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Omnia Consumata Sunt

1. Las Medidas

Por coincidencia, el viernes 24 de agosto, el mismo día en que la administración Gaviria promulgara el decreto 1926, con el cual quedaron convocados para el próximo 9 de diciembre los comicios sobre la Constituyente, el Comité Ejecutivo Central de nuestro Partido se reunió con el objeto de adentrarse en las presentes circunstancias del país, que, tras el relevo de posta en el Palacio de Nariño, se vuelven por instantes más comprometidas y menos sosegadas. Teniendo apenas a la mano los anuncios oficiales acerca de las múltiples innovaciones previstas en cada una de las arterias vitales de la economía, y pese á que el mandato recién impuesto sólo llevaba dos semanas de vida, llegamos en el acto a una primera y tremenda conclusión: todas las cosas están consumadas.

El lunes anterior se había conocido la increíble noticia de que se privatizaría Telecom, o las telecomunicaciones, o que se permitiría la gestión privada en ese engranaje del progreso, que para el caso da igual, pues se trata de la injerencia incontrovertible de las poderosas compañías trasnacionales del ramo, así los voceros del gabinete juren que buscan con ello el fortalecimiento o la modernización de la empresa estatal, cual lo afirman asimismo, teóricamente, del resto de las actividades amenazadas con el aluvión de las medidas permisivas de la apertura económica.

Sin intervalos ni paréntesis, los medios informativos dieron cuenta de otra bomba: que las labores del agro, además de perder el soporte de los créditos de fomento y de los precios de sustentación, tendrían que enfrentarse a la competencia devastadora de los suministros extranjeros. El actual gerente del Idema, Darío Bustamente Roldán, egresado de la Universidad de los Andes como muchas de las nuevas figuras que aspiran desde los altos puestos a ganarse el título de Padres Destructores de la Nación, fue el encargado de exponer el desmantelamiento del Instituto, cuyas ejecutorias se irán limitando a "las regiones apartadas", en procura de que "gradualmente y sin traumatismos", "los agentes particulares se hagan cargo de las importaciones de alimentos".

Luego el ministro de Hacienda, Rudolf Hommes, ateniéndose también a semejante lógica, dijo haber descubierto en la entrada masiva de los bienes foráneos el remedio jamás aplicado contra la perpetua carestía, y de la cual hizo unilateralmente responsables a los empresarios que elevan los importes de sus artículos por encima de los índices de la inflación. Pero lo más sorprendente estriba en que las autoridades, tan interesadas en la internacionalización del aparato productivo, no den señas concretas de querer perfeccionar los tradicionales instrumentos de las exportaciones colombianas, que a través de los años han demostrado una muy discutible eficacia; y circunscriban la apertura justamente a eso, poner el mercado interno a disposición de los emporios industriales del mundo.

Y los precipitados e injustificables ajustes propuestos a las Cámaras sobre el régimen cambiario contribuirán de seguro a encender el debate y a confirmar las sospechas. Para quienes desprevenidamente les han rastreado la huella, incluso en discordancia con la propia posición militante, al modo de un Abdón Espinosa Valderrama, por ejemplo, no habrá duda de que se continúa disparando hacia un solo flanco: reducción de normas y aranceles; allanamiento de los obstáculos o de las limitantes que regulan las inversiones procedentes del exterior; ampliación de las facilidades para el envío afuera de pagos y remesas; tránsito hacia la dolarización de la economía en su conjunto; ventajoso acceso de la banca y de las corporaciones financieras a la compra y venta de divisas, y, en líneas generales, apuntalamiento de las atribuciones del Ejecutivo en tomo a los asuntos de importancia que contempla el mencionado estatuto de cambios y de comercio internacional.

Debido a que el máximo desatino de la última década del último siglo del milenio, la aplaudida política del neoliberalismo económico, presupone sobre todo la presencia tangible en el Tercer Mundo de los capitales de las metrópolis, que no arribarán en gran manera sin estímulos ciertos, al gobierno aperturista no podía faltarle, entre su variado repertorio, una reforma laboral tendiente a reducir a extremos inconcebibles la paga de la mano de obra. Y la defendida por el ministro Posada de la Peña escamotea sin miramientos los derechos adquiridos por las masas laboriosas en duras, largas e históricas contiendas. Sus distintas cláusulas o formalidades buscan no sólo extender sino encubrir el abatimiento físico y moral de la clase obrera. Hacia la inconfesable meta se encauzan la supresión de la retroactividad de las cesantías, el fin del fuero para quienes cumplan los diez años de trabajo, la legalización del empleo temporal y, por supuesto, la artimaña de "las 36 horas". Son tiranías que, en síntesis, colocan en peligro la existencia del sindicalismo colombiano y regresan las relaciones obrero-patronales a sus estadios más primitivos.

Igualmente trascendió que los asesores del Ejecutivo elaboraron para el Conpes, Planeación y la Junta Monetaria los programas de vivienda subsidiada sobre la base de entregarles a las Corporaciones de Ahorro y Vivienda la totalidad de las partidas oficiales de dicho rubro, que el régimen hará crecer con los cuantiosos aportes extraídos a las Cajas de Compensación Familiar y con la venta de los activos o posesiones que aún le quedan al Instituto de Crédito territorial. Las inversiones forzosas en vez de ir del sector privado al público de aquí en adelante correrán a la inversa. Que las Cajas auxilien a las Corporaciones y no éstas a aquéllas. Que el quebrado ICT responda con sus pertenencias, tal y como las repúblicas insolventes cubren las anticresis de sus acreedores enajenando los haberes estatales. En este punto vale la pena recordar que después del estallido de la crisis de la deuda latinoamericana en los albores de los ochentas, Fidel Castro, con la intención de sacarle jugo a la coyuntura y de pasada reverdecer sus marchitos furores de líder radical, se inventó la tesis de que la cesación de pagos no era una consigna sino un hecho irreversible, pues los gobiernos no contaban ya con qué sufragar las respectivas amortizaciones. Sin embargo, el reino de los negocios se parece bastante a la caja de Pandora, en donde se hallan encerrados todos los infortunios del hombre a la espera de que alguien los suelte; si no que hablen los mexicanos, los argentinos 0 los brasileños, cuyos mandatarios, al unísono, sin excluir claro está a nuestro Gaviria, comienzan a vender los muebles de la casa para quedar bien con los prestamistas internacionales. En el terreno económico cualquier falencia, acucia, trampa, inflación, desempleo, ruina, por grave que parezca, siempre será susceptible de recrudecerse. Y los pueblos, sabiéndolos exprimir, pagarán cuanto deban. Con fundamento en tales intuiciones el Fondo Monetario Internacional y su Banco han diseñado la incoherente pero obligada estrategia del mercado libre. En relación con Latinoamiérica, ya verán sus numerosos habitantes hasta dónde los empréstitos han sido el origen tanto de sus daños pasados como de sus males futuros.

Tal cual se ha visto, en el espectáculo reformista hay de todo como en el buen teatro, desde tramas que sacuden los ánimos hasta escenas que mueven a risa. Ante los reporteros, el ministro de Hacienda, en una recreación rabelesiana, hizo la promesa de desbastarse la barriga para inducir a los hambrientos a que se aprieten más el cinturón. En otra comparecencia les dijo a los desempleados que, aprovechando el desbarajuste de Europa Oriental, traería de aquellas latitudes emigrantes entendidos con el fin de "ahorrarse dinero en la inversión de capital humano altamente capacitado". Y le notificó al país que se subiría del 10 a1,12 por ciento el IVA, o sea, el impuesto al consumo global, en compensación por la merma de los recaudos ocasionada por las bajas en los aranceles de las importaciones y en los gravámenes de los giros al exterior. En otras palabras, que los sacrificios fiscales de la apertura serían compensados con los recargos a las ventas y, por ende, con más trabas a- la circulación de las mercancías. La liberalización del comercio se promovería entonces con su restricción.

Entre el rosario de incongruencias sobresalen el estudio ordenado por la Aeronáutica Civil tras el objetivo de llegar cuanto antes a los "cielos abiertos' y el decreto 501 de este año, de Barco, con el cual se le puso realmente término a la reserva de carga de la Flota Mercante Grancolombiana; dos resoluciones que de llevarse a cabo sellarán la suerte de nuestra navegación aérea y marítima, con las implicaciones no remotas de colocar por completo en manos extranjeras el transporte internacional del país y hasta su turismo. Por ahora, el presidente de la Flota Mercante le solicitó permiso al ministerio de la Defensa para deshacerse de algunos buques, o matricularlos bajo las banderas de otras nacionalidades, y por este mediohabilidoso, o vergonzoso, conseguir el disfrute de las condiciones propicias que el gobierno le concede a la competencia.

2. El Relevo

Asistimos a uno de esos remezones sociales tan comunes en nuestra crónica republicana, que sin implicar una revolución, ni siquiera un avance, precipitan, junto con el eclipse de criterios o esquemas administrativos, la caída de los hombres que los esgrimieron y el ascenso de aquéllos que por fuerza de las circunstancias están llamados a llenar el vacío. Los César Gaviria hormiguean por doquier, en las juntas, en las comisiones, en las consejerías, a lo largo y ancho del organigrama burocrático del Estado, y algunos de ellos ya brillan con luz propia, cual acaba de evidenciarse con la actuación del presidente de Fenaleo, Sabas Pretelt de la Vega, durante el curso de su congreso en Cali, que mereció la especialísima concurrencia de la plana mayor del gobierno, incluido, el primer magistrado. Apenas obvio que el vocero de los comerciantes, disputándoles a los dirigentes de los otros estamentos del área productiva el mucho o poco prestigio que todavía ostentan, se haya convertido, dentro del conjunto de las agrupaciones gremiales, en el más entusiasta e influyente exégeta de la nueva Biblia. A nadie mejor que a la gran asociación de compradores y vendedores le han de convenir "las libertades" en el régimen de cambios y en la ley de importaciones; o parecer razonables los argumentos que se agiten a favor de ellas: el alivio sobre las "monetizaciones crecientes", el "descenso en los costos de producción de bienes", el "efecto antiinflacionario", etc.

Estamos pues a las puertas de un período en que la exactitud o la vigencia de las categorías económicas se medirán más que en ninguna otra ocasión por las tasas de ganancia que a su sombra se obtengan. Es la apertura, una modificación al fin y al cabo, imposible de darse sin el gavirismo, pero a la cual éste le debe su surgimiento. Así se ha conformado un equipo peculiar, diverso, sin causas aparentes, a cuyo enigmático arbitraje quedaron sujetas, de pronto, las aparatosas cuestiones de la cosa pública. Una orden de privilegiados que cifran su éxito en la mistificación del saber y de la técnica, aunque exhiban insuficiencias naturales, cual les sucede a las empresas que quieren destruir. Si están en Bogotá nada los coarta para acometer sus estudios investigativos, redactarlos y absolverlos en los simposios con doctas disertaciones; mas si vuelan a Washington en misión diplomática enmudecen, se paralizan, y en cambio de sacar la cara por la tierra, hacen lobby, una modalidad gringa del tráfico de influencias que Ernesto Samper calificó de "indispensable" después de su primera gira ministerial por los Estados Unidos. Para darle un toque científico a su actitud política, el ministro recalcó: "Se necesitan unos conocimientos técnicos muy especiales, además de dominar a fondo la legislación comercial y económica", de ese país, se sobreentiende.

La suplantación ha llegado hasta el terreno de las enmiendas jurídicas, un ejercicio en el que los colombianos casi siempre dispusieron a sus anchas de los aportes de las personalidades duchas en la materia. Descartando la confusión desencadenada, los acondicionamientos constitucionales que se encuentran en camino no podrán menos de proporcionarles un marco legal apropiado a los oscuros incidentes arriba descritos, y, por lo tanto, obedecen también a la colonización económica de la América pobre que los dueños de medio planeta impulsan en todos y cada uno de los aspectos del acontecer social. Por más que la propaganda repique sobre un supuesto aireamiento de los trajines políticos, lo que los aperturistas procuran, mediante, el ataque al Congreso, la humillación a la Corte y el acoso a los llamados barones electorales de los partidos liberal y conservador en beneficio del M-19, es apartar de su ruta a las fuerzas o baluartes que posean algún arraigo o entronque con la nación o con su historia. Pretensiones que concreta el gobierno desgarrando la constitución y escudándose tras las fantasmagorías del constituyente primario. "Dime quién es el hombre y te diré cuál es la ley", recuerda un antiguo proverbio. Faltando todavía por saberse la composición exacta de la asamblea por la cual se votará en diciembre, y no obstante que sus deliberaciones sobre los innumerables temas habidos y por haber le coparán seis meses según la convocatoria, hay ya muchas cuestiones decididas, diríamos que las esenciales, si apreciamos el panorama desde un ángulo más estratégico.

El ambicioso plan que se puso sobre el tapete hacia la mitad del cuatrienio de Virgilio Barco, con una abultada sugerencia de ciento ochenta y un artículos, ha sido intencionalmente expuesto a un tortuoso itinerario.Entre 1988 y 1989 hubo cuatro o cinco coaliciones de diferente cariz y envergadura alrededor de la iniciativa oficial, cuyos "principales escollos fueron, primero, el naufragio de la alianza con la corriente pastranista, a raíz de la providencia emitida hace dos años y medio por Guillermo Benavides Melo, un simple componente del Consejo de Estado que le restaba legitimidad a la vía plebiscitaria; y segundo, la decisión de la presidencia de retirar el texto íntegro de las modificaciones en diciembre del año pasado, cuando aquél había cumplido ya las dos vueltas reglamentarias y ante el hecho de que el órgano legislativo no comulgaba con la extradición. Se mantenía una línea errática, como si a la facción gobernante la tuviese sin cuidado el apoyo que se le brindaba, el procedimiento a seguir, o la cruenta lucha contra el narcotráfico, que con el decreto 2074 Gaviria suavizó, contando con la tolerancia de George Bush, a quien esta vendetta le ha servido de mampara para amedrentar a los regímenes de Latinoamérica, invadir a nuestros vecinos panameños, tejer dentro del continente las redes del Pentágono y levantar fortificaciones en los campos de Perú y de Bolivia. En todo caso la reforma arranca de verdad cuando la conspiración palatina se arribaa con el momento preciso, el conducto indicado y el socio ideal.

A la Corte Suprema de Justicia le cupo la distinción histórica de refrendar el golpe. Con su fallo del 21 de septiembre, no sólo se desconceptúa a sí misma sino que convalida la utilización del estado de sitio para ventilar los cambios constitucionales; renuncia al concepto de la normatividad, convirtiendo la constitución en un mero juguete de la intriga política, y dota al Ejecutivo de poderes inconmensurables, puesto que nadie sabe dónde comienzan ni dónde concluyen. No en vano ha hecho carrera el "revolcón", un evidente equívoco en el lenguaje del relator número uno de la futura Asamblea Constitucional, quien pese a las críticas sigue insistiendo en confundir la idea de transformar la Ley Suprema con la acción de revolcarla. Este es el fondo del relevo ocurrido en el mando, un fenómeno que se incubaría bajo el ala protectora del gobierno anterior y con el patrocinio distante pero vigilante dé la Casa Blanca.

En la misma forma en que Gaviria cuida hoy del prestigio de Navarro Wolf, Virgilio Barco condujo a Gaviria a través de los escalones del gabinete hasta las más altas dignidades de ministro delegatario. Hundiéndolo en la plutocracia lo hizo imprescindible, así como a Aquiles su progenitora lo volvió invulnerable al sumergirlo en las aguas del Estigia. Con el sol de la fortuna a las espaldas, se apresta a culminar el arreglo del país que se alquila, blandiendo el 121, la única prescripción de la Carta que en realidad respeta. Por eso da risa ver al mamertismo reclamando un aumento de sus posibles butacas en la Asamblea Constitucional y una mengua de las facultades de excepción del primer mandatario, concesiones que sólo los jefes de esa tendencia no aciertan a captar que se excluyen entre sí.

3. Los Orígenes

De lo examinado se desprende que la apertura económica no significa un compendio de formulaciones a las cuales pueda acogerse o no una determinada república, en un momento dado de su desarrollo; ni configura, sin más, una concepción académica cuya validez esté por demostrarse. Lejos de eso, consiste en una política global del imperialismo, especialmente de los Estados Unidos, que abarca problemas y envuelve intereses demasiado claves. Algunos economistas, de buena o mala fe, y hasta ciertos industriales despistados, creen que la nación haría bien en aceptarla, tomando desde luego las correspondientes precauciones en cuanto atañe al fortalecimiento de su capacidad productiva. No pocos llegan a proponer los correctivos necesarios, o a describir con rigurosidad las fallas de la administración pública que de inmediato debieran superarse, pero sin parar mientes en que los imperiosos recursos financieros prosiguen en manos de quienes apuestan a nuestra bancarrota, o en que transcurren tiempos difíciles, caracterizados por el agudo estancamiento, las alzas inflacionarias, los crecidos déficit. Nosotros nada compartimos de ella, salvo su denominación de apertura, para identificarla de algún modo, aunque comprendemos que tras el eufemismo lo que se esconde es la más grande ofensiva de colonización económica sobre Colombia, pues tiene que ver con la suerte de la industria y el agro, la penetración indiscriminada de las trasnacionales, la absoluta libertad comercial y cambiaria, el embotellamiento o confinación del país a la "microempresa", el envilecimiento de la clase trabajadora, la entrega de la banca al agio y a la especulación internacionales, la enajenación del sector estatal de la economía, las larguezas de la reforma financiera, la carestía automática e incontrolada y la enmienda regresiva y despótica del régimen jurídico. Hay muchas y variadas pruebas de esto, que nos impiden pensar lo contrario. Mencionaremos tres de indiscutible trascendencia.

En primer término, las toneladas de análisis, informes, "cartas de intención" y demás avenencias comprometedoras con las cuales el Fondo Monetario Internacional y su Banco, en forma cínica y seudocientífica, nos aleccionan para que cambiemos la pesada carga de los empréstitos, la reduzcamos, o la tornemos manejable, firmando la liberalización en cada uno de los puntos indicados. En su anárquico desenvolvimiento, la deuda externa acabó apuntalando su doble importancia como idóneo canal de extracción de la riqueza de los pueblos y como eficaz medio de imposición de medidas a los Estados, valga decir, el desvalijamiento y el vasallaje.

Desde 1984, para darle pista al crédito Jumbo, el Fondo y el Banco pusieron el requisito del desmonte de la restricción a las importaciones, amén de otros ajustes que el gobierno de Betancur rechazó airado de palabra tras haberlos admitido, "gradualmente", en la mesa de negociaciones, lo que se garantizaba con una monitoría de sus agentes, tan acuciosos e inconmovibles como los comisarios de la tenebrosa Inquisición. Y al crédito Challenger también se le expidió el permiso en los últimos días de 1988, no sin que antes el gobierno anterior se aviniera a las demandas de revivir los trabajos preparatorios de la apertura, en su esencia definida ya en los compromisos contraídos por el país desde 1985. Aunque no lograría culminarla, Barco la inició y, sobre todo, se la dejó lista a su sucesor. No en otra forma se explica cómo el ministro Casas Santamaría haya podido, en menos de una semana de posesionado, armar los cuatro minuciosos decretos modificatorios de las comunicaciones colombianas que su despacho promulgó al mismo tiempo. Y con toda seguridad aún reposan en las gavetas de las oficinas públicas muchas disposiciones que solamente aguardan la rúbrica de los funcionarios para salir a la luz.

La segunda prueba radica en una casualidad que no lo es tanto. La abrumadora mayoría de los gobiernos latinoamericanos, tal vez con la única omisión cierta de Cuba, ya se hallan, en un sentido u otro, matriculados en la nueva escuela. Unos empezaron temprano, como Chile, y otros más tarde, como nosotros, pero en todos los países el pensamiento dominante renegó de cuanto estaba aplicándose, directrices que si no favorecían el desarrollo de los pueblos, al menos reservaban al control discrecional de los Estados determinadas parcelas de la economía. Esta uniformidad de opiniones y conductas clama por un factor cohesionante que la dilucide, el señalamiento del poder superior que gobierna los poderes menores. Ese no es otro que Estados Unidos, cuyos dictámenes prevalecen en América Latina desde la época de la desmembración de Panamá y con una solvencia que jamás disfrutara en región alguna del globo. Ahora le urge afianzarse en su retaguardia continental, con el fin de hacerle frente a la guerra económica que le han declarado las otras potencias. Los basamentos de la vieja integración de las repúblicas del área, caso Pacto Andino, Mercado Común Centroamericano y hasta la misma Alalc, volaron por los aires. Al igual que en Colombia, caudillos sin trayectoria asumieron en todas partes los retos del mando, con la excepción de un Carlos Andrés Pérez, el veterano presidente de Venezuela que, por lo demás, también abre las fronteras, vende los muebles de la casa y parla la misma jerigonza. Con todo, el "revolcón" del Continente no hubiera sido posible sin la nueva hornada de ideólogos de la burguesía, de los cuales nos ocupamos atrás; salidos por lustros de ilustres claustros, y colocados en los centros donde se ambientan o toman las decisiones. Son los masteres que nos pintan con agudeza Jorge Child y Rodrigo Llorente en sus columnas periodísticas y que acuden por miles a engrosar esa horda de intelectuales encargados de ponerles el uniforme de moda a las ideas, a las actas y a las costumbres en nombre del capitalismo moderno. Cuando menos en sus episodios preliminares, la lucha contra la privatización de América la perdimos con el auge de la educación privada.

Y en tercer término, tenemos el discurso con el que George Bush efectuara la presentación formal de su famosa Iniciativa para las Américas, un documento básico porque simboliza, de una parte, el canto de victoria tras el intempestivo giro que vienen adquiriendo los atropellados acontecimientos mundiales en los últimos meses, y de la otra, sintetiza las miras estratégicas del presidente norteamericano que, aun cuando no hace mucho prestó su juramento, estuvo estrechamente vinculado a la administración Reagan durante dos períodos. Los síntomas de desintegración que acusa el temido imperio soviético los toma como augurios de un cambio bendito en la correlación de las fuerzas mundiales, dentro del cual el poderío norteamericano pasaría del repliegue al contraataque. Eso lo dio a entender el 27 de junio en dicha alocución y ya en agosto sus tropas estaban hollando las quemantes arenas del Medio Oriente, con el asentimiento unánime del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y con la complicidad, a veces franca y a veces tácita, de las capitales europeas, de Tokio, de Moscú y hasta de Pekín, un desenlace que no se presentaba en décadas. Sin embargo, tales toques a somatén los encuadra dentro del conflicto que el mundo trae larvado desde cuando la recuperación de los protagonistas de la Segunda Guerra Mundial dejó de ser una conveniencia para convertirse en un antagonismo insalvable, ante lo cual no encuentra solución diferente a la del "mercado libre". Considera que este modelo de desarrollo, que en su opinión se fortalece con las tragedias de la Perestroika, forja la "llave" con que los hombres entrarán al nirvana de la "estabilidad política y económica". Así piensa proporcionarle a su país el ambiente propicio que el ajuste de cuentas con sus enriquecidos adversarios precisa. Y a la América Latina le promete la felicidad si se unce a su carro de batalla. Habrá préstamos frescos y algunas rebajas para los endeudados pueblos que remuevan los "impedimentos a la inversión internacional" y erradiquen en la práctica las "erradas nociones de que la economía de un país necesita protección con el fin de desarrollarse". No sabemos cómo le irá próximamente al señor Bush en el campo de Agramante, en su Parlamento, o en las bolsas del mundo, pero estamos convencidos de que América Latina rueda hacia el abismo de su plena colonización económica y quienes no partan de este punto de vista no comprenderán ninguna de las polifacéticas y absurdas consecuencias de los factores enunciados, y acaso ni su propio drama.

4. El Porvenir

Dentro del desconcierto prevaleciente se escuchan voces que, no obstante su inconciencia, destapan en unos cuantos señalamientos aspectos sustanciales de la verdad oculta. Después de echarle un vistazo a la creciente fragmentación económica universal y de tomar nota de los rumores pesimistas que bullen en los pasillos de las difíciles negociaciones comerciales del Gatt, llevadas a efecto al otro lado de la frontera, en la célebre Ronda de Uruguay, El Mercurio, de Chile, en sus glosas editoriales del 8 de octubre último, se quejaba de "dos fenómenos" que "marcan" una "tendencia mundial": "El primero es el mayor proteccionismo que amenaza la política de libre intercambio, a la cual obedece la enorme prosperidad económica vivida en las últimas décadas en el mundo industrializado. El segundo es la formación de bloques comerciales que agrupan a determinados países para establecer un comercio libre intrarregional y, en ciertos casos, armonizar incluso las políticas económicas". Llama la atención que semejantes deducciones provengan del país piloto de la apertura. No es que el diario ya no crea en ella; sencillamente ha empezado a objetar, un tanto tarde y a la buena de Dios, de qué modo las metrópolis les instilan a los pueblos expoliados el liberalismo económico de nuevo cuño, mientras entre ellas levantan murallas férreamente proteccionistas. Una contradicción obvia, comprensible y explicable.

Entre nosotros también han surgido comentarios adversos al proyecto aperturista, siendo que aún no hemos padecido sus calamidades. Desde cuando encumbrados funcionarios dieron como un hecho irreversible que la agricultura colombiana habría de sufrir, sin atenuantes, el hostigamiento de los competidores foráneos, el doctor Gabriel Rosas Vega, basado en su experiencia, se opuso y trajo a colación que las sociedades altamente industrializadas de Estados Unidos y de la Comunidad Europea gastan decenas de miles de millones de dólares en subsidios con los cuales sostiene el rendimiento de su producción agrícola, sin que ello sea óbice para aconsejarle al Tercer Mundo que elimine los suyos. A su turno, muchos sectores gremiales que se mueven entre la incertidumbre y la esperanza han puesto en circulación sus críticas, sus reclamos, sus falencias. Coinciden todos en que hay una infinidad de problemas represados, debido a la acción indolente de administraciones sucesivas, para que la actual salte hoy a escena con un montón de programas improvidentes cuyo efecto inevitable sería la desaparición de los frutos del trabajo de varias generaciones colombianas. Y la clase obrera ha declarado para este 14 de noviembre un paro cívico nacional contra la apertura económica, contra la privatización de las entidades del Estado y en defensa de sus caras conquistas sindicales, objetivos que por sí solos hablan tanto de la claridad y de la decisión de los trabajadores como de su patriotismo. Las fuerzas sociales que velan por la soberanía de Colombia contribuirán a esta pelea histórica que se nos ha impuesto, pero al proletariado le corresponden el deber y la distinción de encauzarla.

Una advertencia a manera de epílogo. Los representantes del gobierno han creado falsas expectativas en torno al eventual aumento de las inversiones extranjeras que registraríamos, si llevamos sin vacilaciones y hasta las últimas consecuencias la apertura económica" Pero al margen de cualquier otro análisis, el flujo de aquéllas, grande o pequeño, no elevará realmente el nivel de vida de nuestra población. Como su movimiento está determinado por la ley de la máxima ganancia, y al país vienen a resolver no las dificultades ajenas sino las propias, agravadas con la agudización de la competencia mundial, se concentrarán en los negocios que más reditúen y con las condiciones previstas dentro de la reforma laboral, o sea la utilización de la mano de obra menos cara posible.

Por los días de agosto en que los colombianos supimos con sorpresa que las telecomunicaciones serían privatizadas de inmediato, el doctor Emilio Saravia Bravo, aún presidente de Telecom, en enhiesta posición y patriótica actitud de rechazo a las medidas, hizo hincapié en un par de consideraciones fundamentales: que no se podía "desaprovechar una infraestructura montada por el Estado durante cuarenta años"; y que si se pierde esa fuente de ingresos tendrían que "revisarse planes de alcance social indiscutible como el Plan Nacional de Telefonía Rural". Seguramente sin proponérselo, el doctor Saravia traza la única línea válida de desarrollo para el pueblo colonibiano: hacer valer lo suyo y vincular al progreso las zonas atrasadas. Mas eso no lo lograremos sin las denigradas partidas de apoyo a los frentes de la producción con mayores penurias, sin el llamado "crédito de fomento", y, en suma, sin que destinemos parte de la acumulación nacional al adelanto de los sitios relegados pero que entrañan enormes potencialidades para el porvenir de la nación entera. El doctor Saravia concluye: "Lloverán propuestas para prestar los servicios rentables, pero se dejarán de lado las comunidades que no disponen siquiera de un teléfono y a las que se llega con pérdidas." Los capitales imperialistas, a los que atribuimos no sin razón las más maravillosas realizaciones en los anales de la industria moderna, no logran suprimir el desequilibrio secular entre los centros ricos y la periferia pobre. Al contrario, erigen su esplendor sobre el ahondamiento de aquellas desigualdades, tanto dentro de las repúblicas que los acogen como a escala internacional. Quienes creen que la ley de la rentabilidad decide desde el nacimiento y muerte de las fábricas hasta el "auge y caída de las grandes potencias", abrazan el más grosero economismo. Si hay alguna actividad en la que se den cita tarde que temprano las influencias del resto de las funciones sociales, sin excluir la enseñanza, el arte de gobernar, el ordenamiento del pueblo, o la guerra,

esa es la producción, que proporciona los bienes materiales y sostiene al hombre. De las incidencias de tales elementos y de sus relaciones, que con el avance se tornan más y más complejas, depende la evolución de la sociedad. De ahí que al Estado moderno le corresponda un creciente papel en la conducción económica, que con toda certeza no habrá de desaparecer por la apertura. Las mismas trasnacionales necesitan de la capacidad económica de los gobiernos, sin la cual no habría quién atienda los frentes no rentables, que en materia de servicios o infraestructura, por ejemplo, son imprescindibles en el desarrollo productivo. La solvencia oficial se requiere igualmente, y en alto grado, como garantía de cumplimiento de los compromisos bilaterales o multilaterales acordados entre las naciones por diversas causas; y para que la administración pública vele por los pobres, quienes van pasando poco a poco de la "formalidad" a la "informalidad", y habida cuenta de que las revoluciones también repercuten en la economía. Por lo que respecta al descontento del pueblo, éste impedirá que la privatización abarque a muchas empresas estatales. Y si la preocupación estriba en las malas, administraciones, procuremos designarlas buenas.

Lo curioso de este complicado asunto radica en que a pesar de todo la tasa de ganancia de las trasnacionales seguirá descendiendo y los problemas propiamente obreros se propagarán sobre la superficie del orbe. Los costos de producción en los países semiindustrializados del Sudeste Asiático, en donde floreció primero la subcontratación internacional, han ido incrementándose por variados motivos, entre los cuales se destacan las luchas de los sindicatos. Los monopolios norteamericanos y japoneses buscan otras naciones receptoras, baratas, como Tailandia, Filipinas, Malasia y el mismo México. La internacionahzación del capital acabará entrelazando al mundo en tal forma que la división del trabajo propia de las grandes factorías se efectuará a través de países y de continentes y no ya bajo un solo techo. Unos producirán las partes o los componentes de los productos y otros los acabarán o ensamblarán, ahondándose las desigualdades entre la porción desarrollada del mundo y la indigente. Las contradicciones entre los bloques económicos tampoco conocerán límites; la crisis se extenderá con todos sus estragos, y la clase obrera se hará sentir en grande.

 

Notas:

(*) Contraria contrariis curantur. Las cosas se curan por medio de las contrarias.

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Publicado en El Tiempo de noviembre 10 de 1990.