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¿Qué Puso al Descubierto Granada?

Dos mil unidades de las fuerzas armadas norteamericanas, con el acompañamiento más simbólico que bélico de 300 soldados de seis pequeñas repúblicas de las Antillas de habla inglesa, comenzaron a desembarcar el 25 de octubre en la diminuta Granada, según los despachos de prensa, a las 5 y 40, hora local. La ocupación recuerda lo que casi todos sabemos: la eterna historia de la omnipotente metrópoli que ha lapidado a los pueblos débiles circunvecinos, pues cualquier determinación improcedente e inconsulta que alguno de éstos adopte puede poner en peligro la seguridad del imperio. Para legitimar sus invasiones, a las autoridades de Washington les ha bastado con argüir la necesidad de proteger a unos cuantos ciudadanos americanos residentes en el exterior, o mostrar los pedidos de ayuda militar de la respectiva facción intermediaria, o simplemente presentarse como cruzados de la democracia que han de cumplir la misionera labor en tierras extranjeras. En el caso de Granada, cuya empobrecida población apenas bordea las 100.000 personas y habita en un perímetro de escasos 344 kilómetros cuadrados, el presidente Ronald Reagan esgrimió las tres disculpas. Excepto que la solicitud de apelar a los cañones para resolver el litigio emanó, no de uno, sino de dos pares de gobiernos de islas aledañas, integrantes de la Organización de Estados del Caribe Oriental, OECO, un ente espurio, improvisado y establecido en 1981 precisamente para eso, para otorgarles un viso legal a las ilegalidades estadinenses. Aunque Barbados y Jamaica no pertenecen a aquel organismo, sus mandatarios prestaron el concurso a la expedición armada. El resto de la ficticia colaboración provino de Antigua, Dominica, Santa Lucía y San Vicente.

No sobra añadir, conforme hemos procedido en circunstancias anteriores, que rechazamos rotundamente los atropellos contra la soberanía y demás derechos inalienables de las naciones, perpetrados por la superpotencia del Oeste, y sus rancias e insaciables pretensiones de convertir al Caribe y Centroamérica en el traspatio de su Casa Blanca. No por exiguos e indefensos, los granadinos son menos dignos de darse la forma de república que a bien tengan y sin intromisiones de ninguna índole, al igual que cualquier otro pueblo respetable del planeta. Esta posición nuestra obedece al arraigado criterio internacionalista de que la unidad de las masas trabajadoras de todas las latitudes, tan imprescindible para el buen suceso de la revolución mundial, únicamente cristalizará sobre la base de la plena vigencia de la autodeterminación de las naciones, al margen incluso de los regímenes sociales en ellas imperantes; anhelos de libertad y de independencia que compartimos con los demócratas sinceros, preferencialmente en la actual coyuntura histórica de dura prueba.

Pero los acontecimientos de Granada ostentan aspectos bastante ignorados, una especie de cara oculta de la luna que muy pocos han visto y que a nosotros nos interesa, sobremanera, revelar. Nos referimos al rol de los cubanos en todo este turbio asunto. En primer término, con la llegada de los infantes de marina yanquis y de sus grotescos refuerzos antillanos, se supo a ciencia cierta cuántos hombres mantenía allí La Habana y cuál era su carácter, puesto que, como acaece en muchos otros países donde interfieren, la magnitud y el cometido de aquella intervención mimetizada difícilmente se calcula. Algunas agencias noticiosas estimaban que la cifra no subía de un centenar, máximo dos, y que su encargo se circunscribía a colaborar en tareas alfabetizadoras, campañas de sanidad y sobre todo en la construcción del moderno y grande aeropuerto internacional de Salinas, en el borde sureño de la isla, al cual el Pentágono le achacó muy definidos fines belicistas, mientras la mamertería del Continente lo consideraba el mejor aporte fraternal al turismo de Granada y del Caribe entero. Al cabo de cuentas, la asesoría cubana rondó por el arribae de los mil efectivos, cantidad nada despreciable para una revolución tan despoblada, y ello sin sumar la pericia de los cincuenta soviéticos que asesoraban a los asesores.

Llegado el momento de la verdad, y sin que importe ya mantener encubierta la naturaleza castrense de diseñadores, ingenieros, albañiles y ayudantes rasos del aeropuerto en ejecución, Fidel Castro envió, el 24, un día antes del abordaje enemigo, a un oficial de alto rango, el coronel Pedro Tortoló Comas, a objeto de que asumiera "el mando de todo el personal cubano"; el 25 impartió a sus huestes la orden concluyente de "no rendirse bajo ningún concepto", y el 26, cuando todo estaba prácticamente consumado, explicó que se había obrado así para salvar "el honor, la ética y la dignidad de nuestro país".

Durante la mañana del desembarco, los cables procedentes de Moscú también se encaminaban a crear la impresión de que los cubanos se batían más fieramente de lo que les tocaba. A las 9 a.m. las fuerzas expedicionarias norteamericanas habían sufrido ya 1.200 bajas y la resistencia inmolado 800 gloriosos combatientes, de acuerdo con aquellas informaciones que en Colombia las cadenas de radio, particularmente Caracol, propalaban en el instante mismo en que las iban emitiendo los lejanos e imaginativos corresponsales, y envueltas, obviamente, en un sensacionalismo estrepitoso. A esas alturas de las acciones realmente no se conocía aún de pérdidas humanas, y al final de la jornada, restando sólo unos reducidos y aislados focos de aguante, los muertos en total no pasaron de ochenta, dieciocho de las tropas de asalto y si mucho sesenta de los defensores. Sin embargo, y sea lo que fuese, la potencia de fuego y la capacidad operativa de los custodios de la isla obligaron al Pentágono a conducir el miércoles 26 otro millar de soldados de su 82a. División Aerotransportada al campo de las operaciones. Más tarde se especificaría que el monto global de los infantes yanquis empleados en la maniobra ascendió a seis mil.

Pese a que el Comandante en Jefe se cuidó de instruir desde La Habana a sus contingentes en Granada de que "si el enemigo envía parlamentario escucharlo y tran8mitir de inmediato sus puntos de vista", con dichos desplantes teatrales, órdenes categóricas de ofrendar la vida antes de rendirse, falsas noticias, se buscaba salvar no tanto la valentía como la justeza de la causa. Mas resulta irrebatible que los cubanos, por encima de sus proclamas antiyanquis y sus profesiones de fe revolucionaria, sencillamente luchaban por una pequeña isla de la que se habían adueñado. Sus legionarios se aproximaban a mil ante un ejército granadino de escasos dos mil componentes mal equipados y de bajo nivel de adiestramiento. Sus obras, sus consignas, sus dictámenes empalagaban el alma de una sociedad indigente y relegada de las Antillas Menores, que, con el señuelo de ayudarla, la utilizaron de trampolín para sus apetencias expansionistas. Ellos fueron los grandes héroes de una mini-revolución frustrada. Hasta el último momento se robaron la escena, combatiendo para otros por el apoderamiento de una porción del Caribe que no es suya, "abrazados a nuestra bandera", la de la Cuba prosoviética.

Y la bandera de Granada, ¿quién la abrazó? Maurice Bishop, quien en agosto de 1979 ascendiera al Poder mediante un golpe de Estado y se tornara, en su calidad de Primer Ministro de la isla, en un destacado y locuaz contribuyente político del régimen castrista, había sido depuesto el 14 de octubre del año en curso por el comandante de sus propias tropas, el general Hudson Austin. El 19 de octubre terminó pasado por las armas, junto a tres de sus ministros, dos directivos sindicales y varios más de sus adherentes. La dirigencia cubana reconoció el gobierno de sus sucesores y victimarios, aunque, dentro de su estilo inconfundible, se lavó las manos por la responsabilidad de los insucesos, censurando no a los homicidas sino los "procedimientos atroces como la eliminación física de Bishop y el grupo destacado de honestos dirigentes muertos en el día de ayer". El Krenilin no se tomó tantos trabajos por las apariencias. Aprobó sin rodeos la autoridad nacida de los oscuros y cruentos incidentes.

En Granada se instauró entonces un mando sin piso democrático; antes bien, con los métodos que le dieron origen descalificados por sus patrocinadores de La Habana, y que se vio impelido a sitiar a los habitantes de su capital cuando el adversario exterior lo sitiaba a él para cortar su efímera existencia. Nos rehusamos a creer que en los designios de esta banda enceguecida y en entredicho reposara segura, no digamos la victoria, pero sí la honra de la bandera granadina. Por su parte, el pueblo, violentamente reprimido y bajo el toque de queda, estaba imposibilitado para movilizarse; no sabía qué esperar de los golpistas que así se comportaban como garantes de la continuación de la revolución, ni qué pensar de un coronel Tortoló Comas que Fidel Castro enviara la víspera para organizar y dirigir los destacamentos encargados de repeler la agresión foránea, siendo que esos destacamentos encontrábanse directa o indirectamente comprometidos con el asesinato del ex Primer Ministro y de todos modos apoyaban a los asesinos.

Demasiada candidez aceptar que los cubanos, quienes han aprendido las malas artes de la intriga y la maquinación, tras trasegar tanto tiempo por el mundo en su carácter de correveidiles de los soviéticos, se hayan privado de participar o de instigar los episodios del 14 y del 19 de octubre, con la trascendencia que éstos tenían para el futuro de su política a escala insular y regional, y contando, de ñapa, con cerca de mil expertos asesores, casi la mitad del ejército nativo, susceptibles de transformarse en cuerpos regulares de combate como se confirmó.

Hay algo más. Los socialimperialistas y sus seguidores se inclinan a preservarle a Bishop, una vez sepultado, la aureola de intermediario radical y dócil que lo distinguiera durante su mandato. Sin embargo se sospecha que sus viejas lealtades comenzaban a extenuarse. En junio de 1983 viajó a Washington con motivo de una reunión de la OEA y traslumbró allí una posición conciliadora con los Estados Unidos; se entrevistó muy en secreto con William Clark, el encargado de velar por la seguridad del imperio, y a su regreso a Saint George llegó con un préstamo en el bolsillo de 15 millones de dólares autorizados por el Fondo Monetario Internacional. Aun cuando estamos al tanto de esa singular estrategia, que han tratado de instituir los "socialistas reales", de financiar con dinero americano las revoluciones regentadas por Moscú, y no ignoramos los empeños obligados del expansionismo por suavizar las tensiones en Centroamérica ante la contraofensiva del porfiado Ronald Reagan, lo curioso de este drama granadino, para expresarnos benignamente, es que las disensiones internas se agudizaron luego del referido viaje del gobernante sacrificado, y los cubanos, o hicieron todo para derrocarlo, o no hicieron nada para impedirlo. De cualquier forma, allí y en medio de la pantomima seudorevolucionaria, las contradicciones estatales se dirimieron a cuartelazo limpio y con sangrienta vindicta, a la usanza de los legendarios regímenes latinoamericanos que giran en la otra órbita.

Estos espeluznantes antecedentes coadyuvaron sin duda alguna a los propósitos de Washington; pero han servido también para que muchos de los desprevenidos partidarios de Cuba y de sus actividades intervencionistas empiecen a formularse interrogantes de tremenda incidencia.

Nosotros hemos insistido en que el socialismo auténtico no es ocupacionista ni anexionista. Nos preocupa que este punto básico no se comprenda a cabalidad por las fuerzas democráticas y revolucionarias, porque la menor intromisión de una nación en los fueros de otra, tolerada a cualquier título o propiciada bajo cualquier pretexto por el movimiento obrero de un país, el que fuese, le inflige más daño a la revolución mundial que todos los atropellos juntos de los imperialistas contra la libertad y la autodeterminación de los pueblos. Al fin y al cabo el capitalismo de la era monopólica se sustenta del fruto de sus prácticas colonialistas. De lo contrario no sobreviviría. Lo grave radica en que quienes hoy se autocalifican de portadores del marxismo y de la transformación social, en lugar de combatir los zarpazos de los Estados Unidos y sus aliados desde posiciones y con procederes revolucionarios, emulen con ellos en la arrebatiña del globo y recurran a sus mismos medios. De prevalecer semejante tendencia, las masas golpeadas y burladas de las diversas latitudes no hallarían qué camino coger y la humanidad se perdería durante largo rato en uno de los más fragosos pasajes de su vida civilizada. Por eso, con todo y lo devastadora que se estime la acción estadinense en Granada, lo importante sigue siendo que aquella isla menesterosa, ubicada en la esquina suroriental del Mar Caribe y puesta de pronto en los primeros planos de la atención mundial, logre aportar con su trágica experiencia al esclarecimiento del culminante problema planteado, por supuesto a condición de que haya ideólogos y partidos resueltos a desafiar la resaca y a sistematizar las enseñanzas respectivas.

Hasta algunos de los más tradicionales y connotados simpatizantes del bloque socialimperialista acentuaron la nota de repudio contra el general Hudson Austin y sus compinches. Entre ellos García Márquez, siempre listo a darles una mano a sus amigos de Cuba para sacarlos de un aprieto, quien, dos días antes de la invasión de los infantes de marina yanquis y desde su columna dominical de El Espectador, no perdona al jefe del Estado granadino de "matón del peor estilo" y a los compañeros de aventura de éste no los baja de "bandoleros en mala hora extraviados en la política". En dicho artículo y ajustándose a un razonamiento lógico, el escritor no puede menos que hacerse la fatal reconvención: "El día en que se justifique con cualquier argumento que las fuerzas del progreso se sirvan de los mismos métodos infames de la reacción, será esa la hora -para decirlo en buen romance- de que nos vayamos todos para el carajo". Incontrastablemente, aunque no sea en buen romance. Pero atribuir las consecuencias de la coloquial exhortación a la conducta aislada de uno o de varios elementos envanecidos e inescrupulosos significaría lisamente evadir el meollo del asunto. Examinémoslo.

¿Cómo se llama la atávica costumbre de los imperialistas de trasladar divisiones de infantería a otros territorios distintos de los suyos y permanecer en aquellos lugares por un lapso de tiempo, o indefinidamente? Tiene muchos nombres: ocupación, anexión, pillaje, colonialismo, etc. Cuando Viet Nam se introduce en Kampuchea y Lao con cientos de miles de soldados y se instala arrogantemente allá desde finales de 1977; o cuando Cuba desde mediados de 1975 deposita en Angola 20.000 hombres que allá se mantienen todavía, y distribuye un número parecido en Etiopía a partir de ese mismo período del inicio de su intromisión en Africa, ¿no es acaso ocupar países inermes, propender al anexionismo, reivindicar el pillaje, imitar a los viejos colonialistas? Inevitablemente tales actos generan la desconfianza de las gentes nativas acerca de la intención de tan extraños salvadores, desembocan en rompimientos antagónicos y acaban incluso por prender las llamas de la guerra popular contra el despliegue extranjero. No debiera, pues, parecer insólito el espectáculo de desintegración brindado por los conductores de la abortada revolución granadina, si recordamos, por ejemplo, que los déspotas del Kremlin, preceptores de Castro y Austin, eliminaron en septiembre de 1977 al presidente de Afganistán Mohamed Taraki, adicto de la URSS-, para suplantarlo por Hafizullah Amín, otro colaborador más maleable, a quien igualmente decidieron destituir y ejecutar antes de los cuatro meses, el 27 de diciembre, fecha desde la cual alrededor de 100.000 efectivos soviéticos huellan el suelo de aquel lacerado país, en nombre del internacionalismo socialimperialista y tras la complacencia de un tercer advenedizo, el Primer Ministro Babrak Karmal.

No nos tropezamos con un caso exclusivo que se explique por razones particulares. Desde Cuba para abajo, los países que se hallan atrapados en el campo gravitacional de la Unión Soviética, por simples leyes de la física, carecen de rumbo propio, y sus luchas, la satisfacción de sus necesidades, dependen de los albures de la empresa expansionista. La URSS ha de preocuparse por su imagen; no obstante, jamás estropeará sus proyectos estratégicos y tácticos por los apremios intempestivos de una nación de unos cuantos millones de habitantes. Si en el tablero internacional ha de sacrificar un peón para neutralizar la acción de un alfil enemigo, no vacila. Algo de eso visualizamos en los rápidos movimientos ejecutados por las dos superpotencias en el Caribe. Fue notoria la inquietud de Washington por no chocar abruptamente con Moscú mientras le sustraía a Granada. Reiteró públicamente la seguridad de que los consejeros soviéticos desalojados serían atendidos con "cortesía diplomática" y "eran libres de hacer lo que quisieran". Los primeros en conocer por boca de los invasores las miras y los alcances del desembarco fueron los gobiernos afectados por el desahucio. Hasta los cubanos recibieron desde un principio la promesa de que se les permitiría abandonar tranquilamente la isla. Las zalameras gestiones del señor Belisario Betancur en favor del feliz retorno de los prisioneros a sus hogares estaban, de antemano, plenamente garantizadas.

No olvidemos que la América Latina es el "patio trasero" de los Estados Unidos y el Caribe su Mar Mediterráneo, y aunque ahí se encuentre Cuba perturbando el sosiego de los magnates de Wall Street, el Hemisferio escapa a las zonas de influencia controlables fácilmente por los amos del Kremlin. Tal vez por el régimen de Cuba, que tan buenos oficios les ha prestado en éste y en el resto de continentes y cuya inestabilidad redundaría en su desprestigio, por ningún otro país del área los rusos estarían dispuestos a sacar las castañas del fuego en la eventualidad de que los norteamericanos presionen, con la pólvora o con el diálogo, un reparto más o menos duradero y razonable de las injerencias mundiales. Una revolución, como la nicaragüense o la salvadoreña, que pignora su porvenir a la superpotencia del Este en su justa aspiración de desasirse del otro imperialismo y corre todos los riesgos inherentes a tal deslizamiento, en la creencia de que será tenida en cuenta por sus fiadores al momento de la partija, pecará de ingenua.

Los principales protagonistas del conflicto de Centroamérica ignoran las ilusiones de una paz negociada esparcida por los platicantes de Contadora y recelan de las dulzonas palabras de los embajadores de buena voluntad designados por la Casa Blanca, y cada cual, a su modo, se alista para encarar el cruel augurio de un desenlace violento de la crisis, sobre todo después de la repentina y admonitoria caída de Granada, con la que el César, en contra de la ira universal y por encima de las críticas de sus aliados europeos, demostró su firme determinación de no asistir apaciblemente al avance en sus vecindades del peligroso adversario. Tan asustadora será la cosa, que el teniente coronel Desi Bouterse, jefe de la Junta Militar de Surinam, visto en Occidente como un recalcitrante izquierdista, con sólo enterarse de la última misión de los infantes de marina, expulsó de sus dominios al embajador cubano y a su sarta de asistentes, técnicos y expertos, que en aquella ex colonia holandesa ya sobrepasaban el centenar, porque el arrepentido dirigente no quería padecer el calvario de Maurice Bishop ni soportar los infortunios de un Hudson Austin. Jamaica, la otra oveja descarriada, había regresado antes a su antiguo redil, sin escandalosas efusiones de sangre, electoralmente, cuando el laborista Edward Seaga derrotara, en las urnas, el 30 de octubre de 1980, al procubano Michael Manley.

Y así, cada país, cada Estado y cada gobernante de la región empiezan a conturbarse por su propio pellejo y a buscar el acomodo que mejor les convenga. Pues en estas refriegas locales de las superpotencias las coces las reciben los más inermes y los menos cautos. El presidente de Guatemala, el general Oscar Mejía Víctores, una copia del muñeco del ventrílocuo, se ha encargado de difundir la idea gestada en Washington de desempolvar el Condeca, Consejo de Defensa de Centroamérica, un pacto militar firmado el 14 de diciembre de 1963 y del que muy pocos se acordaban, hermano gemelo de la OECO, el ente espurio mediante el cual los Estados Unidos procuraron legitimar su invasión a Granada. Con las maniobras que el ejército y la marina de la metrópoli realizan conjuntamente con Honduras, teniendo como sede la geografía de este país y en donde las tropas americanas acamparán, tal cual se ha admitido, por un plazo indeterminado, y simultáneo al constante asedio bélico a que se viene sometiendo desde fuera y desde dentro a Nicaragua, cercada por repúblicas crecientemente hostiles, lo único que falta para completar los preparativos de un asalto en regla, es poner en vigencia la mampara legal de que habla el general guatemalteco.

Desde luego los yanquis habrán de pagar política y militarmente un precio incomparablemente mayor por la patria de Augusto César Sandino de lo que les costará la diminuta isla de Granada. Lo delicado de la situación radica en que, por múltiples indicios, el ex vaquero de Hollywood se halla inclinado a desembolsarlo. Por eso causó estupor en muchos medios el tan dirigido comentario de que si los sandinistas afrontasen una contingencia parecida, Cuba adoptaría una actitud idéntica, es decir, no se movilizaría; señalamiento hecho por Fidel Castro en la madrugada del miércoles 26, en rueda de prensa en el Palacio de la Revolución, reunida con la presencia de varios periodistas norteamericanos y convocada bajo el fulminante impacto de la noticia sobre la operación exitosa del Pentágono en el extremo suroriental del Caribe. Sobreentendiéndose que los cubanos no están en condiciones de transportar tropas a los sitios y en el instante en que sus asesores sean violentamente defenestrados por la contraparte, ni habrán de jugarse en paro la supervivencia en aras de la de sus coligados, sobraba en aquella noche crucial, ante la arremetida estadinense que se vino, darle a entender con antelación a Reagan que, de decidirse a invadir a Nicaragua, La Habana intentaría menos de cuanto se propuso por retener su reducida posesión en la cola de las Antillas Menores. Ya oiremos a los áulicos jurando y perjurando que se trata de un astuto ardid de guerra. Sin embargo, el pronunciamiento, catalogado por la prensa gringa de "inhabitualmente moderado", deja sin remedio el vinagroso sabor de que si fuera indispensable se concedería con lo de los demás a efecto de preservar lo propio. Transigir en lo secundario para resguardar lo verdaderamente clave: la integridad de Cuba.

Claro que cada quien administra libremente sus temores, pues la Junta Sandinista, por su lado, el jueves 20 de octubre entregó a los funcionarios de Washington, a través de su canciller Miguel D' Escoto, un memorándum de avenimiento tendiente a descargar la encapotada atmósfera centroamericana en el que, entre otros enunciados, aquélla se compromete a cesar su respaldo a la guerrilla salvadoreña, mientras la Agencia Central de Inteligencia, la famosa CIA, haría otro tanto con los grupos alzados en armas contra el gobierno de Nicaragua. Cuando queda atrás la controversia verbal, y el desplazamiento continuo de las fuerzas prosoviéticas, propiciado al socaire de las incontables dificultades enemigas, tropieza, de pronto, con la instintiva reacción de la fiera acorralada, apenas elemental que se desaten, unas tras otras, fórmulas transaccionales cuya característica común se basa en que los reclamos subalternos han de acallarse, o si se prefiere, han de ser postergados en provecho de intereses superiores. Y como no nos hallamos ante colectividades y países ciertamente soberanos, sino ante una cadena de supeditaciones escalonadas, en las que priman por sobre todas los afanes hegemónicos de la Santa Rusia rediviva, los movimientos independentistas que ésta lidera por intermedio de sus marionetas, preferencialmente los más chicos y menos trascendentes, constituyen por excelencia la materia canjeable a que recurren los socialimperialistas cuando se ven empujados al regateo con las potencias occidentales.

Fuera de que la lucha emancipadora del pueblo granadino se desvirtúa al prestar su suelo como punto de apoyo de la agresión expansionista, el irritante, permanente y provocador merodeo de las legiones de Castro brindó la excusa exacta para la acción corsaria de Reagan. Así haya siempre protestas por los vejámenes de los imperialismos, las bregas libertarias que, triunfadoras o vencidas, solamente consiguen cambiar invasores de un jaez por otro, perderán la estima de las masas trabajadoras del orbe y se hundirán en el aislamiento. Inexorablemente culminan con el pecado y sin el género. Y a la inversa, sin haber podido alegar la imperiosa urgencia de suprimir la sistemática y acrecida penetración soviético-cubana en la zona, a Washington le hubiera resultado muchísimo más azaroso tomarse la isla. Cierto que a los Estados Unidos nunca les faltaron sofismas para desconocer y pisotear las prerrogativas de sus vecinos, mas hoy se respiran aires muy distintos a los del remoto y cercano pretérito. La decadente metrópoli se cuece entre las brasas de mil y una aflicciones: las crisis industrial y financiera, quizás comparables a la bancarrota de 1929, no acaban por pasar y la arrastran, tras la sujeción de los mercados mundiales, a una feroz competencia con Europa y el Japón, sus aliados consuetudinarios; Rusia la hostiga en los cinco continentes y por doquier desgarra sus dominios; en lo interno carece de la unidad nacional que le permita proceder desembarazadamente en la rapiña externa; a sus neocolonias ya no les basta con los derechos y las libertades formales y se insubordinan en pos de la plena independencia económica, y, de remate, las tendencias democráticas de todos los pueblos, incluido el norteamericano, incesantemente se robustecen y se entrelazan, obstaculizando todavía más los menesteres imperialistas. Empero, las gestas de liberación nacional que actúen como simples cajas de resonancia del expansionismo no lograrán sacarles el jugo a tales contradicciones. Para ello habrán de hacer valer su libre facultad de decisión, convenciendo además a tirios y troyanos de que contienden sin manipuleos a control remoto.

La estepa rusa está ubicada casi en las antípodas de los Andes, y el factor geográfico incide notablemente en la estrategia que trace un emporio que apenas se inicia y ha de arrinconar por las malas a quienes le precedieron en los ajetreos colonialistas; rivales de cuidado que tienen a su haber la experiencia de decenios y hasta de centurias de pillaje, la ventaja de unas redes tupidas y afianzadas de probados intermediarios en los países que manejaron o manejan y la creencia cada vez más madura de que si no se unen se los traga la tierra. La señora Thatcher dejó sentada su inconformidad por la displicencia de los Estados Unidos al comportarse casi que inconsultamente en Granada, un miembro, aunque díscolo, no menos estimable del Commonwealth, siendo que la burguesía inglesa percibirá a la postre los dividendos de la recuperación, cuando Paul Scoon, el gobernador nombrado por la Corona, integre su gabinete y principie a despachar, según se deduce de las indicaciones de la Casa Blanca. Lo cual trae a la memoria cómo el señor Reagan, después de agotar las discusiones con los argentinos, también terció, abiertamente y en medio de la cólera de Latinoamérica, a favor de la invasión británica de Las Malvinas. Por mucho que la Unión Soviética se obstine en separar a sus contrarios, sus éxitos surten el efecto contrario de unirlos.

Merced a estas tres o cuatro complicaciones, comprendida la lejanía, los nuevos zares del Kremlin deben andar con tacto en cuanto concierna al Hemisferio americano, hasta donde no alcanzarán a llegar tan expeditamente sus batallones como en el limítrofe Afganistán. Acá, sin perjuicio de ir sembrando poco a poco sus asistentes cubanos, que los hay en Nicaragua y los hubo en Jamaica, Granada y Surinam, la prudencia les aconseja arreglar, componer, convenir, a objeto de salirle al paso al inevitable contraataque estadinense. Entre más hagan rechinar sus armas en América los Estados Unidos, más sermonearán sobre los dones del diálogo y de la pacificación los mandaderos de la Unión Soviética. Jamás revoluciones que estuvieron tan cerca de la guerra clamaron tanto por la paz. Son los viceversas de un trayecto histórico en el cual el socialismo de una poderosa república traiciona tornándose anexionista, y los movimientos nacionales de los países secularmente sometidos, en particular los más débiles y pequeños, le sirven de punta de lanza en sus acometidas por la supremacía universal. Y en esa cadena de supeditaciones escalonadas a que nos referíamos arriba, la isla granadina representaba el eslabón menos importante. El Pentágono así lo comprendió; la escogió precisamente a ella con el objetivo de escarmentar y de medir el ánimo y las disponibilidades de sus contrincantes, sin exponerse a prender una conflagración generalizada. Siguiendo el orden, los insurgentes salvadoreños han de hacer sus sacrificios por la estabilidad de Nicaragua, ésta a su vez por la supervivencia de Cuba y los tres por la feliz culminación de los planes estratégicos y tácticos del hegemonismo soviético. Tales las prioridades que se desprenden de algunas de las fórmulas de acuerdo elaboradas y de algunos de los pronunciamientos emitidos; relación que corresponde a un conflicto que desafortunadamente a diario deja de ser menos una batalla por la emancipación de las naciones para degenerar en el consabido pleito entre las superpotencias.

Confiemos en que los pueblos puedan a la larga destramar el embrollo y corregir. Por lo pronto, Granada lo ha puesto al descubierto.

Editorial publicado en Tribuna Roja Nº 46, de diciembre de 1983-enero de 1984.