entero. Y así como Engels recordaba en el entierro del padre del socialismo científico, que Marx apartaba como si fueran telas de araña todas las calumnias y difamaciones que contra él lanzaban la burguesía y los reaccionarios de su tiempo, nosotros podemos decir que también como telas de araña el proletariado y los pueblos del mundo apartarán las calumnias y difamaciones que contra Mao Tsetung, el más grande marxista-leninista de la época, profieren la camarilla revisionista soviética y sus epígonos.
Los revisionistas y demás recalcitrantes adversarios de Mao Tsetung jamás consiguieron refutarlo ni vencerlo y con su muerte estarán calculando que las cosas mejorarán para ellos. Efímera ilusión porque de Mao Tsetung se podrá asegurar con infinita certeza lo que se ha sostenido de los grandes innovadores revolucionarios, que su desaparición física no hará más que agigantar su influencia. El proletariado internacional, armado de su pensamiento, será quien se encargue de culminar su colosal empresa. Pocos como Mao Tsetung gozaron del privilegio de ver en vida realizadas y ratificadas por la práctica tantas de sus propias acertadas predicciones. Mao Tsetung elaboró toda la línea estratégica y táctica de la revolución china. En su momento, muchos fueron los que dudaron en el interior y en el extranjero que el pueblo chino alcanzara a coronar las prodigiosas metas que conforme a un análisis certero de la situación iba progresivamente proyectando el camarada Mao. No obstante, el pueblo chino cumplió cuanto se propuso: derrotó al feudalismo, al capitalismo burocrático y al imperialismo; sostuvo tenazmente y llevó hasta el triunfo total una prolongada guerra de liberación contra el Japón y contra los intervencionistas norteamericanos y contribuyó decisivamente a la bancarrota fascista en la Segunda Guerra Mundial; conquistó el socialismo y desbarató una a una las tentativas burguesas y revisionistas de restauración, y apoyó y apoya eficazmente las luchas revolucionarias de los pueblos del mundo. Todas éstas son realizaciones imperecederas del pensamiento de Mao Tsetung. Igualmente el camarada Mao resumió y enriqueció la línea del movimiento comunista internacional. Los triunfos de las naciones por su soberanía, del proletariado por la extensión y consolidación del socialismo y de China por continuar la causa de su gran timonel serán asimismo confirmación plena de nuevas y grandiosas victorias de esta línea y del pensamiento de Mao Tsetung.
El pueblo colombiano y nuestro Partido están en deuda con el pueblo chino y con el camarada Mao Tsetung por la solidaridad constante a sus luchas y por el inmenso respaldo que representan para la revolución colombiana los tremendos aportes de la revolución china. La mejor manera de pagar esa deuda y a la vez apoyar al pueblo chino y al Partido Comunista de China será impulsando la revolución en nuestro país, basándonos fundamentalmente en nuestros propios esfuerzos y en los esfuerzos de las masas, como nos lo enseñó el camarada Mao.
Nuestro Partido ha logrado desarrollarse gracias al estudio de las tesis revolucionarias marxista-leninistas del camarada Mao Tsetung y a las condiciones internacionales favorables creadas por la lucha del Partido Comunista de China contra el revisionismo contemporáneo. A diferencia del Partido Comunista de China, nuestro Partido apenas ha comenzado su jornada y para alcanzar grandes victorias debe combatir el revisionismo y profundizar en el estudio del marxismo-leninismo-pensamiento de Mao Tsetung y aplicarlo correctamente a la práctica concreta de la revolución en nuestro país, como nos lo enseñó el camarada Mao.
Con la conducción de Mao Tsetung China llegó a ser una nación independiente, próspera y grande, donde impera radiante el socialismo. Colombia es una neocolonia de los Estados Unidos y nuestro Partido lucha en las condiciones de opresión de la dictadura burgués-terrateniente proimperialista. El pueblo colombiano debe también quebrar la dominación extranjera, preservar la completa soberanía frente al imperialismo y el socialimperialismo y marchar al socialismo. Para ello es necesario que nos atrevamos a luchar, desafiando todos los peligros y dificultades, con la intrepidez propia de los materialistas consecuentes, como nos lo enseñó el camarada Mao.
Las extraordinarias hazañas de la revolución china fueron en definitiva fruto de la acción de las grandes masas del pueblo chino. Mao Tsetung reiteradamente insistió en la verdad cardinal del marxismo de que las masas son las que hacen la historia. El pueblo de Colombia libró y libra denodados combates por la revolución, sin haber logrado todavía superar la dispersión y la división. Nuestro Partido tiene como tarea principal la de unir y organizar al pueblo colombiano y guiarlo en pro de su misión histórica. Por lo tanto debemos vincularnos estrechamente a las masas, interpretar en todo momento sus intereses y necesidades, orientar y apoyar sus luchas y servir de todo corazón al pueblo, como nos lo enseñó el camarada Mao.
El que la revolución prosiga depende de los nuevos cuadros. Para evitar que China cambie de color Mao Tsetung forjó decenas de millones de continuadores de la obra revolucionaria del proletariado, encargados de llevar adelante la causa que dejó sin ultimar. Nuestro Partido en el proceso de su construcción debe asimismo ir creando centenares y miles y millones de cuadros revolucionarios proletarios, hombres y mujeres que trabajen con arrojo y con modestia, que luchen por la unidad y no por la escisión, que practiquen valerosamente la crítica y la autocrítica y que actúen en forma franca y honrada y no urdan intrigas y maquinaciones, como nos lo enseñó el camarada Mao.
El MOIR expresa al pueblo chino y al Partido Comunista de China su más sentida condolencia y testimonia la indecible tristeza que embarga al pueblo colombiano y a todos y cada uno de los militantes de nuestro Partido por esta prueba tan dura de la muerte del camarada Mao Tsetung. Nuestro Partido une su dolor al dolor del Partido Comunista de China. Nuestro Partido une su lucha a la lucha del Partido Comunista de China por derribar definitivamente a la burguesía y demás clases explotadoras, llevar hasta el final el socialismo y materializar el comunismo.
¡Gloria eterna al gran líder y maestro, camarada Mao Tsetung!
¡Viva el invencible marxismo-leninismo pensamiento de Mao Tsetung!

Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario 
Comité Ejecutivo Central Francisco Mosquera
Secretario General
Bogotá, septiembre 10 de 1976.

 

 

LECCIONES IMPERECEDERAS

Segunda quincena de noviembre de 1977

Artículo publicado en Tribuna Roja No 30, de la segunda quincena de noviembre de 1977.

Los marxista-leninistas y las masas obreras conscientes de todo el orbe celebran con indescriptible regocijo en este mes el 60 aniversario de la gloriosa Revolución Socialista de Octubre. La efeméride encierra una extraordinaria trascendencia. Trae a la memoria, como es profusamente sabido, la fecha en que el partido de la clase obrera de Rusia, capitaneado por Lenin, derroca a la burguesía dominante y, sobre las ruinas de la sociedad explotadora, implanta el primer Poder socialista que logra consolidarse.
Ya antes, en 1871, el proletariado había intentado "tomar por asalto el cielo", según la expresión de Marx acerca de la Comuna de París. En aquella ocasión el intento de instaurar el dominio obrero sobrevivió escasamente dos meses, ante la feroz arremetida de la confabulación de los capitalistas europeos. El experimento, sin embargo, no fue del todo fallido. Con la Comuna el marxismo desentrañó uno de los fundamentos medulares de la revolución del proletariado, el de que al triunfar no puede apoderarse de la vieja máquina estatal existente y ponerla a su servicio, sino que debe demolerla y sustituirla por otra nueva, por el Estado de los trabajadores, que es el comienzo de la extinción de todo tipo de Estado. Para garantizar el éxito, construir el socialismo y preparar el tránsito a la sociedad comunista, ha de cambiarse de la forma más completa y radical la dictadura de la burguesía por la dictadura del proletariado. Históricamente la clase obrera ya había aprendido cómo hacerlo y contaba para ello con un modelo vivo, la escuela de los comuneros de París. Empero, mediarían 46 años de agudas contiendas para que se presentara otra oportunidad tan clara de "asaltar el cielo".
Poderosos obstáculos tendrían que ser superados: encontrar la salida acertada a los múltiples problemas surgidos en la distinta situación, y especialmente desenmascarar y derrotar el ala oportunista prevaleciente de la socialdemocracia internacional que revisaba el marxismo, se plegaba a la burguesía y envilecía el espíritu revolucionario de la masa obrera. Vladimir Ilich Lenin, el gran maestro del proletariado, echó sobre sus hombros esta monumental empresa y la llevó a cabo genialmente. Rescató a Marx y a Engels de manos de sus falsificadores y desarrolló el marxismo con las conclusiones teóricas sacadas del análisis de la transición del capitalismo de libre competencia al capitalismo monopolista, o imperialismo, su última fase de descomposición y agonía, antesala de la revolución socialista. Enfatizó primordialmente sobre la ley inexorable del imperialismo de depender cada vez más para su supervivencia del saqueo de los países atrasados y sometidos y sobre su naturaleza guerrerista, derivada del afán irresistible de aumentar sus colonias y de desalojar a sus competidores. Caló certeramente y explicó en decenas de sus obras la debilidad estratégica del imperialismo a pesar de su apariencia omnipotente, señalando la constante de que siempre que éste se embarca en la aventura de la guerra termina ahondando sus contradicciones y vulnerando sus fuerzas. Apoyándose en el fenómeno del desarrollo desigual económico y político del capitalismo, fenómeno mucho más agudo en la etapa imperialista, elaboró, contra la creencia gestada en circunstancias anteriores diferentes, la importantísima tesis de que el socialismo conseguirá imperar en uno o en unos cuantos países, mientras los demás seguirán siendo, durante algún tiempo, burgueses o preburgueses. El estallido de la Revolución Socialista de Octubre vino a corroborar ésta y las otras predicciones magistrales de Lenin.
Si echamos una ojeada global al desenvolvimiento de las sociedades, observaremos cómo la historia marcha en un sentido ascendente. Desde la aparición de la división entre poseedores y desposeídos, amos y esclavos, explotadores y explotados, y a través de cruentas y prolongadas luchas de clase, el hombre ha pasado sucesivamente del esclavismo al feudalismo y de éste al capitalismo. Han sido saltos adelante de enorme significación que han redundado en pro del progreso y de la ciencia. Con la Revolución de Octubre se inicia el proceso de la transición del capitalismo al socialismo. De ahí la repercusión sin par de este acontecimiento que inaugura una era mucho más brillante, no comparable con las precedentes, ya que permite el advenimiento de la única sociedad que cifra la razón de su existencia en el empeño de abolir todo tipo de explotación, y, por lo tanto, tiende naturalmente a acabar las clases y la lucha de clases. Ello se debe a que por primera vez los artífices de las transformaciones sociales no son los explotadores, sino los esclavos modernos, el proletariado.
La burguesía declina hacia su perdición definitiva, mientras los trabajadores son los héroes del día, cuya misión coincide con las grandes tareas renovadoras de la época y con los anhelos de la abrumadora mayoría de la población. Como sepultureros del imperialismo, los obreros tienen el encargo de derrumbar la dominación burguesa en las repúblicas capitalistas desarrolladas; alcanzar la liberación nacional y perseverar en la autodeterminación de los pueblos de las colonias y neocolonias, y por doquier preparar el terreno para imponer el socialismo o afianzarlo donde esté establecido. En los países en los cuales persiste el semifeudalismo y se combate por la independencia de la nación, la clase obrera se alía con el campesinado y demás fuerzas antifeudales y patrióticas, incluso con las capas progresistas de la burguesía que colaboran con el programa nacional y democrático de la revolución, precaviéndose de ejercer correctamente la dirección en la alianza y de no hacer concesiones de principio. Esto es posible porque en las condiciones universales reinantes, las luchas revolucionarias, democráticas y de avanzada coadyuvan a la causa del proletariado, y éste las respalda y se esfuerza en profundizarlas y encauzarlas a favor de sus objetivos finales. En la era de la revolución socialista mundial el movimiento liberador de las naciones sojuzgadas hace parte integrante de aquella y la clase obrera internacional lo conduce a su conquista más completa, con miras a propiciar la voluntaria relación de los países, sobre la base del mutuo respeto y del beneficio recíproco, sin lo cual el socialismo sería una grotesca mascarada.
El ejemplo de la emancipación rusa, agigantado con los años, constituye la meta suprema de las masas trabajadoras del globo. Mao Tsetung recuerda que la revolución china representa la prolongación de la victoria socialista de 1917. De la misma manera, el resto de repúblicas desgajadas del podrido tronco imperialista reafirma la aplicabilidad perdurable de los grandiosos postulados de Octubre. Es la esplendorosa confirmación de la coherencia y desarrollo del marxismo que, como arma ideológica invencible de la clase obrera, antes que perder lozanía se proyecta vigoroso hacia el porvenir.
No obstante la permanente validez de las apreciaciones de Marx y Engels, algunas de ellas con más de siglo y cuarto de vigencia, su doctrina no ha permanecido estática sino que se enriquece a medida que la práctica social ha ido descubriendo nuevos asuntos por solucionar. Stalin indicó con agudeza que "el leninismo es el marxismo de la época del imperialismo y de la revolución proletaria". Desaparecido Lenin, a Mao Tsetung le correspondió, además de sus incontables aportes hechos al marxismo-leninismo en todos los aspectos, atender y resolver una cuestión fundamental: la continuación de la revolución bajo la dictadura del proletariado. Partiendo de las advertencias de los esclarecidos ideólogos de la revolución obrera y sintetizando las experiencias de China y en especial la del ulterior desenlace negativo de la Unión Soviética, que después de ser el primer Estado proletario se transmutó con Kruschev y sus sucesores en una nación socialimperialista, Mao enseña que el socialismo abarca un período bastante largo en el cual todavía no son eliminadas las clases ni la lucha de clases, ni desaparece el peligro tanto de la restauración del capitalismo como de la agresión externa imperialista. Durante este período hay que insistir en la dictadura del proletariado sobre la burguesía y efectuar revoluciones cada vez que ésta hace carrera dentro de la sociedad socialista y usurpa las posiciones claves del Poder.
El prestigio del marxismo es tal que muchos de sus encarnizados opositores han optado por declararse partidarios suyos con el objeto de mellar su filo. Tan repetido es el caso, que desde los tiempos de Lenin, estos contrincantes solapados configuran la principal amenaza contra la revolución y reciben el mote de revisionistas. Combaten veladamente con los argumentos más impúdicos la justa idea de que el proletariado está obligado a utilizar la violencia revolucionaria contra la violencia contrarrevolucionaria, si aspira a romper los grilletes de la esclavitud y levantar su dictadura de clase. Los marxista-leninistas saben que la "transición pacífica" de un régimen social a otro seguirá siendo una cosa rara, y que sin la creación de un ejército propio el proletariado no tendrá esperanzas de redención. La insurrección armada les dio la supremacía real a los obreros y campesinos de los soviets de Petrogrado, de Moscú y de Rusia entera. Los auténticos comunistas no permitirán que ésta ni ninguna de las imperecederas lecciones de la Revolución de Octubre sean escamoteadas.
La batalla ideológica y política permanente contra el revisionismo resulta imprescindible para vencer las fuerzas imperialistas y socialimperialistas. Renunciar a esa lid significaría abandonar la defensa del marxismo-leninismo, debilitar el partido de la clase obrera e impedir que ésta cuente con una vanguardia fogueada y diestra, dispuesta en todo momento a impartir las orientaciones salvadoras para destruir a un enemigo mortal, ventajoso y cruel.
Hoy como ayer el revisionismo es una contracorriente internacional; salvo que ahora se halla más extendido y su meca se encuentra en Moscú, la antigua capital revolucionaria. Romperle el espinazo resultará más difícil que en el pasado por el soporte que le proporciona la Unión Soviética y demás repúblicas satélites de ésta. Mas se halla irremisiblemente condenado. El revisionismo convirtió a la patria de Lenin y Stalin en un país socialimperialista voraz, regido, como cualquier imperialismo, por las mismas normas ciegas expansionistas de explotación y dominación del mundo. Pero, también como a aquél, lo dotó de un cuerpo colosal sobre unos pies de barro y lo predestinó al fracaso. Por mares y territorios de los cinco continentes se ven las tropas soviéticas, o sus armamentos en manos mercenarias, amedrentando a los pueblos, disputando la hegemonía al imperialismo norteamericano y amenazando la paz mundial. De desatar la tercera guerra general sólo encontrará sosiego en la tumba. Si no lo hace, de todos modos el alud tumultuario de miles de millones de pobladores del planeta le caerá encima y tarde que temprano las baterías del Aurora volverán a escucharse en Leningrado.
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A pesar del tiempo y la distancia, para Colombia guardan plena vitalidad los principios tras los cuales se atrevieron los tenaces bolcheviques de Rusia a concitar el odio de la reacción en el amanecer del siglo XX. Somos una nación pequeña y subdesarrollada, sometida a la égida neocolonial del imperialismo norteamericano, pero integramos el más gigantesco frente de lucha jamás conocido, pues nuestros intereses se confunden con los de los pueblos aplastantemente mayoritarios que en todas las latitudes pugnan por lograr su independencia y soberanía, y junto a ellos peleamos en la primera trinchera antiimperialista.
Debido al hecho de estar dirigida por el proletariado y contra el imperialismo, nuestra revolución, aunque sea actualmente de esencia democrática, no sólo contribuye al buen suceso de la revolución socialista mundial, sino que en lo interno culminará inevitablemente en el socialismo. La clase obrera colombiana, mediante prolongadas y cruentas confrontaciones con los opresores tradicionales, viene forjando su partido y preparándose para desempeñar dignamente el puesto de comando de la revolución. Ha obtenido notables avances en el empeño de arrancarles la careta al oportunismo y al revisionismo y de expulsarlos de sus filas. Estimulando y solidarizándose con la brega heroica de los campesinos en procura de la tierra y la libertad, y propiciando las acciones del resto de sectores democráticos, el proletariado de Colombia desarrolla la alianza obrero-campesina y alienta un formidable movimiento que unirá al pueblo bajo las banderas de la liberación nacional. Comprende que la más apremiante necesidad es obtener el derecho a forjar el destino de la nación sin intromisión ajena, como la más excluyente condición para arribar a la sociedad socialista, fin superior de todos sus desvelos. Por eso combate sin tregua ni descanso hasta pulverizar el yugo colonialista de los Estados Unidos, y jura que preservará a cualquier precio la soberanía alcanzada, frente al socialimperialismo y demás filibusteros internacionales. Sus luchas y proclamas encontrarán amplia resonancia en Latinoamérica y su victoria aumentará la gloria del Octubre de 1917.

 

 

 

¡POR UN FRENTE MUNDIAL CONTRA EL SOCIALIMPERIALISMO SOVIÉTICO! ¡FUERA RUSOS DE AFGANISTÁN!

Enero 11 de 1980
Publicado en Tribuna Roja No 35 de enero de 1980

La invasión de las tropas soviéticas a Afganistán, iniciada el pasado 27 de diciembre, configura un acontecimiento de suma gravedad que habla por sí solo de los planes siniestros de dominación mundial de los amos de Moscú. Es la primera vez que los socialimperialistas intervienen militarmente en forma directa en un país del Tercer Mundo.
En 1968 lo habían hecho en Checoslovaquia, nación de la Europa Central. En 1975 ocuparon Angola pero con soldados de su colonia cubana, y más recientemente sometieron a Kampuchea y Lao a través de sus marionetas vietnamitas. Hoy su delirio expansionista los ha llevado a efectuar esta nueva aventura, ya sin tapujos de ninguna índole y haciendo gala del peor cinismo. Los argumentos de que con su intromisión bélica "protegen" la seguridad de Afganistán, "ayudan" a la revolución afgana, o actúan dentro del derecho internacional no convencen a nadie.
Por el contrario, desde el primer momento ha quedado claro que los soviéticos bañaron en sangre a Afganistán y vienen obrando como sólo sabían hacerlo las hordas hitlerianas. Depusieron y asesinaron al Primer Ministro Amín para imponer un gobierno completamente dócil a sus vandálicos caprichos. Por ello la respuesta militar del pueblo afgano ha sido inmediata y decidida, y cuenta con la participación de considerables segmentos del ejército regular que se han pasado a la resistencia armada.
De otra parte, una inmensa mayoría de Estados ha condenado la invasión y la considera un serio atentado contra la paz mundial. Todo indica que los social-fascistas utilizarán a Afganistán para apoderarse posteriormente de Pakistán, inmiscuirse en Irán y demás países vecinos, controlar la entrada al Golfo Pérsico y someter a su égida al Asia Meridional y Occidental. Tales proyectos no pueden menos que significar un inminente peligro para Europa, el Japón y los Estados Unidos, que verán comprometidos vitales centros de abastecimiento de combustibles y cruces marítimos y terrestres de importancia estratégica.
Asimismo los pueblos del mundo y las naciones amantes de la paz comprenden que su porvenir se halla severamente amenazado por el hegemonismo soviético. La República Popular China, el principal bastión de lucha contra las ambiciones imperialistas del Kremlin, será sin duda uno de los blancos de ataque preferidos de los belicistas rusos.
Sin embargo, hay un aspecto supremamente positivo en todo aquello, y es que la opinión pública mundial ha comenzado a aceptar, a punta de golpes y decepciones, que la Unión Soviética no sólo dejó de ser la cuna del socialismo para convertirse en el más tenebroso baluarte de la reacción internacional, sino que hace mucho abandonó los principios de la coexistencia pacífica entre los Estados y desempolvó la vieja bandera de la dominación colonial y de la guerra para sojuzgar a las naciones y buscar un nuevo reparto del planeta. El hegemonismo soviético es un problema de todos los pueblos, y por ende a éstos corresponde resolverlo, promoviendo la conformación del más amplio frente de combate jamás conocido, en el que participen, en una u otra forma, desde los países atrasados y dependientes del Tercer Mundo, las repúblicas socialistas y las naciones ricas del Segundo Mundo, hasta los Estados Unidos. Un frente de esas proporciones impedirá la guerra mundial o la decidirá a favor de la revolución internacional. Con un frente así, los socialimperialistas serán vencidos y los pueblos contarán con el mejor ambiente para la emancipación de las naciones, para el desarrollo del socialismo y para la conquista de la democracia y la libertad en el orbe entero. El primer deber internacionalista del proletariado y de los partidos auténticamente comunistas será contribuir a la integración a nivel mundial de este frente único contra el socialimperialismo soviético.
En la historia quienes acariciaron sueños de dominación imperial fracasaron irremisiblemente. Los soviéticos también terminarán siendo aplastados por mucho alboroto que armen y por muy temibles que parezcan. El pueblo afgano saldrá victorioso y obtendrá su liberación a pesar de las duras pruebas del presente y del futuro.
¡Apoyemos a Afganistán en su resistencia
contra la ocupación soviética!
¡Conformemos un frente único mundial
contra el socialimperialismo soviético!

Francisco Mosquera 
Secretario General del MOIR
Bogotá, enero 11 de 1980.

 

 

 

EXPERIENCIAS DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL PARA TENER EN CUENTA

Agosto de 1980
Prólogo escrito por Francisco Mosquera para el libro José Stalin, la Gran Guerra Patria, Bogotá, Editorial Bandera Roja, traducido y acotado por Gabriel Iriarte.

Cuando esta recopilación era apenas un proyecto en la cabeza de Gabriel Iriarte, y no hace mucho él me habló de ello, que traduciría de una publicación norteamericana las intervenciones del Primer Ministro del Estado Soviético durante la Gran Guerra Patria, con miras a ponerlas a la disposición de los miembros del Partido, como pieza de estudio, no dudé en alentarlo para que cristalizara prontamente la idea. No sólo la llevó a cabo, sino que emprendió con tenacidad la investigación acerca de la Segunda Guerra Mundial, y, acompañado de unas diapositivas, ha recorrido buen número de regionales ilustrando a obreros y campesinos sobre el tema. Ahora me pide que prologue su edición en español de los discursos de Stalin, en razón a que los lectores de la misma consistirán mayoritariamente en camaradas del MOIR, los cuales han venido aportando a la financiación de la obra con el pago por adelantado de los ejemplares. Al aceptar el cometido me propongo contribuir también a avivar el examen y la discusión de tan rico período histórico, cuyas enseñanzas fundamentales tergiversan con pérfida intención socialimperialistas y revisionistas, a medida que retumban por el orbe los aldabonazos de la tercera conflagración general. De otra parte, me ha obligado a ocuparme de algunos libros y documentos de entonces para poder efectuar, con mejores elementos de juicio, el ineludible paralelo con la situación actual. Los siguientes apuntes recogen tales observaciones.
La valerosa resistencia del pueblo soviético contra la invasión nazi y su aplastante victoria final patentizan una de las hazañas más extraordinarias de todos los tiempos. Encontrábanse en juego asuntos de suma trascendencia. Se decidía si en el futuro inmediato caería sobre los pueblos el dogal de la esclavitud fascista o no. En el terreno de las armas, haciendo gala de fortaleza, de pericia y de técnica, en una extensión jamás vista, los dos sistemas sociales de la época, el imperialismo y el socialismo, zanjaban sus desavenencias. La lucha involucró lo mismo a la economía, a la política, que a la diplomacia. El contrincante que fallara en llevar los suministros al frente, tendido a lo largo de varios miles de kilómetros, sencillamente quedaría fuera de combate. Había que proveer los alimentos y las dotaciones para millones de soldados, los equipos de aire, mar y tierra, el combustible, los repuestos, e ir supliendo, de una batalla a otra, las cuantiosas pérdidas de vidas y armamentos. La organización en la retaguardia era decisiva. Las fábricas laboraban a pleno pulmón, incrementando constantemente el rendimiento e innovando en la marcha para obtener la preeminencia y no dejarse sorprender por los inventos del enemigo. En los albores del estallido, estrategas de ambos bandos coincidieron en valorar la importancia de las máquinas y los motores en la contienda que se avecinaba. El duelo aéreo y la pelea de tanques terminaron a la sazón imponiéndose como modalidades de la guerra moderna.
Los alemanes tuvieron al principio la ventaja, debido a su condición de invasores. Escogían libremente el momento y los sitios de ataque, de manera que se ajustaran a sus conveniencias y ocasionasen los peores estragos al país embestido. La burguesía alemana, una vez firmado el Tratado de Versalles, comenzó a buscar el desquite de la derrota de 1918 y a prepararse febrilmente, aunque con sigilo, para la otra confrontación, con veinte años de plazo. El nazismo representa a cabalidad las ambiciones imperialistas de recuperar para Alemania la influencia perdida y arrebatarles a las potencias de Occidente, en particular a Inglaterra y Francia, sus vastos dominios coloniales. Desde el ascenso al Poder, Hitler encauzó la producción conforme a sus programas bélicos, abarrotando arsenales con los más avanzados tipos de aviones, acorazados, carros de asalto, submarinos, etc., y adiestrando unas poderosas fuerzas armadas en pos de las últimas evoluciones de las artes marciales. Cuando irrumpen contra Rusia, las tropas nazis llevaban dos años de campañas fulgurantes. Nadie logró contenerlas. Austria, Checoslovaquia, Polonia, Dinamarca, Noruega, Holanda, Bélgica, Francia y los países balcánicos sucumbieron estruendosamente. Los ingleses, como siempre, se habían salvado de la ocupación por el hecho de vivir en una isla y por su reconocida capacidad naval. Pero medio millón de sus efectivos, junto a los cuatro millones pertenecientes al afamado ejército francés, fueron abatidos en menos de un mes en los campos de Europa. La superioridad alemana conmovía al mundo.
La Unión Soviética, desde luego, no constituía una pequeña y débil nación; se trataba de un Estado multinacional grande, centralizado, con incontables recursos, inmenso territorio y población numerosa. No obstante, venía impulsando pacíficamente su desarrollo material y cultural, en medio de las dificultades propias de las hondas transformaciones en que se hallaba empeñada, encarando el bloqueo del prepotente club de las repúblicas capitalistas y sin haber adecuado aún por completo su economía a las inminentes obligaciones militares, con todo y que los comunistas rusos vislumbraban, cual nadie más, que el choque resultaría inevitable. El primer problema, el de colocar el trabajo agrícola e industrial de las distintas comarcas y nacionalidades al exclusivo favor de las exigencias de la guerra, empieza a resolverse a partir del 23 de junio de 1941, al otro día del rompimiento de las hostilidades. El Ejército Rojo no consiguió repeler la arremetida alemana y se vio precisado a replegarse y ceder porciones muy considerables de su espacio. Leningrado y virtualmente hasta la capital, Moscú, quedaron cercadas y en angustioso peligro. Para garantizar vitales abastecimientos e impedir que los centros fabriles de las regiones occidentales los agarraran las fuerzas ocupantes, los soviéticos, en una demostración sin precedentes, transportaron de junio a noviembre más de 1.500 fábricas a las profundidades de su retaguardia. El desenlace parecía gravemente comprometido. Con avidez se esperaban las noticias procedentes del mayor, del determinante, del en verdad único frente que prevalecía. Ahora la totalidad de los intereses envueltos en el conflicto pendía de la batalla de Rusia. Si este postrer esfuerzo periclitaba ya no habría en el continente europeo bastión que frenara a las hordas nazis. Incluso los Estados Unidos, no estarían muy seguros allende el Atlántico.
Mas el pueblo ruso, acosado, despojado, malherido, aguantó. Ningún sufrimiento pudo doblegar su espíritu combativo; nada opacó su infinito amor por la causa a la que ofrendaba los más caros sacrificios. No conoció el miedo, no se permitió un minuto de descanso, no perdió jamás la confianza en el triunfo. El fanfarrón de Hitler creyó que bastaría coger a coces la estructura bolchevique para que se desplomara al instante. Y al concluir 1941, después de seis meses de incesante guerrear sobre la interminable llanura, el empuje germano mostró síntomas inequívocos de agotamiento: las líneas en lugar de avanzar retrocedían, los objetivos fundamentales continuaban sin alcanzarse y la introducción del invierno helaba las carnes y el ánimo de los invasores. Procurando mantener la iniciativa y valiéndose de la inexistencia de un segundo frente que los aliados anglo-norteamericanos postergan prácticamente hasta junio de 1944, los nazis recurrieron a las reservas y reforzaron con varias decenas de divisiones a las 200 que, mermadas y exhaustas, proseguirían el embate en el nuevo verano. Sin embargo, aplazan el asalto frontal sobre Moscú, a la espera de una amplia operación por el flanco Este y el Sur, desde el Cáucaso hasta Kuibyshev, dirigida a cortar los puntos claves de las comunicaciones de la ciudad. La variación del plan táctico simbolizó para los agresores saltar de la sartén para caer en las brasas, puesto que sus unidades se dispersaron notoriamente, perdieron potencia y tropezaron con Stalingrado. La gloriosa urbe sobre el Volga tampoco quiso capitular y en sus alrededores cavó la tumba al VI Ejército alemán, unos 300.000 hombres, entre prisioneros y muertos. De allí en adelante el curso global de la guerra registra un viraje sustancial. La industria soviética, ya restablecida y estabilizada desde mediados de 1942, arroja índices superiores de productividad y de calidad a los del enemigo. El Ejército Rojo desata la contraofensiva y los nazis pasan a la defensiva estratégica. Para Alemania principia el período de las grandes derrotas y de la penosa retirada, así promueva esporádicamente golpes de proyección y de duración reducidas.
Los descalabros en el Oriente colocan al régimen hitleriano en entredicho. La desmoralización va minando progresivamente sus filas; entre sus socios del Eje surgen las dudas acerca del porvenir de la aventura genocida, y las pequeñas naciones de Europa Central, obligadas a marcar el paso de ganso y a portar la esvástica, ansían la hora de desasir los compromisos de guerra. El nazismo, que funda su éxito en la intimidación y el engaño, como cualquier contracorriente reaccionaria no soporta la adversidad. Únicamente sobrevive llevando la delantera, pero tan pronto se le nublan las perspectivas de vencer todo estará finiquitado sin remedio. Las condiciones se vuelven propicias para los pueblos sujetos a la sojuzgación o al chantaje del bloque nazi-fascista. La resistencia organizada de la población y el movimiento guerrillero se propagan por doquier en Francia, Yugoslavia, Albania, Grecia, etc. En China la lucha contra la invasión japonesa se consolida y el Ejército Popular de Liberación tórnase en la fuerza determinante de la salvación nacional. Por otra parte, Inglaterra y Estados Unidos estrechan los nexos amistosos con la Unión Soviética, intensifican los combates navales y aéreos contra el Eje, bombardean asiduamente las factorías enemigas y se alistan para tomar el norte de África, controlar el Mediterráneo y abrir el asedio sobre Italia. Estos tres gigantescos vórtices de acción, el de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas que pugna por la libertad de la patria y enarbola la bandera proletaria; el de las masas de los países sometidos que tienden hacia la conformación de Estados propios, independientes y soberanos, y el de las naciones capitalistas que se oponen a la agresión germano-ítalo-japonesa, proseguirán creciendo y cohesionándose en un poderoso frente antifascista hasta tomar Berlín y hundir una de las más bárbaras y tenebrosas tiranías de este siglo.
Hemos indicado cómo el heroísmo del pueblo soviético incide en el cambio de la situación en un lapso relativamente corto; a lo que debemos agregar las orientaciones políticas y militares, sin cuyo acierto, ni la sangre vertida, ni la laboriosidad desplegada, hubieran dado sus frutos. Partiendo del mismo vaticinio sobre el desencadenamiento de las contradicciones de la preguerra; pasando por la utilización de los factores positivos contemplados en la estrategia trazada, y concluyendo en el hábil maniobrar para, sin vender los principios, salir airoso de cada una de las complejísimas encrucijadas, el alto mando soviético hizo alarde de visión, sapiencia, audacia y capacidad, cual raras veces ocurre en la historia. Aquél era el Partido Comunista. Integrado por los continuadores de la magnífica tradición revolucionaria de Rusia y los herederos de las sublimes virtudes de Lenin; educado en los fundamentos científicos del marxismo y dirigido por un jefe formidable: Stalin.
Aunque el fascismo configura una de las cuantas doctrinas imperialistas, lo escabroso de sus postulaciones y la brutalidad de sus procedimientos la hacen más acabada, más típica, más propia de la etapa en que el capital se convierte en monopolio e inicia su estado de descomposición y de expoliación parasitaria sobre las naciones oprimidas. La versión nazi recurre desaforadamente al nacionalismo y al racismo para encubrir las ambiciones de supremacía mundial. En la guerra de 1914-1918 las potencias triunfantes, prioritariamente Inglaterra, cimentaron y acrecieron sus respectivos imperios a expensas de Alemania que, además, hubo de aceptar la presencia y la inspección de sus contrincantes dentro de la misma casa. La burguesía germana no se resignaría voluntariamente a tan humillante condición, siendo que desde el punto de vista del desarrollo se recuperaba de manera vertiginosa y evidenciaba más pujanza, a pesar de no contar con los recursos de brazos, materias primas y mercados en todos los continentes, como sus vecinos. ¡Qué de cosas maravillosas no haría con esos "protectorados", "condominios", "fideicomisos" de mis supervisores! Empero una modificación del mapa de Europa y sus colonias, al igual que en el 14, no podría intentarse más que con la violencia. Los plutócratas alemanes se dejaron tentar gustosos por los argumentos de la banda de Hitler y en las manos patibularias de éste depositaron su destino. Daban por cierta la colaboración de los regímenes de Italia y Japón, acicateados por motivos similares. Desafiar de nuevo a los árbitros de Europa, en las circunstancias en que se debatía Alemania, iba a requerir de mucho esfuerzo y dedicación. El despotismo hitleriano proporcionó una disciplina vandálica, extremando el trabajo, distorsionando la mente de la juventud y eliminando sin contemplación a quienes disintieran de los planes oficiales. Creó un ejército altamente calificado, acorde con los adelantos técnicos y con las formas organizativas apropiados a éstos, verbigracia, las unidades mecanizadas de rápida movilidad, muy distintas a las antiguas formaciones de caballería, supérstites aún en no pocas de las instituciones militares.
Los países imperialistas vencedores, con incalculables posibilidades, disfrutan, sin muchos azoramientos ni vigilias, de su posición notablemente boyante. La abigarrada red de posesiones coloniales, fuera de proporcionarles protección durante las crisis económicas características del modo de producción capitalista, les permite a las capas privilegiadas atesorar fáciles ganancias, llevar una vida muelle y hasta distribuir un buen porcentaje del saqueo de los pueblos extraños para el soborno de sus obreros e intelectuales, a objeto de preservar la convivencia social dentro de la metrópoli. Su preocupación no estriba en prender la llamarada sino en impedir que arda. Antes que desvelarse por construir ejércitos a tono con los reclamos de la época, cifran las esperanzas de tranquilidad en los tejemanejes del control armamentístico, en la firma de los tratados, o en los cacareos demagógicos sobre la conveniencia de las reformas seudodemocráticas. La guarda de sus intereses hegemónicos la supeditan a menudo a las tropas de los países atrasados y dependientes. ¡Si algún competidor nos pisa la punta del manto imperial no vamos a quebrar lanzas y a arriesgarlo todo por esa tontería! ¡Si nos sustraen del redil un país problemático y lejano a nuestros afectos, ahí nos sobran millones de kilómetros cuadrados y centenares de millones de esclavos para alimentar la molicie de mil generaciones! Así pensaron y actuaron los líderes de Inglaterra y Francia, las dos potencias imperialistas más poderosas y a la vez más decadentes del período anterior a la segunda conflagración mundial.
Las avivatadas de Hitler contrastan con la torpeza de un Chamberlain o de un Daladier. Cuando aquél les pide en el cenit de su poderío que le entreguen los Sudetes checoslovacos a trueque de la promesa de que no habría más pretensiones territoriales, estos dos primeros ministros, cual mansas almas de Dios, volaron a Munich, en septiembre de 1938, a satisfacer las exigencias del Führer. Pero lo más grotesco consistió en que mientras la prensa occidental todavía se desgañitaba en propalar los beneficios obtenidos en pro de la obra del appeasement, Checoslovaquia entera acababa bajo la "protección" del Tercer Reich. Durante años, tanto Alemania como los otros dos destacados pilares de la coalición fascista, exteriorizaron sin recato sus deseos de expansión. Italia se quejaba permanentemente de las injusticias de que fuera víctima en la partición del botín de 1919, y no veía la hora de vengar ese trato discriminatorio de sus tramposos examigos. Efectivamente, en octubre de 1935, Mussolini se lanzó sobre Abisinia (hoy Etiopía) y se la adueñó. En el Extremo Oriente el Japón también se revela descontento por el Tratado de las Nueve Potencias y los demás convenios que reordenaron los asuntos asiáticos de la posguerra; y en agosto de 1937 intensifica la ocupación del norte y el centro de China, suprimiendo en aquellas zonas cualquier otra injerencia extranjera. Los futuros signatarios del "Pacto de Acero" habían intervenido militar y mancomunadamente en España, a partir del verano de 1936. En marzo de 1938 los Panzer del general Guderian hollaron Austria. Y así, desde mucho antes de que Hitler franqueara el Rin, a principios de 1936, hasta la invasión de Polonia, el lo de septiembre de 1939, que originó la declaración anglo-francesa de la guerra, se produjo una serie de acciones bélicas, anexiones, violaciones de acuerdos y protocolos internacionales, que no ofrecía dudas en torno a los verdaderos alcances del expansionismo fascista. Sin embargo, a cada arbitrariedad del Eje, los aliados occidentales respondieron con una concesión, en la creencia de que evitarían el conflicto, cuando en realidad estimulaban las apetencias de los belicistas y los reafirmaban en sus cuentas alegres. El día en que los héroes victoriosos de la carnicería anterior, los fundadores de la Sociedad de Naciones, los promotores del “apaciguamiento”, hubieron de descolgar la panoplia y marchar inevitablemente a las trincheras, comprobaron cuántos lustros atrás se hallaban respecto a la teoría y a la práctica de la guerra, cuán poco servían sus lentas operaciones y sus inmóviles defensas ante los ágiles desplazamientos de las divisiones blindadas apoyadas por el fuego aéreo. Reducidos en un santiamén, inermes y a merced de los suministros de la industria bélica estadinense, esperarían largo rato antes de intentar el desembarco de Normandía para apalear al tigre moribundo. Los caudillos de la vieja Europa brindarían un triste espectáculo de ingenuidad e indolencia. Inclusive en medio de la contienda armada, las clases gobernantes norteamericana y europea no desecharon por completo las quimeras de conciliación ni rompieron del todo con los genocidas. Hitler supo endulzarles el oído con el cuento de que su misión se concretaba en destruir la fortaleza comunista del Este, una piadosa mentira admitida y tolerada por los grandes imperios hasta cuando se estrellaron con el hecho cumplido y terrible de que sus hermosas propiedades tenían un inescrupuloso pretendiente. La lógica de los acontecimientos era tal que la invasión a la Unión Soviética sólo podría interpretarse así: quien aspire al hegemonismo universal ha de postrar a cada uno de los colosos del planeta; quien domine a Rusia contará con un poder descomunal para postrar el mundo. A nadie pasará ya desapercibido que una vez liquidado el inconveniente soviético, la Wehrmacht regresaría por los restos: Inglaterra y los Estados Unidos.
La división entre las dos facciones alrededor de las cuales se realinderó la morralla capitalista, sus encontrados propósitos, el ascenso y la agresividad de la una, al lado de la decadencia y la indefensión de la otra, viabilizaron la alianza de la Unión Soviética con el contingente anglonorteamericano. Ninguna gestión, por desprevenida y contemporizadora que fuese, obraría el milagro de morigerar las diferencias interimperialistas. Al revés, éstas siguieron su curso normal, agudizándose a cada paso, hasta saldarse inexorablemente a cañonazos, por encima de los temblorosos pronunciamientos y las bobaliconas intrigas de la cuerda Washington-Londres-París. El zarpazo contra la seguridad del Estado socialista provenía incuestionablemente de parte de Alemania. Concertar la cooperación con los enemigos comunes del Eje, así encarnaran fuerzas de naturaleza expoliadora y colonialista pero inhabilitadas para hacer valer su iniciativa, respondía a una necesidad de legítima defensa que Stalin avizoró con bastante antelación e insistió en ella hasta satisfacerla. El acta de no agresión firmada por Ribbentrop y Molotov a mediados de 1939, absolutamente indispensable luego de la contumaz negativa de Occidente a convenir la lucha conjunta contra el fascismo, y sobre la cual tanto especularon los más disímiles comentaristas burgueses, no dejaría de ser un acuerdo eminentemente pasajero que, según el enfoque objetivo de la URSS, permitía ganar tiempo y esperar la arremetida germana desde posiciones militares lo más favorable posibles. La tergiversación respecto al mencionado protocolo soviético-alemán, que todavía hoy se zaranda después de cuarenta años, pretende en vano echar tierra a los titubeos y a las furtivas entendederas de los mandatarios occidentales con los jerarcas nazis. Abundan los testimonios de que el Kremlin repicó constantemente sobre la conveniencia de concertar la ayuda mutua con los gobiernos llamados democráticos, consciente de que se evitaría mejor el estallido de la guerra con el levantamiento de un poderoso dique de todas las naciones amantes de la paz, ante el cual se deshicieran las bravuconadas de los expansionistas, que con la adopción de la fementida política de "neutralidad" y "no intervención", con la cual se le daba luz verde a la masacre. La práctica corroboró la justeza de las directrices de Stalin para una coyuntura sin antecedentes en los anales de la clase obrera. Si bien las condiciones se asemejan a las de la década del diez, en el sentido de que la conflagración la provoca la rebatiña entre las naciones "civilizadas" por el control del orbe, había un factor nuevo: la permanencia de un próspero país socialista, habitado por 200 millones de personas, faro y ejemplo de los revolucionarios de todo el globo, cuya integridad entraba en juego al precipitarse la hecatombe. Como presa codiciada a los ojos de la sórdida reacción teutónica, la Unión Soviética no sólo no se eximiría de la contienda, sino que la vastedad de su territorio estaba destinada a servir de escenario principal de ésta. Bajo tales augurios, descubrir y facilitar los medios para la salvaguardia de Rusia, debía constituir el primer deber del proletariado internacional. Cuando Lenin encaró en 1914 el problema de la guerra imperialista calificó de judas y caínes a quienes, en nombre del comunismo y tras el argumento de proteger a sus "patrias", se coligaron con los bandoleros enzarzados en la criminal disputa por las tierras ajenas. Precisó: ni los trabajadores ni los pueblos oprimidos saldrían gananciosos de la matanza; se lucrarían únicamente los banqueros y potentados del bloque vencedor (el cual terminó siendo, como ya dijimos, el capitaneado por Gran Bretaña y Francia), y el desgaste general de los gobiernos por el esfuerzo bélico señalaría la hora de la insurrección, si los partidos proletarios no se contaminaban de chovinismo, ponían a salvo su independencia de clase y eran capaces de movilizar a las masas hacia la guerra civil contra los responsables del holocausto. Estas certeras apreciaciones sobre la época del imperialismo, o capitalismo descompuesto, se materializan magistralmente con el advenimiento de la gloriosa Revolución de Octubre. La estrategia se resume en sacar, en bien de la causa obrera, la máxima utilidad al recíproco despedazamiento de las potencias expoliadoras. Guiándose por aquellos principios leninistas básicos, Stalin propugna, en consonancia con las particularidades de la Segunda Guerra Mundial, la configuración, a la más amplia escala, del frente único antifascista. Si se consideran los múltiples aspectos de la situación, el cerco letal que atenazaba a la Unión Soviética, el apogeo del nazismo, el eclipse de los imperios europeos y la tendencia irresistible hacia la autodeterminación de las colonias amenazadas ahora por el yugo de Alemania y sus compinches, se comprenderá, sin quemar mucho fósforo, que aquel frente absolvía el interrogante de cómo aprovechar las contradicciones interimperialistas en pro de la Gran Guerra Patria y de las guerras de liberación nacional de los pueblos sometidos. Ni hablar de que las masas asalariadas de todas las latitudes recibirían el más duro golpe con el derrumbamiento de la URSS. Los resultados están a la vista. No obstante la alta cuota de sangre, la Unión Soviética sorteó la tormenta y arribó su nave a buen puerto. En Asia, medio millar de millones de chinos expulsaron fuera de sus fronteras a los japoneses y allanaron la senda hacia la revolución de nueva democracia. Otro tanto les acontece a los vietnamitas y coreanos. En Europa la táctica aplicada permite desgajar, del podrido tronco derribado, a Yugoslavia, Albania, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria y Alemania Oriental. Al inicio de los años cuarentas subsistía una sola república bajo la conducción obrera; después del cataclismo y de entre los escombros brotaría el campo socialista.
Al calificar de “agresores” a los alemanes y cía. y de “no agresores” a los ingleses y cía., Stalin, además de proferir un diagnóstico exacto de los gobiernos burgueses de aquel período, demostró un empleo sesudo, dialéctico, no dogmático, del marxismo-leninismo, el cual proporciona los basamentos generales para el análisis de las cosas, pero, desde luego, no profetiza las formas que éstas adoptan, ni la relevancia de tal o cual tópico dentro del conglomerado, ni las incidencias del infinito número de casualidades que en el discurrir histórico operan en uno u otro sentido. Una de las regulaciones medulares del proceso capitalista descubiertas por Marx es la de su evolución anárquica y desigual. No se encuentra bajo este sistema una empresa, una sociedad anónima, una rama industrial, una nación que crezca pareja con otra. Hay constantemente una modificación de las proporciones y de la relación de dichas entidades económicas entre sí. Esto por una parte, y por la otra, no conocen más método que la fuerza para prevalecer sobre sus oponentes. En la fase imperialista tales contradicciones explotan con mayor acerbidad, adquieren la dimensión de pugnas entre Estados o coaliciones de Estados y se zanjan mediante la guerra. Cuando Marx y Engels abocan la problemática de su siglo, cabalmente se fundamentan en la norma del desenvolvimiento dispar del capitalismo para desentrañar el rol de los diversos pueblos en el conjunto de la revolución democrática. El dilema de a qué movimiento burgués progresista apoyar, lo resolvieron a favor o en contra según debilitara o no a Rusia, el principal fortín de la reacción de la época. ¿El postulado de Lenin acerca de la posibilidad del triunfo del socialismo en un solo país, de manera aislada, o en pocos países, no se sustenta acaso en el mismo criterio del desarrollo desigual de las repúblicas imperialistas y de sus irreconciliables antagonismos? Por idéntica razón los acuerdos entre los capitalistas y entre sus potencias, cuando se presentan, no dejan de ser traumáticos, inconsistentes y fugaces. Al quebrarse la estabilidad debido a la variación de las fuerzas e imponerse el interés colonialista, vuelan, cual vilanos al aire, las empalagosas y fofas disertaciones de los propagandistas del "apaciguamiento", o de la "distensión", como ahora se le nombra. El paraguas del necio señor Chamberlain no pararía las andanadas de los artilleros germanos. Moscú lo advirtió a tiempo, y se reía de la trampa tendida por Berlín a Occidente con el señuelo del "pacto anticomintern" y con las demás profesiones de fe, encaminadas a convencer de que los preparativos militares se circunscribirían a la destrucción de los bolcheviques.
Stalin les increpaba a burladores y burlados:
"Es ridículo buscar focos de la Internacional Comunista en los desiertos de Mongolia, en las montañas de Abisinia, en los desolados campos del Marruecos Español.
"Pero la guerra es inexorable. No existen velos que puedan ocultarla. Porque ningún ‘e¡e’, ningún ‘triángulo’ y ningún ‘Pacto anticomintern’ pueden ocultar el hecho de que el Japón se ha apoderado, durante este tiempo, de un inmenso territorio de China; Italia, de Abisinia; Alemania, de Austria y de la región de los Sudetes; Alemania e Italia, juntas, de España; todo esto, en contra de los intereses de los Estados no agresores. La guerra sigue siendo guerra, el bloque militar de los agresores, un bloque militar, y los agresores siguen siendo agresores". (1)
El jefe de los revolucionarios soviéticos percibió diáfanamente que el entendimiento entre los dos grandes sectores imperialistas sería a la postre totalmente imposible. Harto urgidos se hallaban ambos bandos de las tierras coloniales que sólo uno de ellos ostentaba, como para confiar en que fructificarían sus transacciones públicas o secretas. Si al condescender a los caprichos del nazismo los políticos profesionales de los depauperados imperios soñaban en apuntalar la paz, los enviones cada vez más impetuosos del diabólico competidor se encargarían de sacarlos violentamente del letargo. Sin embargo, la historiografía burguesa de la segunda posguerra se obnubila con el desiderátum de calumniar a Stalin; y, con parcializado juicio, relega o desvirtúa la rapiña por las naciones oprimidas y el flujo y el reflujo de las potencias opresoras, como causas prioritarias de la conflagración mundial. Obviamente tampoco admite la coincidencia de metas y anhelos entre el régimen stalinista de los soviets y la humanidad dolida y avanzada del planeta. Por lo tanto no puede explicar nada de cuanto sucedió, lo que es lamentable; pero mucho menos de cuanto acontecería posteriormente, lo que representa una desgracia peor.
Dentro de los aliados occidentales se da también el fenómeno de la ruptura del equilibrio económico y militar, con arreglo a lo cual se realizan la transformación de sus relaciones y la sustitución, a raíz del conflicto bélico, de la mayordomía inglesa por la norteamericana, en el ámbito imperialista. La industria estadinense, en sostenido auge desde hacía cerca de cien años y cuyos marcos nacionales le venían quedando cortos desde finales del siglo XIX, se encargaría no sólo de dotar satisfactoriamente a sus tropas sino de asistir, con los apoyos solicitados, a los países amigos, particularmente a Inglaterra y a Francia, que sin esa contribución no hubieran acariciado perspectiva alguna de triunfo, o simplemente no hubieran retornado a la liza en Europa. La primera se encontraba por el momento a salvo en su ínsula y parapetada tras su flota, pero sin recursos con qué emprender una contraofensiva de envergadura. La segunda había capitulado vergonzosamente, era un república presa, y por su honor sólo respondían la resistencia clandestina, en suelo patrio, y el general De Gaulle que, exiliado en Londres, disponía apenas de unas formaciones exiguas y mal provistas y de un área mínima del imperio de ultramar. El ejército inglés evacuado de Dunquerque abandonó su equipo y armamento en la huida. Como a los alemanes su fuerza naval no les garantizaba el abordaje de la Gran Bretaña, optaron por el ataque aéreo en lugar de la invasión. Durante meses los británicos sufrieron el inclemente castigo sin poder hacer mucho, excepto intentar una deficiente defensa de sus cielos y escuchar las ardorosas proclamas del Primer Ministro de Su Majestad. Por cada bombardeo de Hitler, un discurso de Churchill. Así, improvisadamente, entró esa orgullosa nación, con tantas posesiones coloniales por perder, a esta guerra tan anunciada y que tanto demandaría del elemento técnico y científico de la producción industrial. Siempre que Stalin, con el objeto de aliviar la pesada carga del Ejército Rojo, indagó sobre las dilaciones a las promesas de apertura del otro frente, el gobierno inglés se disculpó con el retraso en los aprestos de los Estados Unidos. Es decir, como las decisiones las toma y las imparte quien posea los medios, y en la guerra éstos se concretan en armas, provisiones, transportes, etc., en Occidente la iniciativa corría ya a cargo de los manipuladores del Pentágono, el monumental edificio que se inauguró precisamente por aquellos desoladores días. Quedó establecida una nueva relación: De Gaulle se esforzaba por sujetar a sus díscolos y dispersos partidarios; Churchill por sujetar a De Gaulle, y Roosevelt por sujetar a Churchill, a De Gaulle y a los partidarios de éste. Al imperialismo yanqui le llegó el turno de representar la función y saltó al escenario. Aunque su reputación militar brillaba por bisoña, él impondría los mandos y la táctica; aunque su afecto por los compañeros de odisea estaba al socaire de dudas, él se inmiscuiría en los asuntos internos de Inglaterra y Francia; aunque la adhesión a la democracia constituía su más preciado don, él quería para sí todas las riquezas, todos los mercados, todos los imperios de los demás y ser ungido déspota del universo. Esto, dentro del sistema capitalista, se entiende, porque el ladino de Roosevelt salió trasquilado siempre que fue por la lana del Estado bolchevique.
En cierta ocasión la Casa Blanca insistió ante el Kremlin acerca de una autorización para que aviones americanos sobrevolaran Rusia y reubicaran en los planos aeródromos y bases estratégicas, so pretexto de capear una eventual acción japonesa por el Este. En cortante y perentorio mensaje al presidente gringo, Stalin replicó: “Su propuesta de que el general Bradley inspeccione los objetivos militares rusos en el Lejano Oriente y en otros lugares de las URSS me ha producido sorpresa. Debería ser perfectamente claro que los objetivos militares rusos únicamente pueden ser inspeccionados por rusos, al igual que los objetivos militares americanos sólo pueden ser inspeccionados por americanos. En esta cuestión no debería existir ninguna oscuridad”. (2)
La cooperación estadinense se convirtió para los desahuciados árbitros de Europa en otra fuente seria de alarmas. Hitler les vociferaba a mandíbula batiente: "El mundo está mal repartido", y para lograr la redistribución de las "propiedades mundiales" nos atenemos a la sentencia de que "el más fuerte determina el camino del más débil". (3) Por eso aquéllos acudieron al otro lado del océano en búsqueda de amparo y comprensión. Pronto se percataron de que el aliado, no obstante combatir al Eje y proporcionarles los préstamos y auxilios pertinentes, propendía él también, a su estilo y con su propia filosofía, a un nuevo sorteo de las zonas de influencia. La maniobra de aplazar el desembarco de Normandía y el ir introduciéndose paulatinamente en la guerra, con abundancia de precauciones y escasez de riesgos, reflejaban a plenitud las conveniencias de Washington: aparecer, cuando todos los contendientes estuvieran agotados, a sofocar el fuego y presto a desenfundar la chequera, su arma predilecta. El cálculo sólo fue fallido con respecto al campo socialista, porque Europa se reconstruiría con los dólares americanos, aviso de que el sol de otro imperio despuntaba en el horizonte burgués, más poderoso que los anteriores y por lo tanto más cruel y más siniestro.
¿Sugiere esto que la colaboración recíproca, para arrinconar al fascismo, entre la fortaleza proletaria y las repúblicas capitalistas "no agresoras", significó, al fin y al cabo, un desacierto? En absoluto. Nos enseña, por el contrario, a aprehender el meollo de la cuestión. Que los períodos de calma y de reposo en las relaciones de las potencias imperialistas se interrumpen abrupta y frecuentemente; que la quiebra del equilibrio obedece a la anárquica y desigual evolución material de aquéllas y al continuo cambio de sus fuerzas; que la rebatiña por las colonias se impone inexorablemente y se dirime mediante la guerra, al margen de los hipócritas oficios de los políticos de la reacción; que el proletariado debe aprovechar las contradicciones entre sus enconados enemigos para sacar avante y afianzar las conquistas del socialismo, y que la dirección obrera, en ninguna circunstancia, ha de perder de vista la naturaleza rapaz y expoliadora de los amos del capital, si no desea ahogarse en la charca del oportunismo. Indica, igualmente, que Stalin, connotado discípulo de Marx y Lenin, estuvo a la altura de sus responsabilidades.
La entronización de la hegemonía norteamericana constituyó un vuelco notorio; mas hubo también otro digno de mencionarse: la generalización del neocolonialismo, que suplanta las antiguas formas coloniales de dominio directo de la metrópoli, por las del control indirecto, a través de gobiernos títeres, elegidos incluso por voto popular y adornados con todos los oropeles de la democracia burguesa. Al someter a su égida a las naciones más atrasadas, feudales y semifeudales, y verter en ellas las cornucopias rebosantes de dinero, el imperialismo, fuera de centuplicar su poderío económico con las materias primas así apropiadas y con los mercados así abiertos, propaga por doquier el modo de producción capitalista y, sin proponérselo, esparce los gérmenes de la rebeldía de los pueblos colonizados. Cuanto más desarrollo haya adquirido un país y más capital nacional posea, con mayor acucia siente los impulsos de recuperar sus riquezas, manejar sus recursos, obtener la soberanía y disfrutar realmente de la autodeterminación. Las poblaciones sacadas del aislamiento provinciano y puestas en contacto con la cultura mundial ya no pueden ser tratadas, tan fácilmente, con las herramientas medievales de sojuzgación; se requiere de otras más sutiles y, sobre todo, más eficaces. Además, el grado de concentración y de pujanza del monopolio llega a extremos tales en superpotencias como los Estados Unidos, que ningún régimen burgués, por democrático que sea, se halla exento de ver a sus funcionarios y mandatarios sobornados por el imperialismo más pudiente, es decir, de caer bajo la subordinación económica, mediante los contratos leoninos, las leyes elásticas y el "serrucho"(4) tristemente célebre en Colombia.
En 1939, el capitalismo se había extendido ya por el globo entero y hasta las sociedades más rezagadas empezaban a saber del obrero de fábrica y de la burguesía criolla, clases permeables a las ideas liberadoras y cuyas inquietudes bullían con la guerra, con el cómico cuadro de la pusilanimidad de los rectores de Europa y con las intrigas de unos aliados contra otros. Cuando De Gaulle, en medio del vendaval, caló la determinación de Siria y el Líbano de no admitir más por las buenas a la burocracia extranjera y de funcionar con administradores nativos, expresó la esperanza de que aquellas colonias, después de que "alcanzaran la independencia", todavía "tendrían mucho que ganar y nada que perder con la presencia de Francia".(5) El General, como colonialista consumado y ante lo inevitable, sintetiza en sus palabras el quid del neocolonialismo: conservar en la nación saqueada y oprimida la presencia del imperialismo saqueador y opresor, a pesar de la independencia política de aquélla. Por supuesto que ni la Cruz de Lorena ni De Gaulle serían los principales usufructuarios de la nueva teoría.
Un ave de rapiña más vigorosa y joven, made in USA, se cernía sobre los países esclavos y traía consigo el bálsamo redentor de las reformas republicanas y el mensaje de la libertad formal, con base en los cuales serían restañadas las heridas y erigida otra comunidad de naciones, su propia comunidad. Mientras el lenguaje simula innovación, el dólar americano sigue reafirmando su preponderancia hasta configurar la divisa internacional en que obligatoriamente se tasan los negocios. En la Carta del Atlántico, programa de guerra suscrito por Roosevelt y Churchill, en agosto de 1941, se lee que los signatarios "respetan el derecho de todos los pueblos a elegir la forma de gobierno bajo la cual quieren vivir, y aspiran a que aquellos que están privados por la fuerza de esta libertad, recuperen el derecho a la soberanía y a la autodeterminación". De tal manera, presentándose como los portaestandarte de la democracia, los Estados Unidos tejieron su singular sistema colonial que les permitiría, por los cinco continentes, invertir ingentes sumas de capital, apoderarse de los yacimientos y recursos naturales estratégicos, vender sus mercaderías y aplastar la competencia. Muchas prebendas reporta el nuevo mecanismo a los estranguladores de pueblos, además de la demagogia que hacen. Sus inversiones y empresas están comúnmente al cuidado de los ejércitos fantoches, ahorrándose los gastos de guarnición dentro de muchos de los países sometidos. Las administraciones locales, elegidas ojalá por sufragio, son el blanco visible de las iras populares; y cuando el desprestigio las mina y la prudencia aconseja reemplazarlas por otras camarillas, el sistema no sufre demasiado, porque anda igual con liberales o conservadores, oficialistas u oposicionistas, socialdemócratas o revisionistas. Obsérvese que la estabilidad de los gobiernos de las neocolonias marcha en proporción inversa a la inflación, al alto costo de la vida, a la miseria de las gentes, males causados por la insaciable voracidad de los magnates de la metrópoli.
Lo arriba descrito no significa, sin embargo, que la Casa Blanca haya renunciado a conducirse como solían hacerlo los antiguos déspotas. Ella también ha movilizado sus tropas y flotas por todas las latitudes, ha invadido, ocupado y establecido bases militares en territorios ajenos; ha asesinado, arrasado e incendiado. La democracia proimperialista, como lo recuerda el MOIR a cada paso, no excluye el estado de sitio, el Estatuto de Seguridad, la tortura, o el golpe cuartelario. Lo importante de entender es que la implantación generalizada del neocolonialismo sobre las naciones pobres y débiles cimienta la tan olvidada tesis del leninismo de que ninguna democracia, ninguna especie republicana de gobierno, ningún "derecho humano", impide la explotación económica de los países por parte del imperialismo. Sólo la revolución liberadora dirigida por el proletariado, en último término el socialismo, interpondrá la muralla impenetrable para los ardides de financistas y banqueros e inexpugnable para la violencia reaccionaria. El ignorar estos principios desfiguró a un sinnúmero de partidos comunistas, en cuya degeneración llegaron, después de la guerra, a entonar alabanzas a Roosevelt, porque el munífico prócer se tomaba la molestia de engatusar a los pueblos con las pláticas contrarrevolucionarias sobre la largueza y las bondades de sus patrocinadores, el hampa de Wall Street.
Hasta aquí hemos redondeado un análisis de la fase histórica que sirvió de telón de fondo a la Gran Guerra Patria de la URSS, sus causas y situaciones posteriores. Desafortunadamente pasamos por alto multitud de hechos, abultados y menudos, que hubieran venido en nuestra ayuda para ilustrar los lineamientos centrales expuestos. En otra oportunidad será. Respecto a este tema sí que cabe afirmar que sobra literatura. Sobre él circulan montañas y montañas de libros, de folletos, de artículos. Pero su abrumadora mayoría, particularmente en un medio como el colombiano, pinta color de rosa las canalladas de los imperialistas y no faltan los libelos justificativos de las atrocidades del nazismo. Que la presente recopilación de los discursos de Stalin alerte a los obreros avanzados y cultos acerca de la necesidad de no abandonar al enemigo de clase ni una sola de las esferas de la actividad ideológica y política, mucho menos la que concierne a las más aleccionadoras experiencias de la lucha internacional proletaria. Los empeños seculares tras suprimir la explotación del hombre por el hombre hállanse lejos de coronarse. Aún no hay un campeón definitivo y el movimiento comunista encara pruebas tan delicadas o peores que las del pasado. En menos de veinte años las relaciones surgidas de la Segunda Guerra Mundial han sido desplazadas por otras muy distintas. Dos cambios radicales hemos contemplado en este tiempo: los dirigentes de la Unión Soviética abjuran de la causa de los trabajadores, abrazando el revisionismo y transformando su Estado en un régimen socialfascista; y el imperialismo norteamericano inicia su declinación, mientras Rusia procura afanosamente sucederle como gendarme del planeta. La gravedad del asunto y sus repercusiones dentro de las filas del proletariado militante son a todas luces catastróficas. Consiste en un mayúsculo timonazo hacia atrás. No obstante, a la clase obrera no le queda más remedio que sobreponerse al desconcierto y arrostrar el problema con entereza, sin cobardías, decidida a derrotar la derrota, como en tantas otras ocasiones lo ha hecho. No se pasará la vida llorando sobre la leche derramada. Su instinto revolucionario que la impele a vencer, no le permite resignarse a la opresión y al engaño. Mas, ¿por dónde empezar? Antes que nada volver al marxismo-leninismo, rescatarlo de las manos de los revisionistas y charlatanes burgueses, pues el fracaso no es de aquél, sino de quienes lo han traicionado y continúan usándolo de mampara.
¿Atravesamos ciertamente un período de gran retroceso? ¿Son insólitas tales contramarchas en el acompasar social? Lenin subraya: "Imaginar el curso de la historia como parejo y siempre hacia adelante, sin ocasionales saltos gigantescos hacia atrás, sería no dialéctico, no científico y teóricamente falso". (6) ¿Puede el socialismo trastocarse en capitalismo? Proliferan al respecto las referencias de los inmortales preceptores del proletariado. En más de un pasaje previenen sobre los riesgos de semejante involución. En primer lugar, la sociedad socialista solamente representa un interregno entre el capitalismo y el comunismo, para cuya duración nadie se atrevería a fijar una fecha, pero de seguro abarcará varias centurias. En esta época de transición todavía no se difuminan las clases ni la lucha de clases. Aun cuando han emergido países en donde fue eliminada la propiedad privada de los medios de producción, en el resto de la Tierra subsisten el capital y el imperialismo, o sea la explotación del trabajo y la depredación de unas naciones por otras. En segundo lugar, el socialismo no prescinde del Estado, porque el proletariado gobernante precisa de éste para mantener aplastada a la burguesía interna, debelar sus tentativas de restauración y defenderse de las agresiones de los capitalistas externos. Las clases tampoco desaparecen dentro de las repúblicas emancipadas con la simple expropiación de los explotadores y la instauración de la dictadura de la masa laboriosa. Ahora bien, a fin de evitar el remozamiento de los estratos burgueses, resulta indispensable una brega, más recia y prolongada que la de la toma del Poder, para suprimir todos y cada uno de los privilegios sociales originados en las desigualdades naturales de los individuos, y en las diferencias entre el campo y la ciudad y entre los trabajadores manuales e intelectuales. Si aquellos esfuerzos se descuidan, si se consienten tales diferencias y desigualdades, si no se reprimen las conspiraciones restauradoras de la reacción y si, por añadidura, los dignatarios del gobierno se burocratizan, dejan de responder a los intereses de los obreros y se tornan en zánganos con aguijón, es decir, con jurisdicción y mando, nada raro será que el socialismo se retracte y regrese al estadio social contrario. Así como a nivel individual o partidario se presenta a menudo la traición y la combatimos, no existe teoría válida para negarla a nivel del Estado. La distinción radica en que el oportunismo, dueño del engranaje estatal, cuenta con muchísimos más medios para distorsionar la verdad y amordazar el descontento. Y estos instrumentos serán infinitamente superiores si se trata de la máquina soviética, reforzada además con los respectivos poderes de los países pertenecientes al extinto campo socialista, ahora bajo su omnímodo control. A tales dimensiones no basta con la pura crítica para destruir a los recalcitrantes; se requiere desafiarlos con otra fuerza equiparable, la única al alcance de los rebeldes perseguidos: la revolución. Mao Tsetung, sistematizando las lecciones extraídas de la etapa de la construcción socialista, propone la imbatible fórmula de las revoluciones culturales proletarias para precaver los timonazos hacia atrás y asegurar el progreso ininterrumpido del socialismo bajo las condiciones de la dictadura obrera.
Tampoco debería sorprender, después de tanto insuceso, que las gentes vaguen confusas al vaivén de las más peculiares opiniones. Unas se consumen en la frustración al ver a los autodenominados fortines socialistas comportarse cual los viejos imperios, trasladando tropas de ocupación a naciones pequeñas y menesterosas; otras aceptan resignadas que aquéllos se sacudan las crisis económicas en forma bastante parecida a las de las sociedades regentadas por el capital. Semejantes opiniones optan por el total escepticismo, en la creencia de que los comunistas fracasaron también y que la especie se encuentra fatalmente sentenciada a tolerar los goces del rico Epulón, a costa de los pesares del pobre Lázaro. Contra tales tendencias habremos de esclarecer cómo la conducta de los socialimperialistas y sus agentes nada guarda en común con la revolución proletaria y las prédicas del marxismo. Algunos conceptúan que las repúblicas socialistas están autorizadas a imitar las prácticas filibusteras de los monopolios capitalistas, con tal de que apresuren el proceso revolucionario, y aunque los soviéticos, de contera, se engullan su parte del león por los servicios prestados. Estos conceptos llevan el sello típico de la propaganda mamerta, orientada a exculpar las tropelías de los nuevos zares, con el alegato de que los soviéticos desalojan a los gringos de sus zonas de influencia y los pueblos, así liberados, no pueden menos que pasar al regazo materno del oso siberiano. Toda nación que, a título de cualquier obra pía, invada y mantenga dentro de las fronteras de otros pueblos ejércitos de ocupación, o representa un país colonizado que recibe órdenes de amos extranjeros, o consiste en una potencia imperialista que actúa en su propio beneficio.
El imperialismo ha sido, es y será la opresión de unas naciones por otras. Los agresores siempre se escudan en alguna consigna atractiva para llevar a cabo sus desmanes. En la Segunda Guerra Mundial los miembros del Eje le ofrecían la "libertad" a la India para devorársela. Los Estados Unidos posaban y posan de cauteladores de la "democracia" con el objeto de ambientar sus ambiciones colonialistas. Los soviéticos prometen el "socialismo" para instaurar su hegemonía mundial. Pero ni la "libertad" de Hitler, ni la "democracia" de Carter, ni el "socialismo" de Brezhnev, han de ser tomados en serio. El marxismo-leninismo rechaza de la manera más contundente e inequívoca todo tipo de sojuzgamiento entre los países, no sólo como una desfiguración de la democracia en general, sino como una gran traba que debe barrerse para hacer efectiva la unidad de los obreros de todas las nacionalidades y despejar el porvenir a la causa socialista.
Desde 1867, los fundadores del socialismo científico, al reflexionar sobre las consecuencias del avasallamiento de Irlanda por parte de Inglaterra, desterraron el errático criterio de que los irlandeses habrían de aguardar el triunfo de la revolución proletaria inglesa para favorecerse. El asunto era completamente a la inversa. "La historia irlandesa muestra qué desgracia es para una nación haber sojuzgado a otra. Todas las infamias de los ingleses tienen su origen en el ámbito de Irlanda", le escribía Engels a Marx; y éste reafirmaba: "La clase obrera inglesa no podrá hacer nada, mientras no se desembarace de Irlanda... La reacción inglesa, en Inglaterra, tiene sus raíces en el sometimiento de Irlanda" (7). Al disipar el equívoco, el marxismo desentrañó cómo los verdugos de las naciones opresoras se nutren de la expoliación de los países sometidos; y pertrechó al proletariado con la orientación meridiana de propugnar y garantizar la independencia y soberanía de las naciones en provecho de su propia emancipación de clase. En ello se fundamenta Lenin para definir la era imperialista como la época del oportunismo. Con las migajas que les sobran del escamoteo de las riquezas de sus colonias, los señores de la metrópoli engordan a una élite aristocrática de trabajadores, comisionada de las labores de zapa y de felonía entre la masa esclavizada. Derribar la opresión nacional significa privar de su principal soporte al imperialismo y a sus mandaderos. Por eso el acercamiento entre los países y su recíproca solidaridad han de basarse en la pauta revolucionaria del mutuo respeto a sus libertades y derechos.
Los revisionistas contemporáneos, siguiendo las huellas de sus predecesores, los chovinistas de la II Internacional, se mofan del principio de la autodeterminación de las naciones, cuya esencia reside en la facultad de cada pueblo para darse efectiva y no verbalmente, la forma de gobierno que a bien tenga, sin presiones externas, ni "asesores", ni "protectores" de ninguna índole. Norma democrática que, en lugar de añejarse con los triunfos y reveses socialistas, adquiere día a día mayor actualidad. El papel deplorable del gobierno cubano, al suministrar a los soviéticos tropas mercenarias para "ayudar" a la revolución angoleña, contrasta con una infalible admonición del marxismo pero a la vez le imprime vigencia: "Una cosa es segura: el proletariado victorioso no puede imponer la felicidad a ningún pueblo extranjero sin comprometer su propia victoria" (8). Desde 1975 para acá, de cincuenta a sesenta mil soldados cubanos operan en África, pisoteando los predios de Angola, Etiopía y otros países presididos por áulicos del socialimperialismo. Ni pensar que la Isla del Caribe, plagada de privaciones económicas, disponga de 1os recursos financieros suficientes para sufragar los gastos de tan costosa empresa guerrerista. En el atolladero, el régimen de Fidel Castro ha de depender aún más de la Unión Soviética, duplicar las cargas a su pueblo y echar mano de los bienes de las poblaciones africanas entregadas a su custodia.
Las aventuras expansionistas de Viet Nam, otro de los planetoides de Moscú, que ha invadido y actualmente ocupa a Kampuchea y Lao con cientos de miles de hombres, tras el despropósito de instalar administraciones dóciles a sus dictados, igualmente riñen con el espíritu y la letra del socialismo: "El proletariado que se emancipa no puede mantener guerras coloniales" (9). Los trabajadores de ninguna lengua o región del orbe querrían leer más el Manifiesto Comunista, entonar las estrofas de La Internacional, o izar los rojos pendones de la revolución socialista, si se les obliga a importar la independencia e inclinarse ante la intromisión y las armas extranjeras. En efecto, la causa obrera no tendría futuro alguno, si no condenáramos enérgicamente la traición y la crueldad de los revisionistas vietnamitas, ni calificáramos su conducta como lo que es, el desespero bárbaro y sangriento por hacer de Indochina una avanzada de la reacción moscovita.
Y los genocidios en Afganistán, perpetrados ya no por las fuerzas expedicionarias de los satélites de Rusia, sino directamente por su ejército regular, son la reencarnación viva, a los 73 años, de la "política colonial socialista", sepultada en el Congreso de la II Internacional, en Stuttgart, y fustigada implacablemente por Lenin, como "un franco retroceso hacia la política burguesa y la concepción del mundo burgués, que justifica las guerras y las atrocidades coloniales" (10). Los usurpadores del Kremlin se esconden tras el glorioso pasado de los bolcheviques para llevar a cabo sus fechorías. La coartada de que el lacayo de Karmal, subido en andas al trono sobre las bayonetas soviéticas, solicita a los victimarios salvar a su patria, causa no poco estupor, por lo cínica y descabellada. Más temprano que tarde las naciones y los gobiernos amantes de la paz identificarán en los cabecillas de la superpotencia de Oriente a sus agresores, y en los desafueros de ésta, los anticipos de la próxima guerra mundial. La República Popular China, amenazada de muerte por sus altaneros y rabiosos vecinos del Norte, ha contribuido decisiva y masivamente, gracias a las instrucciones dadas en vida por el camarada Mao Tsetung, al desenmascaramiento de la verdadera catadura y de las recónditas y torvas intenciones del socialimperialismo. Desde las populosas urbes capitalistas hasta los más apartados rincones del planeta, donde existan obreros no inficionados por la ponzoña del revisionismo, los incipientes núcleos revolucionarios se reorganizan para efectuar las tareas de propaganda y esclarecimiento entre el grueso de la multitud, preludio de la acción. Su tenacidad será recompensada. Entre más se obstina el lobo en disfrazarse de oveja más delata su perfidia. Cada aldea afgana arrasada convencerá a millones de personas de que las autoridades rusas renegaron de Lenin y cambiaron de consignas, de ideales, de moral. Las hordas invasoras, aunque sigan portando la hoz y el martillo, símbolo de la alianza obrero-campesina y de la fraternidad entre los pueblos; realizan una guerra injusta y en nada se parecen a los abnegados y bravos combatientes que murieron por Stalingrado.
El mundo es demasiado grande para tomarlo preso. No hay hierro con qué construir una cárcel de tales magnitudes, ni policías suficientes con qué hacer efectiva la orden de captura. Todos los dementes que en la historia se lo han propuesto terminaron en la fosa y cubiertos de oprobio. La Unión Soviética se viene sistemáticamente alistando, como un III Reich, para tamaño disparate. Su trabajo nacional se halla en una alta medida militarizado. Relegó ya a los Estados Unidos en potencia de fuego convencional y nuclear. Con las divisiones del Pacto de Varsovia, en ventaja sobre las de la OTAN, amaga golpear a Europa, uno de sus objetivos estratégicos capitales. En el Este tiende un gigantesco cerco a China y acecha a Japón. Extiende sus cabezas de playa en el Medio Oriente, Asia, África y América Latina. Sus flotas surcan los mares braveando e intimidando. Con la enorme acumulación del material bélico y el descuido de renglones claves de la producción, la URSS entra en el círculo vicioso de que a mayores necesidades económicas, mayores deseos colonialistas, los cuales, a su vez, sólo puede satisfacer intensificando los preparativos de guerra y ocasionando más detrimento a aquellos renglones, y así sucesivamente. En el abismo de ese despeñadero la espera, con las fauces abiertas, la tercera conflagración mundial.
A pesar de su retroceso y de los titubeos del presidente Carter, el Chamberlain estadinense, la superpotencia de Occidente se siente constreñida a reaccionar en preservación de sus posesiones neocoloniales. Europa y Japón, no obstante las debilidades manifestadas por su aliado norteamericano y las contradicciones financieras y comerciales con éste, aprobarán la máxima cooperación con él, ante los chantajes de Moscú, el enemigo principal. Las naciones atrasadas del Tercer Mundo que luchan por su cabal autodeterminación, así como los pueblos guindados a la escarpia soviética, junto a China y al resto de las repúblicas proletarias, forjarán, con todos los países capitalistas no agresores, un invencible frente único contra el socialfascismo. Con la victoria de este frente, se crearán las condiciones requeridas para la eliminación de cualquier tipo de expoliación colonialista y para la consolidación del socialismo. De la misma manera como el progreso de la humanidad ha pasado siempre por encima de las peores truculencias de las fuerzas reaccionarias, el ultimátum de la guerra nuclear tampoco impedirá que la revolución contemporánea cumpla su cometido de barrer de la faz de la Tierra la esclavitud entre las personas y entre las naciones.
Después de rastrear el curso de las contradicciones que perfilaron el panorama internacional vigente, cuán romas e ilusas se nos presentan las invitaciones de los reformistas colombianos, marca Firmes, por ejemplo, a que nos enclaustremos en un nacionalismo pequeñoburgués a ultranza. Colombia de ningún modo se sustraerá a las tormentas mundiales, y en procura de su emancipación plena habrá de tomar su puesto al lado de las corrientes democráticas y revolucionarías, promotoras del frente único contra el socialimperialismo. Y el proletariado colombiano, al igual que sus camaradas de los demás países, debe principiar por redimir, de las "academias de ciencias" oficiales, las más aleccionadoras experiencias de los desbrozadores del comunismo; en particular las que se refieren a los 28 años de dirección de Stalin del primer Estado socialista que llegó a despegar, aquella edad madura y brillante de la revolución bolchevique.

NOTAS
(1) J. Stalin, “Informe ante el XVIII Congreso del Partido sobre la labor del Comité Central del P.C. (b) de la URSS”, 10 de marzo de 1939, en Cuestiones del leninismo, Pekín, Ediciones en Lenguas Extranjeras, pág. 900. 
(2) J. Stalin, Correspondencia secreta de Stalin con Churchill, Attlee, Roosevelt y Truman 1941-1945, México, D. F., Editorial Grijalbo, S. A., 1958, pág. 373. 
(3) Adolfo Hitler, discurso; Habla el Führer, Helmut Heiber, H. Von Kotze, H. Krausnick, Barcelona, Plaza y Janés S. A. Editores, 1973, pág. 548. 
(4) Serrucho: "Ganancia obtenida ilícitamente en un negocio o asunto y que se reparte entre cada uno de los participantes, sobre todo tratándose de funcionarios públicos". (Nuevo Diccionario de Americanismos, Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1993, Tomo 1, pág. 371). 
(5) General De Gaulle, Memorias de Guerra, Tomo II, Barcelona, Luis de Caralt Editor, pág. 27. 
(6) V. I. Lenin, "El folleto de Junius", en Obras Completas, Tomo XXIII, Buenos Aires, Editorial Cartago, 1970, pág. 431. 
(7) Tanto los apartes de Engels como los de Marx son transcritos por Lenin en su artículo "El derecho de las naciones a la autodeterminación". Op. cit., Tomo XXI, págs. 359 y 360. 
(8) F. Engels, "Carta a Carlos Kautsky", Obras Escogidas de C. Marx y F. Engels, Tomo III, Moscú, Editorial Progreso, 1976, pág. 508. 
(9) F. Engels. Idem, pág. 508. 
(10) V. 1. Lenin, El Congreso Socialista Internacional de Stungart, Idem, Tomo XIII, pág. 86.

 

 

LOS MISTERIOS DE LA POLÍTICA INTERNACIONAL

Febrero de 1981
Editorial publicado en Tribuna Roja Nº 37, febrero de 1981.

Entre las razones aducidas por Bula y Pardo para renegar del MOIR, a mediados de 1978, resalta la de que éste mantiene, al lado de China, su respaldo a las fuerzas antirrevisionistas y antihegemónicas del movimiento proletario mundial. En su carta de renuncia piden, textualmente, "el no alineamiento real y auténtico ante los países que se reclaman socialistas y no sólo como un postulado para un frente, sino también para un partido, sin entender esta política como una concesión" (1). Aunque en el fondo su deserción rubrica el paso hacia el nacionalismo burgués, no vaya a imaginarse el lector que nuestros dos iscariotes dejan de posar de internacionalistas. Obligados a encubrir su felonía se precian de serlo, a tono con el oportunismo de la época. Pero a su manera, reivindicando, como se ve, una chistosa neutralidad "ante los países que se reclaman socialistas", o sea, ante aquellos que invaden y masacran a otros pueblos bajo la cobertura de la revolución, como la Unión Soviética, y aquellos que, conforme a los principios comunistas, perseveran en la autodeterminación de las naciones y condenan cualquier tipo de colonialismo. Además, han "aprendido mucho" de "la revolución China, de su partido, de sus dirigentes y especialmente del fallecido Presidente Mao" (2); sin embargo, por los insondables vacíos de su aprendizaje, ignoran que el marxismo-leninismo señala, con claridad meridiana, que los deberes internacionalistas presuponen el escrupuloso respeto de los derechos de los pueblos a darse la forma de gobierno que a bien tengan. No habrá unión posible entre los obreros del orbe sin este requisito. Quienes fomenten la agresión de una nación contra otra, la intromisión en sus asuntos internos, serán unos chovinistas vulgares, así pregonen a los cuatro vientos su amor al socialismo.
Cuba pisotea el suelo de Angola con un ejército de ocupación; Viet Nam adelanta una guerra de exterminio contra Kampuchea y Lao dentro de las fronteras de estos países, y Rusia, inspiradora y patrocinadora de semejante piratería, aplasta con sus tanques a Afganistán. Dichos ejemplos representan apenas tres de las más abominables muestras del prospecto colonial del neofascismo soviético. Respecto de tales vandálicos procederes sólo cabe una posición consecuente, diáfana: desenmascarar y condenar con la máxima energía a los sórdidos Estados que se atreven hipócritamente a confundir la causa obrera con la rapiña de las bestias. En esas circunstancias promover la neutralidad del Partido para la política exterior significa simplemente darles luz verde a las atrocidades de los socialbandidos. U "ofrecer el apoyo a las determinaciones que juzguemos correctas para el avance de la revolución mundial" (3) determinaciones adoptadas por los países que se "reclaman socialistas", sin distinción alguna, es transferir al campo internacional la tristemente famosa consigna aupada por Vieira, de "apoyar lo bueno y combatir lo malo" del nefasto cuatrienio del mandato de hambre.
Hace unos años, para vastos sectores resultaban incomprensibles las críticas a la enfermiza inclinación del gobierno cubano a ponerse a las órdenes de las autoridades moscovitas. Las gentes seguían profesando admiración a los valientes hijos de Martí, a los que únicamente podían imaginárselos, en innumerables episodios heroicos, derrocando Batistas y expulsando saqueadores gringos, pero jamás en el vergonzoso papel de un David sumiso y al servicio del nuevo Goliat. En el séptimo decenio, y aun en las postrimerías del sexto, sobran evidencias acerca de las alteraciones regresivas de la primera revolución socialista del Hemisferio; y en especial en los últimos cinco años y medio, a partir del momento en que las armas de la Isla emprenden en África la aventura colonizadora en nombre y bajo los auspicios de la superpotencia del Este.
En vano los revisionistas y sus corifeos se empeñan en convencer de que el operativo expedicionario sobre Angola, como lo afirma García Márquez con candor de colegiala, "fue un acto independiente y soberano de Cuba, y fue después y no antes de decidirlo que se hizo la notificación correspondiente a la Unión Soviética" (4). Basta una sola consideración. La economía de esta pequeña república no cuenta -¡ni soñarlo!- con los ingentes recursos que implica una movilización militar de aquella envergadura. En el informe de Fidel Castro al II Congreso de su partido, leído el pasado 17 de diciembre, contrastan los graves traumas de la producción y el comercio con el hecho de que más de 100.000 soldados han ido a guerrear en el continente negro. ¿Cómo decidir soberanamente el sostenimiento en el extranjero de tal magnitud de tropas, pagado en dólares, cuando se reconoce una reducción vertical de las divisas, por los bajos precios del azúcar durante el quinquenio y por el encarecimiento de los créditos y de las mercancías importadas; cuando coinciden, junto a la crisis financiera, calamidades naturales, como la roya, que mermó en una tercera parte las plantaciones de la caña en 1980, el moho azul, que estropeó al mismo tiempo cerca de un 90 por ciento de la cosecha de tabaco, y la fiebre porcina africana que cayó sobre algunas zonas del país, y cuando los logros que se reivindican en otros renglones no contrarrestan el desbarajuste general creciente, ni proporcionan los saldos favorables para el sustento de un ejército tan grande, a miles de kilómetros de su base? Son indudablemente los soviéticos quienes equipan, adiestran y subvencionan las huestes invasoras provenientes del Caribe. No se trata de un fenómeno insólito. Costumbre antiquísima de los imperios ha sido la de alistar entre los nativos de las regiones sometidas fuerzas de combate para sus empresas bélicas. Ni por la índole, ni por los propósitos, ni por la paga, los actuales cuerpos mercenarios cubanos, esparcidos por el globo, se pueden comparar con los 82 patriotas del Granma que el 2 de diciembre de 1956 desembarcaron en la provincia de Oriente, se internaron luego diezmados en la Sierra Maestra e iniciaron una guerra de guerrillas de 25 meses, hasta la toma de la capital. Los unos, los de hoy, reencarnan a la típica legión fantoche que contiende ciegamente bajo una bandera extraña y en pos de tierras y esclavos para saciar los apetitos del alto mando. Los otros, los de ayer, constituyen el núcleo revolucionario que, con el alma y la vida, marcha tras la liberación no simulada de su pueblo; y la planta germina porque la semilla era autóctona y el surco estaba abierto. No importarle la diferencia y, por el contrario, dejar entrever la posibilidad de que las atrocidades de quienes renunciaron al marxismo-leninismo, al internacionalismo y a la coexistencia pacífica entre regímenes distintos coadyuven al "avance de la revolución mundial", son estratagemas propias de la contracorriente oportunista en boga.
Nuestra ventaja estriba en los notables cambios de la situación. Los variados y rápidos eventos, tanto de dentro como de fuera de Colombia, cada día conceden mayor validez a los puntos de vista teóricos y políticos promulgados por el MOIR. La fundación de nuestro Partido, con su estampa de organización independiente y revolucionaria del movimiento obrero, empezada a moldear en la lucha interna de 1965, oficializa de por sí las inconciliables divergencias de principio con el revisionismo contemporáneo. Acogimos en los puntos programáticos partidarios las visionarias deducciones de Mao acerca del proceso degenerativo de la camarilla gobernante de la Unión Soviética. Se sobreentiende que cuantos solicitan la militancia, acto por demás voluntario, se hallan de acuerdo con las directrices guías básicas, y entre ellas, desde luego, con las que fundamentan la antagónica posición contra el socialimperialismo soviético. Nadie conseguirá con sutilezas y suspicacias trastocar el sentido de las cosas. En el pasado nos solidarizamos con la revolución cubana; mas las desviaciones "foquistas" alimentadas por sus jefes después del triunfo produjeron tropiezos de monta a la lucha independentista de Latinoamérica, y ya, desde entonces las olas de La Habana, en ese período con sedimentos de extrema izquierda, chocaron con los esfuerzos encaminados a aclimatar en estas latitudes una corriente marxista-leninista de la clase obrera. Más adelante, en 1968, las divisiones del Pacto de Varsovia se lanzaron sobre Checoslovaquia, toque de alerta respecto de los síntomas manifiestos de las mutaciones monstruosas del Kremlin que, aun cuando agrietaron el llamado campo socialista, sus verdaderas incidencias sólo se irían apreciando con el desarrollo de los acontecimientos. Aquélla fue una hora de prueba. En un discurso plagado de imprecisiones, vaguedades y dudas, el supremo Comandante de Cuba terció en pro del zarpazo propinado por la metrópoli del recientemente erigido sistema imperial. En su azoramiento admitió que en este caso la conducta soviética "incuestionablemente entrañaba una violación de principios legales y de normas internacionales los cuales, puesto que han servido muchas veces de escudo a los pueblos contra las injusticias, son altamente apreciados en el mundo". Y agregó: "Porque lo que no cabría aquí es decir que en Checoslovaquia no se violó la soberanía del Estado checoslovaco. Eso sería una ficción y una mentira. Y que la violación incluso ha sido flagrante"(5). Pero se puso al lado de los violadores, absolviéndolos con el alegato, repetido y repetido en los últimos doce años por los revisionistas del globo entero, de que la agresión y el sometimiento militar de un país se justifican por la protección de los fueros del socialismo. Con tamaña lógica, netamente imperialista, siempre habrá pretexto para intervenir. En aquella coyuntura se trataba de retener una nación en la órbita rusa; en los tiempos actuales, de "ayudar" a establecer la revolución a los pueblos de Angola, Etiopía, Kampuchea, Lao, Afganistán, etc. Que los ejércitos comunistas traspasen las fronteras, y bajo cielos ajenos depongan los gobiernos, declaren la guerra, aplasten la insurgencia, degüellen a las gentes, impongan el orden, cada vez que sea indispensable "evitar una catástrofe", según otra expresión del Primer Ministro cubano en su comparecencia del 23 de agosto de 1968. Que se satisfagan los objetivos políticos, aunque la necesidad "viole derechos como el de la soberanía" que, "a nuestro juicio -concluye Castro-, tiene que ceder ante el interés más importante de los derechos del movimiento revolucionario mundial y de la lucha de los pueblos contra el imperialismo" (6).
El marxismo enseña a los obreros a utilizar la democracia en la brega por su emancipación, y la supedita a ésta como un medio. Pero entre todos los preceptos democráticos se destaca uno del cual el proletariado jamás debe prescindir, y mucho menos el proletariado dominante de una república socialista, si desea derrotar finalmente a sus enemigos de clase, preservar su unidad internacionalista y salvaguardar la revolución mundial, y ese es el de la autodeterminación de las naciones. El imperialismo consiste en la opresión de un país sobre otros. La única forma de vencerlo estriba en alcanzar la independencia de las regiones periféricas sojuzgadas, con lo que se crean las condiciones para el levantamiento insurreccional en la sede del imperio, y no al revés, en esperar a que con este estallido se liberen las colonias. A ningún pueblo podrá obligársele desde el exterior a que asuma la libertad y abrace la causa socialista. Propender a cualquier tipo de expoliación nacional será imitar las prácticas del imperialismo y contribuir a generarlo. Sin embargo, queda claro que en 1968, y virtualmente antes, los oportunistas contemporáneos, al igual que sus antecesores de la II Internacional, borraron de su apócrifo misal marxista el principio de la soberanía de las naciones como una premisa irrecusable de la revolución proletaria.
Nosotros estuvimos siempre en lo cierto cuando avisamos sobre la metamorfosis de los mandatarios de Moscú, convertidos ahora en unos zares redivivos, más prepotentes y despiadados que los Romanov. Los dolores de cabeza provienen de la perplejidad con que capas influyentes de los intelectuales y segmentos avanzados de las masas han recibido la denuncia de los pasos de cangrejo de la Rusia soviética hacia el capitalismo y la reacción. Muy difícil aceptar de pronto que el radiante territorio libre de América se transformó en una sombría caserna del socialimperialismo. ¡Si en Cuba no hay analfabetas como en Colombia! ¡Si allí los instrumentos de producción son de propiedad colectiva! ¡Si en 20 años de revolución se han remediado muchas de las injusticias sociales heredadas! Demasiado terrible la acusación para secundarla. "Estoy más dispuesto a creer lo que han visto mis ojos que lo que han escuchado mis oídos" (7), nos replica el activista aferrado a sus viejos conceptos. Está bien. En los últimos años hemos presenciado sucesos extraordinarios, de una riqueza y velocidad tales, que la propaganda se les rezaga y no alcanza a englobarlos a plenitud. Los agudos problemas económicos de Cuba, originados en la dependencia de la URSS; sus filas de cientos de miles de personas buscando la ventana del exilio que, de ser todas delincuentes, prostitutas y homosexuales, como lo afirma el régimen, reflejan una descomposición mayúscula para una población tan reducida, a cuatro lustros de la victoria; el comportamiento guerrerista de sus líderes que hacen de cipayos preferidos del Kremlin y se asocian sin sonrojo a las matanzas ordenadas por sus amos en la arena internacional, desde Angola contra Zaire, desde Etiopía contra los rebeldes eritreos y contra Somalia, desde Yemen del Sur contra Yemen del Norte e infaliblemente desde donde haya puntales soviéticos contra quienes no se plieguen a los caprichos de los expansionistas, y la bancarrota de su política de fingir una tonta imparcialidad en los conflictos mundiales, con el objeto de embaucar al movimiento libertario de los países atrasados y sometidos, siendo que nadie ignora los asfixiantes compromisos que encadenan a la isla antillana.
Lo de Polonia no es menos instructivo. Otro astro sin luz propia y poblado de dificultades que circunnavega en torno del emporio. La deuda externa de esta neocolonia asciende a la fantástica cifra de 23.000 millones de dólares, superior en más de cinco veces a lo que debe Colombia a las agencias prestamistas extranjeras. Los protuberantes desarreglos y deficiencias en las diversas ramas industriales la han llevado a acentuar el racionamiento de los bienes de consumo y a padecer las hondas desavenencias entre las masas populares y el aparato estatal. Ni los frescos relevos en la conducción del Partido y el gobierno, ni el dejo autocrítico de los comunicados oficiales, sofrenan el espíritu de abierta indisciplina social que se adueñó de los altivos poloneses. Huelgas a granel anuncian cotidianamente los despachos de prensa, lo mismo en las ciudades que en el campo, por objetivos económicos, como el acortamiento a cinco días de la jornada laboral, o por peticiones democráticas enrutadas a obtener garantías para la organización y la autonomía de los sindicatos. A lo que más ambicionan los sufridos habitantes de esta república amordazada es a romper cuantas amarras legales los aten a la burocracia vendida. Quebrar la influencia de la rancia y corrupta administración sobre los trabajadores sintetiza la tarea preparatoria ineludible de todo gran salto revolucionario; mas para ello se precisa asimismo de capacidad y de lealtad de la dirección con los caros anhelos de los asalariados. Hay que esperar para saber si todos estos elementos se conjugan en aquel pedazo del globo. Por lo pronto en Moscú cunde la preocupación, no sólo porque el clima revoltoso ha pasado de castaño a oscuro, sino porque la tempestad amaga con extenderse y envolver a sus satélites vecinos. La camarilla soviética ha persuadido a los inconformes de que morigeren las reivindicaciones, atemperen los ímpetus y embozalen el patriotismo, y los ha tratado de convencer por el método predilecto de los explotadores que en la historia han sido: la violencia. Enormes destacamentos de infantería, blindados y cohetes se tendieron ya en los perímetros de Polonia, prestos a invadir a la señal indicada. De nuevo los legatarios de Kruschev se encuentran ante la alternativa de despedazar a bayonetazos la integridad territorial y la soberanía de un Estado puesto a su custodia. Las repercusiones de aquellas contingencias no resultan complicadas de barruntar.
Para la Unión Soviética será imposible mantener por las buenas la cohesión de su comunidad de naciones, vale decir, mediante el libre entendimiento basado en la igualdad, el respeto mutuo y el beneficio recíproco. Normas que, entre otras cosas, propugna el MOIR y recoge el programa del Frente por la Unidad del Pueblo, debido a que compendian las pautas mínimas capitales para un real acercamiento entre los pueblos y unas relaciones civilizadas en el concierto internacional, muy contrarias a las bárbaras disposiciones tradicionales del imperialismo, que levanta su mercado exterior y su ascendiente político sobre la coacción y el garrote contra los países pobres y débiles. Rumania tampoco constituye un caso excepcional dentro de los brotes de insubordinación que inquietan al socialimperialismo; desde hace rato viene exteriorizando en una u otra forma los temores que la embargan por las tropelías de la URSS, tanto en el terreno de la extorsión económica como en el de la amenaza militar, de que son víctimas los autodenominados aliados de ésta. A raíz de la descarada ocupación de Afganistán tales roces se han incrementado inevitablemente. Hasta algunos partidos revisionistas de Europa, tras el estupor causado por las últimas provocaciones de sus preceptores rusos, se sienten impelidos a sugerir discrepancias para evitar el peligro de enajenarse simpatías y aislarse súbitamente. La raída argumentación de que la sociedad occidental y cristiana pretende efectuar su pesca en las aguas revueltas de la otra superpotencia, no niega el carácter regresivo de las desastradas transfiguraciones de la Unión Soviética y sus tributarios. A la vanguardia proletaria le corresponde barrer la cháchara referente a que el socialismo está autorizado para recurrir a las maniobras y los procedimientos de los tiburones del gran monopolio imperialista.
Como los insucesos internacionales los refutan a cada instante, se colige por qué los tránsfugas invitan a que nos ocupemos preferentemente del campanario patrio, y a que enarbolemos "el no alineamiento real y auténtico ante los países que se reclaman socialistas", como postulado no del frente sino del partido, sin calificarlo de concesión. Empero, vivimos un convulsionado momento, pletórico de incidentes trascendentales y pasajeros, pesados y livianos, serios y bufos, para que en ellos se posen las miradas de quienes no quieren oír, y confirmen por sí mismos cómo la dialéctica del desarrollo conlleva también los reveses y las reversiones en la incesante puja del hombre tras el progreso y la eliminación de la esclavitud. Desde esta perspectiva los factores convergentes nos son más propicios que nunca. Las masas sólo aprenden por la experiencia diaria que extraigan de la lucha de clases, y nos sobra material didáctico para auxiliarlas a que desentrañen la verdad, eleven su conciencia, desanden el terreno perdido y recuperen la iniciativa en la dura lid. ¿Cómo desempeñar el papel dirigente si nos ubicamos en el limbo, si nos resistimos a tomar bando dizque para que no nos muñequeen y, si cuando el obrero, el campesino, o el estudiante indaguen sobre la posición partidaria acerca de los crímenes de la socialtraición, nosotros nos limitamos a contestar que bendeciremos lo bueno y anatematizaremos lo malo que ocurra más allá de los linderos criollos? Históricamente la palabreja del no alineamiento surgió en Colombia en calidad de rechazo a la exigencia formulada por el mamertismo de que el frente de liberación nacional habría de definirse a favor de Cuba y su gobierno. Precisamos sin lugar a equívocos que nuestra propuesta implica una salida de transacción, en pos de la unidad de las fuerzas antiimperialistas. Una concesión que le hacemos al atraso, a los acendrados sentimientos nacionalistas del pueblo colombiano, con lo cual demostramos nuestra actitud no sectaria y el empeño democrático que ponemos en la unión de los oprimidos contra los opresores. Pero también con el objeto de conquistar un ambiente propicio para ir educando paulatinamente a las inmensas mayorías en los deberes internacionalistas de la revolución colombiana. Jamás fuimos neutrales en la polémica del movimiento comunista contra el revisionismo contemporáneo. Hemos condenado sin desmayos ni timideces las apostasías y villanías de los usurpadores del poder soviético. Sumos aprietos nos han costado la firmeza ideológica y la independencia política. Sin embargo, los hechos, a la postre, llegan en tropel a darnos la mano. En esto radica el cambio de la situación.
Otro elemento digno de examinarse es el fracaso de la cacareada "distensión", mediante la cual se pretendió inculcar que por fin la especie se había encarrilado por el sendero de la convivencia pacífica, y que los antagonismos entre las dos superpotencias se zanjarían en los diálogos y acuerdos bilaterales, en la emulación y cooperación dentro de las faenas por el bienestar colectivo y en la asistencia económica prestada a los pueblos en mora de liberarse, para arrancarlos de la miseria y el abandono. Los armónicos contactos se consolidan al despuntar la década del 70 y se refrendan con las visitas de Nixon a Moscú, en mayo de 1972, y de Brezhnev a Washington, en junio de 1973. Aquella fue la temporada de los tratados. Se firmaron para todos los gustos. Sobre medicina y salud, protección del ambiente, viajes siderales, ciencia y técnica, educación y arte, operaciones marítimas, comercio y, por supuesto, restricción de armamentos. Poderosas empresas norteamericanas estrenaron sus instalaciones en la Unión Soviética, y viceversa, comisiones especializadas de la URSS se trasladaron a EE.UU. La luna de miel prometía tanto que los contrayentes, ante los rumores y el nerviosismo del resto de la audiencia mundial, aclaraban que su concordia proseguiría "sin perjudicar en manera alguna los intereses de terceros países"(8). La inaugurada era de la détente, como también se le bautizó, no se circunscribía pues a prevenir únicamente la hecatombe nuclear, sino que sus metas iban hasta la redención de las calamidades que acongojan a la doliente humanidad, y en particular a disminuir las distancias abismales que separan a las naciones pobres y ricas. El desprendimiento enterneció los corazones. Emisarios de ambos bandos hablaron de entregar parte de los gastos militares que ahorraran para la prosperidad de las populosas regiones sujetas al coloniaje. Se propagaron innúmeras ilusiones y por doquier retoñó el reformismo. Las seniles agrupaciones socialdemócratas se encargarían de suministrar su partitura doctrinaria para el sainete que al más amplio nivel principiaba a representarse. El alemán Willy Brandt es una de las criaturas destacadas de la novísima orientación en el escenario europeo, así como lo han sido los Molina, los Santos Calderón, o los iscariotes, en nuestras dimensiones provincianas. No obstante, quienes realizaban el verdadero negocio eran los revisionistas acaudillados por el Kremlin. Las alucinaciones y el sopor producidos por el aplacamiento inoculado a sus contradictores, les proporcionaba la atmósfera adecuada para emprender la histriónica misión de apoderarse de la Tierra. Lenta pero seguramente. No importa el modo, ni los programas, ni los amigos. En Chile, ¡arriba con Allende y su retórica electoral! En Argentina, discreto respaldo a mi general Videla, y a ratos no tan discreto. En Nicaragua y El Salvador, con la solidaridad militante y la lucha de guerrillas. En África, con la presencia de ejércitos regulares invasores. En Afganistán, por medio del tiranicidio, los golpes de Estado y los pactos de protección bélica. En el Sudeste Asiático, para reprender a Pol Pot, enmendarles la plana a los laosianos y erigir su "federación indochina". En Colombia, bueno, en Colombia, combinando todas las formas de lucha, desde el cretinismo parlamentario hasta el "foquismo".
Cuando los chinos vaticinaron el chasco del apaciguamiento y destaparon que tras el dulzor de los convenios se escondían las amargas intenciones de los contratantes de repartirse las zonas de influencia, y que los rusos a la larga repletarían sus faltriqueras merced a las pérdidas de los demás, los oportunistas regaron entonces el sofisma de que Pekín invocaba el espectro de la conflagración y la destrucción cósmicas. ¿Y qué pasó? Pues que la "distensión" terminó siendo la estafa del siglo. A pesar de la firma del Salt I (Tratado de Limitación de Armas Estratégicas) y de las discusiones conciliadoras del Salt II, la carrera armamentista de la Unión Soviética adquirió ribetes inverosímiles y aventajó con mucho a su inmediato rival. Se calcula que en 1971 las dos superpotencias se hallaban ya equiparadas en cuanto al monto de sus presupuestos de guerra, pero sólo entre 1973 y 1978 las inversiones de la URSS en esta esfera superaron a las de su antagonista en cerca de 150.000 millones de dólares. Los análisis actualizados de los expertos de diversas nacionalidades no admiten dudas. Norteamérica suprimió el servicio militar obligatorio y a su ejército, de pésima calidad, lo dobla el soviético, integrado por cuatro millones y medio de hombres. Referente al poderío de fuego convencional, el primero no le gana al segundo ni en el aire, ni en el mar, ni en la tierra. Y el equilibrio nuclear, uno de los objetivos insistentemente enunciados en las rondas de negociaciones, está más que roto en provecho del socialimperialismo. La conclusión es aplastante: los expansionistas moscovitas se valieron de la détente para articular y perfeccionar la maquinaria bélica más mortífera de todos los tiempos y la han echado a rodar en franco desafío. Pero esto a su vez ha sido posible por el eclipse pronunciado de Norteamérica.
A los imperios, lo mismo que al resto de los seres, los rige un ciclo de ascenso y de descenso; registran sus auroras y sus ocasos, nacen y mueren. El desenlace de la Segunda Guerra Mundial condujo a los Estados Unidos al pináculo de su esplendor. Sin embargo, a la vuelta de unos cuantos años, se estrelló contra tres obstáculos insuperables. El uno, el parasitismo de su propia clase dominante, cuyas alucinantes fortunas, amasadas sin mayores diligencias, mediante la expoliación de sus dilatadísimas posesiones coloniales, y disfrutadas indolentemente, acabaron por mellarle la inteligencia, el empuje, hasta el extremo de engañarse con la idea de que nadie sería capaz de atentar contra su supremacía. Nixon narra en su último libro, por ejemplo, que en 1965, el entonces Secretario de Defensa, Robert S. MacNamara, sustentó así las reducciones unilaterales de los proyectos armamentistas de la Casa Blanca: "Los soviéticos han decidido que tienen perdida la carrera cuantitativa... No hay ningún indicio de que se estén esforzando por crear una fuerza estratégica nuclear comparable a la nuestra"(9). Cuán confiados, y ¡cuán miopes!, se mostraban a la sazón los mandos gringos.
El otro escollo que aguaría la fiesta del imperialismo norteamericano estuvo a cargo de los ardores libertarios de los pueblos oprimidos, cada segundo menos dóciles. A través de sus empréstitos y sus inversiones aquél abona el terreno para el florecimiento del capitalismo autóctono en sus dominios de ultramar; pero como con la concurrencia monopolista estrangula esta evolución -despierta el deseo e impide saciarlo-, se acicatean los enfrentamientos entre los neocolonialistas y los avasallados y se desatan los embates del ciclón revolucionario. Miles de millones de personas, en todas las lenguas, sindican constantemente a los magnates yanquis de horrendas infamias. Y en Viet Nam recibirían una paliza inolvidable que desangró el erario, desgarró la sociedad norteamericana, puso en la picota al poder ejecutivo y dejó al descubierto los pies de barro del coloso. Después del colapso de Indochina los Estados Unidos no volverían a ser los mismos.
Y la tercera interceptación procede de la competencia económica y política que los Estados desarrollados llevan a cabo contra el árbitro de Occidente, incluida la enconada disputa de la Unión Soviética por sustraerle regiones y naciones. No obstante los marcados brotes inflacionarios y especulativos, la crisis dentro del sistema capitalista se va revelando como efecto directo de la superproducción. Para Europa y el Japón los estragos de la guerra de los cuarentas han quedado muy atrás, sepultos en la memoria. Sus industrias, recuperadas y notablemente vigorosas, libran con no poco éxito la pelea por el predominio en los mercados de los cinco continentes, sin descartar siquiera la demanda de los exigentes consumidores estadinenses. Con ello tienen que ver los balances adversos del comercio exterior de Norteamérica, su enorme déficit fiscal y los conatos de recesión que han aparecido en las intrincadas articulaciones de su complejo fabril. Las dolencias de su economía se concitan para hacer totalmente desesperanzador el proceso declinante del otrora intocable imperio; y son asimismo las más complicadas de superar, puesto que su remedio implica tanto un choque con las naciones del segundo mundo, de las cuales requiere para la obra común de paralizar la expansión soviética, como un acrecentamiento del saqueo de los países sojuzgados, con la consiguiente multiplicación de los desbarajustes y desórdenes en sus principales bases de reserva. ¡Qué contrastes entre los goces de la efímera ascensión y los sinsabores de la prolongada caída!
Desde el fallido abordaje a Cuba, en abril de 1961, torpemente planificado por Eisenhower y peor ejecutado por Kennedy, que sucumbió en el mismo momento en que los sicarios pisaron Playa Girón, hasta la risible y estúpida operación de rescate de los rehenes norteamericanos en acciones de la Casa Blanca han ido de tumbo en tumbo, huérfanas de coherencia y continuidad. A medida que se propaga el caos proliferan las fórmulas salvadoras que tan pronto se aplican se desvanecen; sube el tono de las mutuas recriminaciones entre los responsables de la cosa pública, y se desanuda una truculenta rebatiña por el Poder entre los grupos monopolistas atrincherados en los dos partidos centenarios. El presidente Kennedy perece abatido a tiros en las calles de Dallas por una conspiración hasta el presente oculta en la penumbra y a la que por más de un indicio aparecen enredadas dependencias de los aparatos represivos. Igual suerte corre su hermano Robert cuando prácticamente se hallaba a las puertas de la Oficina Oval. Johnson se ve obligado a desistir de nominarse para el otro período presidencial a que constitucionalmente tenía derecho. El escándalo de Watergate, sin antecedentes en Norteamérica, sometió a la administración Nixon a la más minuciosa y despiadada pesquisa, sacando a la superficie la podredumbre congénita del Estado yanqui, con su pestilente carga de sucios ardides, maquinaciones delictuosas y fehacientes testimonios de que la loada democracia americana no desecha ninguna aberración en la consecución de sus propósitos.
En medio de la batahola y a fin de reparar en algo la deplorable velada ofrecida a los atónitos espectadores, comenzó a prender una campaña todavía más grotesca, casi mística, tendiente a moralizar las costumbres del Ejecutivo, privándolo de cuanto lo afee y limándole sus afiladas garras. A la CIA, las antenas del ogro, archifamosa por sus espeluznantes hazañas en todos los vericuetos del planeta, se la sentó en el banquillo de los reos y se la torturó con el acoso de que dijera públicamente sus pecados. Había que reencontrar el sendero de la perfección y canalizar los desmanes, esos malditos desmanes que cubrieron de lodo la imagen bonachona de los gringos en el lejano mediodía asiático y que tanto los desacreditaron en el cercano Santo Domingo. Para insuflar la cruzada era menester un hombre providencial, incontaminado de las turbias trapisondas de los mandos superiores, y lo extrajeron de un pequeño poblado del Sur, en Georgia, un desconocido diácono protestante de la secta bautista, el señor Jimmy Carter. Cuentan que el emperador Calígula, en el colmo de la disolución de la Roma esclavista, pretendió nombrar de cónsul a su caballo Incitatus. Los norteamericanos, en los abismos de la decadencia del imperialismo estadinense, no ungieron propiamente a un caballo con tan insignes dignidades ministeriales, pero eligieron a un enajenado predicador para presidir los destinos de una de las potencias más rapaces, crueles pragmáticas que hayan existido. Él irrumpía en el escabroso tinglado de la política con el mensaje de que Estados Unidos, para rehabilitarse, debía silenciar la espada y desenvainar la prédica; convencer con los buenos oficios de sus buenas intenciones al buen prójimo. Su pasión sería dizque la paz, cuando su reino necesitaba con acucia de la guerra. Su arma, la de la persuasión, aunque su más mortal contrincante lo persuadiese con las armas. Su obsesión, resucitar los derechos humanos burgueses, aun cuando el capitalismo hace casi un siglo arribó a la etapa monopolista y ya no lucha por su revolución contra el régimen feudal, sino contra el proletariado en nombre de la reacción, y aunque los gobiernos títeres seudosemicuasirrepublicanos del neocolonialismo yanqui degüellen a los pueblos para amparar el pillaje de los amos de Washington.
Tras la ocupación de Angola por los socialimperialistas, Carter avaló las declaraciones de su embajador en las Naciones Unidas, Andrew Young, en el sentido de que las tropas cubanas en ese país "constituyen una fuerza estabilizadora", "mantienen el statu quo". Y complementó así el contenido apostólico de su diplomacia: "Si logramos que nuestra posición sea bien entendida por la comunidad internacional, podremos lograr contrarrestar cualquier amenaza de Cuba o de la Unión Soviética" (10). En prenda de su sinceridad aplazó la fabricación del gigantesco misil MX, el bombardero B-1 y los nuevos modelos de submarinos Trident, tres piezas claves del arsenal norteamericano, a sabiendas de que sus cohetes Minuteman III no son respuesta efectiva para las ojivas nucleares de los SS rusos, de varias numeraciones, y de que uno de éstos, el 18, sobrepasa hasta en cuarenta veces la potencia de aquéllos. Durante los regateos del Salt II, ante la intransigencia enemiga, se inclinó respetuoso en muchas cláusulas, como la de exonerar de las prohibiciones del convenio al moderno avión supersónico Backfire, de la contraparte, sin que tampoco le sirva de contención su vulnerable B-52, producido en la década del 50. Luego de que sus coligados, los gobiernos de la Gran Bretaña y de Alemania, miembros de la OTAN, encararon el disgusto popular y arriesgaron su prestigio para que se asintiese al emplazamiento en Europa Occidental de la bomba de neutrones, con la mira de vencer la aplastante superioridad de los carros blindados del Pacto de Varsovia, Jimmy canceló el citado proyecto, humillando y zahiriendo a sus compinches europeos. También objetó que Japón, el socio estimable en el Extremo Oriente, construyera plantas nucleares. Prometió desmantelar las instalaciones del Pentágono en el exterior. Asistió, entre reticente y tolerante, al derrocamiento de dos sayones consentidos del imperio, el Sha Mohammed Reza Pahlevi y el general Anastasio Somoza, y, como afirmara Henry Kissinger, "se las arregló para tener conflictos con la casi totalidad de nuestros amigos".
No se requiere ser un genio para inferir que las circunstancias eran rotundamente propicias para el hegemonismo soviético, que, cual los nazis en el interregno de las dos guerras mundiales, se ha alistado febrilmente con el acomodo de la industria a los planes bélicos y la toma meticulosa de territorios, pasos, puertos y mares cardinales. A diferencia de Hitler, a Brezhnev y compañía les resulta mucho más dispendioso incubar su adefesio, no sólo porque han de trabajar intensamente en el ámbito ideológico para trasplantar al marxismo el injerto burgués de la "política colonial socialista", tan acerbamente censurada por Lenin, sino porque, a pesar de todo, la fortaleza económica y los adelantos técnicos de los viejos imperialismos no significan factores desdeñables. Sin embargo, el Kremlin ha sabido sacar partido de la crisis de los Estados Unidos, y desde 1975 pasó de la sola preparación a la ofensiva militar estratégica por el apoderamiento del mundo, sin cesar de prepararse. Con lo cómico de la crónica del cuatrienio de Carter, ésta recoge los severos prolegómenos de la Tercera Conflagración Universal. Las dentelladas e intromisiones del oso ruso en África, Asia, Medio Oriente y Centroamérica se parecen espantosamente a los preludios de la guerra del 39, patentes en la captura de Abisinia (hoy Etiopía) por Italia, la ocupación del norte y el centro de China por los japoneses, la intervención armada del fascismo en España y las invasiones alemanas sobre Austria, Checoslovaquia y Polonia.
El hostigamiento soviético acabó por sacar bruscamente del éxtasis a los potentados de Wall Street. Sus mercados, sus suministros de materias primas y combustible, sus inversiones, sus dólares, sus influencias, sus réditos, ¡todo!, hasta sus existencias mismas estaban en entredicho ¡No más formalismos, ni sermones, ni derechos humanos, ni palomas en la Casa Blanca! ¡Jamás saldremos del purgatorio, o pararemos en el infierno, si continuamos arrepintiéndonos de nuestras culpas! ¡Abajo el impostor! ¡Fuera el santurrón! Y así se efectuó el desahucio de Carter de la residencia presidencial en medio de la indignación de los indiscutibles mandamases, los dueños de los grandes consorcios, y, desde luego, entre las carcajadas del vulgo profano. El triunfo de Ronald Reagan en las elecciones del 4 de noviembre de 1980 pulverizó incluso los más alegres pronósticos de los publicistas suyos. Contra él jugaba el prontuario de que en el inmediato pasado la derecha había fallado al pretender anidar en las almenas del Poder, en función de halcón feroz, y siempre vencieron sus candidatos "blandos". No faltaron quienes le aconsejaran al ex actor amansar el trote. No obstante, los trusts suspiraban ya por que el imperio retornase con arrojo de gendarme a proteger sus sucursales, tal y como éstas venían acuciándolo acá y acullá, en sus lares contiguos y remotos. Para ello urgía curar antes al régimen de la ceguera, la sordera y la cojera, y en especial, sacarlo de ese estado de catalepsia en que lo sumieron los golpes y frustraciones sucesivos. En verdad Reagan, aquella estrella enana de Hollywood, no podía inventar ningún elíxir milagroso. Lo que hizo fue aferrarse con las uñas a la otra táctica, a la "dura", con que la burguesía, y particularmente la imperialista, suele remachar la esclavitud asalariada; y lo hizo en el momento exacto, cuando los multimillonarios principiaban a no dar ni un centavo por el reformismo y el democratismo para prevenir, bien la expansión soviética, bien los movimientos de liberación nacional.
Los ineludibles y crecientes embrollos económicos de la sociedad estadinense incidieron obviamente en el duelo electoral, pero les correspondió inclinar la balanza a las requeridas correcciones en la política imperialista de los monopolios. El nuevo jefe de Estado no lidiará la inflación, el desempleo, los estragos de la competencia, ni el resto de trastornos concomitantes al modo de producción norteamericano. 0 mejor los mitigará exclusivamente en la proporción en que garantice el desvalijamiento de los pueblos sometidos. Mas si se le llegasen a escapar del redil las neocolonias, sea por acción de la otra superpotencia, o por la lucha independentista de los oprimidos, no sólo no despachará ninguno de los enredos anotados en su agenda, sino que la situación interna se volverá insostenible y la revolución socialista expedita. Hasta los funcionarios encargados de la planeación en Colombia saben, por ejemplo, que el presidente republicano no conseguirá cumplir absurdos suyos tales como sanar el déficit fiscal, que llegó en 1980 a cerca de 60.000 millones de dólares; mientras reduce, en tres años, los impuestos por ingresos personales hasta un 30 por ciento, e incrementa el presupuesto del Departamento de Defensa en índices considerables. Y aunque éstos y otros temas se agitaron para mover al electorado, el debate comicial giró fundamentalmente en torno a la línea que le compete trazar a la Casa Blanca para recuperar la "grandeza" de los Estados Unidos y su credibilidad ante el mundo.
El método de preferir el derecho a la violencia, la libertad al orden, no iba parejo con los privilegios del saqueo. Recabar de los gobiernos proyanquis que permitan el agio de la deuda externa, el robo de los recursos naturales, las inversiones y la oferta ruinosa de los pulpos monopolistas, la quiebra de las industrias nativas, las alzas constantes del costo de la vida, etc., y a la vez exigirles que restauren la democracia clásica burguesa, además de entrañar un cinismo inaudito, tenía el inconveniente, confirmado hasta la saciedad, de que lejos de contribuir a la consistencia de los lacayos, los desestabilizaba. Con el ítem de que Nene Doc, el gorila de Haití, por más que parlotee sobre humanismo no dejará de ser Nene Doc. Desarmarse frente al desenfreno bélico de Moscú y embriagarse con el vodka de la "distensión" era otra necedad que le había costado a Occidente la sustracción de unas cuantas naciones. Reagan propuso un viraje radical y ganó apabullantemente. Abogará primero por la represión y luego por los derechos humanos. Patrocinará las dictaduras militares, sin exagerar la importancia de las dictaduras civiles. Les concederá el pase a los diseños armamentistas pospuestos por Carter, incluida la bomba de neutrones. Renegociará el Salt II, suprimiendo las disposiciones desventajosas para USA. No consentirá en que lo intimiden. "Hay casos en que vale la pena recurrir a la fuerza nuclear si hace falta", corroboró su Secretario de Estado, general Alexander Haig, en una de las sesiones de confirmación de su cargo ante el Senado. Y para que no cupieran ambigüedades, acotó: "Hay cosas peores que la guerra y hay cosas más importantes que la paz" (11) ¡No detenerse ni ante la confrontación atómica!: he ahí por lo que votó el imperialismo yanqui en los sufragios del 4 de noviembre. Con todo lo que de teatro tengan las actuaciones de este vaquero del celuloide, y al margen de que conserve o no el sostén de la clase acaudalada para sus maquinaciones guerreristas, lo cierto es que simboliza la convalecencia repentina y precaria de un sistema minado por la decrepitud y la pusilanimidad, y sus bravuconadas de león acorralado van a requerir más que simples rugidos para repeler el cerco letal de los jurados adversarios del imperio. La misma administración Carter, muy en contra de su retórica contemporizadora, tras los descalabros cosechados hubo de rectificar muchos de sus dictámenes, preferencialmente en el último año, a raíz de la depredación de Afganistán por los soldados rusos. Dio luz verde para la colaboración amistosa con ciertos regímenes de facto, apuntaló algunas bases militares en el extranjero y redujo sus prejuicios contra los incrementos bélicos. Todo demasiado tarde y demasiado a medias, y la decisión de procurar suplir la debilidad con la energía había sido tomada ya.
Los editorialistas burgueses se esmeran en minimizar el determinante papel de los intereses colonialistas de los Estados Unidos en las sustituciones de noviembre, y se solazan elucubrando sobre el influjo que en éstas ejercieron los problemas domésticos de la metrópoli. Actitud natural si se comprende que cualquier examen objetivo de las contradicciones reales habrá de partir del reconocimiento pleno de la rivalidad irreconciliable de las dos superpotencias por el control del orbe, y del caldeamiento de la misma en lugar de la congelación prometida, hasta el punto de que en 35 años, desde cuando Truman arrasara Hiroshima y Nagasaki, nunca nos vimos tan próximos al diluvio radiactivo. De generalizarse, la contienda sería inevitablemente nuclear; y aunque los ejércitos regulares conservan aún sus máximas prerrogativas en los conflictos limitados, con el vertiginoso desarrollo de las armas atómicas, la guerra adoptará modalidades muy diferentes a las acostumbradas, empezando por los riesgos que implican y el blanco que ofrecen las grandes concentraciones de infantería. Debido a ello, y pese a los encantos del apaciguamiento Washington proseguirá apostando con Moscú en megatones. Se estima que con la actual correlación de fuerzas convencionales, los rusos se demorarían menos que Hitler en 1940 para llegar a París. Precisamente la fabricación de la bomba de neutrones busca una compensación a dicha disparidad. La macabra carrera no se detendrá, puesto que ambas superpotencias urgen de un imperio para subsistir. La una tendrá que protegerlo, la otra terminar de conquistarlo. La una va en ascenso, la otra en descenso. Mas ninguna renunciará ni al agua ni al fuego, ni a la pólvora ni al átomo, para arrebatar el codiciado trofeo de miles de millones de esclavos.
A la Conferencia de Seguridad y Cooperación de Europa, celebrada en Helsinki a mediados de 1975, concurrieron más de 30 países de los dos bloques y firmaron un "Acta Final" que sumaria la Carta de la ONU y que recoge los cumplidos mutuos de respetar los derechos de los demás y de no tocar lo que no es suyo. Brezhnev en aquella arrobadora reunión puntualizó: "Nadie puede tratar de dictar a otros pueblos la forma en que deben manejar sus asuntos internos" (12). Sin embargo, en las postrimerías de 1979, el septuagenario jefe del Presidium Supremo de la URSS, en un ataque de amnesia, no trató sino que comenzó a dictar, no de fuera sino desde adentro, y a cañonazos, la forma como el pueblo afgano ha de manejar sus asuntos internos. Cuando se convocó en Madrid la nueva Conferencia de Seguridad y Cooperación, en noviembre de 1980, ya los burlados próceres del Oeste imperialista no les creyeron ni una jota a los ladinos dirigentes del Este socialimperialista. A pesar de que los rusos calificaron de "provocaciones" los reclamos de aquéllos, todavía insistían en distender los ánimos, mientras hacían la digestión de Afganistán, mucho más ahítos que cuando la deglución del banquete angoleño o indochino. Pero el entendimiento estaba roto. La luna de miel había concluido. Los protocolos de Helsinki eran un trapo sucio con que el Kremlin se limpiaba las manos ensangrentadas. Y la détente una vela encendida bajo la borrasca.
Después de repasar el curso de los acontecimientos mundiales durante los pasados 20 años, ¿podrá alguien con más de dos dedos de frente tomar en serio la pretensión de asumir una actitud amorfa en relación con la índole, las intenciones y procederes de las dos superpotencias, y con las desastrosas consecuencias que a todos los países acarrea su desaforada disputa por el predominio universal? ¿Los desposeídos habrán de contentarse con aprobar o desaprobar episodios esporádicos de tan trascendental contienda y comportarse con fingida "autonomía", "sólo subordinada a los intereses de la revolución colombiana" (13), como insisten Bula y Pardo? Esos aires de artificiosa imparcialidad, o taimado conciliacionismo, y que tanto impresionan a los liberales, tienden a ganar prosélitos explotando el más cerrero nacionalismo de las capas medias de la población. Los obreros por supuesto han de combatir en consonancia con los intereses de la revolución colombiana; pero asimismo han de sopesar correctamente la situación externa, con cada uno de sus aspectos e implicaciones, y, lo proclamamos sin esguinces, supeditar su táctica también a las necesidades de la revolución mundial. Quien no acepte este punto, de palabra o de obra, niega de plano el internacionalismo proletario y no pasa de ser un nacionalista más, como cualquier doctor Arellano que, en desplante de burdo patrioterismo, utiliza el diferendo con Venezuela para hacer fortuna electoral.
Si coincidimos en el cometido de estrechar los lazos fraternos entre las masas laboriosas del orbe, ¿qué les planteamos a los camaradas kampucheanos que padecen la barbarie de la ocupación vietnamita? ¿Que en aras del socialismo admitan lo bueno y rechacen lo malo de sus verdugos? ¿Y qué les decimos a los vietnamitas? ¿Que respaldamos o no su "federación indochina", confeccionada con el puñal homicida? ¿O no les decimos nada, guardando una prudente indiferencia? Sin embargo, ¿cómo aportar al acercamiento de los pueblos si no abordamos estos asuntos concretos, contundentes y candentes de la vida real? El MOIR ha dado la única contestación satisfactoria a tales interrogantes e inquietudes. A agredidos y agresores les expresamos el mismo criterio categórico: un país que recurre a la violencia para imponer la voluntad a otro con el pretexto de expandir el socialismo, copia los procedimientos típicos de los grandes monopolios burgueses y se convierte en un bastión socialimperialista, o en una avanzadilla de éste. Por lo tanto su conducta merece el repudio total de las fuerzas revolucionarias todas. En el "Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores", Carlos Marx indicaba que los obreros han de "reivindicar que las leyes sencillas de la moral y de la justicia, que deben presidir las relaciones entre los individuos, sean las leyes supremas de las relaciones entre las naciones" (14). Máxima admirable. No puede creérsele a la persona que después de vituperar a otra, golpearla y robarla, alega haberlo hecho por motivos de amistad. Ni absolver tampoco a la nación que diga propender a la unidad con otra mediante la extorsión y la ocupación armada.
En el citado Manifiesto, Marx explica igualmente que arbitrariedades tales como el apoderamiento de las montañas del Cáucaso y los asesinatos en la "heroica Polonia", perpetradas por la Rusia zarista, el principal baluarte de la reacción en aquella época, enseñaron a los trabajadores a "iniciarse en los misterios de la política internacional" (15). Las vicisitudes y atrocidades de las superpotencias moverán al proletariado colombiano, no a enclaustrarse en un nacionalismo falazmente ecuánime, sino a adentrarse en los enigmas de la problemática mundial y descorrer los velos con una definida posición de clase. Descubrirán que las penurias de la aldea natal no se hallan tan desligadas de la prosperidad de las más fastuosas urbes del planeta. Que la carestía y la represión del gobierno de Turbay Ayala dependen de las superganancias de los trusts de siglas en inglés. Que la publicitada defensa de los derechos humanos burgueses en Colombia tiene que ver con la respectiva cruzada llevada a cabo en todo el mundo por el derrotado Jimmy Carter; y también con las artimañas de los revisionistas que aprovechan la crisis del imperialismo norteamericano para ganar anuencia entre las clases dominantes, en beneficio de la hegemonía soviética. Que la renuncia de Bula y Pardo, aunque ellos ni siquiera lo sospechen, la genera el auge de la tendencia reformista, animada a su vez por los tejemanejes de Washington y Moscú. Que el triunfo del señor Ronald Reagan representa un viraje importante en la orientación estadinense, como efecto de la expansión de la URSS y la bancarrota de la "distensión". Y que dichos cambios están llamados a repercutir en las luchas ideológicas y políticas de Colombia, por cuanto se recrudecerá el despotismo del régimen vendepatria y el oportunismo se empantanará con sus empolvadas fórmulas de la democracia oligárquica. Pero esto ha de ser tema de otro capítulo.

NOTAS

1. Carta enviada a la Secretaría General del MOIR, el 27 de junio de 1978, por la cual renunciaron del Partido Carlos Bula y César Pardo. Publicada en mimeógrafo. Id. 
2. Id. 
3. Id. 
4. Reportaje de Gabriel García Márquez, en El Espectador, enero 9 de 1977. 
5. Comparecencia del Comandante Fidel Castro, del 23 de agosto de 1968. Folleto del Departamento de versiones taquigráficas del gobierno de Cuba. Instituto del Libro. 
6. Id. 
7. Walter Scott, El Talismán, Edición Obras Maestras, Barcelona, 1968, pág. 104. 
8. "Principios Básicos" de las relaciones entre los Estados Unidos de América y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Moscú, 1972. Tomado de Política Mundial Siglo XXI. Fundación para la Nueva Democracia, Editora Guadalupe, Bogotá 1974, pág.51. 
9. Richard Nixon, La verdadera guerra, pág. 181. Editorial Planeta, Barcelona, 1980.
10. Despacho de la agencia AP. El Siglo, septiembre 20 de 1977. 
11. Ambas declaraciones de Alexander Haig fueron extraídas de cables publicados por el diario El Siglo, el 10 y el 11 de enero de 1981, respectivamente. 
12. Time, agosto 11 de 1975, pág. 6. 
13. Carta de Bula y Pardo citada. 
14. Carlos Marx, "Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores", Obras Escogidas, C. Marx F. Engels, Editorial Progreso, Moscú, 1973, Tomo II, pág. 13. 15. Id.

 

 

 

LA TRASCENDENCIA DE LA OSADÍA POLACA

Enero de 1982
Editorial publicado en Tribuna Roja Nº 41, enero de 1982.

Como en la edad de oro de la tenebrosa autocracia zarista y evocando las peores horas de su atormentada historia, Polonia padece en la actualidad la sevicia de sus verdugos modernos: los sicarios prosoviéticos del régimen fantoche. Y como siempre, el pueblo polaco, con sus impresionantes demostraciones de rebeldía y heroísmo, se ha hecho digno merecedor del apoyo de los revolucionarios del globo entero.
Al filo de la medianoche del sábado 12 de diciembre, el gobierno de Varsovia, usurpado por los militares, implantó la ley marcial y adoptó una runfla de medidas represivas, aplicando al pie de la letra los dictados de Moscú que desde tiempo atrás exigía mano de hierro contra la indisciplina social y los reclamos democráticos de los obreros. Con el objeto de aterrorizar a la ciudadanía para luego reducirla, los decretos de emergencia van desde la ilegalización de las organizaciones gremiales y el arresto para los instigadores de disturbios, hasta el anuncio de pena capital contra quienes promuevan el cese de la producción en sectores vitales. En las cárceles han parado decenas de miles de personas, entre las que se cuentan numerosos dirigentes del sindicato Solidaridad, prohombres de viejas administraciones destituidas y no pocos miembros del Partido Obrero Unificado Polaco. La militarización fue total. Las tropas han allanado las factorías, los tanques han patrullado las calles de las ciudades y el acribillamiento de los insumisos no se ha dejado esperar. Se les interrumpió el servicio telefónico a los particulares, se silenciaron los despachos de la prensa no oficial y por la televisión aparecieron uniformados en lugar de los periodistas habituales. En fin, Polonia ha sido sitiada, incomunicada y mancillada.
Imposible predecir el rumbo concreto que tomarán en el inmediato futuro los acontecimientos en aquel clave país de la Europa centrooriental, con más de 35 millones de moradores. Empero, por las hondas raíces de su desbarajuste económico, por el calado y la magnitud del combate popular, por su ubicación geográfica, por el punto de ebullición a que han llegado las discordias mundiales, particularmente la disputa de las dos superpotencias, el detonante polaco está y seguirá allí, en medio de la leonera, listo a contribuir al desencadenamiento del estallido general. Lo que se ha incubado durante años, con la participación decidida de millones de gentes y como fruto de la convergencia de múltiples factores, no será extinguido con los mandamientos sanguinarios de un ucase, o de varios. Pese a la fulminante maniobra de los esbirros y al inevitable desconcierto que para cualquier contingente ocasiona el verse de pronto privado de su máxima comandancia, las erguidas y valerosas respuestas de los trabajadores han repercutido en el ámbito universal. Las cosas no marcharán tan viento en popa para los guardianes del orden, cuando el Kremlin, no obstante sus cínicos pronunciamientos en pro de la no intervención foránea, ha reiterado a sus títeres la promesa de socorro militar, sin excluir obviamente una campaña de ocupación, si la resistencia contra la tiranía establecida coloca en peligro el corto reinado del general Jaruzelski. Desde luego, habrá cambios en las formas de lucha y de funcionamiento de los fortines insubordinados, los cuales ya no podrán conspirar a plena luz del día, sostener y coordinar fácilmente las huelgas, o efectuar esos magníficos despliegues multitudinarios que estropearon la reputación de la burocracia lacaya. La clase obrera deberá amoldarse a las nuevas circunstancias y reagrupar sus efectivos disgregados violentamente. Lo que al principio el movimiento pierda en locomoción y envergadura lo ganará en profundidad y dureza, puesto que el enemigo, al haberse destapado tal cual, mostró los intolerables designios de imponer su despótica voluntad, aun a costa del degüello de todos los polacos.
De otro lado, las resonancias internacionales de los sucesos recientes de esta nación enganchada a la coyunda soviética se palpan no sólo en las declaraciones de condena emitidas por los Estados de Occidente, que se acompañan con severas advertencias a los mandatarios rusos para que se abstengan de invadir como a Checoslovaquia en 1968, sino en la contagiosa simpatía que despiertan las proezas polacas entre los pueblos de las diversas latitudes. A Moscú y a Washington, las capitales de las dos más poderosas metrópolis de la Tierra, les preocupa vivamente el desenlace de la crisis, a la que siguen y cuidan de cerca, dentro de una encendida controversia de mutuas recriminaciones y amenazas. A la primera, porque la salida del corral del díscolo vecino configuraría un patrón sumamente pernicioso para el resto de sus vasallos coloniales y asestaría un recio golpe a sus sueños de gendarme del universo. A la segunda, porque los desarreglos y conmociones en la vasta retaguardia de su mortal contrincante le permiten recuperar cierta iniciativa, después de que éste le ha sustraído consecutivamente, en el transcurso de algo más de un lustro, considerables porciones de Asia, África y América Latina. Rusia no asistirá con los brazos cruzados a la reducción de su área de influencia cuando de lo que se trata es de incrementarla. Brezhnev, a semejanza de Hitler en 1939, también está dispuesto a tentar los dioses de la guerra por Polonia, mas no para conquistarla, para conservarla. Y Reagan, que ha dejado suficientes constancias de su ánimo belicoso y al que lo saetean los aprietos por doquier, no desaprovechará la oportunidad de procurar recomponer los deteriorados negocios norteamericanos en otras partes, verbigracia Centroamérica, recurriendo asimismo al fuego y a la intimidación. Por donde se mire, el conflicto tiende a propagarse entre el otrora prepotente imperio yanqui, que hoy se bate en retirada para mantener sus viejas potestades, y los redivivos zares del Kremlin que, tras sus ambiciones de hegemonía mundial, pasaron a la ofensiva asumiendo el papel clásico del agresor.
A los pueblos de todas las nacionalidades el crudo invierno polaco les trae una fresca evidencia de la catadura imperialista de la Unión Soviética y de la lamentable condición de los países sometidos a su arbitrio. Aunque los revisionistas rusos y sus acólitos en el exterior achaquen los desórdenes encabezados por los partidarios de Solidaridad a las intrigas de Occidente y el caos económico a la ineptitud de algunos exfuncionarios, la situación ha alcanzado visos tales de gravedad para que sus genuinas causas puedan ser soslayadas con la quema de propaganda barata. Antes que nada, la postración de Polonia origínase en los descalabros de una economía en franco retroceso, que, además de encontrarse escandalosamente endeudada en alrededor de 30.000 millones de dólares, se exhibe incapaz de proveer a la población de los medios elementales de subsistencia. La escasez, la carestía y el racionamiento, que fueron el pan de cada día durante el último decenio, precipitan torrentes de indignación popular que con frecuencia los órganos represivos sofocan de manera vandálica. La inestabilidad en el mando, consecuencia de lo anterior, constituye otra peculiaridad muy típica de este período. Gomulka abandona el Poder luego de los cruentos choques que les costaron la vida a 45 proletarios del puerto de Gdansk en los inicios de los años setentas. Gierek intenta combinar el garrote con la persuasión, y su gobierno se desploma sacudido por las movilizaciones y los paros obreros. Kania propicia un desesperado entendimiento con los sindicatos, pero el antagonismo entre la masa laboriosa y el régimen ya no permite conciliar las dos posiciones, y tuvo que ceder el puesto a Jaruzelski, el comisionado de soltar los mastines del fascismo.
Sin embargo, el trasfondo de semejante cuadro de bancarrota y de terror habrá que indagarlo en los desastres de la sojuzgación soviética. Los polacos, al igual que los colombianos, laboran para la opulencia de un amo extranjero y no para su propio bienestar. La variante estriba en que sus esquilmadores se enmascaran de "socialistas" y de adalides del "internacionalismo proletario", con lo cual buscan embaucar y eludir las iras de los obreros del mundo. ¿Mas qué clase de socialismo es aquel en que la planificación estatal y las prioridades del desarrollo se determinan por las conveniencias de otro Estado más pudiente; o en que la conformación de alianzas o bloques económicos y militares se erige sobre la base de la "soberanía limitada" del país pequeño, según lo demandan sin tapujos las autoridades rusas para su comunidad de naciones cautivas? Ninguna atracción, ningún entusiasmo provocará entre los desposeídos del planeta ese modelo de sociedad, la metástasis polaca, que en lugar de suprimir las lacras del coloniaje capitalista, al cabo de treinta y tantos años de existencia las reproduce fatalmente en la anarquía y el entrabamiento de la industria, el retraso de la agricultura, las abultadísimas cifras de la deuda pública, el desfogue de la inflación, los fundados rumores de la corrupción administrativa y, especialmente, en los métodos antinacionales y antidemocráticos para resolver las contradicciones internas y aplastar a los forjadores de la riqueza. Dichos males se parecen demasiado al drama de las débiles repúblicas del Tercer Mundo víctimas de los vetustos imperialismos, para ser presentados cual un anticipo del venturoso porvenir que le espera a la humanidad emancipada de las pesadillas de la explotación.
Resulta impostergable, entonces, señalar los motivos del retorno de Polonia al pantanero mucho después de derrotar las hordas nazis en 1945, instaurar un gobierno de ascendencia popular y encaminarse hacia la materialización de las metas de la revolución proletaria, entre otras cosas porque la burguesía occidental se solaza divulgando, la versión de que las predicciones de Marx fallaron y, gracias a ello, ya no ejercen satánico magnetismo sobre las muchedumbres indigentes. Si los rendimientos de la organización social de los trabajadores no son sustancialmente mejores que el peor perjuicio del capitalismo, sobran la más leve acerbidad en la polémica, la lucha de clases y los costos de una transformación radical de lo existente. Dediquémonos más bien a limar los aspectos negativos, evitar las injusticias, barrer los excesos y desmanes del sistema que, pese a levantarse sobre el trabajo asalariado, o la esclavitud del "hombre libre", nadie ha inventado bajo el sol otro edén ni siquiera mencionable. Así discurren, farisaicamente, los representantes políticos tradicionales de los explotadores, denomínense liberales, conservadores, socialdemócratas, etc., favorecidos con el alevoso comportamiento de los soviéticos y sus secuaces.
Pero el socialismo no ha fracasado; lo han traicionado, que es muy distinto. Desde los redactores del Manifiesto Comunista hasta el artífice de la Revolución Cultural Proletaria de China, pasando por el fundador del bolchevismo, los guías magistrales del movimiento obrero han advertido que en la sociedad socialista, al constituir únicamente una etapa de transición hacia la abolición de las clases y de las desigualdades nacionales, todavía continúa la implacable pugna entre las obsoletas facciones desprovistas del Poder y las fuerzas avanzadas que lo han obtenido; y por ende perdura el peligro del restablecimiento de los privilegios del pasado, a cargo de los enemigos abiertos y encubiertos, nativos y extranjeros, de dentro y de fuera del aparato gubernamental. Durante un trayecto harto prolongado no se sabrá quién vencerá a quién. El proletariado ha de persistir en su dictadura, blandiendo los instrumentos propios de la contienda política: democracia, plena democracia para las masas trabajadoras y sus aliados, anulación de todo derecho para la oligarquía y la reacción en general, aplastamiento de las actividades contrarevolucionarias, respeto por la soberanía y autodeterminación de las naciones... ¿Se puede afirmar a priori que un Estado obrero no actuará al contrario, o no caerá en manos de los elementos restauradores, es decir, que en vez de darle garantías al pueblo se las otorgue a minorías parasitarias, y se convierta, a nivel internacional, ya en una colonia expoliada, ya en un imperio expoliador? ¿Con base en qué fundamentos teóricos o experiencias prácticas se negaría absolutamente tal eventualidad? ¿Con el criterio de que la historia marcha siempre hacia adelante y nunca da pie atrás? ¿Con la ingenua creencia de que los obreros, cuando aferran el timón de un país, se inmunizan contra los intentos revanchistas y regeneradores de sus adversarios? Al revés, la lección de los siglos refiere que aunque las corrientes revolucionarias terminan primando a la larga, a menudo transcurren por confusos y convulsos interregnos de reflujos y resacas. Una de las más rotundas discrepancias del marxismo-leninismo con los revisionistas contemporáneos consiste precisamente en que éstos no alertan, ni reconocen, ni siquiera mientan la posibilidad de la restauración burguesa bajo el socialismo. Para los rusos sería tanto como reconocer sus fechorías y recabar su misma destrucción, actitud que no van a asumir jamás.
Pues bien, Polonia, con su deprimente y frustrante espectáculo, compendia uno de esos fenómenos de involución social de común ocurrencia. Sus ansias de progreso tropiezan con la distribución discriminatoria de tareas y de prioridades diseñadas por el Came, el convenio económico impuesto a los países satélites de la Unión Soviética, de modo análogo a como en las centurias precedentes el descuartizamiento de su territorio y la supervivencia de los estamentos más retardatarios de su aristocracia feudal, debidos entonces a la sojuzgación de las potencias colindantes, asfixiaron su empuje productivo y la relegaron al atraso. Los grilletes de la dominación foránea vuelven a ser causantes de su penuria material. Su pueblo se halla al margen de los organismos estatales y de nuevo han sido encumbrados los círculos menos representativos y más holgazanes de su colectividad. La democracia pertenece otra vez a éstos, mientras las medidas punitivas llueven sobre sus obreros, a quienes se les prohíbe la huelga, la organización y el ejercicio de los demás derechos. Sus gobiernos nacen y mueren a los bramidos del Kremlin, y su suelo, hendido por las divisiones del irónicamente bautizado Pacto de Varsovia, se torna en zona de seguridad nacional para los hegemonistas soviéticos, a los que enceguecen las manifestaciones de patriotismo de los millones de afiliados a Solidaridad. Sí, es del Oriente de donde regresó el déspota, la Santa Rusia de la era del socialismo, a reencadenar la miseria polonesa a los caprichos inapelables del ahora también principal baluarte de la reacción europea y mundial.
Las desfiguraciones del régimen de Polonia corresponden exactamente a las deformidades de los renegados del comunismo de los Soviets, que desde Kruschev acá han atrapado en sus redes y puesto en servidumbre a las naciones que se atreven a acercárseles sin tomar las precauciones del caso. Los dirigentes de países como Cuba y Viet Nam, a punta de actuar de testaferros en Angola, Indochina, o en cualquier otra parte de la arena internacional adonde los arrastra la codicia de sus señores moscovitas, enlodaron los emblemas con que no ha mucho enardecían a las multitudes soliviantadas y han concluido pasándoles a sus respectivos conciudadanos las cuentas de cobro por las hazañas filibusteras. Recordemos con el marxismo la máxima de que un pueblo que oprime a otro no es libre; y si lo fue dejó de serlo, porque ensamblar ejércitos de asalto, transportarlos y sostener guerras de ocupación consume inmensos recursos que se sufragan con gravámenes abultados, excesivas jornadas, descuido de ramas industriales, desequilibrio del mercado, bajas humanas, sacrificio sin cuento y, finalmente, con la mordaza y el látigo, imprescindibles para prevenir la inconformidad. Poco o nada influye que el Estado en cuestión se moteje de democrático-popular o de socialista; igual se desgasta políticamente, concitando sobre sí la malquerencia de sus subalternos y el recelo cósmico. Los jerarcas de la URSS, fuera de depravar y sumir en el infortunio a las repúblicas condenadas a su protección, labran asimismo su propia desgracia. He ahí la moraleja de su fábula. Navegan en un mar de inextricables contradicciones. A cada exabrupto de su conducta socialimperialista suenan más repulsivos sus juramentos de benefactores de la especie. Claman por la "distensión" pero siguen extendiendo sus tentáculos letales tras lo que no les pertenece. En Polonia exigen la masacre para no invadir y en Afganistán invaden para masacrar; y detrás de cada una de semejantes tropelías se encuentra, sin falta, la solicitud de una marioneta suya requiriendo la "cooperación internacionalista". Cuando los cogen con las manos en la masa, en flagrante delito de colonialismo, se salen frescamente acusando a sus críticos de "bandidos contrarrevolucionarios". Creen que engañan, mas sólo hacen el hazmerreír y se aíslan progresivamente.
Por ello reiteramos que tales procedimientos y digresiones no se compadecen ni con los postulados ni con los intereses de la causa obrera. Ninguna identidad guardan con las premisas fundamentales del socialismo científico que proscribe la más pasajera explotación entre las personas y entre las naciones. La única forma de sacar indemne esta verdad de la prueba histórica que afronta será proclamando a los cuatro vientos y sin balbuceos la felonía y la farsa soviéticas. ¿Cómo es eso de que un país socialista considere espacios ajenos cual "zonas de seguridad" de su exclusiva incumbencia, en donde se arrogue el derecho tiránico o el deber "revolucionario" de dictaminar el tipo de gobierno que les viene a los habitantes del lugar, los mecanismos con que han de dirimir las disensiones domésticas, o hasta dónde han de llegar las reformas? ¿Las imposiciones de los amos del Kremlin al pueblo polaco no son acaso un calco vulgar de las consabidas injerencias de los Estados Unidos en sus neocolonias?
Si con el pretexto de "mi zona" se bendice la entronización de Jaruzelski, ¿con qué cara se estigmatiza la ascensión de los espoliques norteamericanos marca Pinochet? A los imperialistas siempre les ha parecido una transgresión inaudita de las normas de convivencia la menor intriga de las metrópolis competidoras dentro de sus esferas de dominio, mientras califican sus propias intromisiones de dispensas naturales y legítimas. Los socialimperialistas modernos obran idénticamente. Según la cólera de Reagan, las maniobras de Brezhnev por adueñarse del Caribe patentizan una infracción inconcebible del principio de no intervención, mas no la presencia en El Salvador de unidades del ejército estadinense que asesoran a los genocidas de la Junta Militar. Y viceversa, para éste son inadmisibles y atentatorias de la paz mundial las baladronadas de Washington y las plegarias de Roma con que Occidente calcula sacar tajada de la fascistización de Polonia, pero le parece un honroso aporte a la armonía universal su manipuleo del gobierno de Varsovia en la noche de los cuchillos largos del 12 de diciembre. A los defensores del movimiento comunista, tan vil e hipócritamente escarnecido por el revisionismo contemporáneo, les compete precisar que no se acogen a ninguno de los dos alegatos expuestos, los cuales, no obstante la acrimonia y la desemejanza formal, no expresan más que los agudos altercados entre ambas superpotencias por el control del orbe. La opinión esencialmente contrapuesta, la que vela por el destino promisorio de los trabajadores de todos los continentes y permanece fiel a las enseñanzas imperecederas del marxismo-leninismo, parte del supuesto de que el derecho de las naciones a la autodeterminación no es una simple fórmula ritual a la que puedan recurrir los saqueadores para absolver sus crímenes, sino la piedra angular del internacionalismo proletario, así como de toda democracia y de todo socialismo verdaderos. Quien no proteste por la intromisión de un país en los asuntos de otros, tolere la más mínima intimidación u opresión nacional sobre un pueblo, o se comprometa con las agresiones internacionales de determinada república, con las razones que fueren, será un chovinista incorregible, un agente extranjero, un revisionista adocenado, un pobre diablo, lo que sea, pero jamás un demócrata consecuente, ni mucho menos un socialista militante.
Los partidos mamertos a menudo arman algarabía alrededor de la democracia, que prefieren identificar con el término gaseoso de "derechos humanos", plegándose hasta en eso a la concepción burguesa que tiende a diluir el contenido de clase del problema y a ocultar el aspecto central de qué fuerzas sociales poseen el Poder, y, por lo tanto, a quiénes les concede el Estado las garantías y libertades y a quiénes se las niega o escatima. En una dictadura proimperialista como la colombiana las decisiones las toma la oligarquía conforme a las pautas trazadas por los monopolios norteamericanos y en contra del querer de las abrumadoras mayorías constreñidas, aunque se pregone a voz en cuello que el pueblo es soberano porque sufraga en las elecciones y disfruta de una que otra mentirosa prerrogativa. Algo similar acontece en cualquier república, socialista o no, maniatada por presiones económicas o chantajes de agresión y cuyos actos se aprueban previamente por gabinetes que sesionan a kilómetros de sus fronteras. Bajo un régimen que respira gracias a una invasión militar o a las "ayudas" de otro, las masas laboriosas no tendrán jurisdicción y mando, ni sus pareceres contarán para nada, así la constitución las designe depositarias de la dictadura del proletariado. En un mundo en el que prevalecen aún las diferencias nacionales, el primer requisito de la democracia, no de la burguesa sino de la obrera, no la de papel sino la real, la que empieza por desentrañar la naturaleza clasista del Estado y pugna por la supremacía de los desvalidos sobre los desvalijadores, descansa en la soberanía y la autodeterminación de las naciones, que se entienden como la atribución de cada pueblo a darse el género de gobierno que a bien tenga, sin coacciones de ninguna índole. A este precepto se le adosa otro no menos enjundioso: el que las revoluciones no se exportan, dependen de las condiciones específicas de cada país.
El socialismo habrá terminado su misión en la Tierra cuando desaparezcan las clases y las disparidades nacionales, pero mientras tanto ha de esmerarse en el cabal apuntalamiento de los soportes de la democracia. En lo interno, amplísima participación de las masas populares en las entidades del Estado y en sus ejecutorias, igual en las administrativas que en las de sujeción de las minorías reaccionarias; y en lo externo, escrupuloso acatamiento a la facultad privativa de los pueblos a autodeterminarse soberanamente. La sociedad proletaria que se enruta hacia la eliminación de toda represión política y hacia el derrumbe de las murallas que parcelan a los hombres en naciones, no cristalizará su encargo sino recurriendo a esa represión, pero a través de su hechura más democrática, el gobierno de los trabajadores, y permitiendo que dichas murallas nacionales alcancen su máximo apogeo mediante la prescindencia de la menor coerción entre los países. No hay otro modo de emprender los gloriosos cometidos de la revolución socialista. Nada de esto tiene lugar en Polonia, en donde quienes ponen los presos y los muertos son los operarios de las minas, de los astilleros, de las fábricas; y los acaparadores del Poder proceden exclusivamente de las élites cimeras del Ejército, del Partido y del Ejecutivo, una burocracia podrida cuyos irritantes fueros emanan de su obsecuencia con los socialimperialistas soviéticos. La libertad polaca, florecida sobre la tumba del nazismo tras épicos esfuerzos por reunificar la patria secularmente desmembrada, vuelve a marchitarse ante la rapiña de los actuales depredadores, más ominosos que los antiguos, ya que disponen a su antojo de una concentración, económica y estatal, infinitamente superior a la que conocieron los Romanov. Rusia se ha transmutado en un imperio en expansión, foco primario de la tercera conflagración mundial, que no será sosegado con las aguas lustrales de los apóstoles del apaciguamiento. A mediados de 1975 atrapó a Angola patrocinando una expedición de mercenarios cubanos; vinieron luego Kampuchea, Lao, Afganistán, y caerán nuevas presas, porque la fiera cebada se hace insaciable. Sólo el alistamiento de la lucha enérgica y mancomunada de los pueblos, de los revolucionarios, de los países no agresores, de los portaestandartes de la coexistencia pacífica internacional, logrará parar a los hegemonistas soviéticos.
La importancia de la resistencia de Polonia radica en que le infunde remozado aliento al gigantesco frente de contención contra el socialimperialismo. Hoy como ayer su gesta se entrelaza con las corrientes más progresistas de la época. Marx y Engels consignaron en el Manifiesto: "Entre los polacos, los comunistas apoyan al partido que ve en la revolución agraria la condición de la libertad nacional" (1). Imitándolos, diremos a los 134 años que nosotros también respaldamos, entre aquellos combatientes, a quienes vean en la revolución social, en el saneamiento de la superestructura, el rescate de la soberanía conculcada.

NOTAS

1. Carlos Marx y Federico Engels, Manifiesto del Partido Comunista, en Obras Escogidas, Tomo I, Moscú, Editorial Progreso, 1973, p. 139.

 

 

 

LA VIGENCIA HISTÓRICA DEL MARXISMO

Marzo de 1983
Editorial escrito por Francisco Mosquera y publicado en Tribuna Roja No 45 de marzo de 1983.

Al cumplirse el 14 de marzo cien años de la muerte en Londres de Carlos Marx, el Partido decidió valerse de la conmemoración para estudiar y difundir los hallazgos del genial alemán, cuyo sistema de pensamiento, designado honoríficamente con su nombre, alumbra la lucha emancipadora del proletariado. Con tal motivo se constituyó una comisión para que coordinara las múltiples actividades con que celebramos la efemérides. Entre las orientaciones impartidas por el Comité Ejecutivo Central se destacó la de no limitar la campaña educativa a los textos de Marx y Engels, sino ampliarla y sustentarla con los acopios posteriores de sus principales discípulos, Lenin, Stalin y Mao. Recomendación pertinente, pues se trata es de remarcar la trascendencia del marxismo. ¿Y de qué modo mejor que el de empezar por reconocer los reportes sobre los magnos transformadores sociales que debieron sus éxitos al rigor con que interpretaron las instrucciones de aquéllos y a la lealtad con que los defendieron? 
Los ideólogos de la burguesía, ante la arrolladora ascendencia del creador del socialismo científico, acrecida con el paso del tiempo, lejos de ignorar sus prédicas cual lo intentaron en sus albores con la "conspiración del silencio", ahora se empeñan en pervertirlas, desligándolas de las "impurezas" y "atrocidades" de sus continuadores y absorbiéndoles su savia revolucionaria. Reducir el marxismo a las ejecutorias de los expositores del Manifiesto Comunista, además de despojarlo de su verdadera dimensión histórica, significaría negarle su infinita capacidad de desarrollo. 
Si ha habido un método ideológico que cimiente su pujanza en la ninguna resistencia a la evolución; en la predisposición a ajustarse o aprovecharse de las modificaciones que traen consigo los procesos naturales y sociales y los adelantos de las ciencias, ésa es la concepción del mundo elaborada por Marx y Engels. No configura un dogma cerrado o acabado al que ya nada ni nadie consigue enriquecer, o que se marchite ante la marcha incesante de los acontecimientos. Su fundamento materialista y dialéctico le permite mantenerse al día y a la vanguardia del combate por los cambios en la naturaleza y la sociedad, y requiere, por ende, de las contribuciones que de cuando en cuando efectúan los portadores del progreso de los diversos países. Existe sólo a condición de que se innove. De ahí el interés que muestran las capas "cultas" para mantenerlo, contrariando su esencia, como un compendio disecado, sobre el que suena bueno lucubrar doctoralmente, mas al que hay que anularle cualquier incidencia creadora en los hitos de la revolución mundial, mientras no sea para achacarle los fracasos. Pero el pleito es gratuito. Los sucesos de aproximadamente ciento cuarenta años, desde el momento en que aquél quedara estructurado en sus rasgos fundamentales hasta hoy, ponen de manifiesto sus inmensas repercusiones, y que, distante de perder lozanía, se halla cada vez más resplandeciente, más actualizado, más victorioso. Justamente la frustración de las grandes gestaciones revolucionarias en dicho transcurso han de abonársele a la revisión u omisión del marxismo y no a su puntual observancia. 
Los lineamientos teóricos dilucidados por los autores de La ideología alemana comienzan a perfilarse en el período en que las masas obreras de las naciones industrializadas de entonces ensayaban sus ataques contra el orden burgués establecido; contra ese mismo orden tras el cual se habían movilizado a la zaga de sus explotadores durante las rebeliones antifeudales, y que luego, sin comprenderlo muy bien, se volvía contra ellas y aparecía como la primera causa de su sojuzgación y la razón última de todas sus desgracias. La "igualdad" prometida no era más que un formalismo legal para encubrir la esclavitud asalariada. La "libertad" estatuida garantizaba únicamente las transacciones mercantiles del capitalismo, en las que al trabajador se le estima cual una mercancía más. Y la tan socorrida "fraternidad", prohibida para los desposeídos, no pasaba de ser la que brinda el dinero. El proletariado europeo salta a la palestra en las décadas iniciales del siglo XIX y por su cuenta y riesgo emprende los embates contra la nueva extorsión sacralizada, pregonando con su rebeldía el asomo de un enorme sector social que, a semejanza de los anteriores, se reservaba también el derecho a moldear el mundo conforme a sus propias conveniencias. Con dos diferenciaciones: una, que nunca antes se lo había propuesto ni podía proponérselo la fuerza esclava de la sociedad; y otra, que el triunfo suyo, la instauración de la dictadura de dicha fuerza, desembocará en el término de todo tipo de explotación entre los hombres y por tanto en la supresión de las clases. A Marx le corresponde la distinción de proporcionarle el sustento a esta lucha y de dotar, a los artífices recién surgidos, de los materiales ideológicos indispensables con qué culminar la obra transmutatoria. El marxismo, que no irrumpe en ninguna otra época pretérita por ausencia de las condiciones reales que lo hicieron posible, inaugura una era entera en la historia de la humanidad. De no haber sido del cerebro germano nacido en Tréveris el 5 de mayo de 1818, aquellas herramientas espirituales hubieran brotado de cualquier otro, porque toda alteración en la estructura económica se refleja inexorablemente en las instituciones y demás campos de la actividad social, con sus respectivos conflictos entre segmentos de la población, bandos, dirigentes, ideas, etc., y el proletariado de cualquier modo se habría armado y pertrechado para su justa. Esto no lo ignoramos; pero asimismo podemos estar seguros de que la contextura marxista en que encarnó tal necesidad histórica luce irreemplazable por la hondura del examen, la vastedad de los temas, la belleza de la forma. Para lograrlo Marx ha de empeñarse en el análisis del capitalismo y probar que éste no integra la etapa definitiva sino que representa un escalón más del desarrollo, y que, cual los precedentes, nace y perece al cumplir su ciclo. Acaba con los sueños de la eternización del régimen burgués, al verificar que éste, al igual que los otros, perecerá cuando el incremento constante de las fuerzas productivas se vea estancado por las relaciones de producción que antes lo favorecían. Máxima ley de todos los sistemas que han prevalecido y que bajo el capitalismo se expresa particularmente en la antítesis entre el alto grado a que llega la socialización de la producción, de una parte, y de la otra, la distribución anárquica y la apropiación individual de los instrumentos y medios de la misma. 
Aun cuando aquellos criterios estaban llamados a revolucionar toda la historiografía anterior, librándola del idealismo y de la metafísica y descubriéndole su hilo conductor con arreglo al cual se mueve, el autor de El Capital, en lugar de pretermitir las prodigiosas conquistas del conocimiento, se apoya en ellas y de ellas parte para erigir su edificio conceptual. En este sentido el marxismo es fruto y semilla de lo mejor del intelecto humano, del cual recoge cuanto fuere rescatable, desechando lo que riña con la realidad o la falsee, y al cual le retribuye generosamente, tan sólo restringido por las limitaciones y el penoso ascenso del saber científico. Así como Marx fue implacable con toda superstición religiosa, filosófica o de cualquier otra índole, recibía con gozo juvenil las revelaciones de un Darwin, de un Morgan o de un Laplace. Hereda la dialéctica hegeliana, pero la voltea, ya que, cual él mismo decía, se hallaba invertida, con los pies hacia arriba, corrigiéndole su arrevesada inspiración idealista. De Feuerbach adopta su postura materialista en la medida en que ciertamente lo era. Y de la conjunción de estas porciones incompletas de la filosofía alemana acopla su clarividente y armónica concepción y su método elemental y exacto: el materialismo histórico y dialéctico. Es la materia la que gobierna al espíritu, no al contrario; y nada está estático sino que todo circula y se modifica permanentemente. Marx halló que la primera necesidad de los hombres estriba en proveer los medios con qué mantenerse y procrearse, para lo cual han de entrar en determinadas relaciones entre sí, el piso real que condiciona el resto de las manifestaciones sociales, como el Estado, la política, la cultura, en suma, la superestructura de la sociedad. Aunque las alteraciones en la base económica acarrean las mutaciones en la superestructura, y ello sea lo principal, ésta también evoluciona por sí misma e incide sobre aquélla, y a veces de manera decisiva, cual sucede en los desenlaces revolucionarios. Otro tanto pasa en la naturaleza, en donde las cosas cambian y se influencian mutuamente, alternándose los papeles en el curso de su desenvolvimiento. Lo que ora es efecto, luego actúa de causa y viceversa. Lo que se desempeña como general en un contexto, en otro lo hace de particular. Lo que ayer fue especie, mañana será familia, y así hasta el infinito. Talla dialéctica de los procesos materiales que se reflejan en la dialéctica del pensamiento, síntesis suprema en que, en virtud del marxismo, culminan milenios de vigilias y divagaciones filosóficas. 
Asimismo, ayudándose con el repaso crítico de la economía política inglesa y desarrollando los ingentes esfuerzos investigativos al respecto, el redactor en jefe de la Gaceta del Rin desentraña los misterios del valor de uso y del valor de las mercancías como sustratos, respectivamente, del trabajo concreto o útil y del trabajo abstracto o social; y corre el velo al secreto de la ganancia y del enriquecimiento del capitalista al averiguar la plusvalía y al explicar cómo ésta no es más que la parte no retribuida del trabajo del obrero, y que acumulada en las manos de aquél se convierte en fuente de la fortuna y la omnipotencia de unos pocos y de la ruina y el sometimiento de muchos. El asalariado vende su fuerza de trabajo, una mercancía cuyo costo equivale al mantenimiento suyo y de su familia y que al usarse, o consumirse en trabajo, crea un producto superior, con el cual se cubre dicho costo, quedando un excedente, que es el que se embolsa el dueño de la fábrica. A la par con la acumulación capitalista ocurren el auge constante y acelerado de la producción, la relegación del operario por la máquina y el descenso de la cuota de ganancia, fenómenos que se traducen en crisis periódicas que obligan al capitalismo a suspender drásticamente su carrera, la que reinicia de nuevo, sólo después de que haya eliminado buena cantidad de sus fuerzas productivas con la quiebra de las empresas y el despido de los obreros. Un modo económico que condena a la indigencia a millones y millones de personas a tiempo que permite la mayor eclosión de bienes; riquezas colosales que carecen de pronto de quiénes las compren y disfruten, y muchedumbres abigarradas de hambrientos que sucumben ante una opulencia jamás vista. Un modo económico que tiene que sacudirse traumáticamente sus propios progresos y que mientras más se desarrolla más evidencia la indefectibilidad de una organización social distinta que encauce y se compadezca de tales progresos. 
Marx prohija los anhelos del socialismo francés de erradicar las arbitrariedades que se han hecho patentes en el ordenamiento plantado sobre la explotación burguesa. Mas le reprocha sus quimeras; sus "falansterios", bancos proudhonianos de intercambio y demás panaceas inventadas al margen del curso económico y de la pugna entre los antagónicos estratos sociales; sus ilusiones de convencer a los expoliadores para que voluntariamente se comidan a abrazar el evangelio de una virtuosa y filantrópica justicia. Contra tan pueriles utopías socialistas intercede por un socialismo científico, que sea la resultante natural del discurrir histórico, la ulterior construcción orientada sobre lo legado por el capitalismo fenecido, que se abra paso a través de la lucha de clases y distinga en el proletariado a su beneficiario, el agente que ha de encargarse de imponerlo. Las revoluciones del siglo XX, la rusa y la china entre ellas, refrendaron estas soberbias deducciones, así como han ratificado, junto con los extraordinarios avances de la ciencia en los más disímiles campos, las certezas y la utilidad de la metodología materialista y dialéctica. ¿Y quién niega, por ejemplo, que el crac de 1930, o los trastornos recesivos de 1970, o los de 1975, o los que en la actualidad afectan turbulentamente a los países más desarrollados, no son una palmaria demostración de las teorías marxistas, pese a que el capitalismo se ha trocado en monopólico y contabiliza a su haber los incalculables recursos hurtados a los pueblos sometidos del orbe?

UNA GUÍA PARA LA ACCIÓN
Debido a que no desciende de los reinos celestiales, como han sobrevenido las esotéricas doctrinas que buscan en los designios divinos la clave de las candentes incógnitas de la creación, y a que, en cambio, germina en la tierra fértil de la realidad, de donde desarraiga sus postulados en lugar de preconcebirlos, el marxismo engloba conclusiones, verdades y diagnósticos aplicables a las diversas circunstancias existentes, de los cuales nos servimos a objeto de descifrar las peculiaridades específicas de nuestro país y de nuestra causa. Y debido también a que su estilo investigativo exige la evaluación concreta de las condiciones concretas y da por sentado que éstas varían de acuerdo con sus leyes internas y sus relaciones externas, si lo esgrimimos adecuadamente, calaremos las diferencias o analogías de Colombia con los demás Estados y el sentido y la velocidad con que aquéllas se alteran. 
Cuando en la segunda mitad de la década del sesenta rebatíamos los embrollos de grupos camilistas que, como Golconda, apostrofaban contra el rol dirigente del proletariado en el proceso revolucionario, no hacíamos otra cosa que recurrir a los asertos marxistas, que confirman de qué manera las huestes obreras crecen y se robustecen constantemente con la expansión de la industria mientras las otras clases se descomponen sin remedio. ¿Y qué hemos hecho cuando catalogamos a Colombia de nación neocolonial y semifeudal que gira en la órbita del imperialismo norteamericano, y de nueva democracia a la revolución que nos compete impulsar en esta etapa? Pues efectuar, con la asistencia de esa "guía para la acción", la auscultación económica de los modos de producción prevalecientes en el país; identificar las disparidades de éste frente a las repúblicas capitalistas desarrolladas y sus similitudes con los pueblos del Tercer Mundo; distinguir las fuerzas sociales y discernir exactamente sus contradictorias funciones en la brega; preservar y hallar compatible la dirección proletaria con la naturaleza democrático-burguesa de la revolución; captar o (¿?) inaceptable y estéril de querer brincarse etapas y pretender prescindir subjetivamente de cierto grado de capitalismo nacional, mientras éste cumpla aún una misión positiva y no haya agotado su decurso; comprender que la mayor urgencia de Colombia consiste en alcanzar la plena independencia y la cabal soberanía, cuyo cometido requiere de la colaboración de todas las clases, capas y sectores patrióticos y revolucionarios; prever que el régimen democrático que instauraremos se transformará en la sociedad socialista del futuro, y, en fin, ubicar y atender todos y cada uno de los tópicos esenciales en los que descansa la suerte de las masas y del Partido. Ya esto, no hace mucho, calificaban los trotskistas colombianos de falta de originalidad o de calco mecánico, ya que admitimos la presencia de una burguesía nacional en nuestro medio, susceptible de aliarse con nosotros en la pelea por la liberación y contra el desvalijamiento imperialista, lo cual coincide con lo que refiere Mao de la China de antes de 1949. Se les ocurría exagerada postración a lo extranjero, demasiada enajenación mental, el colmo del culto al dogma, que tomáramos del gran timonel chino sus aseveraciones y procedimientos, en cuanto guardan de universales, para auxiliarnos al indagar por nuestras propias características, así como aquél los tomara de Stalin y Lenin, y éstos, a su turno, de Marx y Engels. 
Se torna gratificante recordar tales episodios en el centenario de la muerte del director fundador de la Nueva Gaceta del Rin, porque esos mismos socialisteros a ultranza se transmudaron posteriormente en fervorosos y cercanos compinches de los revisionistas criollos, quienes han andado siempre tras las huellas de las más exóticas banderías burguesas, repitiendo la monserga liberal sobre los lunares o los dones de la democracia oligárquica y sobre las fórmulas para recomponerla, o matizando hasta más no poder la contraposición que media entre el régimen representativo burgués y el popular y revolucionario que precisa Colombia y por el cual ya vienen contendiendo valiosos y masivos sectores de la población. Tamaña confusión y tamaño envilecimiento se han reputado cual inteligentísima maniobra para ensamblar el frente único y unir a los explotados y oprimidos, pero en el fondo, fuera de entregar las riendas a la burguesía aliada y suprimir de un tajo la hegemonía obrera en la conducción de la alianza patriótica, denotan el vacío absoluto de una política de principios, el desprecio olímpico por la teoría, en una palabra, el supino desconocimiento del marxismo, junto a la más pedante, superficial y estridente agitación de éste. 
Una cosa es que de la disección que llevemos a efecto de la economía y de la conducta de las clases saquemos el proyecto general estratégico y táctico, y por ello advirtamos de la presencia de un fragmento burgués, constreñido por el imperialismo y marginado del mando, al que habremos de aproximar, facilitando su concurso con un programa democrático indicado, y otra diametralmente distinta secundar sus opiniones retardatarias y correr tras él, sobre todo cuando se pliega dócil a la reacción gobernante y le da la espalda a la revolución. Entonces no queda más disyuntiva que enmendarle la plana, impugnando sus vacilaciones e inclinaciones inmanentes a su condición social, y romper el acuerdo, si lo hay, a la espera de que pase la resaca y soplen los vientos benignos, el ciclón revolucionario. Lo que se dice un viraje táctico conveniente y en el plazo oportuno. De ello nos ocuparemos un poco más adelante. Sin embargo, no quisiéramos concluir el asunto que estamos abordando sin agregar algo más. 
Del hecho de que en nuestro país, por su estancamiento relativo y el vasallaje externo, subsista una pequeña y mediana producción de tipo empresarial, tanto en la ciudad como en el campo, que urja medidas proteccionistas y ciertas libertades para no asfixiarse ante la extorsión de las capas monopólicas y parasitarias, y de que los representantes de aquellas formas productivas todavía puedan contribuir económica y políticamente a nuestro desarrollo, no se desprende que a la burguesía y a su sistema no les haya transcurrido, y desde hace rato, su momento histórico. El porvenir ineluctablemente ya no les pertenece. Y allí donde esta clase, o una parte de ella, consiga justificar sus aportes, como en el caso colombiano, su labor, con lo enjundiosa que llegue a ser, estará limitada por sus fatales impedimentos, sus irresoluciones, su innata debilidad, su temor a extinguirse. La gesta emancipadora la fortificará pero le espanta, porque presiente sus riesgos. Al proletariado no es que la revolución le convenga, así escuetamente, sino que constituye su elemento, su modus vivendi; y entre más honda sea, entre más categóricamente socave el antiguo orden, más realizado se verá, más íntegro será su poder. 
Engels relata cómo, en las jornadas de mediados del siglo XIX, cuando los capitalistas estaban derribando el feudalismo y perfilando sus Estados nacionales, el crítico del Programa de Gotha le recomienda al proletariado -desde luego- que participe, pues con el advenimiento de la república se eliminan todas las interferencias que obstruyen su lucha de clases; y que apoye al destacamento burgués más consecuente y radical, pero cuidándose de postrarse ante los halagos, o de aceptar los ofrecimientos que le hiciere el régimen recién instalado, y resguardando celosamente su independencia política, para no traicionarse a sí mismo. Si esa advertencia ya era un deber indelegable de los trabajadores en las calendas en que el capitalismo se hallaba en su curso ascensional, ¿qué diremos hoy de nuestros acuerdos con la fracción progresista de la burguesía, cuando el mandato revolucionario histórico de ésta finiquitó hace casi una centuria y desde entonces se inauguró la época de la revolución mundial proletaria? Definitivamente los revisionistas, cual reza su apelativo, son unos renegados del marxismo.

LAS ENSEÑANZAS SOBRE LA TÁCTICA
Marx, el más glorioso apologista de la Comuna de París, mediante una certera apreciación de las trayectorias de las revoluciones, redondea la táctica a la que han de atenerse los obreros a fin de organizar y preparar sus contingentes y vencer en las contiendas por su emancipación de clase. Aunque no renuncia a las posibilidades de un derrocamiento pacífico de la minoría opresora en condiciones muy excepcionales, aconseja emplear la violencia para destruir la vieja máquina estatal e instaurar y mantener la nueva. No obstante, el blandir los instrumentos propiamente insurreccionales depende igualmente de factores económicos y políticos que en un momento preciso precipitan los levantamientos, y no de los deseos y caprichos de la vanguardia. Hay días subversivos y revolucionarios que equivalen y concentran años y decenios de ricos y rápidos sucesos, al igual que hay decenios tan pobres y lentos en que apenas si transcurren días de historia. De esta sencilla pero penetrante observación el activista de la revolución de 1848 concluye las pautas para distinguir la modalidad de pelea que preferirán los paladines proletarios en las distintas eventualidades. La mudanza de las cosas ocurre por intermedio de pausadas evoluciones seguidas de saltos bruscos, y ambas secuencias conllevan su importancia y se complementan recíprocamente. Durante los períodos apacibles se debe elevar la conciencia, acrecer la fuerza y ejercitar la capacidad combativa de los trabajadores, para que cuando lleguen las coyunturas de insurgencia no se les escapen por falta de la madurez y de la pericia necesarias. Pero como las masas no se educan más que con las lecciones de la experiencia práctica, el aprendizaje habrán de acometerlo interviniendo en los enfrentamientos de clase. La acción política es el medio y las reivindicaciones democráticas arrancadas al enemigo las espadas que convertirán a los noveles en expertos gladiadores. Por eso el fundador de la Internacional, fuera de que fustiga con denuedo a Bakunin y demás anarquistas por inducir a las mayorías apaleadas al total abstencionismo, degradándolas moralmente, embruteciéndolas aún más, entregándolas cual mansos rebaños a la demagógica influencia de los portavoces del capitalismo, reprueba firmemente toda aventura que eche a pique en un instante lo cosechado con pacientes esfuerzos, les otorgue fáciles ventajas a los expoliadores y converja en la liquidación del movimiento. Y Marx no fue el teórico que se imaginan muchos, enclaustrado la existencia entera en su biblioteca y sustraído del acaecer cotidiano. Le tocó, a la inversa, inflamar en no pocas ocasiones el ánimo bizarro de los obreros en campaña, o incluso acudir solidariamente en socorro de alguna jornada perdida, como cuando, después de haber prevenido al proletariado francés respecto a un alzamiento extemporáneo, y una vez desatado, se levantó en su respaldo, considerándolo un mal menor frente a una capitulación sin combate, y escribiendo la más hermosa página sobre el primer ejemplo vivo en el mundo de un gobierno, aunque efímero, de los asalariados, la Comuna de París. 
La revolución colombiana tiene indudablemente harto que aprender del marxismo, siendo el craso desconocimiento de éste su mayor deficiencia y su peor infortunio. Sin embargo, si se nos preguntase qué punto de tantos merece especial prelación para estudiarse, no vacilaríamos en señalar que los cánones tácticos encabecen la lista de los asuntos por desenmarañar en un país en donde muchos de quienes se declaran seguidores de los preceptos sistematizados por el padre del comunismo, o son abates de secta, o anarquistas que se mimetizan de políticos pero que exaltan el terror a la categoría de una profesión para vivir de ella; o politiqueros burgueses infiltrados en las filas obreras, que hacen de los derechos humanos, de las reformas, de los reclamos y de la obtención de los abalorios económicos el objetivo máximo de las aspiraciones revolucionarias; o revisionistas retobados que hablan de la "combinación de todas las formas de lucha" para permitirse la licencia de caer en todos los extremos del oportunismo de derecha y de "izquierda" y eludir la responsabilidad de trazar un plan de acción proporcionado, que defina claramente las tareas prioritarias para cada tramo y que coadyuven en verdad a la nación y al pueblo y no a sus particularísimos y mezquinos intereses; o son simplemente los representantes genuinos de la vacua palabrería pequeñoburguesa que merodean por doquier pregonando con sus desastrosos experimentos cómo se debe "agudizar la pelea", "crear las condiciones" y "pasar siempre a la ofensiva". 
Llevamos más de tres lustros de controversias contra tales descarríos antiproletarios y antimarxistas que tanto daño les han inferido a los trabajadores y a las masas populares en general; y, por lo que se aprecia, todavía nos falta demasiado para erradicar semejantes enfoques nocivos y actitudes de apurar las labores de la revolución. Cuando amagan extinguirse bajo el peso abrumador de sus incontables descalabros, las ya envejecidas desviaciones se reanudan de golpe, como si no hubiera sucedido nada, evidenciando únicamente su cerril contumacia, su tajante negativa a enjuiciar y a corregir sus errores. Una de las últimas de esas resurrecciones la presenciamos con el bochornoso espectáculo brindado por aquellas agrupaciones mamertas e hipomamertas, que en los comicios pasados promovieron desfachatadamente la conciliación con las oligarquías, a muchos de cuyos exponentes más reputados alabaron hasta la abyección por sus ofertas de "amnistía" y de "paz", para luego proseguir en las mismas andanzas por las cuales se vieron obligados a solicitar clamorosamente los indultos y demás decretos pacificadores. 
Por el análisis materialista precisamos que aquellas malsanas tendencias responden sustancialmente a dos factores singulares: de un lado, con el atraso de Colombia, perpetuado por el saqueo neocolonial del imperialismo, fluctúa un considerable volumen de capas medias que aunque se encaminan a la bancarrota no adquieren aún las miras del proletariado, pues a lo sumo entran a engrosar las legiones inmensas de los cesantes, a las que el régimen no es capaz de proporcionarles ocupación alguna; y del otro, el pernicioso influjo de la comandancia cubana que, además de servir de muñidora del socialimperialismo soviético, azuza y amamanta todos esos géneros oportunistas, para lo cual dispone, con la desesperación de dichas capas, de un caldo de cultivo insuperable. Mas por la dialéctica conocemos que en los desvaríos y fracasos de los diversos matices del extremoizquierdismo se gesta su contrario, el comienzo de su fin, hasta el punto de que entre más reluzcan y mas alarde hagan de su prepotencia, más dejarán a la intemperie sus fragilidades e incongruencias y más podrán los destacamentos organizados de la clase obrera contrastar y hacer valer la invencibilidad de los procederes revolucionarios. 
De lo sintetizado hasta aquí se deduce otro aspecto clave, el de que la táctica marxista no se circunscribe, para delinear sus derroteros, a las peculiaridades del país respectivo, ni siquiera de un grupo de países, sino que ha de sopesar la situación mundial en su conjunto, medir la distribución de fuerzas que opera periódicamente a la más amplia escala y percibir el sello y el rumbo determinantes de la época de que se trate.

CAMBIOS EN LA DISTRIBUCIÓN MUNDIAL DE FUERZAS
Atrás dejamos establecido que a Marx y a su amigo Engels les tocó actuar en un momento en que, aun cuando el proletariado ya intentaba sus duelos contra sus contrincantes, no habían culminado las revoluciones burguesas y a aquél le aguardaba todavía un largo proceso de paciente preparación; su hora no sonaba aún y sus opugnadores llevaban la batuta y estampaban la firma a los acontecimientos. En eso yacía el rasgo sobresaliente de la situación histórica. Las fuerzas a nivel internacional se realinderaban según la entidad y el peso de los distintos países y de sus correlativos sectores dominantes, entre los que descollaban la Santa Rusia como el fortín de la reacción europea y la cerrada mancomunación de los intereses burgueses contra la clase asalariada, que no hacían factible el triunfo obrero en una nación, sin un estallido general, el cual nunca se dio. Tales circunstancias condicionaban las perspectivas y el batallar revolucionarios. Abundan las referencias de ambos estrategas al respecto, subrayando los peligros del despotismo ruso, exhortando a golpear en el sitio y en el instante en que éste estuviera impedido para proceder, sin concederle gratuitas o innecesarias ganancias, y llamando a la unidad de los trabajadores del globo. "¡Proletarios de todos los países, uníos!", como que era su consigna. La democracia de entonces liberaba a las naciones grandes de la Europa Occidental y se oponía acérrimamente al zarismo, que en procura de sus torvos propósitos, derrumbaba por doquier los manes del progreso, e impedía las aspiraciones nacionales de los pueblos pequeños y atrasados. En su itinerario obligado, la causa obrera internacional estaba compelida a brindar su concurso a las burguesías más osadas, alertando sobre el engaño de los movimientos que, como el paneslavismo, no eran más que mascarones de proa del oscurantismo ruso, y precisándose a sí misma que la instalación de la república y la obtención de los derechos democráticos le proporcionaría, nada más, pero tampoco nada menos, que el terreno ideal para su gesta libertaria, la cual exige la abolición completa de la explotación capitalista. 
Con el siglo XX nace otra época. El capitalismo, que abandona la libre competencia, llega a la fase imperialista, su fase decadente y final. Entretanto el proletariado ocupa el lugar de adalid de la revolución mundial y ésta adquiere su impronta socialista. Las burguesías de los grandes Estados europeos, al cabo de un interregno de tres decenios, desde la devastación de la Comuna de París en 1871, y en el que conforme consolidan su poderío van perdiendo el ímpetu de la mocedad y mellando su espíritu innovador, desalojan a Rusia de la supremacía, con la que ahora emulan y al lado de la cual representan otras cuantas fortalezas prioritarias de la reacción. Inician, junto a la exportación de capitales, el apoderamiento y el despojo sistemáticos de las regiones de ultramar, originando la rebatiña entre sí por las colonias, puja para la que se arman tenaz y velozmente, hasta ir a parar a la conflagración que envolvió a todo el orbe "civilizado", la hecatombe de 1914-1918. Esta implacable riña interimperialista crea los complementos, antes inexistentes, para la irrupción del socialismo en un solo país, tal como lo vaticina Lenin; siendo precisamente Rusia la primera en obtenerlo, bajo la sabia orientación del partido bolchevique y cual fehaciente prueba de los extraordinarios aciertos de sus preceptores, Marx y Engels. Tal es el distintivo y el viento predominante de la nueva era. Los más notorios reagrupamientos fueron: dentro de la clase obrera brota una facción aristocrática y chovinista que se nutre de las moronas que caen del festín de los regímenes saqueadores, y cuyas faenas piráticas y depredadoras acolita; lo más granado de las mayorías laboriosas persevera, con el liderazgo de los partidos marxistas, en arremeter contra la barbarie entronizada por las metrópolis y en denunciar la proclividad de la corriente socialtraidora, y, por último, simultáneo a la regresión de la Europa burguesa, insurgen en Asia los movimientos democráticos de los pueblos avasallados que despiertan al capitalismo y se yerguen en pos de las conquistas republicanas, alentados por una burguesía joven, cuyo más firme y voluminoso exponente son los campesinos. 
De todo lo cual resulta la unidad combativa entre el socialismo de los proletarios de los países capitalistas y la democracia revolucionaria de las naciones colonizadas, contra la confabulación de los imperialistas y sus socios menores, el oportunismo vendido. Lenin se basa en dichas premisas para diseñar la táctica a seguir, insistiendo en no propiciar por ningún motivo la carnicería bélica de ninguna de las potencias en pugna y, antes por el contrario, propender a la guerra civil contra la provocación armada de todos los imperialismos. 
Durante la Segunda Guerra Mundial se desencadena una inusitada y singular redistribución de los poderes enzarzados en la reyerta. Ante la imperiosa premura de resguardar a la Unión Soviética, a la sazón el único Estado socialista existente y principal baluarte del proletariado internacional, que se hallaba amenazada de muerte por los delirios hegemónicos de la Alemania hitleriana y de sus secuaces, Stalin hizo hincapié en la distinción entre los países "agresores" y los "no agresores" del ámbito imperialista y concitó a la conformación del más dilatado frente contra el fascismo, llamando a reclutar no sólo a los movimientos independentistas de las naciones subyugadas, a los contingentes obreros de todas las latitudes, comprendido el mismo gobierno de Moscú, y al resto de tendencias democráticas y progresistas del planeta, sino a Estados Unirlos, a Inglaterra, al régimen francés gaullista estatuido en el exilio y a las demás autoridades burguesas contrapuestas al Eje. Esta precisa y justa estrategia, coincidente con las mutaciones presentadas, hundió al nazismo, salvó a la URSS, allanó el camino de la revolución para los cientos de millones de pobladores de China y para los otros pueblos de Europa que abrazaron el socialismo. 
Dentro de una misma concepción nos hemos referido a dos épocas y a los sendos diseños tácticos concernientes a tres reagrupamientos sucesivos de las fuerzas sociales y políticas del mundo; y hemos expuesto, grosso modo, cómo los partidos revolucionarios del proletariado obtuvieron significativos lauros, al interpretar creadoramente las diversas variantes y comportarse en consecuencia, ceñidos a las enseñanzas del materialismo y de la dialéctica de Marx.

LA REGRESIÓN DE LA UNIÓN SOVIÉTICA Y SUS REPERCUSIONES
Ahora, y para hacernos a una idea global de las vicisitudes del marxismo, describamos la última y más trascendente reubicación de las fichas en el tablero internacional, la cuarta en la tabla cronológica de las modificaciones notables, que afecta, acaso como ninguna otra, a la lucha del proletariado. De la segunda conflagración queda un panorama destinado a desvertebrarse muy pronto: además de la URSS, que acaba revitalizada no obstante sus inenarrables sacrificios, se liberan Polonia, Hungría, Bulgaria, Rumania, Checoslovaquia, Albania, Yugoslavia y Alemania Democrática, en Europa; y China, el Norte de Corea y el Norte de Viet Nam, en Asia, articulándose lo que se bautizó el "campo socialista". En cuanto al club de los imperialismos, Estados Unidos emerge preponderante, indisputado y solvente, hasta el punto de que, ante el colapso de las otras potencias, se permite el lujo de financiar la reparación de la Europa humeante y asolada. En lo atinente a los pueblos avasallados, aunque muchos consiguen la república, la independencia política y otras de las libertades formales burguesas, continúan aherrojados bajo la rapiña económica de las metrópolis, primordialmente la norteamericana, o sea, generalízase el neocolonialismo como la modalidad preferida del desvalijamiento internacional. A las dos décadas comienzan a insinuarse unos vuelcos de una monta y de una incidencia inesperadas; que hoy, al cumplirse el centenario de la desaparición corporal de Marx, se divisan con toda nitidez y plenitud. 
Con Nikita Kruschev, el Kremlin abjura del marxismo-leninismo e inicia su tenebroso trasegar en pos de la restauración del capitalismo y por la evocación del alma en pena de la Gran Rusia vandálica y tiránica. 
Por esas ironías de la historia, la patria de Lenin, la cuna del socialismo y el invicto campeón sobre las hordas nazis, la otrora gloriosa Unión Soviética, vuelve a ocupar su sitio de peor foco de la reacción y a reasir su antigua catadura de satrapía expansionista, mas desbordando los primigenios marcos continentales del siglo pasado, para desplegar sus intrigas diplomáticas y sus operaciones bélicas al más anchuroso nivel cósmico, y dispuesta a superar las marcas de crueldad y de vileza de los imperios que la han antecedido. A los Estados "socialistas" que están bajo su tutela les extrae jugosos dividendos y los somete a su férula política, colocándolos de correveidiles suyos en cuanto foro internacional se convoque e inmiscuyéndolos en los asuntos internos de los otros países, cuando no utilizándolos directamente en sus zarpazos guerreristas, cual solían hacerlo las seniles potencias con los pueblos de las colonias, a los que alistaban en sus ejércitos a fin de que realizaran por ellas las faenas de exterminio. Paradigmas de tan humillante postración son Cuba y Viet Nam, cuyos regímenes serviles se desviven por adivinar y complacer los antojos de Moscú. Y con las naciones pequeñas y débiles que se rehusan a entrar en su cercado, los socialimperialistas porfían en convertirlas al "socialismo" mediante una fría y calculada labor catequizadora adelantada a sangre y fuego, como en Angola, Etiopía, Afganistán, Kampuchea y Lao. 
En los años en que particularmente los chinos abrieron la polémica contra el revisionismo contemporáneo, por allá a mediados de los cincuentas, no escasos observadores miraban con aire de incredulidad los severos enjuiciamientos y las aflictivas premoniciones sobre el curso que iban tomando las cosas en la Unión Soviética. Al cabo de cuatro lustros los crímenes y las infamias de las autoridades moscovitas, desde Krushev hasta Andropov, pasando por Brezhnev, le han otorgado con creces la razón a Mao Tsetung, quien oteó los profundos abismos adonde conduciría a la camarilla dirigente soviética la revisión del marxismo. Nadie refuta con certeza esta verdad de a puño, a no ser los involucrados en la comisión de tamañas enormidades. Y si no, ahí están las fechorías a tutiplén perpetradas por los nuevos zares en los océanos y continentes del orbe que no nos dejarán mentir. La viabilidad del regreso pasajero de un estadio superior en el desarrollo a otro inferior jamás ha sido contradicha por los materialistas dialécticos. Sin embargo, el significado y las repercusiones de la metamorfosis ulterior de Rusia, que recurre a los procedimientos peculiares del imperialismo abogando por un reparto del mundo a favor suyo, y de unos Estados obreros relativamente débiles que se desdibujan, hipotecando su soberanía y autodeterminación nacionales a una superpotencia igualmente desfigurada, consisten en que tropezamos por prima vez con casos de sociedades socialistas que involucionan hacia el capitalismo. 
Con lo execrable del asunto, no debiera parecer tan insólito. Marx lo engloba en sus magistrales conclusiones. El régimen socialista es una parada transitoria aunque necesaria hacia el comunismo, que no ha verdeado en su propia simiente, sino que ha de desenvolverse a partir de lo dejado por el capitalismo, y, por tanto, "presenta todavía -para expresarlo con las frases de aquél- en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y en el intelectual, el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede".1 Pese a que elimina la apropiación individual sobre los medios e instrumentos productivos e instituye la dictadura del proletariado, no borra de inmediato las clases, ni la lucha de clases, ni la pequeña producción no socializable que engendra burguesía permanentemente, ni los conatos revanchistas y restauradores de los enemigos internos y externos. Aun cuando acaba con la esclavitud asalariada no puede impedir que los productos se distribuyan conforme al trabajo rendido por cada cual, norma supérstite del derecho burgués que mantiene la desigualdad entre los operarios, por naturaleza unos más aptos y capaces que otros y con necesidades mayores o menores. Tampoco desarraiga de un golpe la diferencia entre la ciudad y el campo, o la división entre los trabajadores manuales e intelectuales; ni las propensiones burguesas de éstos, de los técnicos, del personal calificado, las cuales se desvanecerán poco a poco y luego de una insistente y prolongada batalla por parte de los obreros organizados y disciplinados que ejercen el control estatal. Y si a lo anterior incorporamos una laxitud, un descuido indolente de la vigilancia y de la lucha del proletariado, una complaciente tolerancia con los privilegios que se vayan apostemando en los departamentos y secciones del gobierno socialista, no será muy difícil explicar la retrocesión, el aburguesamiento, el brinco hacia atrás, con todas y cada una de sus nefandas consecuencias. Pero ello, antes que rebatir a Marx, cual lo pretenden sus detractores, lo reafirma. 
Lo asombroso de su tinosa percepción radica en que el socialismo tiene sentido en la medida en que extirpe los residuos que inevitablemente quedan de la vieja sociedad, vale decir, culmine la hazaña transformadora, de la cual la revolución económica, emprendida con la expropiación de los expropiadores, es apenas el primer paso de una larga travesía. Como hay que abolir las desigualdades remanentes, completar la destrucción de lo antiguo, y como mientras ello no se haga se chocará con la resistencia de las clases desalojadas del mando e incluso de los otros estamentos sociales que deban sus prerrogativas y su misma entidad a las mencionadas remanencias, la prosecución de la empresa revolucionaria no puede prescindir de los instrumentos coercitivos, violentos, de la dictadura del proletariado, un régimen que difiere harto de los anteriores porque se basa en el dominio de las mayorías y porque se va diluyendo con el incremento de dicho dominio. En tanto no se barra de raíz las relaciones de producción que generan las clases, no desaparecerán tampoco las relaciones sociales que descansan en estas clases ni las ideas que brotan de aquellas relaciones sociales; y hasta entonces las pujas entre los diversos criterios e intereses encontrados a su turno desapuntalarán o reapuntalarán los modos productivos sobrevivientes. Luego la pelea no se halla aún decidida en el socialismo, y el proletariado perderá el Poder si no lo sabe emplear en las tareas para cuya realización lo conquistó. 
Aun cuando Marx esclarece el problema y Lenin lo previene con sus directrices y sus reiteradas exhortaciones acerca de las asechanzas de la restauración, a Mao le incumbe exponer en la práctica la cuestión de cómo evitar que China, tan gigantesca, compleja y hasta cierto punto atrasada, resbale otra vez al pantanero del que había salido; y ese cómo, o modelo histórico, por él aconsejado, es la Gran Revolución Cultural Proletaria, consistente en la sublevación de las masas, "de manera abierta, en todos los terrenos y de abajo arriba", para recuperar en la superestructura de la sociedad las posiciones perdidas, desalojando de ellas a los seguidores del camino capitalista, y para consolidar las bases económicas del socialismo empuñando la dictadura proletaria. Y estas sublevaciones, u otras semejantes, habrán de sucederse no en una sino en varias coyunturas, hasta cuando la nave fondee en las costas del verdadero nuevo orden social, el orden comunista, y la humanidad deje de estar sometida a los ciegos dictados de la economía para tornarse, por fin, en soberana de los procesos productivos infinitamente desarrollados. Entonces el hombre sí mandará al cuerno de la luna al Estado, a las clases y a la política, y pasará del "gobierno sobre las personas" a la consciente "administraci6n de las cosas". 
Con lo cernido hasta aquí palpamos mejor los móviles que aguijonean a la burguesía y al revisionismo contemporáneos en el apasionamiento por petrificar la doctrina de Marx, por encasillarla en la época en que vivió el polemista de La Miseria de la Filosofía, rehusándose a confrontarla con las peripecias de un siglo y rehuyendo el trago amargo de precisar su vigencia histórica, ante la disyuntiva de no poder ya ignorarla. Y de ahí también nuestra interesada inquietud por que se efectúe tal balance y se conteste sin ambages si las aportaciones de Lenin, Stalin y Mao son o no la continuación del marxismo, y si a éste lo refutan o no los avatares mundiales acaecidos desde su aparición. Única forma de encarar científicamente el desafío y de hacerlo desde el ángulo proletario, sobre todo ahora en que atravesamos un período, convulsionado sí, pero en el que pareciera primar la conjura por arrebatarles a los trabajadores de todas las latitudes su arma ideológica y desmoralizarlos con los tropiezos de la revolución, cuando el escamoteo de los principios marxistas es el origen primordial de tales tropiezos y no la cura para superarlos. 
Nos hemos extraviado de nuestro examen de la correláción de fuerzas en el mundo actual. Retomémoslo. Indicadas quedaron las mutaciones regresivas de la Unión Soviética y las razones que las motivaron. Falta añadir que la amplificación de los dominios del socialimperialismo se ha verificado fundamentalmente a costa de los Estados Unidos, que ya no ostentan la supremacía indisputada de sus fastos de ayer y se les ve declinar a diario, acosados además por la crisis de su sistema productivo, la competencia económica de las secundarias pero rehabilitadas potencias imperialistas y el movimiento de liberación nacional de las naciones neocoloniales. Las superioridades comparativas del expansionismo soviético, que le han otorgado la delantera en la disputa por el apoderamiento del orbe, se resumen así: la acentuada centralización económica y el corte marcadamente despótico del sistema de gobierno que lo exoneran de andarse con rodeos, consultas o dilaciones entorpecedoras; la férrea sujeción sobre las "repúblicas socialistas" pescadas en las redes imperiales, que lo abastecen de incontables recursos económicos y políticos para sus excursiones filibusteras; la vertiginosa adecuación de la economía a los fines bélicos, con la cual han venido asegurando pronunciadas ventajas tanto en los armamentos convencionales como atómicos y amedrentando a sus adversarios con el chantaje del hundimiento universal; la bien tejida y mantenida urdimbre de partidos mamertos que husmean por doquier, terciando en las luchas revolucionarias de los pueblos para que éstos cambien de grilletes, y la creencia aún difundida de que la URSS sigue siendo la URSS y sus criminales atentados, arbitrios forzosos para afincar el comunismo. La clase obrera ha de medir en su exacta dimensión estos factores, junto a los otros frescos giros de la política internacional, para hacer asimismo los ajustes apropiados a su táctica, no meramente dentro de las fronteras de cada país sino para saber qué merece ser respaldado o combatido en el exterior. 
Hace veinte años entablábamos debates alusivos a los oscuros nubarrones que despuntaban en el horizonte de la estepa rusa; conjeturábamos acerca de cuál sería la réplica de los países de la Europa Oriental libertados en la década del cuarenta, y luego, si la invasión de 1968 a Checoslovaquia respondía o no respondía a una urgencia del internacionalismo proletario. La situación se ha desenvuelto con tan pasmosa celeridad que dichos conflictos, no obstante constituir los prolegómenos del drama, son ya expedientes fallados. Checoslovaquia no sería la única beneficiada de la "generosa" protección soviética. Docenas de países habrían de sufrir posteriormente el salvajismo de Moscú, o de sus testaferros, para salvarse de la barbarie de Washington. El campo socialista se desintegró, y hoy, después del abordaje cubano sobre Angola, en 1975, con el que el Kremlin iniciara su ofensiva militar estratégica por la toma del planeta, existen tantos o más territorios extranjeros ocupados por tropas invasoras que desfilan tras los negros pendones del hegemonismo naciente del Este, que los hollados por los ejércitos que marchan tras las amarillentas insignias de la superpotencia declinante del Oeste. Después de más de un siglo de fecundas experiencias recopiladas por sus preclaros pensadores, el proletariado ha de distinguir sin titubeos al expansionismo ruso como el blanco principal de sus ataques. En ello va implícita su recuperación al cabo de tantas felonías. Cuando encabece, impulse, o se solidarice con las revoluciones de los países expoliados, en procura de la cabal soberanía y plena autodeterminación de las naciones, cual es su deber internacionalista, tendrá que desvelarse por impedir que las revueltas contra los imperialismos se tornen en avanzadillas de la regresión soviética, denunciando enérgicamente las intrigas y componendas que en tal sentido gestionan los partidos revisionistas y sus epígonos. Ante los pertinaces signos anunciadores de la tercera conflagración mundial en la que se pondrá en juego la supervivencia de China y de los demás Estados y movimientos independientes y progresistas, deberá pugnar por un frente de combate contra el socialimperialismo, tan poderoso, que basado en la recíproca cooperación de las contiendas de los obreros internacionalistas por el socialismo, de las gestas patrióticas de los pueblos del Tercer Mundo y del resto de expresiones revolucionarias y democráticas del globo, abarque a las repúblicas del Segundo Mundo y no descarte siquiera la participación de los Estados Unidos. 
Esta estrategia no podrá menos que redundar en pro de la causa del proletariado, pues responde a las reales contradicciones del presente período. Toma en cuenta las manifiestas flaquezas del bloque imperialista que se halla en los umbrales de una crisis económica quizá comparable a la de 1930, con sus zonas de influencia descompuestas, conmocionadas y reducidas por los golpes de mano de su feroz contrincante, e impotente para recobrar la iniciativa; y contempla también los lados fuertes de la otra superpotencia, sus ventajas comparativas, el engaño de entrampar a las masas con el señuelo de un falaz socialismo que se enruta taimada pero obstinadamente a coyuntar un imperio colonialista vasto, lóbrego y sanguinario. De otra parte, encuadra con la irresistible tendencia democrática de los pueblos, no sólo de los países desarrollados, sino particularmente de los que habitan las regiones rezagadas y dependientes, en donde la acción de los capitales imperialistas ha coadyuvado a romper hasta los más escondidos remansos de la economía natural y a promover, hasta cierto punto, los modos capitalistas de producción, volcando a miles de millones de seres a la retorta del mercado mundial, sacándolos del aislamiento y despertando objetivamente sus ansias de libertad y de trato equitativo entre las naciones. Así como de los escombros de la guerra del 14 surgió la primera sociedad obrera y de las devastaciones de las hostilidades de los cuarentas emergió un pequeño campo socialista y la abrumadora mayoría de países sometidos pasó a la vida republicana, adquiriendo los derechos democráticos formales, al sustituirse el saqueo abierto por el encubierto, de precipitarse el estallido de la tercera conflagración, pese a su carácter nuclear, significará el toque a rebato para que los pueblos coronen sus revoluciones inconclusas, aun en las metrópolis, sepulten el colonialismo económico y con él los delirios imperiales actuales de cualquier laya. El proletariado revolucionario no se dejará seducir por los cantos de sirena del pacifismo burgués ni se arredrará ante los apocalípticos augurios de los belicistas soviéticos. Al fin y al cabo los esclavos no tienen más que perder que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo por ganar, cual lo proclama el Manifiesto.

EL MARXISMO AUTÉNTICO ES ANTICOLONIALISTA
Si en algún punto habremos de poner la palanca de nuestra propaganda para remover toda la bazofia del revisionismo contemporáneo, ese será el de la cuestión nacional. El estilista de Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 y de El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte también dilucidó la contradicción y la identidad existentes entre la índole internacionalista de la brega del proletariado y los contornos nacionales que ésta tendrá que poseer necesariamente. 
Como producto histórico, la nación estriba en la confluencia de un núcleo humano, más o menos numeroso, que se asienta en un mismo terri¬torio, se comunica mediante un determinado idioma, lo cohesiona una vida económica y una cultura comunes, amén de otros elementos que ha ido compartiendo, generaciones tras generaciones; y como Estado, en la connotación moderna del vocablo, cuaja por el apremio de la incipiente producción burguesa de contar con su propio mercado, que unido y regido por leyes de coactivo acatamiento, lo curen de la dispersión feudal y lo preserven de la competencia foránea. Allá y siempre que aquellos factores coincidieron, en la latitud Norte o Sur, en el pretérito remoto o cercano, aparecieron los países tal cual los conocemos hoy, con una que otra variante insustancial, si se mira el panorama globalmente, y fueron hechura del capitalismo. 
Los pueblos que no han conseguido hacer prevaler sus fueros de naciones libres y han visto sus economías de continuo intervenidas y desfalcadas por los negocios de los más fuertes, encuéntranse relegados en el trayecto del progreso. Y son estos pueblos, principalmente de Asia, África y América Latina, los que aún contienden por la soberanía y la independencia reales, prerrequisitos de su prosperidad, porque las repúblicas capitalistas, que arribaron hace tiempos al monopolio y no caben en sus respectivas fronteras, expugnan las extrañas y las desvalijan. La burguesía, en la edad senil, blasfema de las proezas de la juventud y, de orfebre de naciones, se torna en azote de éstas. 
El imperialismo, que es la máxima internacionalizaci6n del capital, burla cuanto dique se le interponga a su despliegue y al entrelazamiento más tupido de las relaciones mercantiles mundiales, lo que lleva a efecto por mecanismos conculcatorios y dividiendo el orbe entre países opresores y oprimidos. Ya anotábamos que el proletariado arranca su labor transformadora de lo legado por el régimen que ha de aniquilar; no combate desde posiciones más atrasadas que las de éste, sino que jala hacia adelante el carro de la historia, sin proponerse metas subjetivas que el devenir económico no autorice aún. Por consiguiente está de acuerdo con el incremento de las reciprocidades de todo tipo en la esfera internacional, y propende a la abolición completa de las desavenencias nacionales, de las barreras fronterizas y hasta de las naciones mismas. No obstante, en contraste con los capitalistas, media por que ello se efectúe respetando la autodeterminación y demás derechos inalienables de los pueblos y no pisoteándolos, y en el beneficio material y espiritual de éstos y no del selecto corro de matones que bravuconea a diestra y siniestra por los cinco continentes. La vía más expedita, o la única, para cumplirlo. Como en todo, el capitalismo plantea los problemas, e incluso provee en embrión los medios objetivos, físicos, para su solución, mas en lugar de resolverlos, los agudiza hasta el antagonismo. Mientras más se reprima los anhelos libertarios de quienes reclaman relaciones en pie de igualdad entre los habitantes del planeta, menos posibilidades habrá de que se disuelvan las prevenciones, los prejuicios, las tozudas e instintivas manías a enclaustrarse en el solar nativo y a repeler los contactos con el ambiente exterior, característica de las inmensas masas de las zonas discriminadas y estrujadas. Y mientras más se ahonden los desequilibrios en el desarrollo de los países, con mayor dificultad se entenderán igualitaria y armónicamente. De suerte que el antídoto no está en violentar el intercambio ni en forzar la "concordia", sino en la rigurosa observancia de las claras y elementales normas de la democracia y en la anulación de las abismales desproporciones entre los niveles de vida de la población mundial. De manera análoga a como para deshacerse del Estado la humanidad ha de recorrer el tramo del afianzamiento del Estado obrero, para tachar los linderos nacionales debe antes recurrir a la reafirmación de las prerrogativas de todas las naciones y no de unas cuantas. 
Los principios esbozados no representan una mera hipótesis teórica para explorar dentro de larguísimo plazo. Es que el descabello del imperialismo estriba en privarlo de las ingentes ganancias que succiona de sus neocolonias. Al recapacitar acerca de la dominación inglesa sobre Irlanda, el viejo y perspicaz militante de la Liga de los Comunistas se percató de que en esos rentables privilegios estaba el enigma tanto de la invulnerabilidad de la burguesía como de las pusilanimidades de los obreros de Inglaterra. La emancipación de los irlandeses, empujados doblemente por la acucia económica y la aspiración nacional, desplazaría el centro de gravedad de la lucha en la metrópoli, permitiéndoles a los asalariados deshacerse de la presión de sus embaucadores, salirse del marasmo político y contraatacar. Sin cortarles primero los jugosos aprovisionamientos provenientes de su saqueo externo será poco menos que imposible dislocar internamente, dentro de sus repúblicas, el poder de los capitalistas engordados y endurecidos con los frutos de su bandidaje universal. Palpable desde el siglo pasado, actualmente este enfoque decuplica su vigor, merced a que las potencias imperialistas medio capean las crisis acaparando los mercados atrasados, los que convierten en áreas de sus inversiones y de los cuales extraen gigantescas riquezas naturales. Si los imperialismos han prolongado hasta hoy sus existencias se debe a tan vitales recursos. De perderlos, ipso facto cesará su pestañeo, pues las revoluciones democráticas de las neocolonias son a las revoluciones socialistas de las metrópolis lo que el prólogo de un libro es a su epílogo: preludio y remate de la epopeya obrera en el mundo entero. Y cuando dicho axioma había sido ya defendido airosamente por Lenin en su polémica contra los capituladores de la 11 Internacional, la descendencia de éstos, los revisionistas contemporáneos, enlodan de nuevo la bandera de la autodeterminación de las naciones, de palabra y de hecho, porque, a diferencia de sus progenitores, que carecían de poder propio, manipulan Estados pudientes con los cuales pisotean, vejan y exprimen a pueblos inermes. ¿Será eso socialismo? 
A los cien años de la muerte del convicto de Bruselas y del exiliado de Londres, y simbólicamente desde su tumba florecida, los revolucionarios de las más diversas nacionalidades les espetan a los socialrenegados de hoy, en todas las lenguas, ¿serán socialismo los patíbulos soviéticos en Afganistán, los cadalsos vietnamitas en Kampuchea y Lao, los paredones cubanos en Angola? Los retamos a que nos respondan: ¿Será eso socialismo? ¿Hay dentro del marxismo-leninismo cabida para una política colonial socialista? ¿Les está permitido a los trabajadores que se emancipan adelantar guerras coloniales? ¿No es deber ineludible del obrero de la potencia invasora exigir la liberación incondicional del país sometido? ¿Se conseguirá acabar la explotación entre los hombres sobre la base de la expoliación entre las naciones? ¿Puede el proletariado triunfante de un país imponer la felicidad a otro país sin comprometer su victoria? ¿No forja sus propias cadenas el pueblo que oprime a otro pueblo? ¿Se estrechan los nexos fraternos entre el trabajador vietnamita y el kampucheano, el cubano y el etíope, el soviético y el afgano, con las lágrimas, la sangre y el sudor de los últimos, derramados por las dadivosas agresiones de los primeros? Sin embargo, ellos, los revisionistas prosoviéticos, que cotorrean como papagayos sobre la democracia en general y sobre los derechos humanos, no reparando en el abismo que media al respecto entre la posición burguesa y la proletaria, y que desconocen, o simulan desconocer que la autodeterminación nacional de los pueblos es uno de los postulados democráticos básicos, cuya ausencia convierte a cualquiera de las otras facultades constitucionales en una irritante irrisión, jamás afrontarán ninguna de aquellas acusadoras indagaciones sin confesar sus delitos y admitir su impostura. Contra su voluntad, contra sus infamias, contra sus mentiras, la vertiente comunista, la auténtica, los bolcheviques finiseculares, vindicarán la mancillada unión de los proletarios del globo al combatir ahincadamente las tropelías colonialistas de los senescentes imperialismos y de su impúdico e impúber contrincante, el socialimperialismo. ¡No a las anexiones territoriales! ¡No a la invasión militar y a la permanencia de tropas en tierras ajenas! ¡Abajo el socialismo invasor, ocupacionista y anexionista! ¡Atrás las intrigas, las presiones, las amenazas, los chantajes y los demás amedrentamientos de una nación contra otra efectuados con cualquier pretexto, por altlruista que parezca! 
Lo contingentes obreros fieles a los preceptos elucidados por Marx y sus continuadores seguirán organizándose nacionalmente, es decir, conformarán sus partidos y adelantarán su acción circunscritos a los linderos del país concerniente, amoldándose a la sustantividad de un mundo irremisiblemente parcelado en naciones; empero, sin olvidar nunca que su redención de clase demanda el combate unificado de las masas laboriosas del orbe y supeditando siempre los intereses particulares a los de la suerte del movimiento en su más amplio contexto. Gracias a ello los moiristas, que han tenido muy presente las singularidades de Colombia y les han dado a sus luchas las correspondientes y típicas formas nacionales, no prestan oído a quienes con frecuencia los invitan a recluirse en el campanario natal y a desentenderse de cuanto ocurra más allá de Ipiales o de San Andrés y Providencia, con lo que se hace eco a las oligarquías vendepatria, cuyo nacionalismo emboza sus serviles preferencias por los amos extranjeros del bloque occidental, sin desmedro de auspiciar de tarde en tarde las pretensiones expansionistas de los testaferros de la superpotencia de Oriente. Sobra añadir que no nos apartaremos ni un milímetro del internacionalismo proletario que venimos practicando. En esta nuestra atalaya, en la esquina septentrional de Suramérica, atisbaremos con viva preocupación los acontecimientos mundiales, listos a denunciar las piraterías de los colonialistas modernos de todo jaez y a solidarizamos, en la medida de nuestra capacidad, con las bregas de las fuerzas revolucionarias diseminadas por los cuatro puntos cardinales. 
Hemos intentado apenas un bosquejo de las aportaciones de ese espécimen digno de la especie, que iniciara su ardua y prolija labor esclarecedora desde las páginas de los Anales franco-alemanes, en 1844, y descendiera al sepulcro treinta y nueve años después, dueño de su justo título del más grandioso de los campeones de la lid de los esclavos del salario. Con lo incompleto y defectuoso que este resumen sea, hay algo inobjetable en él: la vigencia histórica de Carlos Marx. Entendida no sólo como el merecido reconocimiento a un portentoso esfuerzo, sino como la creciente y decisiva validez del marxismo con el decurso de los almanaques. Lo pregonamos hoy, al siglo del deceso del primer militante de nuestra causa. Mas dentro de otro siglo miles de millones podrán repetir las mismas palabras. 
NOTA 
1C. Marx, "Crítica del Programa de Gotha", en C. Marx, F. Engels, Obras Escogidas, Tomo II, Moscú, Editorial Progreso, 1974, pág. 14.

 

 

UNÁMONOS CONTRA LA AMENAZA PRINCIPAL

Octubre 19 de 1983
Intervención en el Foro sobre Centroamérica el 19 de octubre de 1983. Publicada en Tribuna Roja No 47 de febrero de 1984.

Amigos y compañeros:
Si algo enseña Centroamérica es que los pueblos no podrán forjar su ventura sin tener muy en cuenta el concierto mundial y la época histórica en los cuales se enmarca ineludiblemente el desenvolvimiento de cualquier país. Quienes desafíen las tendencias universales del desarrollo, hagan una evaluación errada en dichas materias, o busquen sustraer sus cabezas de avestruz de las tormentas internacionales, no evitarán que las repercusiones internas de la refriega externa los golpeen a la larga o a la corta. Muchos de los contradictores del MOIR suelen regodearse en atribuirnos la, según ellos, maniática inclinación de dedicar más tiempo a las cuestiones de afuera que a los abigarrados y desgarradores problemas particulares de la nación. Sin embargo, ahí están hoy en Colombia las diversas interpretaciones, desde las más indiferentes e indecisas hasta las más interesadas y comprometidas, disputándose los favores de la opinión pública en la palestra de la política internacional.
A la tremolina contribuyen fenómenos como la crisis económica de Occidente que no pocos articulistas califican de más aguda y extensa que el crac de 1929, premonitorio de la Segunda Guerra Mundial; o el pugilato por el dominio del orbe entre las dos superpotencias, cuyas carreras armamentistas y controversias verbales, cada vez de mayor calibre, causan desasosiego a los habitantes de los cinco continentes; o la proliferación de conflagraciones locales en las zonas atrasadas, en donde las grandes metrópolis, principalmente los Estados Unidos y la Unión Soviética, miden y ejercitan sus tropas en la rebatiña por los recursos naturales y los mercados de las neocolonias; o los incontables brotes de rebeldía de las naciones subordinadas en pos de sus elementales derechos, que con sólo estallar adquieren los alcances de noticia de primera plana. El criminal abatimiento de un avión comercial de Corea del Sur con 269 pasajeros a bordo por parte de un caza soviético, producto de la histeria guerrerista que cunde entre los estamentos militares del Kremlin, y que horrorizó al mundo entero, ha obligado, aun a los más indulgentes, a fijar posición al respecto, sin excluir a nuestro Premio Nobel de Literatura, quien, sofrenando arraigadas simpatías, se atrevió a aseverar que no había Dios que perdonara el genocidio. Y así, los asuntos internacionales han ido perturbando en tal forma nuestro ambiente nativo que, pese a que no hizo parte de sus ofrecimientos electorales, el primer acto del actual gobierno, de acendrada alcurnia conservadora, fue anunciar la inclusión del país en el movimiento de los No Alineados, decisión ante la cual la audacia de Alfonso López Michelsen, de matricular el partido liberal en la Internacional Socialista de Willy Brandt parecería una nonada. Y frente a las impresionantes cifras de endeudamiento de Latinoamérica, las cuales bordean los 350.000 millones de dólares y cuyos intereses y amortización ascienden anualmente a 70.000 millones, una sangría de capital inaguantable para economías desfallecientes y asfixiadas por la presión estrujadora de los poderosos emporios industriales del planeta, ¿no propuso el ex presidente Misael Pastrana, para ponerse a tono con la moda, la creación de un "Club de Deudores", a fin de explorar, junto a la asociación de los prestamistas, la quimérica salida que mejor convenga a los reclamos antagónicos de unos y de otros? ¿Y el presidente Betancur, que no acaba de sorprender a sus conciudadanos, no resolvió acudir inopinadamente a Contadora para ayudar a apagar, como él mismo afirma, la casa en llamas del vecino, persiguiendo en el extranjero la pacificación que no obtiene con sus febriles y muníficos intentos de extinguir el fuego en su propio lar?

I

Los moiristas no podemos más que celebrar esta creciente internacionalización de las luchas partidistas, porque en el país las clases ilustradas sí siguen el curso de los acontecimientos del exterior, ante los cuales han aprendido siempre a adecuar su conducta, mientras que al vulgo ignaro se le procura mantener prisionero en el más estrecho parroquialismo, alimentado únicamente con los frutos espirituales de las concordias y las discordias domésticas de las dos banderías sesquicentenarias. Más que airearla, a Colombia los vientos frescos de las ingentes contradicciones internacionales la sacuden por los cuatro costados. Y eso está bien. En adelante va a ser casi imposible crear cauda ignorando las preocupaciones de las gentes por las dolencias del mundo; en torno a ellas cada agrupación habrá de formarse un criterio y debatirlo.
El tema que nos ocupa, Centroamérica, es un ejemplo típico de lo expuesto, y nos interesa vivamente. Desde el punto de vista general consiste, en la repetición en nuestro Hemisferio del enfrentamiento que en otras latitudes se presenta entre Moscú y Washington por el dominio de porciones territoriales claves. En cuanto a la cercanía del conflicto a nuestras playas, quiérase o no, nos veremos involucrados directamente en él. Quizá por esas mismas circunstancias, es decir, porque la contienda se efectúa en lo que hemos dado en llamar el "patio trasero" de los Estados Unidos y porque las naciones del área han sufrido cual ningunas otras en la redondez de la Tierra los vejámenes sin cuento de un imperialismo tan próximo, la propaganda difundida entre nosotros tiende a achacar a las autoridades norteamericanas toda la responsabilidad por el agravamiento de la situación, exonerando a los lejanos amos de Rusia, que actúan taimadamente a través de La Habana y Managua, de cualquier injerencia bélica o apetito hegemónico. Versión que alienta dichoso el coro fletado de partidos y movimientos prosoviéticos de distinto pelambre. Pero para desentrañar los intereses enzarzados en la pelea, descubrir de dónde proviene la amenaza mayor, saber qué apoyar o qué no apoyar en el momento aconsejable, prepararse para el desenlace previsible y sobre todo a objeto de velar con eficacia por Colombia y las naciones hermanas, no hay más remedio que, conforme lo dejamos establecido desde el comienzo de esta disertación, partir de un enfoque realmente amplio, universal, y abordar la cuestión con sentido histórico.
En los últimos veintitantos años, rápidos y sustanciales cambios han terminado por alterar totalmente el cuadro surgido en 1945 a raíz de la victoria aliada sobre las potencias del Eje.

Las más significativas de tales modificaciones son las siguientes:
1) Los sucesores de Lenin, de Nikita Kruschev para acá, desterraron de su vera al marxismo, y la que fuese un día cuna de las revoluciones socialistas triunfantes involucionó hasta convertirse en foco de la reacción mundial. Un nuevo y tenebroso Estado vandálico nació de la traición en el Oriente, que aunque conserva el membrete de proletario, en lugar de acogerse al principio de la autodeterminación de las naciones y propender a la igualdad entre los pueblos, guerrea, invade, arrasa, esclaviza y enfrenta unos países a otros en sus ambiciones inconfesables de forjar un imperio jamás soñado. Los artífices de la vesánica empresa cuentan a su haber con un sistema de gobierno despótico y férreamente centralizado, que les permite adoptar cualquier determinación y en el instante que sea, sin tener que explicar nada a nadie ni consultar organismos representativos distintos a un minúsculo, hierático y hermético buró. Han logrado así imponerles desenfrenadamente su mayordomía a los países que giran en su órbita, militarizar en grado sumo la producción, alcanzar y superar a la contraparte en armas nucleares y convencionales y desplegar a sus anchas en cancillerías y certámenes diplomáticos aquel estilo intrigante que a los Romanov hiciera célebres. Los dividendos rendidos por dichas ventajas hablan por sí solos. La Unión Soviética ha asentado sus reales en Asia, África y América Latina; a través de sus tropas y las de sus fantoches ocupa un buen número de pequeñas o débiles naciones, y por doquier cerca puntos, pasos y cruces de valor estratégico. Su curva es ascendente y hasta ahora, salvo dificultades llevaderas, las cosas le han salido a pedir de boca.
2) Para las repúblicas de Europa Occidental y el Japón quedaron muy atrás, sepultos en la memoria, los duros períodos iniciales de la posguerra, y hace rato ya que emergieron con sus industrias restauradas, sus productos altamente competitivos y sus melancólicos proyectos de demandar un papel relevante en el drama universal protagonizado por las notabilidades del Kremlin y de la Casa Blanca. Aun cuando con la concurrencia económica acicatean la crisis capitalista mundial y atentan contra los rendimientos de los Estados Unidos, la seguridad de tales países, puesta en vilo por el acecho soviético, sigue estando del lado de Norteamérica, su aliado reconocido. Lo cual no obsta para que de tarde en tarde metan cuña en los pleitos entre los mandamases del Este y del Oeste y traten de sacar tajada.
3) Las naciones del bautizado Tercer Mundo, que copan preferentemente las regiones del Sur y albergan tres cuartas partes de la población del orbe, atraviesan el tramo más azaroso de sus precarias existencias: su Producto Bruto decrece antes que incrermentarse; con el ahondamiento de la crisis económica sus deficientes mercaderías carecen de compradores dentro y fuera de sus fronteras, mientras los grandes consorcios foráneos redoblan la explotación tanto de sus materias primas fundamentales como de su trabajo nacional, y la voluminosa deuda externa, 650.000 millones de dólares según los estimativos menos alarmistas, con su gravoso servicio y el correspondiente déficit de divisas, acaba por diluir cualquier entelequia de prosperidad bajo las antiguas relaciones de producción imperantes en aquellas repúblicas de segunda clase. Las angustiosas urgencias sociales que semejantes condiciones originan, al igual que los legítimos anhelos por una independencia, una soberanía y una democracia efectivas y no formales, precipitan revueltas y revoluciones como no sucede en la otra mitad septentrional de la pelota terráquea. Sin embargo, estas crepitaciones de genuina raigambre popular son por lo común manipuladas por los socialimperialistas soviéticos dentro de sus planes de expansión, para lo cual recurren a su engañosa careta socialista y a su sibilino lenguaje en solidaridad con las luchas libertarias de las masas insurrectas. ¡He ahí uno de los rasgos inconfundibles de la época!
4) Finalmente, Estados Unidos, hace 35 años la estrella más brillante del firmamento capitalista y cuya preeminencia en la Tierra no conocía mengua, se hunde lenta pero inexorablemente en el ocaso, pugnando en vano por evitar la disgregación de sus vastos dominios imperiales y esforzándose en extremo para que sus dictámenes, otrora irrecusables, sean cumplidos por sus servidores y respetados por sus oponentes. Tres males minan de continuo su vitalidad: los movimientos de liberación nacional de los pueblos sometidos a su égida, la competencia económica de las repúblicas occidentales desarrolladas y el expansionismo ruso que se nutre de los países que le va entresacando del redil. La suma de las transformaciones anteriormente referidas ha dado por resultado un vuelco radical en la correlación de las fuerzas mundiales. La Unión Soviética se ha adueñado de la supremacía y de la iniciativa; y, como sus miras colonialistas de nuevo cuño no llegarán a cristalizarse más que a costa de la progresiva languidez de las viejas metrópolis, en el litigio le corresponde la función del agresor, el agente activo que arremete con el propósito de menoscabar las potestades extrañas a las suyas y de arrancar poco a poco las extensiones colocadas de antemano bajo el vasallaje de aquéllas. De no proceder, ninguna concesión le será otorgada graciosamente. Debido a ello se ha hecho merecedora del sambenito que en el pasado le acomodaran los chinos, de ser el enemigo número uno de la paz mundial. Por el contrario, a Estados Unidos lo que más le conviene, si ello fuera factible, es que se mantenga el statu quo. Pero no. Un análisis global demostrará que en todas partes pierde terreno y se bate en retirada. Aunque haya enviado últimamente una controvertida cantidad de soldados al exterior no significa que saltará de la defensiva a la ofensiva; simplemente se esmera en preservar lo que a él, a justo título, tampoco le pertenece.
El rompecabezas centroamericano habremos de encararlo a la luz de las conclusiones arriba descritas, o en otras palabras, se debe encuadrar en las realidades del mundo y de su tiempo. Las agrupaciones políticas que por razones prácticas o motivos de acomodación se empecinen en destacar solamente unos cuantos de los múltiples aspectos que abarca el problema le inferirán severos daños a la causa de la libertad y de la democracia; bien los que sacrifiquen el futuro al presente paliando los enormes peligros que implica la presencia del hegemonismo socialimperialista en el área, bien los que por temor a los riesgos derivados de la contienda maticen las penosas condiciones de vida preexistentes en las naciones subyugadas.

II

Hasta dónde nos hallamos ligados a las vicisitudes del quehacer internacional lo registran los propios albores de nuestros pueblos. Luego del Descubrimiento, al Norte del Río Grande arribó la emigración más avanzada de entonces a colonizar unos parajes apenas habitados por aborígenes que en su retardo evolutivo no pasaban del estadio superior del salvajismo, de acuerdo con la sinopsis de Lewls H. Morgan, en tanto que al Sur vinieron los representantes de las formas más atrasadas de producción de Europa, a disponer de unas tierras cuyos bárbaros propietarios ya habían conseguido, entre sus hazañas, cultivar. Este hecho paradójico, el que lo aventajado del viejo mundo se tropezara con lo rezagado del nuevo, y viceversa, selló la suerte de las dos porciones tan dispares y tan encontradas de América. En lo que después sería Estados Unidos, los colonos, con una mano de obra salvaje no utilizable, tuvieron ellos mismos que descuajar los bosques y hendir los surcos, hasta ver florecer a la postre un capitalismo puro, exento de las interferencias de sistemas caducos heredados a los que fuera necesario barrer, como le tocara a la burguesía europea en sus batallas por el desarrollo. Idéntica afirmación cabe para las normas democráticas de organización social, cuyas embrionarias encarnaciones comenzaron allí a manifestarse desde un principio y a facilitar las actividades productivas. En cambio, el rancio coloniaje monárquico, de severo molde absolutista y al que prácticamente le correspondiera fundar a Latinoamérica, trasplantó intacto aquí el régimen feudal, dada la feliz coincidencia de que se toparía con una abundante población indígena apta para la agricultura y las labores manuales, a la cual, además de evangelizar, transformaría en siervos de la gleba. Sobre la mita, la encomienda y el resguardo reverdecieron las obediencias jerarquizadas, los tributos y prestaciones personales, la justicia inquisitorial y el resto de instituciones de una sociedad que allende el océano exhibía síntomas inequívocos de senectud, pero que bajo nuestros cielos tendría mucho por vivir, hasta el punto de que al cabo de los siglos aún observamos sus vestigios saboteando la marcha del progreso.
Vertiginosamente Norteamérica adelantaría, y pronto haría sentir también su influjo bienhechor con su Declaración de Independencia, convenida en 1776 y enfilada en general contra la monarquía y la divinidad de los reyes; documento consagratorio de los preceptos de la democracia burguesa, cuyos derechos humanos, presididos por la sonada máxima de que "todos los hombres son creados iguales", estaban llamados a contribuir, durante decenios, con la revolución mundial, y, de contera, con las gestas de emancipación de las colonias españolas. Bastante transcurrida la centuria pasada la semblanza estadinense todavía seguía infundiendo entusiasmo a las luchas progresistas de los distintos países. La Guerra de Secesión, concluida en 1865 con la refrendación de la libertad de los esclavos negros, recibió el fervoroso apoyo de las corrientes revolucionarias, especialmente de los obreros europeos.
No obstante, en vísperas del siglo XX, junto a una banca omnipotente, reguladora de los engranajes industriales puestos a la sazón bajo sus arbitrios, irrumpen los gigantescos monopolios, suprema expresión de la concentración del capital, los cuales estiman demasiado angostos sus linderos fronterizos y han de hacer de la rapiña una divisa, renegando de las sanas tradiciones y trastornando la mente de la gran nación de Jefferson. La guerra contra España, en 1898, su primera confrontación netamente imperialista, no se emprendió ya en aras de las cláusulas de "no colonización" de la Doctrina Monroe, sino al revés, para apropiarse de lugares ajenos, como lo llevó a cabo aquel año el gobierno de McKinley con Filipinas, Guani y Puerto Rico. Contra Cuba, asimismo arrancada de la corona ibérica, expidiose más tarde la oprobiosa Enmienda Platt por la cual se coartaba su soberanía y quedaba Estados Unidos facultado para entrometerse en los asuntos de la Isla cuando le pluguiera. Sobrevendría de igual modo la desmembración de Panamá de Colombia, con el propósito de construir en el Istmo el canal interoceánico que los franceses no fueron capaces de materializar. Y posteriormente la habilitación de las interminables tiranías castrenses tipo Carías, Martínez, Ubico, Somoza, Trujillo, Duvalier, respectivamente de Honduras, El Salvador, Guatemala, Nicaragua, República Dominicana y Haití, para sólo señalar unas pocas de las muchas que han soportado las masas escarnecidas y apaleadas de la América Central y el Caribe. Y los tratados leoninos sobre diversos tópicos, dirigidos a garantizar franquicias para las inversiones, los consorcios, las mercancías o los empréstitos procedentes de la metrópoli recién configurada. Y las repetidas conferencias panamericanas, gestoras del sistema del mismo nombre pero bajo la batuta de Washington, preferencialmente la IX, celebrada en Bogotá durante los días aciagos del asesinato de Gaitán y que diera vía a la Organización de Estados Americanos, la inefable OEA, tildada por algunos como el ”ministerio de colonias yanqui”. Y las intervenciones militares contabilizadas por docenas en el Hemisferio, entre las que vale la pena recordar la de 1914, en el puerto de Veracruz, México, a fin de presionar la dimisión del presidente Victoriano Huerta; la de 1926, en auxilio del títere nicaragüense Adolfo Díaz; la de 1954, para derrocar el gobierno guatemalteco de Juan Jacobo Arbenz; la de 1961, fallidamente contra la revolución cubana, y la de 1965, tras el objetivo de aplastar al insubordinado coronel Francisco Caamaño, en Santo Domingo.
La metamorfosis de la república estadinense en una potencia imperialista se había consumado definitivamente. Dejemos referir al Washington Post, en editorial publicado preciso en los preliminares de la guerra de 1898, cómo percibió aquella transmutación en los momentos históricos en que se estaba efectuando: "Una nueva conciencia parece haber surgido entre nosotros -la conciencia de la fuerza- y junto con ella un nuevo apetito, el anhelo de mostrar nuestra fuerza... El sabor a imperio está en la boca de la gente, lo mismo que el sabor de la sangre reina en la jungla".1
Los partidos vergonzantes del caudillaje estadinense acostumbran argumentar que los humos despóticos del opulento poder del Norte, notoriamente ostensibles en variadas fases de su ulterior etapa hegemonista, han dependido más de las malas entrañas de determinados mandatarios que de la índole del sistema imperante. Censuran, por supuesto, las tropelías del "gran garrote" de Teodoro Roosevelt, o la "diplomacia del dólar", llevada al apogeo por la administración de William Taft, mientras se deslíen en elogios hacia los ofrecimientos de "Buena Vecindad" del segundo Roosevelt, los programas de la "Alianza para el Progreso" de un John F. Kennedy e incluso hacia las intenciones de "buen socio" esbozadas por el frustrado Richard Nixon. Sin embargo, este aparente doble cariz, o esta duplicidad, fuera de indicarnos que las formalidades de la democracia no simbolizan un impedimento insalvable para la explotación económica de los monopolios, nos confirma que los Estados Unidos se acogen con pericia y sin reconcomios a los métodos blandos o a los duros, con tal de sacarles jugosos gajes a sus nexos extraterritoriales.
Así como el capitalismo norteamericano nació incontaminado, sin las trabas de modos productivos remanentes que le obstaculizaran el crecimiento, su ciclo imperialista, desde sus preámbulos, se ha diferenciado de los otros en la predisposición a valerse de los instrumentos democráticos para afianzar y adornar sus expugnadoras pretensiones. En lo transcurrido del siglo menudean las profesiones de fe de los ocasionales inquilinos de la Casa Blanca en los hábitos republicanos de gobierno y en las excelsitudes de la soberanía y la autodeterminación de las naciones, a lo Woodrow Wilson, el presidente del partido demócrata que se creía obligado a impartir instrucción a los analfabetos políticos del Continente sobre cómo interpretar las constituciones y escoger eficaces estadistas; y quien, dentro de su pedagógica misión, proclamó para Latinoamérica el advenimiento de la "Nueva Libertad", por la cual habría de ir hasta la agresión armada contra Nicaragua, Haití y República Dominicana, sin contar la ya mencionada contra México. Y sus famosos Catorce Puntos sobre la paz, tras cuyos derroteros participó Norteamérica en la primera guerra por el reparto del globo, convocaban a un entendimiento universal que concediera "garantías mutuas de independencia y de integridad territorial a Estados grandes y pequeños por igual". Análogos supuestos de convivencia civilizada y democrática entre los países se consignaron en la Carta del Atlántico, el pacto programático con que, dos largas décadas después, acometieron en la segunda conflagración las fuerzas aliadas bajo el liderazgo de los Estados Unidos. El panamericanismo no es más que el compendio de tales postulados, entretejidos paso a paso y al compás de los vaivenes hemisféricos, y que históricamente arrancó con la negativa inicial de los jerarcas de Washington a reconocer los mandatos de facto surgidos de la inobservancia de las regulaciones constitucionales, hasta concluir en la condena expresa, por lo menos en el papel, de cualquier intervención de una nación en los fueros de otra. Además de responder a los designios de convertir el Caribe en un mar norteamericano y a todo el “patio trasero” en soporte para la dominación mundial, el corolario que adosara Teodoro Roosevelt a la Doctrina Monroe por allá en 1904, anunciando que sus deberes de ángel guardián de América podrían forzarlo a "ejercitar la política de policía internacional", ha consistido asimismo, desde los preludios del imperio hasta hoy, en el pobre intento de encubrir la voracidad de los Estados Unidos con la cruzada rediviva por proscribir de estas tierras de Colón los enclaves coloniales. Intento no sólo pobre sino opcional, porque, cual ocurrió con la cruenta andanada de Gran Bretaña contra Argentina por la retención de las Malvinas, las autoridades estadinenses no vacilan en terciar en beneficio de viejas formas de opresión nacional, y reivindicadas por señoríos procedentes de otras latitudes, cada vez que los afanes del momento así lo dictaminen.
En todo caso las relaciones expoliadoras implantadas por los Estados Unidos fueron harto distintas a las que consuetudinariamente rigieron en el mundo y que en la actualidad se hallan casi extinguidas por completo. Se trata del necolonialismo, como insistimos en denominarlo con la finalidad de distinguirlo. Es el desvalijamiento moderno que no precisa de virreinatos o protectorados de ninguna especie para llevar a feliz término la labor depredadora. Aun cuando eche mano de los cuartelazos, las invasiones y las tomas territoriales, dentro de su inclinación natural a esgrimir escuetamente la represión siempre que sea indispensable, tolera la independencia política, la república y los gobiernos elegidos por sufragio, pues sus ganancias espectaculares y especulativas, inherentes al capitalismo monopólico, estriban antes que nada en la exportación de capitales desde los centros desarrollados a la periferia relegada. Mediante las inversiones directas y los empréstitos los países pudientes despojan a los menesterosos de sus recursos naturales, acaparan sus mercados, inspeccionan y reglamentan sus economías. Los funcionarios, los legisladores, los magistrados caen prisioneros en las redes del soborno, o capitulan ante las desalmadas e ineludibles presiones pecuniarias. Si no que lo desmienta México, cuya fachendosa burocracia posaba de libérrima y patriótica hasta cuando el Fondo Monetario Internacional, con sus inapelables requisitos para la renegociación de la deuda pública, vino a postrarla de hinojos y a dejarla en cueros ante la mirada estupefacta de los miles de millones de moradores del planeta. 0 que lo atestigüen, para no ir muy lejos, los gerentes de nuestras entidades del ramo que no atinan a explicarle a la desfalcada y confundida opinión colombiana los motivos de las escandalosas alzas en las tarifas de los servicios, hechas por conminación de las agencias prestamistas y a contrapelo de las promesas comiciales del Movimiento Nacional.
Por eso, los portavoces de las corrientes reformistas que abogan por la restauración de las viejas y consabidas formulaciones democráticas, cual panacea para los padecimientos del Tercer Mundo, aunque se sientan muy convencidos de la bondad y del progresismo de sus reclamos, lo cierto es que no han avanzado un ápice respecto a las recetas que de buen grado aceptarían las oligarquías imperialistas contemporáneas y que de suyo ya han prescrito en sus documentos más solemnes. Las libertades ciudadanas que logren disfrutar los pueblos exaccionados les facilitarán sus luchas por una autodeterminación auténtica y cabal, pero por sí solas no configurarán barrera alguna que impida la explotación económica de los conglomerados supranacionales. Frecuentemente las metrópolis aplauden el independentismo del que hacen alarde muchos de los gobernantes de sus neocolonias y hasta reciben con mansa resignación las críticas que éstos expresan sobre diversos aspectos de su conducta en el concierto internacional, con tal que se les asegure el curso boyante de sus negocios. Con arreglo a ello acostumbra a obrar, verbigracia, el impredecible señor Betancur, quien en sus discursos se reserva la licencia de reprender a su colega Ronald Reagan por uno que otro desatino, sin dejar por eso de abrumar con prebendas a los inversionistas extranjeros, o de tramitar, acucioso, la solicitud de mayor injerencia del Banco Interamericano de Desarrollo, el BID, uno de los entes directamente responsables del retraso, los desequilibrios y el caos en la construcción material de nuestras naciones. Y después de tantas vueltas y revueltas, la acariciada paz de Centroamérica, como se deduce de los pronunciamientos del Grupo de Contadora y de las intervenciones del presidente colombiano con ocasión de su reciente viaje al exterior, resultó que, en última instancia, depende, de un lado, del retorno a un panamericanismo remozado, y del otro, del incremento de la "ayuda" de la banca mundial y de una más activa participación de los grandes trusts, dispensadores de la tecnología y de las posibilidades de empleo, conforme al criterio de las mismas fuentes.2 Diagnóstico que sospechosamente coincide con las propuestas por las que viene intercediendo de tiempo atrás el inconmovible y metalizado congreso estadinense. Dentro de semejante contexto el discurrir de los países latinoamericanos ha sido una pesadilla de necesidades desatendidas, de anhelos irrealizables, de frustraciones traumáticas. No obstante que la mayoría naciera a la vida republicana hace más de siglo y medio, muchísimo antes que los jóvenes y depauperados Estados de Asia y África, ni la emancipación obtenida, ni la superestructura constitucional adoptada, se tradujeron en un efectivo desarrollo. La organización democrático-representativa de sus sociedades, distante de implicar la instauración del capitalismo como era de esperarse, en lo fundamental mantuvo indemnes, bajo la corteza burguesa, las enquistadas formas de producción peculiarmente feudales, las cuales sólo acusan conatos de claro deterioro en las postrimerías del siglo XIX. Empero, cuando circulan los primeros capitales y se incuban los incipientes procesos fabriles, una nueva y pesada carga desciende sobre los hombros de nuestras patrias, un flagelo que comprometería indefinidamente su bienestar, el desvalijamiento imperialista del que ya hemos hablado. En sus informes de oficio los gobiernos estilan pintar color de rosa cualquier conquista pírrica dentro del crecimiento raquítico, y a debe, cual lo definiera alguien con perspicacia; mas la constante es la parálisis, o el retroceso, a juzgar por los datos más frescos y veraces profusamente divulgados. ¿Quién osa rebatirlo? La inflación de dos y hasta de tres dígitos de porcentaje, la quiebra masiva de empresas, la no utilización de parte considerable de la poca capacidad instalada de la industria, el decaimiento incurable de las actividades agropecuarias, la explosiva desocupación, el déficit fiscal crónico, el endeudamiento llegado a topes insoportables, etc., evidencian un panorama latinoamericano nada halagüeño, luego de tantos augurios fallidos y de tanta retórica. Y si a esto añadimos la marcada preferencia de los epicentros del poder a descargar la crisis económica que acogota a Occidente sobre los ciento y pico de países desheredados de la fortuna, calaremos a plenitud la gravedad de la hora.
De ahí que el pueblo de América Latina haya escrito las más hermosas páginas de insumisión, pues al igual que en la novela heroica "el hambre devoradora le persigue sobre la tierra fecunda". Los revolucionarios, los demócratas y los patriotas sinceros de las distintas nacionalidades le brindarán unidos el respaldo irrestricto hasta ver coronadas por el éxito sus ansias de libertad; no la libertad santificadora de la extorsión económica, sino la fundada en los atributos de las naciones soberanas que usufructúan y definen a satisfacción sobre sus riquezas y sobre el trabajo de sus gentes.

III

Con todo y las complejidades, hasta aquí ha habido una comprensión gradual de los entresijos de nuestra segunda independencia. Las felonías, los excesos de confianza y las contemporizaciones oportunistas cunden en lo tocante a las asechanzas de la superpotencia de Oriente. Unos sectores consideran insustituibles las emponzoñadas solidaridades del socialimperialismo: están representados por los regímenes de este bloque y sus epígonos. Otros se inclinan por el aprovechamiento táctico de la intromisión rusa para obtener el triunfo: son los ingenuos que piensan expulsar primero a los Estados Unidos y luego deshacerse de la Unión Soviética. Y un tercer segmento busca medrar en medio de la borrasca; lo constituyen aquellos que le prenden una vela a Dios y otra al diablo para ganar indulgencias políticas.
Bajo ninguna circunstancia hemos admitido que las diligentes gestiones de Moscú y de La Habana alrededor de Centroamérica sean catalogadas de fiables y mucho menos de fraternas. Cierto es que, fuera de la férrea tenaza con que apercuella al gobierno cubano, al que recompensa con miserables bonificaciones monetarias por sus menesteres mercenarios en otras latitudes, allí, en los litorales del Mar Caribe, la dirigencia soviética no ha tenido ni el tiempo ni el espacio para hacer sentir ampliamente su catadura expansionista. Lo cual desde luego no significa que sus tejemanejes no riñan de manera tajante con las nociones más elementales de la democracia y con los principios del socialismo. No se puede aguardar a que esta despiadada satrapía que arrasa a sangre y fuego a la nación afgana y empuja al ejército marioneta de Viet Nam a exterminar a los pueblos kampucheano y laosiano, acate la soberanía y demás derechos inalienables de guatemaltecos, salvadoreños y nicaragüenses. ¿Acaso el despotismo se comporta de un modo en Asia y de otro en América? ¿O los postulados democráticos son fraccionables, diferibles y tienen un valor contrapuesto de un meridiano a otro? ¿U obligan para todos menos para unos? No suena coherente. Las ocupaciones de países, efectuadas donde fuese y so pretexto de colaborarles en sus bregas de liberación nacional, sacar avante las tareas socialistas, o tras cualquier otro móvil, por humanitario y filantrópico que parezca, únicamente conducen a escindir la necesaria armonía de los pueblos y a exacerbar las tensiones internacionales. A la inversa de cuanto han venido pregonando los adocenados partidos comunistas, los más leves atropellos contra la independencia de los Estados y la autodeterminación de las naciones, infligen heridas graves a la cooperación internacionalista tan cara para las masas trabajadoras del orbe entero.
Fidel Castro nos proporciona un testimonio bastante elocuente de cómo se adecúa el concepto a la práctica, o mejor, de cómo se envilece la teoría para legitimar los sanguinarios desmanes de la Santa Rusia posmarxista. En agosto de 1968 las unidades del Pacto de Varsovia tomaron por asalto a Checoslovaquia, y no obstante acusarse a Occidente por los signos degenerativos detectados en aquel miembro del bloque, era imperioso ofrecer una exculpación, con ribetes de credibilidad, de un acto a todas luces atentatorio de la integridad de un país supuestamente libre. El Comandante en Jefe, que por entonces ya había escogido padrastros, lo intentó dentro de esta lógica: "A nuestro juicio la decisión en Checoslovaquia sólo se puede explicar desde el punto de vista político y no desde un punto de vista legal. Visos de legalidad no tiene francamente, absolutamente ninguno". La infracción de lo legal, que no tuvo más remedio que reconocer, simboliza la burla del precepto de la autodeterminación nacional de los países; y el incentivo político, o sea la justificación, radica en los objetivos revolucionarios. Y lo afirma expresamente: "Lo que no cabría aquí decir es que en Checoslovaquia no se violó la soberanía del Estado checoslovaco. ( ... ) Y que la violación incluso ha sido flagrante". Pero aquélla -completa Castro- "tiene que ceder ante el interés más importante del movimiento revolucionario mundial y de la lucha de los pueblos contra el imperialismo".3
Traemos a colación los pasajes de un litigio añejo ya de quince años porque la doctrina sentada en él ha repercutido enormemente en los acontecimientos posteriores, y, además, no la compartimos. Ajustándose a ella Cuba ha enviado durante un lapso relativamente corto alrededor de 100.000 soldados a campear en el continente negro. En la actualidad mantiene en Angola, como se sabe, 20.000 hombres, cuyo desembarco, ocurrido en junio de 1975, marcó el inicio propiamente dicho de la ofensiva militar estratégica de la URSS por el apoderamiento del planeta. En el Cuerno de Africa están instalados sólo unos pocos escuadrones menos, con la orden de sostener el régimen de Mengistu, hostigar a Somalia y combatir a los patriotas eritreos. Hay también asesores y contingentes procedentes de la isla caribeña en Yemen del Sur, Mozambique, Guinea-Bissau y el Congo, amén de los que menudean en Granada y Nicaragua. Tamaño despliegue bélico, realizado en una extensión tan dilatada, a tantos miles de kilómetros de distancia de su base de origen y activado por una pequeña nación -la tercera parte de los habitantes de Colombia y un décimo de su territorio-, que pasa apuros en las lonjas internacionales para vender su azúcar de país monoexportador, no se comprendería sin la asistencia financiera de sus asistentes militares. García Márquez, en un gesto que habla bien de su calidad de amigo pero no de su vocación por la economía, juró que la misión expedicionaria sobre Angola "fue un acto independiente y soberano de Cuba, y fue después y no antes de decidirlo que se hizo la notificación correspondiente a la Unión Soviética".4 No hubo quién tomara en serio estas frases. Ni siquiera el escritor, que pronto las habría de olvidar, pues con motivo de su controvertido exilio y refutando las sindicaciones de los mandos castrenses contra La Habana acerca de la incautación de un cargamento de armas del M-19, aclaró perentoriamente: "Los cubanos no tienen plata para darle a nadie ni un fusil de esos que vinieron ahí".5
La deducción es obvia e irónica. Los procónsules del "primer territorio libre de América", con el sostén y la coyunda de los soviéticos, se pasean por el cosmos hollando fronteras ajenas, ungiendo gobiernos obsecuentes, disciplinando a los opositores que se atrevan a rechistar. Insólito, por lo demás, que ese extraño proceder se pretenda pasar con el rótulo de revolucionario. Nosotros nos identificamos en el pasado con las pegajosas proclamas de los vencedores de la Sierra Maestra y apoyamos en la medida de nuestras capacidades sus desvelos por edificar una patria digna y próspera. Dimos incluso un margen de espera prudencial cuando desde finales de la década del sesenta nos percatamos del giro de La Habana en honor de las apetencias del Kremlin. Mas a mediados de 1975, consumada la invasión del Estado africano que acababa de desembarazarse de cinco siglos de coloniaje portugués, no había duda: la comandancia de la Isla cumpliría su triste destino de condotiero del socialimperialismo, más o menos como las soldadescas reclutadas en la India o Nueva Zelanda contendían tras las enseñas de Su Majestad en los esplendores del imperio británico. No cejaremos en la condena de los autodenominados "socialistas reales" que se enseñorean impunemente en suelo extranjero. Atrás recordábamos que los presidentes norteamericanos instruían a bala a las repúblicas inermes sobre cómo habituarse a la democracia y a la independencia; hoy los primeros ministros del bando contrario lo hacen para predicar y explayar el socialismo. Pero pueblo triunfante que le impone la felicidad a otro pueblo compromete la victoria y forja sus propias cadenas. ¡Quisling jamás será un Martí!
Acreditan ponerse en tela de juicio los propósitos de aquellos que protestan airadamente por la presencia estadinense en Centroamérica pero hacen caso omiso de los crímenes cometidos por los soviéticos y sus seguidores contra la integridad y las intransferibles prerrogativas de las naciones débiles. Para esos falsos apóstoles de la transformación social, llámense revolucionarios, comunistas o socialistas, digámoslo en vía de ilustración, no se justifica ni una nota desaprobatoria ante el vandalismo vietnamita en Indochina, donde, de los cinco millones de seres del pueblo de Kampuchea, cientos de miles han sido segados sin contemplaciones. La fraternidad internacionalista tampoco es divisible. Tanto merecen laborar en paz y decidir sin tutorías foráneas sobre su buena o mala ventura los cuatro millones de salvadoreños como los veinte millones de afganos. Y convertir los movimientos de liberación nacional del Tercer Mundo en mascarones de proa del expansionismo soviético, consiste, mondo y lirondo, tal cual lo hemos venido señalando, en un trueque de amos. La Junta Sandinista de Reconstrucción Nacional, al alinearse con Moscú y servirle de cabeza de playa en la región, no sólo enajena su voluntad sino que reduce a Nicaragua al lamentable estado de ficha cambiable o comible en el ajedrez internacional. La autocracia socialimperialista negociará la distribución de las influencias mundiales de acuerdo con lo que aconsejen sus maniobras políticas y militares y no conforme lo deseen sus majaderos mandaderos.
Imaginar con pueril candidez que asordinando la denuncia y admitiendo la peligrosa protección moscovita las agrupaciones independentistas enfrentan los presentes desafíos sin mayores riesgos, pues ya se darán trazas para salir de la trampa y eludir las celadas, es desconocer supinamente las superioridades de un imperio pujante, en formación, que cuenta por añadidura con la no despreciable ventaja de franquear puertas y marear cabezas con su etiqueta socialista. Hoy por hoy el Kremlin dispone de avanzadillas muy firmes y muy dóciles en todo el globo. Además de las indicadas, sobresalen el Estado sirio que actualmente retiene con 60.000 soldados la mitad del Líbano, a través del cual las huestes de Andropov ponen fuerte baza en la partida por el Medio Oriente, y el predestinado coronel Gaddafi, en el Norte de África, quien se adueñó de parte del Chad, alistando y armando a una facción disidente de ese país, y quien también intriga, conspira e interviene donde pueda, incluida Centroamérica, cual si fuera el Robin Hood del mundo.
Si echamos una cuidadosa ojeada a los últimos veinte años registraremos la arremetida de la URSS y su adelantamiento respecto de Occidente en disímiles aspectos. Mientras aquella ha militarizado su economía en grado sumo, atiborra su arsenal con dispositivos nucleares y convencionales y se trasmuda en un proveedor de armamentos de primer orden, a las viejas metrópolis les toca vérselas con mil obstáculos, desde arrostrar los ruidosos movimientos pacifistas que le coartan el poder de decisión, hasta estirar al máximo los presupuestos minados por la recesión económica, para conservar simplemente un precario equilibrio en la capacidad de fuego de los dos bandos. Más de una veintena de países, unos mediante las artes persuasivas de la maquinación y del halago, otros como fruto de la violencia, han caído en las zarpas del oso, y le permiten directa o indirectamente a esta superpotencia un considerable margen de acción en su calculada y arrasadora campaña expansionista. Tan inobjetable será la tendencia histórica, que los Estados Unidos se muestran impotentes para encinturar, en las inmediaciones de sus linderos, la sublevación centroamericana, acorralados por el descontento popular, las desavenencias políticas internas, las intromisiones soviéticas y hasta por el peso de un pasado acusatorio que no olvidan las gentes. Y el señor Miterrand, en detrimento de la descabalada estampa de su socialismo pluralista, tuvo que trasladar sus tropas en auxilio del gobierno del Chad, con el fin de proteger los codiciados intereses franceses en el África, siendo que no contempla muy complacido el traslado que de las suyas ha hecho el presidente Reagan a Honduras en trance similar. En suma, Occidente ejecuta esfuerzos más desesperados que eficaces por mantener la cohesión y frenar a su engrandecido oponente, en una atmósfera en la cual las contradicciones internacionales suben de temperatura en cuestión de meses y los pueblos neocolonizados, resueltos a romper las cadenas, no olfatean los vientos que delatan a la fiera agazapada del Este. Por ende, postergar para un futuro preñado de incertidumbres el esclarecimiento público y sistemático acerca de la amenaza principal, y peor aún, unirse a ella en la creencia de conseguir birlarle el botín, denota una inocencia digna de tiempos menos escabrosos.
No quisiera concluir esta exposición sin referirme, así sea de pasada, a un comportamiento político que ha venido haciendo carrera en Colombia últimamente, sobre todo en los círculos dominantes. Trátase del brochazo izquierdista, al que cada vez recurren más quienes han perdido lustre en los ajetreos de la lucha y no encuentran otro medio de recomponer su figura que mostrándose benévolos con algún requerimiento o gesto de intimación del gobierno cubano, obviamente después de dejar sentada la explícita y ritual constancia del abismo ideológico que los separa de aquél. Este artilugio, copiado de los mexicanos, posee la milagrosa virtud de resguardar por un rato de las críticas, aunque se haya incurrido en desafueros o se haya asumido actitudes cavernarias en otras materias. No sabría precisar si fue el presidente López Michelsen quien primero lo utilizó, pero sí lo puso de moda. Cuando Fidel Castro sostiene en La Habana, como lo hizo: "López es un burgués progresista", eso se refleja propiciatoriamente en las urnas, o se reflejaba.
La conveniencia de recibir del campo adversario semejantes consagraciones incide más de lo que se supone en la elaboración de las directrices oficiales, en especial en el período que transcurre, pues los conservadores, o por lo menos la fracción belisarista, han redescubierto esta fórmula mágica con la que los liberales ganaban puntos en las encuestas de opinión, defendiendo, desde luego, el panamericanismo y demás fundamentos del mundo occidental y cristiano, a la par que se coquetea a distancia con las fuerzas rivales acantonadas en la otra orilla. Esto explica la manera condescendiente como se han solido absolver las pretensiones de los recaderos del socialimperialismo contra Colombia, en el caso de los inesperados y contumaces reclamos de la Junta de Nicaragua sobre San Andrés y Providencia y en las intentonas de Cuba de sembrar nuestro territorio de destacamentos armados, cual lo reconociera su Primer Ministro sin el menor embozo y ante la presencia de una gloria de nuestras letras, un ex presidente y una decena de periodistas colombianos, quienes prácticamente asintieron con el otorgamiento de su silencio.6
De modo similar se ha venido concibiendo la inclusión de Colombia en el grupo de los países No Alineados, no como el camino para hacer valer una posición genuinamente independiente y neutral en la disputa de las superpotencias, sino como el conducto de complacerlas a ambas en lo que fuere indispensable. En nombre de la pacificación, en San José de Costa Rica el canciller Rodrigo Lloreda firma la Iniciativa para la Cuenca del Caribe ideada por la Casa Blanca, y para no malquistar a la contraparte, se deposita en la ONU un voto a favor de la candidatura de Nicaragua al Consejo de Seguridad. Sin embargo, ni las ambigüedades, ni las acomodaticias oscilaciones de un extremo al otro, reportarán nada positivo para la convivencia internacional y el derecho a la irrestricta autodeterminación de las naciones. Azuzan, por el contrario, la codicia de los expansionistas que intuirán en tales piruetas una disimulada e insinuante invitación a que prosigan con sus componendas y provocaciones.
En Centroamérica, análogamente a lo que acontece en las otras zonas en conflicto, al lado de las viejas dolencias, han surgido problemas nuevos. Entre los primeros están la explotación económica de los consorcios foráneos, el atraso, la miseria y la falta de una democracia efectiva. Entre los segundos se cuenta la irrupción de avanzadillas del expansionismo tipo Cuba. "Estos pequeños Estados -como lo indicamos en el proyecto de convocatoria que propusimos para este foro- no significarían una amenaza mayor para nadie, e incluso gozarían plenamente del afecto de todas las naciones amantes de la paz, si sus afanes de respaldar a quienes combaten en pos de los cambios sociales no fuesen más que un simple pretexto para sus empeños reales de crear, donde puedan, contingentes políticos y militares dóciles a los caprichos de Moscú". Ante las viejas dolencias existe un creciente y alentador discernimiento; en relación con los nuevos problemas prevalecen la prodición, la indiferencia y el oportunismo. Unámonos las fuerzas revolucionarias, democráticas y patrióticas a fin de remediar las unas y afrontar los otros, en el entendimiento de que el mayor peligro proviene del socialimperialismo soviético, cuya contención demanda el más amplio frente de batalla mundial, que se base en los países sojuzgados y en las masas trabajadoras de todo el orbe, abarque a las repúblicas capitalistas desarrolladas y no vete siquiera a los Estados Unidos.
En cuanto a nosotros, seguiremos creyendo, junto a Augusto César Sandino, el general de hombres libres, que "toda intromisión extranjera en nuestros asuntos sólo trae la pérdida de la paz y la ira del pueblo".
Muchas gracias.
NOTAS
1 William Miller, Nueva Historia de los Estados Unidos, Buenos Aires, Editorial Nova, 1961, págs. 313 y 314. 
2 Aprovechando su viaje al exterior, a comienzos de octubre, Belisario Betancur pidió, tanto a los Estados Unidos como a la Comunidad Europea, el apoyo económico para sacar a los pueblos latinoamericanos del abandono. Ante la banca norteamericana, durante el almuerzo que ésta le brindara en el Hotel Waldorf Astoria de Nueva York, invitó a invertir más en Colombia y sugirió para Centroamérica un programa de asistencia similar al Plan Marshall que Washington ejecutó en Europa después de la Segunda Guerra Mundial.
3 Ambas citas de Fidel Castro pertenecen a su discurso pronunciado sobre la incursión de las tropas del bloque soviético en Checoslovaquia, publicado en Granma, 25 de agosto de 1968. 
4 Gabriel García Márquez, El Espectador, enero 9 de 1977. 
5 Idem, Cromos, marzo 31 de 1981. 
6 Se refiere a las declaraciones por las cuales Fidel Castro aceptó haber entrenado guerrilleros colombianos, formuladas delante de García Márquez, L6pez Michelsen y varios periodistas colombianos que habían viajado a Cuba, a mediados de enero de 1983, con motivo de la entrega de una condecoración concedida por el gobierno cubano al laureado escritor.

 

 

¿QUÉ PUSO AL DESCUBIERTO GRANADA?

Diciembre de 1983-enero de 1984
Editorial publicado en Tribuna Roja Nº 46, de diciembre de 1983-enero de 1984.

Dos mil unidades de las fuerzas armadas norteamericanas, con el acompañamiento más simbólico que bélico de 300 soldados de seis pequeñas repúblicas de las Antillas de habla inglesa, comenzaron a desembarcar el 25 de octubre en la diminuta Granada, según los despachos de prensa, a las 5 y 40, hora local.
La ocupación recuerda lo que casi todos sabemos: la eterna historia de la omnipotente metrópoli que ha lapidado a los pueblos débiles circunvecinos, pues cualquier determinación improcedente e inconsulta que alguno de éstos adopte puede poner en peligro la seguridad del imperio. Para legitimar sus invasiones, a las autoridades de Washington les ha bastado con argüir la necesidad de proteger a unos cuantos ciudadanos americanos residentes en el exterior, o mostrar los pedidos de ayuda militar de la respectiva facción intermediaria, o simplemente presentarse como cruzados de la democracia que han de cumplir la misionera labor en tierras extranjeras. En el caso de Granada, cuya empobrecida población apenas bordea las 100.000 personas y habita en un perímetro de escasos 344 kilómetros cuadrados, el presidente Ronald Reagan esgrimió las tres disculpas. Excepto que la solicitud de apelar a los cañones para resolver el litigio emanó, no de uno, sino de dos pares de gobiernos de islas aledañas, integrantes de la Organización de Estados del Caribe Oriental, OECO, un ente espurio, improvisado y establecido en 1981 precisamente para eso, para otorgarles un viso legal a las ilegalidades estadinenses. Aunque Barbados y Jamaica no pertenecen a aquel organismo, sus mandatarios prestaron el concurso a la expedición armada. El resto de la ficticia colaboración provino de Antigua, Dominica, Santa Lucía y San Vicente.
No sobra añadir, conforme hemos procedido en circunstancias anteriores, que rechazamos rotundamente los atropellos contra la soberanía y demás derechos inalienables de las naciones, perpetrados por la superpotencia del Oeste, y sus rancias e insaciables pretensiones de convertir al Caribe y Centroamérica en el traspatio de su Casa Blanca. No por exiguos e indefensos, los granadinos son menos dignos de darse la forma de república que a bien tengan y sin intromisiones de ninguna índole, al igual que cualquier otro pueblo respetable del planeta. Esta posición nuestra obedece al arraigado criterio internacionalista de que la unidad de las masas trabajadoras de todas las latitudes, tan imprescindible para el buen suceso de la revolución mundial, únicamente cristalizará sobre la base de la plena vigencia de la autodeterminación de las naciones, al margen incluso de los regímenes sociales en ellas imperantes; anhelos de libertad y de independencia que compartimos con los demócratas sinceros, preferencialmente en la actual coyuntura histórica de dura prueba.
Pero los acontecimientos de Granada ostentan aspectos bastante ignorados, una especie de cara oculta de la luna que muy pocos han visto y que a nosotros nos interesa, sobremanera, revelar. Nos referimos al rol de los cubanos en todo este turbio asunto. En primer término, con la llegada de los infantes de marina yanquis y de sus grotescos refuerzos antillanos, se supo a ciencia cierta cuántos hombres mantenía allí La Habana y cuál era su carácter, puesto que, como acaece en muchos otros países donde interfieren, la magnitud y el cometido de aquella intervención mimetizada difícilmente se calcula. Algunas agencias noticiosas estimaban que la cifra no subía de un centenar, máximo dos, y que su encargo se circunscribía a colaborar en tareas alfabetizadoras, campañas de sanidad y sobre todo en la construcción del moderno y grande aeropuerto internacional de Salinas, en el borde sureño de la isla, al cual el Pentágono le achacó muy definidos fines belicistas, mientras la mamertería del Continente lo consideraba el mejor aporte fraternal al turismo de Granada y del Caribe entero. Al cabo de cuentas, la asesoría cubana rondó por el tope de los mil efectivos, cantidad nada despreciable para una revolución tan despoblada, y ello sin sumar la pericia de los cincuenta soviéticos que asesoraban a los asesores.
Llegado el momento de la verdad, y sin que importe ya mantener encubierta la naturaleza castrense de diseñadores, ingenieros, albañiles y ayudantes rasos del aeropuerto en ejecución, Fidel Castro envió, el 24, un día antes del abordaje enemigo, a un oficial de alto rango, el coronel Pedro Tortoló Comas, a objeto de que asumiera "el mando de todo el personal cubano"; el 25 impartió a sus huestes la orden concluyente de "no rendirse bajo ningún concepto", y el 26, cuando todo estaba prácticamente consumado, explicó que se había obrado así para salvar "el honor, la ética y la dignidad de nuestro país".
Durante la mañana del desembarco, los cables procedentes de Moscú también se encaminaban a crear la impresión de que los cubanos se batían más fieramente de lo que les tocaba. A las 9 a.m. las fuerzas expedicionarias norteamericanas habían sufrido ya 1.200 bajas y la resistencia inmolado 800 gloriosos combatientes, de acuerdo con aquellas informaciones que en Colombia las cadenas de radio, particularmente Caracol, propalaban en el instante mismo en que las iban emitiendo los lejanos e imaginativos corresponsales, y envueltas, obviamente, en un sensacionalismo estrepitoso. A esas alturas de las acciones realmente no se conocía aún de pérdidas humanas, y al final de la jornada, restando sólo unos reducidos y aislados focos de aguante, los muertos en total no pasaron de ochenta, dieciocho de las tropas de asalto y si mucho sesenta de los defensores. Sin embargo, y sea lo que fuese, la potencia de fuego y la capacidad operativa de los custodios de la isla obligaron al Pentágono a conducir el miércoles 26 otro millar de soldados de su 82a. División Aerotransportada al campo de las operaciones. Más tarde se especificaría que el monto global de los infantes yanquis empleados en la maniobra ascendió a seis mil.
Pese a que el Comandante en Jefe se cuidó de instruir desde La Habana a sus contingentes en Granada de que "si el enemigo envía parlamentario escucharlo y transmitir de inmediato sus puntos de vista", con dichos desplantes teatrales, órdenes categóricas de ofrendar la vida antes de rendirse, falsas noticias, se buscaba salvar no tanto la valentía como la justeza de la causa. Mas resulta irrebatible que los cubanos, por encima de sus proclamas antiyanquis y sus profesiones de fe revolucionaria, sencillamente luchaban por una pequeña isla de la que se habían adueñado. Sus legionarios se aproximaban a mil ante un ejército granadino de escasos dos mil componentes mal equipados y de bajo nivel de adiestramiento. Sus obras, sus consignas, sus dictámenes empalagaban el alma de una sociedad indigente y relegada de las Antillas Menores, que, con el señuelo de ayudarla, la utilizaron de trampolín para sus apetencias expansionistas. Ellos fueron los grandes héroes de una mini-revolución frustrada. Hasta el último momento se robaron la escena, combatiendo para otros por el apoderamiento de una porción del Caribe que no es suya, "abrazados a nuestra bandera", la de la Cuba prosoviética.
Y la bandera de Granada, ¿quién la abrazó? Maurice Bishop, quien en agosto de 1979 ascendiera al Poder mediante un golpe de Estado y se tornara, en su calidad de Primer Ministro de la isla, en un destacado y locuaz contribuyente político del régimen castrista, había sido depuesto el 14 de octubre del año en curso por el comandante de sus propias tropas, el general Hudson Austin. El 19 de octubre terminó pasado por las armas, junto a tres de sus ministros, dos directivos sindicales y varios más de sus adherentes. La dirigencia cubana reconoció el gobierno de sus sucesores y victimarios, aunque, dentro de su estilo inconfundible, se lavó las manos por la responsabilidad de los insucesos, censurando no a los homicidas sino los "procedimientos atroces como la eliminación física de Bishop y el grupo destacado de honestos dirigentes muertos en el día de ayer". El Krenilin no se tomó tantos trabajos por las apariencias. Aprobó sin rodeos la autoridad nacida de los oscuros y cruentos incidentes.
En Granada se instauró entonces un mando sin piso democrático; antes bien, con los métodos que le dieron origen descalificados por sus patrocinadores de La Habana, y que se vio impelido a sitiar a los habitantes de su capital cuando el adversario exterior lo sitiaba a él para cortar su efímera existencia. Nos rehusamos a creer que en los designios de esta banda enceguecida y en entredicho reposara segura, no digamos la victoria, pero sí la honra de la bandera granadina. Por su parte, el pueblo, violentamente reprimido y bajo el toque de queda, estaba imposibilitado para movilizarse; no sabía qué esperar de los golpistas que así se comportaban como garantes de la continuación de la revolución, ni qué pensar de un coronel Tortoló Comas que Fidel Castro enviara la víspera para organizar y dirigir los destacamentos encargados de repeler la agresión foránea, siendo que esos destacamentos encontrábanse directa o indirectamente comprometidos con el asesinato del ex Primer Ministro y de todos modos apoyaban a los asesinos.
Demasiada candidez aceptar que los cubanos, quienes han aprendido las malas artes de la intriga y la maquinación, tras trasegar tanto tiempo por el mundo en su carácter de correveidiles de los soviéticos, se hayan privado de participar o de instigar los episodios del 14 y del 19 de octubre, con la trascendencia que éstos tenían para el futuro de su política a escala insular y regional, y contando, de ñapa, con cerca de mil expertos asesores, casi la mitad del ejército nativo, susceptibles de transformarse en cuerpos regulares de combate como se confirmó.
Hay algo más. Los socialimperialistas y sus seguidores se inclinan a preservarle a Bishop, una vez sepultado, la aureola de intermediario radical y dócil que lo distinguiera durante su mandato. Sin embargo se sospecha que sus viejas lealtades comenzaban a extenuarse. En junio de 1983 viajó a Washington con motivo de una reunión de la OEA y traslumbró allí una posición conciliadora con los Estados Unidos; se entrevistó muy en secreto con William Clark, el encargado de velar por la seguridad del imperio, y a su regreso a Saint George llegó con un préstamo en el bolsillo de 15 millones de dólares autorizados por el Fondo Monetario Internacional. Aun cuando estamos al tanto de esa singular estrategia, que han tratado de instituir los "socialistas reales", de financiar con dinero americano las revoluciones regentadas por Moscú, y no ignoramos los empeños obligados del expansionismo por suavizar las tensiones en Centroamérica ante la contraofensiva del porfiado Ronald Reagan, lo curioso de este drama granadino, para expresarnos benignamente, es que las disensiones internas se agudizaron luego del referido viaje del gobernante sacrificado, y los cubanos, o hicieron todo para derrocarlo, o no hicieron nada para impedirlo. De cualquier forma, allí y en medio de la pantomima seudorevolucionaria, las contradicciones estatales se dirimieron a cuartelazo limpio y con sangrienta vindicta, a la usanza de los legendarios regímenes latinoamericanos que giran en la otra órbita.
Estos espeluznantes antecedentes coadyuvaron sin duda alguna a los propósitos de Washington; pero han servido también para que muchos de los desprevenidos partidarios de Cuba y de sus actividades intervencionistas empiecen a formularse interrogantes de tremenda incidencia.
Nosotros hemos insistido en que el socialismo auténtico no es ocupacionista ni anexionista. Nos preocupa que este punto básico no se comprenda a cabalidad por las fuerzas democráticas y revolucionarias, porque la menor intromisión de una nación en los fueros de otra, tolerada a cualquier título o propiciada bajo cualquier pretexto por el movimiento obrero de un país, el que fuese, le inflige más daño a la revolución mundial que todos los atropellos juntos de los imperialistas contra la libertad y la autodeterminación de los pueblos. Al fin y al cabo el capitalismo de la era monopólica se sustenta del fruto de sus prácticas colonialistas. De lo contrario no sobreviviría. Lo grave radica en que quienes hoy se autocalifican de portadores del marxismo y de la transformación social, en lugar de combatir los zarpazos de los Estados Unidos y sus aliados desde posiciones y con procederes revolucionarios, emulen con ellos en la arrebatiña del globo y recurran a sus mismos medios. De prevalecer semejante tendencia, las masas golpeadas y burladas de las diversas latitudes no hallarían qué camino coger y la humanidad se perdería durante largo rato en uno de los más fragosos pasajes de su vida civilizada. Por eso, con todo y lo devastadora que se estime la acción estadinense en Granada, lo importante sigue siendo que aquella isla menesterosa, ubicada en la esquina suroriental del Mar Caribe y puesta de pronto en los primeros planos de la atención mundial, logre aportar con su trágica experiencia al esclarecimiento del culminante problema planteado, por supuesto a condición de que haya ideólogos y partidos resueltos a desafiar la resaca y a sistematizar las enseñanzas respectivas.
Hasta algunos de los más tradicionales y connotados simpatizantes del bloque socialimperialista acentuaron la nota de repudio contra el general Hudson Austin y sus compinches. Entre ellos García Márquez, siempre listo a darles una mano a sus amigos de Cuba para sacarlos de un aprieto, quien, dos días antes de la invasión de los infantes de marina yanquis y desde su columna dominical de El Espectador, no perdona al jefe del Estado granadino de "matón del peor estilo" y a los compañeros de aventura de éste no los baja de "bandoleros en mala hora extraviados en la política". En dicho artículo y ajustándose a un razonamiento lógico, el escritor no puede menos que hacerse la fatal reconvención: "El día en que se justifique con cualquier argumento que las fuerzas del progreso se sirvan de los mismos métodos infames de la reacción, será esa la hora -para decirlo en buen romance- de que nos vayamos todos para el carajo". Incontrastablemente, aunque no sea en buen romance. Pero atribuir las consecuencias de la coloquial exhortación a la conducta aislada de uno o de varios elementos envanecidos e inescrupulosos significaría lisamente evadir el meollo del asunto. Examinémoslo.
¿Cómo se llama la atávica costumbre de los imperialistas de trasladar divisiones de infantería a otros territorios distintos de los suyos y permanecer en aquellos lugares por un lapso de tiempo, o indefinidamente? Tiene muchos nombres: ocupación, anexión, pillaje, colonialismo, etc. Cuando Viet Nam se introduce en Kampuchea y Lao con cientos de miles de soldados y se instala arrogantemente allá desde finales de 1977; o cuando Cuba desde mediados de 1975 deposita en Angola 20.000 hombres que allá se mantienen todavía, y distribuye un número parecido en Etiopía a partir de ese mismo período del inicio de su intromisión en África, ¿no es acaso ocupar países inermes, propender al anexionismo, reivindicar el pillaje, imitar a los viejos colonialistas? Inevitablemente tales actos generan la desconfianza de las gentes nativas acerca de la intención de tan extraños salvadores, desembocan en rompimientos antagónicos y acaban incluso por prender las llamas de la guerra popular contra el despliegue extranjero. No debiera, pues, parecer insólito el espectáculo de desintegración brindado por los conductores de la abortada revolución granadina, si recordamos, por ejemplo, que los déspotas del Kremlin, preceptores de Castro y Austin, eliminaron en septiembre de 1977 al presidente de Afganistán Mohamed Taraki, adicto de la URSS-, para suplantarlo por Hafizullah Amín, otro colaborador más maleable, a quien igualmente decidieron destituir y ejecutar antes de los cuatro meses, el 27 de diciembre, fecha desde la cual alrededor de 100.000 efectivos soviéticos huellan el suelo de aquel lacerado país, en nombre del internacionalismo socialimperialista y tras la complacencia de un tercer advenedizo, el Primer Ministro Babrak Karmal.
No nos tropezamos con un caso exclusivo que se explique por razones particulares. Desde Cuba para abajo, los países que se hallan atrapados en el campo gravitacional de la Unión Soviética, por simples leyes de la física, carecen de rumbo propio, y sus luchas, la satisfacción de sus necesidades, dependen de los albures de la empresa expansionista. La URSS ha de preocuparse por su imagen; no obstante, jamás estropeará sus proyectos estratégicos y tácticos por los apremios intempestivos de una nación de unos cuantos millones de habitantes. Si en el tablero internacional ha de sacrificar un peón para neutralizar la acción de un alfil enemigo, no vacila. Algo de eso visualizamos en los rápidos movimientos ejecutados por las dos superpotencias en el Caribe. Fue notoria la inquietud de Washington por no chocar abruptamente con Moscú mientras le sustraía a Granada. Reiteró públicamente la seguridad de que los consejeros soviéticos desalojados serían atendidos con "cortesía diplomática" y "eran libres de hacer lo que quisieran". Los primeros en conocer por boca de los invasores las miras y los alcances del desembarco fueron los gobiernos afectados por el desahucio. Hasta los cubanos recibieron desde un principio la promesa de que se les permitiría abandonar tranquilamente la isla. Las zalameras gestiones del señor Belisario Betancur en favor del feliz retorno de los prisioneros a sus hogares estaban, de antemano, plenamente garantizadas.
No olvidemos que la América Latina es el "patio trasero" de los Estados Unidos y el Caribe su Mar Mediterráneo, y aunque ahí se encuentre Cuba perturbando el sosiego de los magnates de Wall Street, el Hemisferio escapa a las zonas de influencia controlables fácilmente por los amos del Kremlin. Tal vez por el régimen de Cuba, que tan buenos oficios les ha prestado en éste y en el resto de continentes y cuya inestabilidad redundaría en su desprestigio, por ningún otro país del área los rusos estarían dispuestos a sacar las castañas del fuego en la eventualidad de que los norteamericanos presionen, con la pólvora o con el diálogo, un reparto más o menos duradero y razonable de las injerencias mundiales. Una revolución, como la nicaragüense o la salvadoreña, que pignora su porvenir a la superpotencia del Este en su justa aspiración de desasirse del otro imperialismo y corre todos los riesgos inherentes a tal deslizamiento, en la creencia de que será tenida en cuenta por sus fiadores al momento de la partija, pecará de ingenua.
Los principales protagonistas del conflicto de Centroamérica ignoran las ilusiones de una paz negociada esparcida por los platicantes de Contadora y recelan de las dulzonas palabras de los embajadores de buena voluntad designados por la Casa Blanca, y cada cual, a su modo, se alista para encarar el cruel augurio de un desenlace violento de la crisis, sobre todo después de la repentina y admonitoria caída de Granada, con la que el César, en contra de la ira universal y por encima de las críticas de sus aliados europeos, demostró su firme determinación de no asistir apaciblemente al avance en sus vecindades del peligroso adversario. Tan asustadora será la cosa, que el teniente coronel Desi Bouterse, jefe de la Junta Militar de Surinam, visto en Occidente como un recalcitrante izquierdista, con sólo enterarse de la última misión de los infantes de marina, expulsó de sus dominios al embajador cubano y a su sarta de asistentes, técnicos y expertos, que en aquella ex colonia holandesa ya sobrepasaban el centenar, porque el arrepentido dirigente no quería padecer el calvario de Maurice Bishop ni soportar los infortunios de un Hudson Austin. Jamaica, la otra oveja descarriada, había regresado antes a su antiguo redil, sin escandalosas efusiones de sangre, electoralmente, cuando el laborista Edward Seaga derrotara, en las urnas, el 30 de octubre de 1980, al procubano Michael Manley.
Y así, cada país, cada Estado y cada gobernante de la región empiezan a conturbarse por su propio pellejo y a buscar el acomodo que mejor les convenga. Pues en estas refriegas locales de las superpotencias las coces las reciben los más inermes y los menos cautos. El presidente de Guatemala, el general Oscar Mejía Víctores, una copia del muñeco del ventrílocuo, se ha encargado de difundir la idea gestada en Washington de desempolvar el Condeca, Consejo de Defensa de Centroamérica, un pacto militar firmado el 14 de diciembre de 1963 y del que muy pocos se acordaban, hermano gemelo de la OECO, el ente espurio mediante el cual los Estados Unidos procuraron legitimar su invasión a Granada. Con las maniobras que el ejército y la marina de la metrópoli realizan conjuntamente con Honduras, teniendo como sede la geografía de este país y en donde las tropas americanas acamparán, tal cual se ha admitido, por un plazo indeterminado, y simultáneo al constante asedio bélico a que se viene sometiendo desde fuera y desde dentro a Nicaragua, cercada por repúblicas crecientemente hostiles, lo único que falta para completar los preparativos de un asalto en regla, es poner en vigencia la mampara legal de que habla el general guatemalteco.
Desde luego los yanquis habrán de pagar política y militarmente un precio incomparablemente mayor por la patria de Augusto César Sandino de lo que les costará la diminuta isla de Granada. Lo delicado de la situación radica en que, por múltiples indicios, el ex vaquero de Hollywood se halla inclinado a desembolsarlo. Por eso causó estupor en muchos medios el tan dirigido comentario de que si los sandinistas afrontasen una contingencia parecida, Cuba adoptaría una actitud idéntica, es decir, no se movilizaría; señalamiento hecho por Fidel Castro en la madrugada del miércoles 26, en rueda de prensa en el Palacio de la Revolución, reunida con la presencia de varios periodistas norteamericanos y convocada bajo el fulminante impacto de la noticia sobre la operación exitosa del Pentágono en el extremo suroriental del Caribe. Sobreentendiéndose que los cubanos no están en condiciones de transportar tropas a los sitios y en el instante en que sus asesores sean violentamente defenestrados por la contraparte, ni habrán de jugarse en paro la supervivencia en aras de la de sus coligados, sobraba en aquella noche crucial, ante la arremetida estadinense que se vino, darle a entender con antelación a Reagan que, de decidirse a invadir a Nicaragua, La Habana intentaría menos de cuanto se propuso por retener su reducida posesión en la cola de las Antillas Menores. Ya oiremos a los áulicos jurando y perjurando que se trata de un astuto ardid de guerra. Sin embargo, el pronunciamiento, catalogado por la prensa gringa de "inhabitualmente moderado", deja sin remedio el vinagroso sabor de que si fuera indispensable se concedería con lo de los demás a efecto de preservar lo propio. Transigir en lo secundario para resguardar lo verdaderamente clave: la integridad de Cuba.
Claro que cada quien administra libremente sus temores, pues la Junta Sandinista, por su lado, el jueves 20 de octubre entregó a los funcionarios de Washington, a través de su canciller Miguel D’ Escoto, un memorándum de avenimiento tendiente a descargar la encapotada atmósfera centroamericana en el que, entre otros enunciados, aquélla se compromete a cesar su respaldo a la guerrilla salvadoreña, mientras la Agencia Central de Inteligencia, la famosa CIA, haría otro tanto con los grupos alzados en armas contra el gobierno de Nicaragua. Cuando queda atrás la controversia verbal, y el desplazamiento continuo de las fuerzas prosoviéticas, propiciado al socaire de las incontables dificultades enemigas, tropieza, de pronto, con la instintiva reacción de la fiera acorralada, apenas elemental que se desaten, unas tras otras, fórmulas transaccionales cuya característica común se basa en que los reclamos subalternos han de acallarse, o si se prefiere, han de ser postergados en provecho de intereses superiores. Y como no nos hallamos ante colectividades y países ciertamente soberanos, sino ante una cadena de supeditaciones escalonadas, en las que priman por sobre todas los afanes hegemónicos de la Santa Rusia rediviva, los movimientos independentistas que ésta lidera por intermedio de sus marionetas, preferencialmente los más chicos y menos trascendentes, constituyen por excelencia la materia canjeable a que recurren los socialimperialistas cuando se ven empujados al regateo con las potencias occidentales.
Fuera de que la lucha emancipadora del pueblo granadino se desvirtúa al prestar su suelo como punto de apoyo de la agresión expansionista, el irritante, permanente y provocador merodeo de las legiones de Castro brindó la excusa exacta para la acción corsaria de Reagan. Así haya siempre protestas por los vejámenes de los imperialismos, las bregas libertarias que, triunfadoras o vencidas, solamente consiguen cambiar invasores de un jaez por otro, perderán la estima de las masas trabajadoras del orbe y se hundirán en el aislamiento. Inexorablemente culminan con el pecado y sin el género. Y a la inversa, sin haber podido alegar la imperiosa urgencia de suprimir la sistemática y acrecida penetración soviético-cubana en la zona, a Washington le hubiera resultado muchísimo más azaroso tomarse la isla. Cierto que a los Estados Unidos nunca les faltaron sofismas para desconocer y pisotear las prerrogativas de sus vecinos, mas hoy se respiran aires muy distintos a los del remoto y cercano pretérito. La decadente metrópoli se cuece entre las brasas de mil y una aflicciones: las crisis industrial y financiera, quizás comparables a la bancarrota de 1929, no acaban por pasar y la arrastran, tras la sujeción de los mercados mundiales, a una feroz competencia con Europa y el Japón, sus aliados consuetudinarios; Rusia la hostiga en los cinco continentes y por doquier desgarra sus dominios; en lo interno carece de la unidad nacional que le permita proceder desembarazadamente en la rapiña externa; a sus neocolonias ya no les basta con los derechos y las libertades formales y se insubordinan en pos de la plena independencia económica, y, de remate, las tendencias democráticas de todos los pueblos, incluido el norteamericano, incesantemente se robustecen y se entrelazan, obstaculizando todavía más los menesteres imperialistas. Empero, las gestas de liberación nacional que actúen como simples cajas de resonancia del expansionismo no lograrán sacarles el jugo a tales contradicciones. Para ello habrán de hacer valer su libre facultad de decisión, convenciendo además a tirios y troyanos de que contienden sin manipuleos a control remoto.
La estepa rusa está ubicada casi en las antípodas de los Andes, y el factor geográfico incide notablemente en la estrategia que trace un emporio que apenas se inicia y ha de arrinconar por las malas a quienes le precedieron en los ajetreos colonialistas; rivales de cuidado que tienen a su haber la experiencia de decenios y hasta de centurias de pillaje, la ventaja de unas redes tupidas y afianzadas de probados intermediarios en los países que manejaron o manejan y la creencia cada vez más madura de que si no se unen se los traga la tierra. La señora Thatcher dejó sentada su inconformidad por la displicencia de los Estados Unidos al comportarse casi que inconsultamente en Granada, un miembro, aunque díscolo, no menos estimable del Commonwealth, siendo que la burguesía inglesa percibirá a la postre los dividendos de la recuperación, cuando Paul Scoon, el gobernador nombrado por la Corona, integre su gabinete y principie a despachar, según se deduce de las indicaciones de la Casa Blanca. Lo cual trae a la memoria cómo el señor Reagan, después de agotar las discusiones con los argentinos, también terció, abiertamente y en medio de la cólera de Latinoamérica, a favor de la invasión británica de Las Malvinas. Por mucho que la Unión Soviética se obstine en separar a sus contrarios, sus éxitos surten el efecto contrario de unirlos.
Merced a estas tres o cuatro complicaciones, comprendida la lejanía, los nuevos zares del Kremlin deben andar con tacto en cuanto concierna al Hemisferio americano, hasta donde no alcanzarán a llegar tan expeditamente sus batallones como en el limítrofe Afganistán. Acá, sin perjuicio de ir sembrando poco a poco sus asistentes cubanos, que los hay en Nicaragua y los hubo en Jamaica, Granada y Surinam, la prudencia les aconseja arreglar, componer, convenir, a objeto de salirle al paso al inevitable contraataque estadinense. Entre más hagan rechinar sus armas en América los Estados Unidos, más sermonearán sobre los dones del diálogo y de la pacificación los mandaderos de la Unión Soviética. Jamás revoluciones que estuvieron tan cerca de la guerra clamaron tanto por la paz. Son los viceversas de un trayecto histórico en el cual el socialismo de una poderosa república traiciona tornándose anexionista, y los movimientos nacionales de los países secularmente sometidos, en particular los más débiles y pequeños, le sirven de punta de lanza en sus acometidas por la supremacía universal. Y en esa cadena de supeditaciones escalonadas a que nos referíamos arriba, la isla granadina representaba el eslabón menos importante. El Pentágono así lo comprendió; la escogió precisamente a ella con el objetivo de escarmentar y de medir el ánimo y las disponibilidades de sus contrincantes, sin exponerse a prender una conflagración generalizada. Siguiendo el orden, los insurgentes salvadoreños han de hacer sus sacrificios por la estabilidad de Nicaragua, ésta a su vez por la supervivencia de Cuba y los tres por la feliz culminación de los planes estratégicos y tácticos del hegemonismo soviético. Tales las prioridades que se desprenden de algunas de las fórmulas de acuerdo elaboradas y de algunos de los pronunciamientos emitidos; relación que corresponde a un conflicto que desafortunadamente a diario deja de ser menos una batalla por la emancipación de las naciones para degenerar en el consabido pleito entre las superpotencias.
Confiemos en que los pueblos puedan a la larga destramar el embrollo y corregir. Por lo pronto, Granada lo ha puesto al descubierto.

 

 

¡VIVA LA GLORIOSA RESISTENCIA AFGANA!

Diciembre 12 de 1984
Discurso pronunciado por Francisco Mosquera en el Teatro Libre de Bogotá, en homenaje a la delegación afgana, el 12 de diciembre de 1984.

Para nosotros constituye motivo de inmenso placer y orgullo recibir en Colombia a una delegación del Frente Unido Nacional de Afganistán. De un lado, podemos testimoniar el cálido apoyo que los trabajadores y el pueblo colombianos le brindan a la valerosa lucha libertaria del pueblo afgano; y del otro, tenemos la feliz oportunidad de departir con nuestros queridos visitantes acerca de sus apreciables aportaciones a la causa de la revolución mundial y aprender de ellas.
La lógica de la historia ciertamente es extraña. Hace alrededor de ochenta años que las principales fuerzas animadoras del progreso humano se hallaban ubicadas en las vastedades de Asia, África y América Latina, zonas por lo general relegadas en su desarrollo y oprimidas nacionalmente. Mientras que Europa, Estados Unidos, el resto de las boyantes repúblicas capitalistas y últimamente la Unión Soviética juegan en conjunto un papel regresivo, no obstante existir entre estos poderes, desde luego, diferencias de supremacía e intereses. Aquello obedece a que las metrópolis imperialistas, para preservar su esplendor, no encuentran otro medio que el saqueo y la sojuzgación de más de un centenar de países, condenando a miles de millones de habitantes a la indigencia y el marginamiento. En romper tan ignominiosa relación estriba el venturoso futuro de la especie, lo mismo en el Norte que en el Sur de la pelota terráquea. Es decir, en el siglo XX, lo que ha sido atrasado y débil se ha puesto a la vanguardia del progreso y sin duda obtendrá la victoria final; entretanto lo materialmente avanzado y poderoso representa el estancamiento y marcha hacia el fracaso. He ahí una curiosidad histórica.
Pero hay otra paradoja aún más trascendente. Al principio de la centuria los destacamentos democráticos del orbe hubieron de enfilar sus baterías contra las grandes potencias europeas, y a partir de la Segunda Guerra Mundial de modo preferente contra los Estados Unidos. De esas memorables batallas por la libertad emergió y se consolidó la Unión Soviética, forjada por Lenin, y el llamado campo socialista. Sin embargo, Krushev y seguidores abandonaron la senda del socialismo, se comprometieron en la aventura de conquistar el planeta y sometieron a su autocrática voluntad, en primer término, a las naciones de Europa Oriental que se hallaban bajo su influencia. Esta transmutación de la naturaleza del gigante socialista, junto a la decadencia de lo que se conoce como Occidente, particularmente en Norteamérica, a causa de las crisis económicas, las riñas interimperialistas y el auge del movimiento de liberación nacional del Tercer Mundo, ocasionaron un giro inusitado de las condiciones internacionales. Desde entonces los combatientes por la emancipación, la democracia y el bienestar, de las naciones pobres han de cuidarse ante todo de los zarpazos del oso ruso. Esta ha sido otra enorme ironía universal: el que a finales del milenio los pueblos hayan de enfrentar como a su principal enemigo a quien por definición y legado debiera encarnar los principios del respeto mutuo y el beneficio recíproco característicos de las relaciones entre países soberanos. Siendo esta lucha más difícil de llevar a cabo, por lo menos en sus fases preliminares, puesto que los nuevos zares del Kremlin se embozan en falsas banderas socialistas y democráticas. Y digo falsas porque la verdadera democracia y el verdadero socialismo nunca han propendido a la anexión o a la ocupación de territorios ajenos, sino que han rechazado siempre, en la forma más enérgica, la mínima interferencia de una nación en los asuntos internos de otra. Por eso cuando los soviéticos huellan el sagrado suelo de Afganistán con sus propias tropas, o invaden a Kampuchea y Lao a través de los fantoches vietnamitas, o controlan a Angola con los mercenarios cubanos, no hacen otra cosa que sumar el crimen de la traición a su vandalismo de piratas internacionales.
Por los daños que el socialimperialismo soviético le ha propinado a la gesta revolucionaria, por la sevicia y el salvajismo de que han hecho gala en los países sometidos a su despótico dominio, por haberse constituido en el primer peligro para la paz mundial, la tarea prioritaria de los pueblos y movimientos de avanzada consiste en desenmascararlo y combatirlo hasta la tumba. Las organizaciones y partidos que contiendan en las áreas de hegemonía de los viejos imperialismos deben persistir, por supuesto, en alcanzar la autodeterminación nacional para sus propios pueblos, pero precaviéndose de no caer en las celadas de la superpotencia del Este. En Colombia sostenemos una gran pelea ideológica y política en torno a este asunto fundamental. El MOIR jamás ha participado del criterio de que para librarnos de la coyunda norteamericana les tengamos que abrir las puertas a los vándalos de Moscú. Y en nuestro continente existen numerosos grupos y tendencias seudorrevolucionarios que pretenden compaginar la defensa de la soberanía de Centroamérica con la colaboración directa o indirecta que les prestan a los amos soviéticos. Pero quienes no trepiden, ni se indignen, ni protesten vehementemente por las atrocidades socialimperialistas en Afganistán, por mucho que hablen de democracia y liberación, no pueden ser creídos en su fe de demócratas ni en sus ansias de libertad. Serán acaso lobos con piel de ovejas, o mercenarios en potencia.
Todo esto es para concluir, queridos compañeros del Frente Unido Nacional de Afganistán, que la presencia de ustedes en Colombia representa para nuestro pueblo y nuestro Partido una ayuda valiosa. Ustedes son los embajadores de una nación que se halla en el primer frente de batalla y que ha asombrado al mundo por sus cinco años de gloriosa resistencia contra un adversario sanguinario e infinitamente más fuerte. Afganistán está demostrando que cuando se ama más la patria que la vida no hay poder en la Tierra que impida el triunfo de una nación resuelta a ser libre, por más pequeña y pobre que ésta fuere. Por ello Afganistán ha recibido la solidaridad de todas las fuerzas revolucionarias, democráticas y progresistas de los cinco continentes, y en el campo internacional ha conseguido acorralar a la intrigante diplomacia de los Romanov del "socialismo real". El que ustedes, en nombre de esa valerosa nación, lleguen a nuestras playas a contar las duras y heroicas experiencias de la resistencia afgana, no sólo contribuye a la contienda ideológica y política que estamos manteniendo, sino que templa además nuestros espíritus de luchadores revolucionarios.
¡Muchas gracias, queridos visitantes!

 

 

CUBA, O LA BURLA A LA NO INTERVENCIÓN

Febrero 8 de 1989

Carta de Francisco Mosquera a Darío Arizmendi Posada, director de El Mundo, publicada en El Tiempo el18 de febrero de 1989.

Señor Doctor 
Darío Arizmendi Posada 
Director de El Mundo 
E. S. D.

Apreciado doctor: 
El editorial de El Mundo del 13 de enero pasado plantea con razonada firmeza: "Hay que defender a toda costa el principio de no intervención y la libre autodeterminación de los pueblos". A tan definitivo convencimiento llega su periódico al reparar sobre los frutos amargos de más de trece años de intromisión bélica de Cuba en Angola. Después de haberlo madurado bien, y si me permite, deseo expresarle mi complacencia por tales deducciones, que, fuera de recoger una arraigada inquietud de los demócratas de las distintas latitudes, refleja la necesidad de que la prensa colombiana, por lo menos al nivel del solar patrio, ayude a corregir las falsedades sustentadas al respecto durante lustros. 
Se censuran reiteradamente las injerencias norteamericanas en los ámbitos propios de los países débiles, mas se toman como de buena tinta las explicaciones que sobre las tropelías internacionales de la Santa Rusia socialista divulgan los agitadores prosoviéticos. Hasta ahora ésta ha sido una constante histórica, pese a que la escenificación del agresor en el gran tablado del mundo le ha correspondido última y principalmente a Moscú, así se trate de la intriga diplomática o de la invasión armada. Desde el ángulo particular de Colombia lo registramos con lujo de detalles. A aquel que de cualquier modo justifique o embellezca las pretensiones del socialimperialismo, y sea quien fuere, burgués u obrero, progresista o retrógrado, letrado o iletrado, se le disculpan sus deslealtades con la causa del pueblo y de la nación, si las ha tenido, y se le reconoce cual heraldo del avance social. Y a quienes desafinen dentro del coro, cuando corren con suerte, se les destina al castigo de Eróstrato. 
Que nos hallamos ante una tendencia, no existe duda. Lo viene a corroborar el júbilo que desata la "perestroika", ese impulso a la involución política que los recientes líderes del Kremlin acometen pensando en un mejor ejercicio económico, tanto en la órbita doméstica como en el terreno de la rebatiña universal por el reparto del globo. En Occidente se festeja el cabal retorno al comercio y a la inversión privada. Pero el que la superpotencia del Este emule con las armas pacíficas o les otorgue mayor importancia a los negocios financieros dentro de la rivalidad con los Estados Unidos, la Comunidad Europea y el Japón, sus tres poderosos competidores, no significa que haya renunciado por entero a la expansión violenta. El enigma del escueto restablecimiento de los antiguos ídolos derrocados lo acaba de revelar en parte Mijail Gorbachov, al admitir una quiebra y un déficit del Soviet Supremo superiores a lo previsto y que lo obligan a un recorte de los gastos de guerra, con la consiguiente aprobación del control armamentístico y el desmantelamiento gradual de los enclaves colonialistas en África y Asia. 
Es cuestión de un repliegue, o respiro, determinado por las limitaciones materiales y propuesto dentro de la hipótesis de que se le respeten al vasto imperio las zonas de influencia ganadas tras la ofensiva militar del período que concluye. Cuba no se retirará totalmente de Angola hasta 1992, y supeditado a cuanto suceda en Namibia. Se evacúan los regimientos de Afganistán pero se persiste con frenesí en el refuerzo del gobierno títere. Algo análogo ocurre en Indochina. Y el aplaudido anuncio hecho oficialmente ante la última asamblea general de la ONU, acerca de una voluntaria reducción, a partir de 1991, de las unidades apostadas en Europa Oriental, no suprimiría, de llevarse a cabo, la desventaja en que se han mantenido las tropas de la OTAN frente al Pacto de Varsovia. En resumidas cuentas, estamos en medio de la calma que sigue y precede a la tempestad, aun cuando el entusiasmo por el "crepúsculo del comunismo leninista", al que aludiera en Medellín el misericordioso lazarillo de la UP, Misael Pastrana Borrero, no dé lugar a estos análisis, tomados si acaso cual extrañas premoniciones todavía no vistas. 
Sin embargo, doctor Arizmendi, las disparidades que aparezcan en cuanto a la apreciación del porvenir no lograrán ocultar las coincidencias surgidas en torno a los acontecimientos ya cumplidos. Me guío por los alcances de la nota editorial que ha motivado la presente carta. Enorme servicio se le presta a Colombia aclarando que "la presencia cubana en Angola es uno de los tantos aberrantes capítulos de intervención militar extranjera con que se han adobado y se siguen adobando muchos conflictos regionales o internos de otros países y que, más que ayudar a conseguir la paz, han servido para intensificar y mantener las acciones bélicas". Muy importante también que las gentes se pregunten: "¿Fue la presencia de las tropas cubanas en Angola un acto de solidaridad revolucionaria, como se predica, o un simple negocio casi mercenario por el que el gobierno de La Habana recibía una paga del país africano?". Y vale, finalmente, la "moraleja" que se saca y de la cual se parte: "Toda intervención extranjera en otro país es injustificada y debe repudiarse". 
Ningún órgano publicitario entre nosotros había hablado con tal certidumbre sobre tema tan acuciante. ¡A todo señor, todo honor! 
Para bien o para mal, la revolución cubana hizo época en la América Latina. Los observadores que han conocido su errático curso podrán señalarle cuando menos tres hitos muy marcados. El de las nobles intenciones refrendadas a través del plebiscito soberano de la victoria; el del alineamiento ideológico con Moscú en las postrimerías de la década de los sesentas, y el del cipayismo, iniciado precisamente en junio de 1975 con el "negocio casi mercenario" de la ocupación de Angola. Yo le quitaría el "casi", porque este tránsito no obedece a meras maniobras del momento sino a una transmutación o desnaturalización de la cosa. Al colaborar con los planes hegemónicos de los anexionistas rusos, facilitándoles su prestigio y su ejército, Fidel Castro perdió no solamente la independencia sino la gracia. Malgastaron asimismo energías quienes, como nuestro premio Nobel de literatura, han pretendido demostrar que el abordaje pirático de Cuba en África corresponde a un arranque económica y políticamente autónomo. Ni soñado siquiera. No hay que olvidar que se trata de la pequeña república antillana, cuyo territorio apenas es un 70% más grande que el área del departamento de Antioquia y cuya población no alcanza a la mitad de los habitantes colombianos; que carece de recursos naturales básicos y aún se encuentra en el monocultivo, endeudada hasta las heces, bajo bloqueo y consumida por una crisis crónica que cada vez esconde menos. A los dirigentes de una nación de tales dimensiones y en circunstancias semejantes jamás se les ocurriría sostener en el exterior, con sus propios ahorros, decenas de miles de soldados durante trece años, por mucho que sea el amor profesado a la libertad de los hombres o de las razas. La Isla no vive para su misión; vive de su misión. El dinero y las órdenes vienen desde las distantes vecindades de la Plaza Roja. Y hoy, tras los replanteamientos soviéticos y sin alternativa, empieza el desmonte de su aventura angoleña por las mismas razones que ayer la iniciara. 
El penoso caso de Cuba constituye hasta cierto punto una norma extraída de los prolijos recuentos de la opresión entre Estados de la era moderna. Las viejas metrópolis han sabido siempre enrumbar los jóvenes movimientos nacionales hacia la cristalización de sus propósitos de conquista. Inglaterra, dentro de los feroces antagonismos del siglo XIX, no hubiera ascendido a la supremacía mundial sin el apoyo de los cipayos indios. Antes se agredía en pro de los "beneficios" de la civilización burguesa y ahora en nombre del "socialismo". He ahí la única diferencia. El sello de los tiempos. 
Los imperialistas se disfrazan a menudo de redentores sociales. 
Pero ninguna merced, ficticia o real; ningún favor de carácter político o económico; ninguna consideración filosófica, religiosa o científica debe aceptarse como excusa para promover el enfrentamiento entre los pueblos. Si lo que preocupa es la emancipación de las masas indigentes de cualquier Estado, a ella conduce sólo la senda de la democracia, cuyo primer mandamiento, sin el cual el resto de las libertades se torna nulo, consiste en la autodeterminación de las naciones. Justamente al cometido de este postulado responde uno de los cuatro puntos de convergencia propuestos por el MOIR con el ánimo de conformar un frente único que saque indemne a Colombia de la encrucijada actual. Una condición que une y no divide a las fuerzas patrióticas y democráticas. Un enfoque del problema colombiano, el más amplio, que terminará poniendo al desnudo las conexiones existentes entre la martingala internacional y la conjura interna, tan necesario en estos días, y sobre todo después del fracasado matute de cuarenta toneladas de armas procedentes de las costas portuguesas y atribuido por el gobierno a las Farc. 
El oficioso concurso de La Habana, y últimamente el de Managua, han salido a relucir en varios de los trágicos lances protagonizados por los terroristas criollos, como en las tomas de la Embajada Dominicana y del Palacio de Justicia. Castro ha interpuesto sus efectivas gestiones para el rescate de notables colombianos secuestrados. Tampoco ha tenido inconveniente en reconocer ante la prensa la participación de su régimen en el aleccionamiento de las guerrillas, incluidas las nuestras. Ante los repetidos abusos, la administración Turbay, en gesto de singular entereza, lo conminó a la ruptura de relaciones en 1981, el año del hundimiento del Karina. Durante su estancia en Caracas, con motivo de la posesión de Carlos Andrés Pérez, les dijo a los reporteros, entre confidente y magnánimo, que había ayudado a efectuar el encuentro en Madrid de Belisario Betancur e Iván Marino Ospina, y que estaba dispuesto a seguir contribuyendo al logro de la concordia en Colombia. 
Así, a los azares de esta trama internacional, se han subordinado muchas veces las decisiones de los poderes gubernamentales, especialmente en cuanto atañe a las agotadoras diligencias de la pacificación dialogada. El mandato belisarista miraba hacia el Caribe antes de formalizar sus entendimientos con las agrupaciones insurrectas; y volvía el rostro hacia el rincón al oír los agrios reclamos de Nicaragua sobre el Archipiélago de San Andrés y Providencia. Eso pasa cuando se posee un criterio muy pobre acerca de las prerrogativas nacionales, o del respeto que los Estados han de guardar por los asuntos privativos de las demás naciones. 
Creo, no obstante, que la situación evoluciona de manera favorable. 
La opinión pública viene aprendiendo a punta de palo. Numerosos sectores dejaron de tomar a la ligera el influjo que ejercen las contradicciones mundiales sobre nuestras bregas políticas. A arrojar luz coadyuvará incluso la "perestroika", por aquello de que la mejor refutación es el desarrollo mismo de lo refutado, cual lo concebía Hegel. El disgusto creciente de las repúblicas subalternas de Europa Oriental ya delata la índole imperialista de la Unión Soviética. Sus retiradas tácticas se traducirán en derrotas estratégicas. Y si no ha sido tan acelerada la rusificación del orbe a través de unas guerras restringidas que tambalearon por la insuficiencia de los caudales e instrumentos indispensables, cabe esperar que se empantane también el predominio ruso mediante la monopolización de los mercados y las monedas extranjeros. Se abre, en fin, la perspectiva de contener a los zares redivivos y a sus estipendiarios. 
En Colombia todo depende de un cambio de mentalidad, de una revolución ideológica que coloque en la picota las posiciones de quienes rechazan las exigencias del FMI mientras alaban el aniquilamiento de los pueblos de Eritrea, Chad y Afganistán, o se muestran internacionalistas ante los centroamericanos y chovinistas ante los indochinos. El editorial de El Mundo simboliza un paso en aquella dirección. Que el país lo sepa.

Cordialmente,

Francisco Mosquera.