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Viene de Parte Dos: Criterio Mercenario. En esta Sección Parte Tres: Teoría Revolucionaria

Capítulo III

FALLAS CONSIDERABLES EN LA CREACIÓN DE UNA TEORÍA REVOLUCIONARIA

Hemos dicho que el tercer problema fundamental que afronta al Movimiento es la falta de una teoría revolucionaria estructurada, que sea fruto de nuestra práctica concreta y de las condiciones colombianas. Aunque consideramos básico este problema lo colocamos deliberadamente en tercer término porque comprendemos que la orientación teórica que necesita el Movimiento revolucionario colombiano, no puede estructurarse de un momento a otro, sino que es el resultado de una larga experiencia de lucha, y de un análisis muy objetivo de estas experiencias, de la situación real del país, de las distintas formas y etapas por las que ha pasado el proceso revolucionario y el grado de participación que en el han tenido las distintas clases. En nuestro caso concreto no podríamos esperar obtener una teoría elaborada de la revolución colombiana en los primeros días de la fundación del Movimiento y acaso no la tendremos hasta dentro de mucho tiempo. Ni tampoco podemos obtener una teoría “acabada” de la revolución sería anti-dialéctico porque la teoría se va conformando y enriqueciendo día a día la práctica revolucionaria y solo con la mayoría con la práctica revolucionaria.

Lenín aseguraba que en la lucha revolucionaria tanto las masas, como las clases, los partidos y los jefes aprenden. Toda teoría revolucionaria que aspira al acierto de contemplar las enseñanzas obtenidas por las masas en su lucha contra el imperialismo y las oligarquías. Conocer las experiencias de las masas en su lucha práctica exige ante todo una estrecha ligazón con ellas, que sólo la puede dar una actividad revolucionaria cotidiana. Por eso, quien, preciándose de teórico marxista, mantenga una conducta de divorcio con las masas y con la práctica revolucionaria, no pasará de ser un charlatán. Quien se aparta de las masas, es aparta de verdad de la lucha revolucionaria.

En la tarea por la creación teórica los revolucionarios colombianos en su inmensa mayoría repetidores de lo que dicen los auténticos ideólogos del marxismo-leninismo en la revolución anti-burguesa. Esta clase de “teóricos” ha contribuido indudablemente al estudio de la experiencia universal del proletariado, pero desgraciadamente han sido muy escasas sus incursiones en la historia de Colombia y sus investigaciones de nuestras condiciones particulares. La controversia ideológica internacional forma parte en que las fuerzas marxista desenmascaran la traición de algunos contemporáneos, ha contribuido notablemente a precisar conceptos y principios a estas por estos a prueba por los partidos comunistas del mundo. En esta gran discusión los chinos han tenido una participación de vanguardia en defensa al marxismo-leninismo, al que enriquecen, además, con el aporte del complejo proceso revolucionario, sino, en el que el elemento campesino ocupa lugar estratégico especial. Las obras teóricas de los dirigentes chinos, especialmente las del camarada Mao Tse Tung, sobre prácticas, verdaderos pilares del marxismo, se difunden ampliamente en los círculos revolucionarios de sectores importantes del Movimiento y que son los llamados, a no dudarlo, a enrumbar la organización por los caminos de la victoria. Estos sectores marxista del Movimiento tendrán que estudiar critica y científicamente nuestra historia para saber si hemos sido acertados y sobre todo para recoger el fruto que dejan los fracasos.

Esta tarea fundamental, que es una especia de inventario que las organizaciones revolucionarias deben realizar periódicamente, no se han cumplido dentro del MOEC. Por eso no sabemos muchas veces si determinadas orientaciones estratégicas y tácticas que el impartido la organización son justas, o si determinadas consignas para guiar la lucha de las masas dan resultados favorables. En el pasado no realizamos a cabalidades tarea de causa del bajo nivel ideológico. Ha habido incluso en el Movimiento manifestaciones abiertas de rechazo a la labor teórica. Muchos compañeros han confundido el estudio del marxismo y los pocos intentos teóricos dentro del Movimiento como brotes “derechistas” en nuestras filas y se les oye calificar en la lucha interna a elementos oportunistas, creando animadversión por la teoría revolucionaria. Algunos dicen: “Yo me encargo de la acción, otros se encarguen de la teoría”.

Todos estos militantes no comprenden que nuestro Movimiento no puede realizar una labor revolucionaria en cualquier terreno, militar o político, organizativo o educativo, sin ciertas normas generales que guíen nuestra práctica, que unifiquen nuestro criterio, que arroje luz a nuestras acciones. Sin las orientaciones teóricas, nuestro Movimiento será una organización de anarquistas, divididos por las más disímiles y aberrantes concepciones de la lucha. Precisamente una de las causas directas de las actuales divisiones dentro del Movimiento está en las fallas en la elaboración de una teoría colombiana de la revolución, que nos une en la práctica correcta. Apartar la teoría de la práctica es realmente no entender ninguno de estos dos términos. La teoría revolucionaria surge de la práctica revolucionaria o es la síntesis de esta. La teoría son las experiencias ordenadas y sistematizadas para orientar la lucha revolucionaria. Un partido revolucionario sin teoría revolucionara es como un hombre ciego que puede caminar, pero sin saber por dónde, a tientas, y a riesgo de sufrir tropezones. “La base de la teoría es la práctica, y la teoría, a su vez, sirve a la práctica”, dice el camarada Mao.

En este material no pretendemos hacer un estudio de todas las concepciones teóricas aprobadas por el Movimiento y practicadas por sus militantes a través de estos siete años de lucha. Hemos precisado, eso sí, que las desviaciones ideológicas y políticas del oportunismo contemplan criterios equivocadas sobre muchos aspectos capitales y que ya estudiamos en los capítulos anteriores. Por ahora queremos limitarnos a la visible despreocupación por el análisis profundo de nuestras experiencias. Los fracasos militares del MOEC, por ejemplo, no han recibido la atención que merecen por parte de nuestros compañeros para perfeccionar nuestra línea política y militar futura. Los congresos y plenos del Movimiento por lo general han hecho caso omiso de todos los problemas organizativos y de dirección que tenemos y que hemos señalado atrás. Por otra parte se han probado orientaciones subjetivas y lanzado consignas equivocadas sobre la lucha armada y la construcción del partido que no han sido objeto a una acuciosa revisión.

EL MOEC O LA LUCHA ARMADA

Cuando la traición y el fracaso de las direcciones seudo-marxistas en señalar un camino claro para la liberación de nuestro pueblo eran evidentes, apareció el MOEC enarbolando una bandera: La lucha armada. Por primera vez en la historia de la teoría revolucionaria de Colombia esta tesis de la lucha armada aparecía unida a un Movimiento político como fundamento central de su programa revolucionario. Esta tesis de la lucha armada se ha venido desarrollando con la práctica consecuente de los revolucionarios; también, por otra parte, se le han querido limitar, sus alcances en las especulaciones “teóricas”, se le han dado falsas interpretaciones y hasta se ha pretendido desviar sus objetivos, pero lo cierto es que desde entonces es una solución para la liberación de nuestro pueblo, como línea estratégica fundamental de la revolución colombiana que contempla nuestras condiciones de país semi-feudal y semi-colonial de la órbita imperialista.

Con la gloriosa victoria de los guerrilleros de la Sierra Maestra y el enrumbamiento socialista y proletario de la Revolución Cubana, se abrió una nueva etapa en la lucha revolucionaria de América Latina. Quedaba comprobado el aguerrido pueblo chino en Asia, que “el imperialismo yanqui es un tigre de papel”. La lección la aprendería los sectores progresista de los pueblos de América Latina. El triunfo de los pueblos sobre los guerreristas y explotadores norteamericanos era posible en estas tierras de Bolívar y Martí; ahí estaba Cuba victoriosa, un pequeño y grande pueblo de apenas seis millones que expulsó de su territorio al Tío Sam con todos sus cohetes intercontinentales, con todas sus bombas atómicas, con todas sus flotas de guerra, a sólo 90 millas de Miami. Un reducido grupo de guerrilleros, con Fidel y Guevara a la cabeza, fue la chispa que prendería la llama de un gigantesco movimiento antiyanqui, en Cuba primero y en América Latina entra después. Las oleadas de este Movimiento continental contribuirían a limpiar el horizonte revolucionario de Colombia, de los planteamientos vacilantes y reformistas del revisionismo criollo y a levantar más alta la bandera estratégica de la lucha armada guerrillera.

La Revolución Cubana es uno de esos jalones en la historia que deja rezagados a los falsos transformaciones de la sociedad. Por encima de las maniobras diplomáticas y del lenguaje demagógico acomodado a la nueva situación, independientemente de la voluntad de dirigentes y partidos, la Revolución Cubana es un hecho histórico que impulsa la revolución continental, desenmascara a los social-reformistas y que señala seriamente la vía guerrillera como la única solución para la inmensa mayoría de los pueblos latinoamericanos.

Las fuerzas honestas y consecuentes del Movimiento se echaron sobre sus espaldas la tremenda responsabilidad de llevar a la práctica la salida guerrillera, improvisando la táctica y divorciadas de las masas, por lo que sus acciones, aunque son experiencias importantes que enriquecen nuestra teoría revolucionaria. Estos intentos de crear frentes guerrilleros se han sucedido uno tras otro, cobrando vidas valientes de lo más puro de la juventud revolucionaria de Colombia. Nuevas organizaciones surgieron bajo la orientación de la lucha armada como forma principal de lucha y enrumbaron sus esfuerzos hacia la apertura de frentes guerrilleros. La concepción teórica central de la lucha armada, se ha venido popularizando y afianzando en considerables sectores de las masas. Posteriormente con la adopción de la ofensiva guerrillera por parte del Movimiento campesino de Marquetalia y con la irrupción del Ejército de Liberación Nacional en Simacota, Santander, esta tesis toma forma en la práctica y ha correspondido a estos compañeros en armas asestar los golpes más duros al enemigo.

Sin embargo la concepción de la lucha armada, a través de su desarrollo, como línea estratégica de la revolución colombiana, ha sufrido limitaciones en la interpretación y aplicación que de ellas hacen las direcciones revolucionarias, con lo que se recorta su verdadero sentido estratégico y su gran valor político. Una de estas limitaciones es el criterio militarista con que se enfoca la lucha armada, que consiste en subestimar el papel de la dirección política y reducir la colaboración con la lucha armada a la participación en el aparato clandestino y a las acciones militares. En estos errores se ha incurrido por la falta de experiencia de los grupos revolucionarios que están a la vanguardia de la lucha popular.

El problema no consiste en averiguar si la lucha armada es o no la forma fundamental de lucha de nuestro pueblo, ni de si debemos impulsar o no la lucha armada. En este punto básico estamos identificados los movimientos revolucionarios de vanguardia; el problema radica en como desarrollar mejor la lucha armada, en como orientarla para que desempeñe con toda efectividad su papel estratégico central, en como vincularla progresivamente a la lucha de las masas y en como combinar las diversas formas de lucha en apoyo de las fuerzas armadas revolucionarias. Es un problema de dirección acertada, de interpretación acertada de la situación en su conjunto y de aprobación acertada en la practica de las concepciones y soluciones, lo que es un criterio militarista, reducido, no podremos alcanzar.

La dirección revolucionaria no se debe limitar a atender y solucionar únicamente los problemas propios del desarrollo militar, sino que debe también darle la importancia que le corresponde a los problemas políticos, a aquellos que son producidos por un auge de la lucha armada y el resto que incide, en una forma o en otra, en el feliz avance de las fuerzas armadas revolucionarias. El éxito de la lucha armada no depende exclusivamente de las victorias militares, sino que depende también, y en gran medida; de las victorias políticas, mucho más en esta etapa inicial del desarrollo de la guerra popular y de debilidad relativa de nuestras fuerzas armadas revolucionarias, en la que la lucha política juega un papel de primer orden en apoyo de la principal forma de lucha, la lucha armada.

Debido a nuestra inexperiencia, concretamente en el caso del MOEC, no hemos cumplido a cabalidad con los deberes de dirección y orientación de la lucha popular. Hemos alcanzado la consigna de la lucha armada, pero no le hemos resuelto a las masas de la organización a creer que la única forma de apoyar la lucha armada es perteneciendo al aparato clandestino y militar y que esta actitud define al revolucionario. Con este criterio se menosprecia la importancia de la lucha política de las masas, se priva a las fuerzas armadas revolucionarias del apoyo masivo de amplios sectores revolucionarios, a la vez que se cae en el error de abandonar las masas a la espontaneidad. Podríamos citar varios ejemplos de este criterio militarista y reducido, de culto a la espontaneidad, con el que se aísla a la lucha armada revolucionaria; a este caso corresponde muchas de nuestras consignas alejadas de toda realidad, que las masas ni física ni políticamente podrían cumplir en la situación actual, como esa popularización por el Movimiento de “Cambia tu voto por fusil”.

Expliquemos un poco. La abstención ha sido para el Movimiento una línea a seguir que se deduce del régimen electoral antidemocrático de nuestro país. Las salidas electorales de la burguesía colombiana, que son parte de sus “comedias democráticas” con las que pretende engañar al pueblo sobre el verdadero carácter dictatorial y pro-imperialista de sus gobiernos, son cada vez más entrabadas con talanqueras constitucionales y regulaciones discriminatorias para impedir el acceso al parlamento burgués de los representantes de las clases explotadas. La entrega económica y política de nuestro país a los Estados Unidos, cada día más acentuada, que efectúan las oligarquías lacayas, por una parte, y el auge de las luchas populares ante el aumento acelerado de su explotación y su miseria, por la otra, son factores determinantes que obligan al régimen a hacer recortes considerables a la legalidad burguesa. Prueba de ello es que en Colombia solamente dos partidos (conservador y liberal) ambos oligárquicos y pro-yanquis, están reconocidos legalmente. De tal manera que todo candidato del proletariado o de los demás extractos populares, para poder ser elegido al parlamento, debe inscribirse en los partidos oligárquicos y apoyar y comprometerse con sus programas liberales o conservadores. Además el régimen parlamentario, sus disposiciones internas antidemocráticas, impide que se pueda desarrollar dentro de su seno cualquier lucha popular de ciertas proyecciones por parte de los congresistas de avanzada. El parlamento colombiano ya no es una tribuna desde la cual se logre crear conciencia a las masas e impulsar la revolución. De lo que sucede en el parlamento se entera el pueblo a través de las informaciones suministradas por los aparatos propagandísticos de la burguesía. Así las voces democráticas del escasísimos número de parlamentarios progresistas que se pueda colar al Congreso, son ahogadas por las toneladas de mentiras de las grandes rotativas y demás medios publicitarios del régimen. Ninguna ventaja, en estas condiciones, ofrece al pueblo colombiano la lucha electoral. Y como si esto fuera poco, el peligro de un golpe de estado “gorila” por orden del Pentágono, se blande permanentemente como una espada de Damocles sobre la atolondra cabeza de la democracia representativa. Casos del desconocimiento del resultado de las urnas los tenemos por montones en América Latina y se seguirán repitiendo en aquellos países en donde el dividendo electoral no satisfaga los propósitos del imperialismo.

La abstención ha sido un planteamiento político defendido por el movimiento como uno de sus puntos polémicos en las discusiones públicas con los seudo-marxistas del Partido Comunista y que ha servido para diferenciar los revolucionarios de los conciliacionistas y traidores. Con la consigna “no vote” se lucha efectivamente contra el régimen oligárquico y se ataca una de sus bases más podridas. La abstención se ha convertido en una pesadilla para la clase dominante. El aumento del índice abstencioncitas mide el aumento de la indiferencia popular hacia las “soluciones” de sus grandes problemas que le ofrece la oligarquía por intermedio de sus políticos. Cuando un pueblo deja de creer en los cauces legales para continuar sus luchas contra los enemigos de clase, necesariamente empieza a pensar en otros medios que le proporciones mejores resultados en la ofensiva como en la defensiva. No es por lo tanto en Colombia una coincidencia el fenómeno del aumento paralelo de dos formas de lucha populares: la abstención y la lucha armada.

Pero de estas consideraciones que hemos hecho no hay material de juicio para decirle al pueblo que “cambie su voto por un fusil”. Esta consigna desconoce la situación real de nuestro pueblo, desconoce su grado de conciencia y la correlación actual existente entre las fuerzas del enemigo imperialista y oligárquico y de las masas explotadas. Por lo tanto consignas de este tipo caen al vacío, porque el pueblo no está en condiciones de levantarse al unísono en armas. En el país existen muchos obreros, muchos campesinos, muchos intelectuales y estudiantes revolucionarios que están de acuerdo con la lucha armada y desean empuñar el fusil, sin embargo no pueden abandonar el taller, la oficina, el aula, para lanzarse en armas a la montaña, porque las condiciones objetivas del desarrollo de las fuerzas revolucionarias no dan aún para insurreccionar a todo el que quiera irse a pelear por el monte. Lo irracional del asunto es que la dirección revolucionaria no resuelva el problema de la colaboración efectiva de estos sectores progresistas con la lucha armada revolucionaria, cuando ésta necesita del respaldo amplio y de la solidaridad decisiva de las fuerzas revolucionarias y patrióticas. Si no se dan orientaciones acertadas, si irresponsablemente se agita por agitar y se lanzan consignas extremistas, sin sentido, las masas quedan en manos de su propia espontaneidad y enredadas en su propio desconcierto. Al profundizar en estas consideraciones encontraremos mas clara la necesidad de una dirección política, que valore en toda magnitud la nueva etapa del proceso revolucionario que vivimos y que exige una combinación al máximo de la lucha política con la lucha armada, la dirección revolucionaria debe trabajar ahincadamente por conseguir el apoyo de las masas a la lucha armada, aplicando una línea de unidad en torno a los frentes guerrilleros existentes. Ninguna lucha de las masas, política o económica, tendrá sentido revolucionario en esta hora, sino está orientada en el fondo a brindarle solidaridad a las fuerzas armadas revolucionarias. Las huelgas de los obreros, las invasiones de tierras , las luchas estudiantiles. Los paros cívicos, deben tener por decirlo así, ese sello insurreccional de apoyo consciente a la lucha armada y de debilitamiento político de las oligarquías. El pueblo debe entender progresivamente, y para ello hay que desarrollar una política de dirección acertada, que allá en las montañas de su patria se están gestando sus fuerzas reales, su poder real, su brazo armado que dará al traste algún día con todos sus explotadores y verdugos. Para lograr esto hay que fortalecer la lucha política de las masas.

Existe dentro de ciertos sectores revolucionarios confusión sobre la interpretación del verdadero papel estratégico de la lucha armada. Esta confusión se manifiesta en el divorcio que hacen de la lucha armada al margen de las otras formas de lucha del pueblo y de las grandes tareas revolucionarias como la de creación de la conciencia revolucionaria de nuestra clase obrera. Para la dirección seudo-marxista del Partido Comunista de Colombia esta confusión ha sido línea política peculiar. La necesidad de la lucha armada se desprende de las condiciones concretas de nuestro país, del juzgamiento económico y político que el imperialismo yanqui ejerce violentamente sobre nuestro pueblo y de nuestra condición de país semifuedal, y semicapitalista. La oligarquía colombiana, traidora de los intereses nacionales y entregada a los imperialistas, contribuye a la dominación política y militar de nuestro pueblo, a la deformación de sus sentimientos patrióticos y a la agresión directa y brutal contra todas sus manifestaciones populares y anti-yanquis. La situación lamentable de nuestra clase obrera, débil numérica y políticamente, prosternada ante la ideología de la clase dominante, le ha impedido jugar su papel histórico de clase revolucionaria de vanguardia en Colombia. La lucha de los campesinos por la tierra en manos de los terratenientes vendidos al amo yanqui, y el estado de abandono y subdesarrollo en general de las zonas rurales, hacen del campo un escenario de la necesidad de la lucha armada revolucionaria como forma estratégica principal de lucha, y fundamental la orientación campo-ciudad de la dirección revolucionaria. La lucha armada revolucionaria desencadenará las condiciones favorables para la vinculación de nuestra clase obrera a la lucha revolucionaria de Colombia y mediante el fortalecimiento de la lucha armada del pueblo se oirá logrando la unidad popular y el aislamiento político progresivo de los agresores yanquis y sus lacayos nacionales. La lucha armada revolucionaria radicalizará la posición imperialista, reaccionaria y la posición popular revolucionaria. La lucha armada revolucionaria impulsará al máximo la lucha política de nuestro pueblo y obligará a los imperialistas a quitarse su careta de “embajadores del progreso y de la paz”. En este sentido la lucha armada revolucionaria es la línea política más justa de la revolución colombiana y el deber de todos los revolucionarios es impulsar y fortalecer esta línea.

Sin embargo la dirección seudo-marxista le quita a la lucha armada todo su valor estratégico y político, cuan la mira como un hecho aislado, campesino, cuando se le explica únicamente como la forma de lucha de determinadas organizaciones campesinas, que se han visto obligadas a pasar de la “autodefensa” a las acciones ofensivas de tipo guerrillero como consecuencia de la violenta represión del gobierno contra dichas organizaciones. Para los seudo-marxistas la lucha armada revolucionaria no es una línea estratégica y política de la revolución colombiana, es el producto espontáneo de determinadas regiones campesinas, porque en ellas se dan las condiciones, para que aparezca la lucha armada. En este sentido la lucha armada no es un camino definid y claro para la liberación de nuestro pueblo, no es una necesidad que se desprende de todas las condiciones de nuestro país semifeudal y semicapitalista de la órbita del imperialismo norteamericano. Para los seudo-marxistas la lucha de las masas a nivel nacional las huelgas de los obreros y de la pequeña burguesía baja, como los médico y maestros, los sabotajes espontáneos de la población contra las grandes propiedades, las invasiones de tierra, el movimiento estudiantil revolucionario, la aparición de organizaciones revolucionarias que orientan sus trabajos …........................................................................................... y demás protestas y manifestaciones populares, como los paros cívicos, al reducir en ahondamiento de la crisis económica y política del sistema, ni para comprender que estas luchas populares debilitan al enemigo y proporcionan una colaboración definitiva a las fuerzas armadas revolucionarias. El gobierno lacayo no solamente tiene que gastar gran cantidad de esfuerzos económicos y militares en la persecución de fuerza para reprimir los movimientos huelguísticos en las ciudades, para defender a sus elecciones, a sus políticos de la furia del pueblo, para vigilar y asesinar al estudiantado, etc. Es decir, un aumento de la lucha popular significa un aumento de la debilidad política y militar del enemigo y mayor desahogo para nuestras fuerzas armadas revolucionarias. Sobre estas bases concretas de la lucha popular, sobre la descomposición económica y política del régimen, es que está basada la lucha armada y sus posibilidades de desarrollo y de victoria final.

Los seudo-marxistas no han hecho jamás estos planteamientos justos y como la concepción de la lucha armada revolucionaria se abre paso cada día entre más importantes sectores revolucionarios y en innegable ya en la teoría y en la práctica, tenían que acomodar su charlatanería revolucionaria a la nueva situación y a admitir, obligados, la lucha armada como un hecho cumplido, innegable, y no como una línea estratégica. El Partido Comunista habla de combinar las distintas formas de lucha, pero no define sus relaciones dialécticas, ni sus prelaciones, y en este sentido la combinación de las distintas formas de lucha es una orden para que el Partido Comunista participe en las distintas formas de lucha del pueblo, inclusive en la lucha armada, parceladamente, sin cumplir su papel de dirección y a los vaivenes de las espontaneidad de las masas. En esta forma se comprende por qué ante el fracaso de la línea sindicalista del Partido par crear una auténtica conciencia de clase a nuestro proletariado, no ha sido reconsiderada ni corregida aún esta línea, a pesar de que se habla en sus filas de la lucha armada; y se comprende también por qué el Partido contribuye a debilitar cada una de estas formas de lucha del pueblo, frente a un solo enemigo que practica una sola política de explotación y violencia. Las consignas del Partido “mamerto” son: “salvemos al Partido”, “acomodemos a la nueva situación”. Por eso su teoría de la revolución es una colcha hecha a tetazos a la que ha que quitar o agregar un pedazo de acuerdo con lo que “nos convenga”. Así un partido revolucionario, que aspire a la victoria, no podrá cumplir su gran tarea de orientador y directos del proceso revolucionario, por más temporalmente o en un momento dado aparente que le va muy bien.

El hecho de que en la Sabana de Bogotá no se pueda crear en estos momentos una guerrilla y en Marquetalia o en Simacota si, no autoriza a los revolucionarios para concluir que en el país no existen condiciones favorables para el fortalecimiento de la lucha armada revolucionaria, o para decir que el éxito de la lucha armada revolucionaria, su aparición concreta como forma de lucha popular, depende de las condiciones excepcionales y exclusivas de ls zonas campesinas donde operan los guerrilleros. Si así fuera, la expansión de la lucha guerrilera, la formación del ejército popular y el desarrollo de la guerra prolongada del pueblo, estarían limitados a los marcos reducidos de ciertas regiones campesinas y su porvenir, por lo tanto, sería incierto y su valor político menguado. La lucha armada ganará amplios sectores de las masas y será la forma más generalizada de lucha de nuestro pueblo, no solo del campesinado agredido, de los guerrilleros insurreccionados, sino del proletariado, de las inmensas mayorías pequeño-burguesas, del pueblo entero, en una palabra.

La vinculación de la lucha armada y de la lucha política del pueblo es indisoluble, ambas se relacionan y se impulsan, y el papel de la dirección revolucionaria no se limita a participar en cada una, sino que, además esto, debe orientarlas a ambas, luchar por hacerlas más fuertes y más estrechamente unidas y saber utilizarlas para el fortalecimiento de nuestras fuerzas armadas revolucionarias.

IMPROVISACIÓN Y TERGISACIÓN

Ha sido tradicional dentro del Movimiento improvisar en materia de orientación teórica y tergiversar los hechos pasado para acomodar las interpretaciones y experiencias a los intereses personales o de grupo. Limitémonos en esta oportunidad a leer el último documento publicado oficialmente por la organización y extractar de el algunos apartes. El último documento publicado por el Movimiento es el “Manifiesto marxista-Leninista” del III Plenum (Octubre de 1964). El manifiesto se remite a la Resolución Política aprobada por el I Congreso y la ratifica por considerarla acertada: “La sociedad colombiana actual, dice el manifiesto, es todavía una sociedad semifeudal y semicolonial, se está desarrollando el capitalismo a una velocidad sorprendente; que la vida económica, política, cultural y social del país, se halan sometida al doble control tiránico de las oligarquías nacionales y extranjeros de acuerdo con lo anterior, el MOEC pregona que la revolución colombiana, es en su etapa actual, una revolcón NACIONAL Y POPULAR, pero eso sí, esta revolución nacional y popular DEBE ESTAR DIRIGIDA POR EL PROLETARIADO.

Esta definición del carácter nacional y popular de la revolución colombiana en su etapa actual contempla las condiciones nuestras de Colombia y por lo tanto es acertada también es acertada la advertencia de que la revolución debe estar dirigida por el proletariado”. Lo que sorprende realmente es que mientras esto se consigna en la Resolución Política aprobada por el I Congreso (1960), y se ratifica en el III Plenum (1964), los estatutos aprobados y ratificados por todos los organismos marxismo del Movimiento, digan, como ya lo vimos, que la dirección debe estar a cargo de “ la clase obrera campesina”. Esta contradicción no se explica sino como resultado de la superficialidad y demás documentos políticos y teóricos no son discutidos muchas veces, sino que se recomienda su redacción a un compañero o a un grupo de compañeros después de haber pasado el congreso o el Plenum, e inmediatamente sin editados. Por ese estos documentos teóricos vitales del Movimiento reflejan únicamente el criterio del compañero o del grupo que los redactó y van impregnados del pensamiento “personal” y subjetivo, sobre todo en las partes que se refieren a la historia de la organización. Y así, negando la realidad pasada y con juicios subjetivos, no se construye teoría revolucionaria.

El manifiesto salido del III Plenum, al que nos venimos refiriendo, fue redactada por Mauricio Torres y publicado después sin haberse discutido en el Plenum. Dice el referido documento “En el II Congreso del MOEC en 1962 el ala marxista reiteró las criticas que ya había hecho en el I Plenum en 1961, e hizo otras nuevas sobre los graves errores cometidos posteriormente. Igualmente en este Congreso se planteó la necesidad de que el MOEC luchara firme y decididamente por el lograr la UNIDAD DE TODOS LOS MARXISTAS-LENINISTAS DE LAS DIFERENTES ORGANIZACIONES REVOLUCIONARIAS, con la esperanza de lograr la creación de un vigoroso y único partido marxista-leninista, pero desafortunadamente se opusieron a estas justas tesis de unidad nacional revolucionaria, algunos elementos de muy baja comprensión política, los cuales se mostraron incapaces de analizar concienzudamente el curso de los acontecimientos para hacer avanzar el movimiento revolucionario colombiano”.

Este recuento de lo que en realidad sucedió en el II Congreso del MOEC, es una hábil tergiversación de Mauricio Torres, quien no reconoce el error de su posición equivocada, cuando la sazón pidió la unidad del MOEC con el naciente Frente Unido de Sazón Revolucionaria (FUAR), que era una organización de oportunistas pequeño-burgueses, infectada de sabuesos del DAS, de demagogos y caudillos, quienes como Luis Emiro Valencia, había dado ya muestras de sus verdaderas intenciones de filibusteros y negociantes de la revolución. La unidad que pedía el grupo de Torres, hubiese significado un duro golpe para el Movimiento, porque al juzgar por las ulteriores acontecimientos, el FUAR buscaba el monopolio de la “revolución”, minando a las jóvenes organizaciones revolucionarias que como el MOEC, desvelaban a los esbirros a sueldo de la “Mano negra” y a los altos mandos militares del ejército oligárquico. Pero gracias a la actitud valerosa de honradez compañeros, que aunque carecían entonces de una sólida estructuración política, comprendieron el peligro y defendieron el Movimiento; el II Congreso por mayoría rechazó la propuesta de Torres.

Es lamentable que tergiversaciones de este tipo queden consignados en documentos oficiales del Movimiento, como este el III Plenum. Que lo que fue una maniobra liquidacionista del oportunismo se señale como una “Tesis justa de unidad nacional revolucionaria del ala marxista”. Que lo que fue una posición valiente en defensa del Movimiento por parte de los revolucionarios, se califique de “baja comprensión política y de incapacidad de análisis de algunos elementos”. Así, definitivamente, no se crea teoría revolucionaria. Si quien se aparta de la práctica se aparta de la verdad, quien tergiversa la práctica no tiene remedio.

Pero la unidad es un solo partido del proletariado, tal como la .................................... Torres (10), se consigue mediante la convocatoria de un congreso de unidad de “todos los marxistas leninistas de todas las organizaciones” o simplemente “integrando” las organizaciones avanzadas. Este planteamiento, además de distraer la militancia de la organización de los problemas capitales de la construcción del partido único proletariado y de la unidad, es una manera fácil y oportunista de aparecer como abanderados de la “unidad” y del “marxismo-leninismo”. La vida diaria rechaza a menudo los “buenos deseos” de los charlatanes. Todos los intentos de unidad que se llevaron a la práctica por parte de la dirección del Movimiento........................... R.C., el nuevo Partido Comunista (11) , etc, fallaron rotundamente, porque había concepciones diferentes de la revolución, por la rapiña de las posiciones burocráticas y por el criterio antirrevolucionario de querer hacer prosperar una organización a costa de otra de las otras. Las tesis de Torres sobre la unidad de un solo partido muestran por otra parte el inconveniente insalvable de tenerse que señalar, con antelación al pacto de unidad, los marxistas-leninistas de las distintas organizaciones, como si el marxismo-leninismo, fuera un título que pudiéramos ostentar en todas las ocasiones para satisfacer nuestros deseos. Los revolucionarios nos unimos alrededor de la línea más acertada de la revolución, alrededor de la línea política comprobada en la práctica como la más justa y bajo la dirección probada en mil combates victoriosos. La unidad en el partido es una unidad de clase, ideológica, basada en los principios del marxismo-leninismo y alrededor de la teoría que le de la victoria a las clases explotadas. La unidad en un partido único del proletariado no se alcanza con pactos, no con “congresos de unidad”, la unidad en el partido es la unidad política de las clases y las organizaciones revolucionarias propia del frente unido y que se logra como la bandera más apreciada y como la mejor garantía del triunfo final de la clase obrera.

Cuando la clase obrera y su partido se reúnen en el frente unido con otras clases y organizaciones revolucionarias, no se colocan como condiciones de la unidad los principios ideológicos ni organizativos del marxismo-leninismo. Por eso el partido debe pedir y respetar la autonomía e independencia de las organizaciones dentro del frente unido. Para alcanzar la unidad del frente unido, es un momento determinado del proceso y de acuerdo con las condiciones obligantes, basta con la identificación de las distintas organizaciones revolucionarias participantes en el frente unido sobre los intereses generales de la revolución, sobre el carácter de la lucha popular y sobre algunos métodos y algunas formas de lucha. Pero cuando se trata de la unidad dentro del partido las condiciones son mucho más severas. Se requieres una identificación completa alrededor de los principios ideológicos del marxismo-leninismo, una cohesión permanente, una disciplina férrea y una auténtica moral proletaria, se requiere una identificación plena a base de un análisis critico y autocritico de nuestra conducta pasada y una vinculación orgánica al trabajo revolucionario de estilo leninista. Si algunas de estas condiciones falla la unidad dentro del partido salta hechos pedazos. Y este tipo de unidad se debe lograr en el partido desde el mismo momento de su creación y se debe mantener frente a todas las situaciones y al precio que fuere necesario, aún dentro del grupo marxista-leninista más minoritario.

Después de un año transcurrido desde cuando el Movimiento lanzó su teoría de que “la tarea principal en la actualidad es la de construir con revolucionarios de todas las organizaciones, un partido marxista-leninista” y de aclarar que “existen en la actualidad condiciones excepcionales favorables para realizar en corto tiempo la integración”, se comprende más fácilmente que tal enfoque de nuestra situación era falso. La experiencia demostró que el abismo que existe entre las distintas concepciones ideológicas del Partido Comunista nuevo, que desde un comienzo guarneció viejos elementos revisionistas que con mañas se deslizaron a sus filas, y del MOEC, con sus profundas divisiones internas y en proceso de depuración, era insalvable por lo menos hasta que no se aclara la situación interna de las organizaciones y se definiera en ambas una clara orientación ideológica, política y organizativa. Los intentos de unidad que se hicieron resultaron al final fallidos. Hubo en el fondo apreciaciones contradictorias sobre la construcción del partido y las tendencias “izquierditas” que afloraban en el seno del nuevo Partido querían repetir acontecimientos vividos y hoy rechazados por la mayoría del Movimiento.

De estas consideraciones se desprende que en la actualidad para los miembros del Movimiento la línea más acertada de la construcción de un partido único fuerte del proletariado y la unidad de todos los revolucionarios en él, mientras no se modifique sustancialmente la situación, es preservar en el fortalecimiento de las fuerzas marxistas-leninistas del MOEC, desarrollando la lucha interna contra el oportunismo y aplicando entre las masas los postulados políticos y organizativos que hemos comprobado son justos.

FRENTE ARMADO Y FRENTE UNIDO

Estas son dos grandes tareas básicas de la revolución, sin las cuales no habrá partido único ni estado proletario. La necesidad de los frentes armados y del frente unido de las condiciones colombianas, y ambas tareas tiene como sostén la alianza obrero-campesina. Colombia como país semifeudal y semicolonial presenta un desarrollo capitalista interferido por la intervención y explotación económica directa de los Estados nidos y un considerable atraso en el campo, donde predomina el gran latifundio y de las relaciones semifeudales. El dominio neocolonial del imperialismo norteamericano se apoya en la gran burguesía y los terratenientes y se hace posible mediante la constitución de gobiernos títeres, que permiten acuerdos económicos de entrega de nuestra riqueza al amo extranjero y planes militares conjuntos bajo la asesoría del pueblo colombiano dependen de la ayuda político-militar norteamericana, sin la cual su suerte habría sido decidida hace ya mucho tiempo. De la naturaleza de los enemigos de nuestro pueblo se colige que la lucha popular tendrá u carácter antiimperialista y antioligárquica y que su principal forma será la armada.

Las fuerzas principales de la revolución son los proletarios y los campesinos pobres y jornaleros del campo; el partido de la revolución debe señalar como línea fundamental estratégica la alianza de estas dos fuerzas, porque los obreros solos, sin la base campesina del movimiento armado y los campesinos solos, sin la dirección ni el apoyo del proletariado, no podrán liberarse. El frente unido es la formación organizativa de la alianza obrero-campesina y de las otras clases explotadas que esta en contradicción con el imperialismo y las oligarquías, y que en un momento dado, de acuerdo con las condiciones de la situación concreta, se unen para hacer más efectiva su lucha. Ese es el frente unido, la alianza de las clases explotadas contra el imperialismo y sus aliados. La creación de un frente unido amplio es la mejor garantía del éxito de la lucha armada. El proceso revolucionario que no entienda esto, que separe la lucha armada de la alianza de las clases explotadas, desconoce la situación real de Colombia y fracasará inevitablemente.

La lucha armada se desarrolla fundamentalmente en el campo; su virtud de la lucha de los campesinos por la tierra y por mejores condiciones de existencia, adquiere la modalidad guerrillera en virtud de que los explotadores, que tiene en la actualidad la superioridad militar, muestran los puntos más débiles de su poder en el campo. El Movimiento campesino desemboca en el movimiento armado e instituye la pequeña propiedad rural. De estas condiciones favorables del campo para impulsar efectivamente la lucha revolucionaria, se deduce la línea política del Movimiento de vincularse al movimiento campesino y de organizar frentes guerrilleros en el campo. La guerrilla es el núcleo del Ejército Popular de Liberación que va consolidando y liberando bases de apoyo. En este sentido la liberación de todo el país se alcanza mediante la suma de territorios liberados y la victoria final de la guerra popular. Esta es igualmente la salida victoriosa de nuestra clase obrera. Pero hay que tener en cuenta las siguientes condiciones:

a) El movimiento campesino es en esencia democrático-burgués.
b) La clase obrera en nuestro país es débil numérica y políticamente.
c) El enemigo lucha ideológica, política y militarmente. De estas condiciones se desprende la necesidad de darle una dirección proletaria al movimiento campesino, que garantice la vanguardia de la clase obrera en todo el proceso revolucionario, enrumbe la revolución a la construcción socialista y comunista, en suma una dirección marxista-leninista que garantice llevar e impulsar la revolución hasta el final. Existe el peligro y grande que un movimiento campesino armado se quede en sus conquistas democráticas, y que de esta situación saque a la postre provecho el imperialismo y la burguesía. De ahí la justeza de darle la orientación proletaria al movimiento campesino mediante la política del partido al impulsar la alianza obrero-campesina y de darle una vanguardia marxista-leninista al frente armado para que dirija al proceso revolucionarios y lleve la revolución hasta el final.

No obstante en las filas de la revolución hace falta claridad sobre estos problemas elementales. Muchas veces subestima la necesidad de una vanguardia marxista sobre todas estas consideraciones que la revolución antifeudal y antiimperialista esta exenta de estacionarse en su etapa democrática por un tiempo indefinido y que de todas maneras pasará a la construcción socialista sin sufrir interferencias ni retrocesos. Gilberto Vieira, Secretario General del Partido Comunista de Colombia, se refiere así al respecto:
“La revolución que necesita Colombia es ante todo antiimperialista, antifeudal, democrática y patriótica. Pero al realizar estas tareas históricas tiene que encarar inmediatamente la edificación de las bases socialistas.

Es que en esta época no se puede siquiera concebir revoluciones que desemboquen en la vía del desarrollo capitalista. A este respecto, los ejemplos de Argelia y Cuba son concluyentes.
Por otra parte, entre la revolución antiimperialista y antifeudal y la revolución socialista no hay ninguna “muralla china” que las separe. Son etapas que no se pueden desconocer y hay naturalmente población de tareas pero una revolución esta indisolublemente unida a otra” (12).

Estas declaraciones del Secretario Político del Partido Comunista, niegan la posibilidad de que la revolución colombiana afronte el peligro real de estancarse en su etapa democrática durante un tiempo considerable, de manera inevitable si avanza solo el movimiento campesino armado, o dirigido por la pequeña-burguesía revolucionaria, y por lo tanto a falta de una dirección marxista-leninista, la revolución sufre retrocesos y desviaciones reales que serían indiscutiblemente hacia el capitalismo, el ejemplo de Argelia; que el mismo cita, desmiente su declaración, porque Argelia en este momento, debido a la falta de dirección proletaria fuerte de la revolución, hace concesiones al imperialismo, en detrimento no solo de la marcha hacia el socialismo de ese país sino de la solidaridad proletaria internacional. El Comandante Guevara dice que “revolución que no se profundice, es revolución que regresa”.

El partido revolucionario que no comprenda estas cosas básicas de nuestra lucha revolucionaria y que pretenda dirigir las masas explotadas contra sus explotadores, será un partido progresista, pequeño-burgués, democrático, pero nunca un partido marxista-leninista que pueda fortalecerse, tomar el poder y llevar la revolución hasta el final. Por eso a la vez el porvenir y fortalecimiento del partido marxista-leninista depende del cumplimiento de estas dos tareas básicas: frente armado y frente unido, que el partido premisas elementales y básicas no están claras y hay compañeros que se dejan engañar por tesis confucionistas que a rato provienen de otras organizaciones.

Miremos el caso del Frente Unido del Pueblo que ayudó a impulsar el Padre Camilo Torres y al cual concurrieron, en un principio, todas las organizaciones de oposición y revolucionarias. El MOEC llevó a este Frente Unido del Pueblo la orientación que hemos expuesto, y por ella se lucha al lado de otros marxistas de otras organizaciones a todos los niveles. Pero debido precisamente a nuestra debilidad organizativa y entre el enorme prestigio y respaldo de masas que despertó el Frente Unido del Pueblo y su visible cabeza Camilo Torres, muchos oportunistas de la pequeña-burguesía resentida con la esperanza de quedarse monopolizar la naciente organización, plantaron rabiosamente el criterio de que el frente unido no debía ser una alianza de las clases explotadas contra el imperialismo y sus aliados, como sostenían el MOEC, sino que debía se un partido más, integrado por los “no alineados”. Esta denominación de los “no alineados” significa en el lenguaje confuso de algunos dirigentes del Frente Unido del Pueblo, la gente que no ha pertenecido o no pertenece a ninguna organización no al partido revolucionario o reaccionario, y que es pasando por encima del análisis de clase, la fuerza que va a dirigir y hacer la revolución, porque conforma la mayoría del país. Estas tesis abiertamente liberales de formar un nuevo partido, contra la política acertada de un frente unido de las clases antiimperialistas y antioligárquicas que los marxistas sostenían, y por ende contra el avance general del proceso revolucionario.

Algunos compañeros del Movimiento, por falta de profundizar más en estos problemas del frente unido, acogieron con ligereza los planteamientos de los “no alineados” y muchos oportunistas del MOEC llegaron al extremo de darle el apoyo al presunto partido del frente unido de los “no alineados”, en lugar por verdadero frente unido y a favor de las orientaciones que defendían los marxistas del Movimiento.

El frente unido es la organización más amplia de masas que lucha contra la dominación imperialista y contra sus gobiernos títeres; es por lo tanto el apoyo organizado más basto para las fuerzas armadas revolucionarias. El frente unido canaliza las distintas formas de lucha en apoyo de la lucha armada y al mismo tiempo la lucha armada promueve y estimula la creación y el desarrollo de frente unido. A través de esta mutua relación el frente unido va ampliándose entre la población, organizando las fuerzas susceptibles de ser ganadas y neutralizando en lo posible las fuerzas que le puedan servir al enemigo. Pero el frente unido no puede surgir de golpe como un frente amplísimo, sino que cumple un proceso de ampliación acondicionado a las victorias políticas y militares de las fuerzas revolucionarias. Esto quiere decir que sin un fortalecimiento progresiva del frente unido.

Experiencia muy importantes en este sentido ha arrojado el frente Unido del Pueblo de Camilo. En un principio todas las fuerzas de oposición, hasta los sectores de la burguesía descontenta, brindaron con entusiasmo, y al lado de las fuerzas revolucionarias, algún apoyo a la plataforma de Camilo y al Frente Unido. Naturalmente que estos sectores burgueses y pequeño-burgueses de la oposición brindaron realmente a sus propios intereses democráticos y electorales. Además la figura de Camilo, descendiente de una familia aristocrática y liberal, con su sotana y sus títulos de sociólogo y profesor universitario, no les disgustaba. Y en verdad la posición de Camilo, su condición de sacerdote, su prestigio entre las masas, etc, permitían pensar seriamente en la posibilidad de ganar sectores de la pequeña-burguesía alta para el Frente Unido. Pero a medida que el Frente Unido de Pueblo fue reafirmando su carácter revolucionario y antiimperialista y a medida que daba su colaboración decidida a las fuerzas automáticamente revolucionarias y en especial a aquellas que luchan con el fusil en la mano, estos sectores burgueses, y pequeño-burgueses de la oposición comenzaron a poner inconvenientes al frente Unido, a hacerle criticas, a verlo mal y procedieron a retirarse y hasta enfrentársele abiertamente. (13) Las fuerzas revolucionarias no estaban lo suficientemente fuertes como para ganarse o neutralizar estos sectores de la burguesía y de la pequeña-burguesía descontenta y en contradicción con la gran burguesía lacaya y el imperialismo yanqui. Por eso al final, el Frente Unido del Pueblo se limitó a las organizaciones revolucionarias y a sectores del pueblo que en una forma u otra apoyaban o hablaban de apoyar la lucha armada revolucionaria.

Esta es una experiencia importante. La mayor o menos amplitud del frente unido lo determina el mayor o menor fortalecimiento de las fuerzas políticas y militares revolucionarias. El Movimiento debe aprender de esta experiencia y orientar la creación del frente unido de acuerdo con las condiciones existentes y con el desarrollo de las fuerzas revolucionarias, no importa que no sea al principio un frente unido muy amplio, el cual se podrá fortalecer y ampliar en el transcurso de la lucha, con el fortalecimiento político y militar de las fuerzas revolucionarias.

En resumen, debemos profundizar más en estos problemas de la construcción del partido, del papel dirigente del partido, del frente armado, del frente unido y de sus íntimas relaciones. Buscar que la militancia del Movimiento se preocupe por estudiar estos problemas mediante la discusión interna y campañas de educación y politización. Combatir fraternalmente a muchos compañeros que honesta pero lamentablemente piensan que con el solo avance de un movimiento campesino armado se garantiza el triunfo y el feliz desarrollo de la revolución. Tener siempre en cuenta que al movimiento campesino lo puedes dirigir y monopolizar sectores progresistas de la pequeña-burguesía, y en este caso la revolución corre el peligro de estancarse en la mitad del proceso, como en Argelia. Hay que vincular efectivamente el movimiento obrero a la lucha armada revolucionaria y a la vanguardia d esta colocar los mejores cuadros marxistas-leninistas del partido. Los dirigentes del Partido Comunista de Colombia, que tanto nos hablan de Marquetalia, Riochiquito, el Pato, no vinculan sus miembros más capacitados y prestigiosos a las guerrillas de estas zonas, y en su conducta más bien dela la impresión de que la dirección de la lucha armada reposa exclusivamente en los dirigentes campesinos. Si la vanguardia de la lucha revolucionaria no es el proletariado ni su ideología marxista-leninista, lo será la pequeña-burguesía y la ideología burguesa, y en te último caso la revolución tomará rumbos difíciles, por más que Vieira asegure que “entre la revolución antiimperialista y antifeudal y la revolución socialista” , no hay ninguna “muralla china que las separe” y que “en esta época no se puede siquiera concebir revoluciones que desemboquen en la vía del desarrollo capitalista”.

Sigue Parte Cuatro: Historia y Situación Actual