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Experiencias de la Segunda Guerra Mundial para Tener en Cuenta (1)

Cuando esta recopilación era apenas un proyecto en la cabeza de Gabriel Iriarte, y no hace mucho él me habló de ello, que traduciría de una publicación norteamericana las intervenciones del Primer Ministro del Estado Soviético durante la Gran Guerra Patria, con miras a ponerlas a la disposición de los miembros del Partido, como pieza de estudio, no dudé en alentarlo para que cristalizara prontamente la idea. No sólo la llevó a cabo, sino que emprendió con tenacidad la investigación acerca de la Segunda Guerra Mundial, y, acompañado de unas diapositivas, ha recorrido buen número de regionales ilustrando a obreros y campesinos sobre el tema. Ahora me pide que prologue su edición en español de los discursos de Stalin, en razón a que los lectores de la misma consistirán mayoritariamente en camaradas del MOIR, los cuales han venido aportando a la financiación de la obra con el pago por adelantado de los ejemplares. Al aceptar el cometido me propongo contribuir también a avivar el examen y la discusión de tan rico período histórico, cuyas enseñanzas fundamentales tergiversan con pérfida intención socialimperialistas y revisionistas, a medida que retumban por el orbe los aldabonazos de la tercera conflagración general. De otra parte, me ha obligado a ocuparme de algunos libros y documentos de entonces para poder efectuar, con mejores elementos de juicio, el ineludible paralelo con la situación actual. Los siguientes apuntes recogen tales observaciones. 
La valerosa resistencia del pueblo soviético contra la invasión nazi y su aplastante victoria final patentizan una de las hazañas más extraordinarias de todos los tiempos. Encontrábanse en juego asuntos de suma trascendencia. Se decidía si en el futuro inmediato caería sobre los pueblos el dogal de la esclavitud fascista o no. En el terreno de las armas, haciendo gala de fortaleza, de pericia y de técnica, en una extensión jamás vista, los dos sistemas sociales de la época, el imperialismo y el socialismo, zanjaban sus desavenencias. La lucha involucró lo mismo a la economía, a la política, que a la diplomacia. El contrincante que fallara en llevar los suministros al frente, tendido a lo largo de varios miles de kilómetros, sencillamente quedaría fuera de combate. Había que proveer los alimentos y las dotaciones para millones de soldados, los equipos de aire, mar y tierra, el combustible, los repuestos, e ir supliendo, de una batalla a otra, las cuantiosas pérdidas de vidas y armamentos. La organización en la retaguardia era decisiva. Las fábricas laboraban a pleno pulmón, incrementando constantemente el rendimiento e innovando en la marcha para obtener la preeminencia y no dejarse sorprender por los inventos del enemigo. En los albores del estallido, estrategas de ambos bandos coincidieron en valorar la importancia de las máquinas y los motores en la contienda que se avecinaba. El duelo aéreo y la pelea de tanques terminaron a la sazón imponiéndose como modalidades de la guerra moderna. 
Los alemanes tuvieron al principio la ventaja, debido a su condición de invasores. Escogían libremente el momento y los sitios de ataque, de manera que se ajustaran a sus conveniencias y ocasionasen los peores estragos al país embestido. La burguesía alemana, una vez firmado el Tratado de Versalles, comenzó a buscar el desquite de la derrota de 1918 y a prepararse febrilmente, aunque con sigilo, para la otra confrontación, con veinte años de plazo. El nazismo representa a cabalidad las ambiciones imperialistas de recuperar para Alemania la influencia perdida y arrebatarles a las potencias de Occidente, en particular a Inglaterra y Francia, sus vastos dominios coloniales. Desde el ascenso al Poder, Hitler encauzó la producción conforme a sus programas bélicos, abarrotando arsenales con los más avanzados tipos de aviones, acorazados, carros de asalto, submarinos, etc., y adiestrando unas poderosas fuerzas armadas en pos de las últimas evoluciones de las artes marciales. Cuando irrumpen contra Rusia, las tropas nazis llevaban dos años de campañas fulgurantes. Nadie logró contenerlas. Austria, Checoslovaquia, Polonia, Dinamarca, Noruega, Holanda, Bélgica, Francia y los países balcánicos sucumbieron estruendosamente. Los ingleses, como siempre, se habían salvado de la ocupación por el hecho de vivir en una isla y por su reconocida capacidad naval. Pero medio millón de sus efectivos, junto a los cuatro millones pertenecientes al afamado ejército francés, fueron abatidos en menos de un mes en los campos de Europa. La superioridad alemana conmovía al mundo. 
La Unión Soviética, desde luego, no constituía una pequeña y débil nación; se trataba de un Estado multinacional grande, centralizado, con incontables recursos, inmenso territorio y población numerosa. No obstante, venía impulsando pacíficamente su desarrollo material y cultural, en medio de las dificultades propias de las hondas transformaciones en que se hallaba empeñada, encarando el bloqueo del prepotente club de las repúblicas capitalistas y sin haber adecuado aún por completo su economía a las inminentes obligaciones militares, con todo y que los comunistas rusos vislumbraban, cual nadie más, que el choque resultaría inevitable. El primer problema, el de colocar el trabajo agrícola e industrial de las distintas comarcas y nacionalidades al exclusivo favor de las exigencias de la guerra, empieza a resolverse a partir del 23 de junio de 1941, al otro día del rompimiento de las hostilidades. El Ejército Rojo no consiguió repeler la arremetida alemana y se vio precisado a replegarse y ceder porciones muy considerables de su espacio. Leningrado y virtualmente hasta la capital, Moscú, quedaron cercadas y en angustioso peligro. Para garantizar vitales abastecimientos e impedir que los centros fabriles de las regiones occidentales los agarraran las fuerzas ocupantes, los soviéticos, en una demostración sin precedentes, transportaron de junio a noviembre más de 1.500 fábricas a las profundidades de su retaguardia. El desenlace parecía gravemente comprometido. Con avidez se esperaban las noticias procedentes del mayor, del determinante, del en verdad único frente que prevalecía. Ahora la totalidad de los intereses envueltos en el conflicto pendía de la batalla de Rusia. Si este postrer esfuerzo periclitaba ya no habría en el continente europeo bastión que frenara a las hordas nazis. Incluso los Estados Unidos, no estarían muy seguros allende el Atlántico. 
Mas el pueblo ruso, acosado, despojado, malherido, aguantó. Ningún sufrimiento pudo doblegar su espíritu combativo; nada opacó su infinito amor por la causa a la que ofrendaba los más caros sacrificios. No conoció el miedo, no se permitió un minuto de descanso, no perdió jamás la confianza en el triunfo. El fanfarrón de HitIer creyó que bastaría coger a coces la estructura bolchevique para que se desplomara al instante. Y al concluir 1941, después de seis meses de incesante guerrear sobre la interminable llanura, el empuje germano mostró síntomas inequívocos de agotamiento: las líneas en lugar de avanzar retrocedían, los objetivos fundamentales continuaban sin alcanzarse y la introducción del invierno helaba las carnes y el ánimo de los invasores. Procurando mantener la iniciativa y valiéndose de la inexistencia de un segundo frente que los aliados anglo-norteamericanos postergan prácticamente hasta junio de 1944, los nazis recurrieron a las reservas y reforzaron con varias decenas de divisiones a las 200 que, mermadas y exhaustas, proseguirían el embate en el nuevo verano. Sin embargo, aplazan el asalto frontal sobre Moscú, a la espera de una amplia operación por el flanco Este y el Sur, desde el Cáucaso hasta Kuibyshev, dirigida a cortar los puntos claves de las comunicaciones de la ciudad. La variación del plan táctico simbolizó para los agresores saltar de la sartén para caer en las brasas, puesto que sus unidades se dispersaron notoriamente, perdieron potencia y tropezaron con Stalingrado. La gloriosa urbe sobre el Volga tampoco quiso capitular y en sus alrededores cavó la tumba al VI Ejército alemán, unos 300.000 hombres, entre prisioneros y muertos. De allí en adelante el curso global de la guerra registra un viraje sustancial. La industria soviética, ya restablecida y estabilizada desde mediados de 1942, arroja índices superiores de productividad y de calidad a los del enemigo. El Ejército Rojo desata la contraofensiva y los nazis pasan a la defensiva estratégica. Para Alemania principia el período de las grandes derrotas y de la penosa retirada, así promueva esporádicamente golpes de proyección y de duración reducidas. 
Los descalabros en el Oriente colocan al régimen hitleriano en entredicho. La desmoralización va minando progresivamente sus filas; entre sus socios del Eje surgen las dudas acerca del porvenir de la aventura genocida, y las pequeñas naciones de Europa Central, obligadas a marcar el paso de ganso y a portar la esvástica, ansían la hora de desasir los ,compromisos de guerra. El nazismo, que funda su éxito en la intimidación y el engaño, como cualquier contracorriente reaccionaria no soporta la adversidad. únicamente sobrevive llevando la delantera, pero tan pronto se le nublan las perspectivas de vencer todo estará finiquitado sin remedio. Las condiciones se vuelven propicias para los pueblos sujetos a la sojuzgación o al chantaje del bloque nazi-fascista. La resistencia organizada de la población y el movimiento guerrillero se propagan por doquier en Francia, Yugoslavia, Albania, Grecia, etc. En China la lucha contra la invasión japonesa se consolida y el Ejército Popular de Liberación tórnase en la fuerza determinante de la salvación nacional. Por otra parte, Inglaterra y Estados Unidos estrechan los nexos amistosos con la Unión Soviética, intensifican los combates navales y aéreos contra el Eje, bombardean asiduamente las factorías enemigas y se alistan para tomar el norte de África, controlar el Mediterráneo y abrir el asedio sobre Italia. Estos tres gigantescos vórtices de acción, el de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas que pugna por la libertad de la patria y enarbola la bandera proletaria; el de las masas de los países sometidos que tienden hacia la conformación de Estados propios, independientes y soberanos, y el de las naciones capitalistas que se oponen a la agresión germano-ítalo-japonesa, proseguirán creciendo y cohesionándose en un poderoso frente antifaseista hasta tomar Berlin y hundir una de las más bárbaras y tenebrosas tiranías de este siglo. 
Hemos indicado cómo el heroísmo del pueblo soviético incide en el cambio de la situación en un lapso relativamente corto; a lo que debemos agregar las orientaciones políticas y militares, sin cuyo acierto, ni la sangre vertida, ni la laboriosidad desplegada, hubieran dado sus frutos. Partiendo del mismo vaticinio sobre el desencadenamiento de las contradicciones de la preguerra; pasando por la utilización de los factores positivos contemplados en la estrategia trazada, y concluyendo en el hábil maniobrar para, sin vender los principios, salir airoso de cada una de las complejísimas encrucijadas, el alto mando soviético hizo alarde de visión, sapiencia, audacia y capacidad, cual raras veces ocurre en la historia. Aquél era el Partido Comunista. Integrado por los continuadores de la magnífica tradición revolucionaria de Rusia y los herederos de las sublimes virtudes de Lenin; educado en los fundamentos científicos del marxismo y dirigido por un jefe formidable: Stalin. 
Aunque el fascismo configura una de las cuantas doctrinas imperialistas, lo escabroso de sus postulaciones y la brutalidad de sus procedimientos la hacen más acabada, más típica, más propia de la etapa en que el capital se convierte en monopolio e inicia su estado de descomposición y de expoliación parasitaria sobre las naciones oprimidas. La versión nazi recurre desaforadamente al nacionalismo y al racismo para encubrir las ambiciones de supremacía mundial. En la guerra de 1914-1918 las potencias triunfantes, prioritariamente Inglaterra, cimentaron y acrecieron sus respectivos imperios a expensas de Alemania que, además, hubo de aceptar la presencia y la inspección de sus contrincantes dentro de la misma casa. La burguesía germana no se resignaría voluntariamente a tan humillante condición, siendo que desde el punto de vista del desarrollo se recuperaba de manera vertiginosa y evidenciaba más pujanza, a pesar de no contar con los recursos de brazos, materias primas y mercados en todos los continentes, como sus vecinos. ¡Qué de cosas maravillosas no haría con esos "protectorados", "condominios", "fideicomisos" de mis supervisores! Empero una modificacion del mapa de Europa y sus colonias, al igual que en el 14, no podría intentarse más que con la violencia. Los plutócratas alemanes se dejaron tentar gustosos por los argumentos de la banda de Hitler y en las manos patibularias de éste depositaron su destino. Daban por cierta la colaboración de los regímenes de Italia y el Japón, acicateados por motivos similares. Desafiar de nuevo a los árbitros de Europa, en las circunstancias en que se debatía Alemania, iba a requerir de mucho esfuerzo y dedicación. El despotismo hitleriano proporcionó una disciplina vandálica, extremando el trabajo, distorsionando la mente de la juventud y eliminando sin contemplación a quienes disintieran de los planes oficiales. Creó un ejército altamente calificado, acorde con los adelantos técnicos y con las formas organizativas apropiados a éstos, verbigracia, las unidades mecanizadas de rápida movilidad, muy distintas a las antiguas formaciones de caballería, supérstites aún en no pocas de las instituciones militares. 
Los países imperialistas vencedores, con incalculables posibilidades, disfrutan, sin muchos azoramientos ni vigilias, de su posición notablemente boyante. La abigarrada red de posesiones coloniales, fuera de proporcionarles protección durante las crisis económicas características del modo de producción capitalista, les permite a las capas privilegiadas atesorar fáciles ganancias, llevar una vida muelle y hasta distribuir un buen porcentaje del saqueo de los pueblos extraños para el soborno de sus obreros e intelectuales, a objeto de preservar la convivencia social dentro de la metrópoli. Su preocupación no estriba en prender la llamarada sino en impedir que arda. Antes que desvelarse por construir ejércitos a tono con los reclamos de la época, cifran las esperanzas de tranquilidad en los tejemanejes del control armamentístico, en la firma de los tratados, o en los cacareos demagógicos sobre la conveniencia de las reformas seudodemocráticas. La guarda de sus intereses hegemónicos la supeditan a menudo a las tropas de los países atrasados y dependientes. ¡Si algún competidor nos pisa la punta del manto imperial no vamos a quebrar lanzas y a arriesgarlo todo por esa tontería! ¡Si nos sustraen del redil un país problemático y lejano a nuestros afectos, ahí nos sobran millones de kilómetros cuadrados y centenares de millones de esclavos para alimentar la molicie de mil generaciones! Así pensaron y actuaron los líderes de Inglaterra y Francia, las dos potencias imperialistas más poderosas y a la vez más decadentes del período anterior a la segunda conflagración mundial. 
Las avivatadas de Hitler contrastan con la torpeza de un Chamberlain o de un Daladier. Cuando aquél les pide en el cenit de su poderío que le entreguen los Sudetes checoslovacos a trueque de la promesa de que no habría más pretensiones territoriales, estos dos primeros ministros`, cual mansas almas de Dios, volaron a Munich, en septiembre de 1938, a satisfacer las exigencias del Führer. Pero lo más grotesco consistió en que mientras la prensa occidental todavía se desgañitaba en propalar los beneficios obtenidos en pro de la obra del appeasement, Checoslovaquia entera acababa bajo la "protección" del Tercer Reich. Durante años, tanto Alemania como los otros dos destacados pilares de la coalición fascista, exteriorizaron sin recato sus deseos de expansión. Italia se quejaba permanentemente de las injusticias de que fuera víctima en la partición del botín de 1919, y no veía la hora de vengar ese trato discriminatorio de sus tramposos examigos. Efectivamente, en octubre de 1935, Mussolini se lanzó sobre Abisinia (hoy Etiopía) y se la adueñó. En el Extremo Oriente el Japón también se revela descontento por el Tratado de las Nueve Potencias y los demás convenios que reordenaron los asuntos asiáticos de la posguerra; y en agosto de 1937 intensifica la ocupación del norte y el centro de China, suprimiendo en aquellas zonas cualquier otra injerencia extranjera. Los futuros signatarios del "Pacto de Acero" habían intervenido militar y mancomunadamente en España, a partir del verano de 1936. En marzo de 1938 los Panzer del general Guderian hollaron Austria. Y así, desde mucho antes de que Hitler franqueara el Rin, a principios de 1936, hasta la invasión de Polonia, el lo de septiembre de 1939, que originó la declaración anglo-francesa de la guerra, se produjo una serie de acciones bélicas, anexiones, violaciones de acuerdos y protocolos internacionales, que no ofrecía dudas en torno a los verdaderos alcances del expansionismo fascista. Sin embargo, a cada arbitrariedad del Eje, los aliados occidentales respondieron con una concesión, en la creencia de que evitarían el conflicto, cuando en realidad estimulaban las apetencias de los belicistas y los reafirmaban en sus cuentas alegres. El día en que los héroes victoriosos de la carnicería anterior, los fundadores de la Sociedad de Naciones, los promotores del "apaciguamiento", hubieron de descolgar la panoplia y marchar inevitablemente a las trincheras, comprobaron cuántos lustros atrás se hallaban respecto a la teoría y a la práctica de la guerra, cuán poco servían sus lentas operaciones y sus inmóviles defensas ante los ágiles desplazamientos de las divisiones blindadas apoyadas por el fuego aéreo. Reducidos en un santiamén, inermes y a merced de los suministros de la industria bélica estadinense, esperarían largo rato antes de intentar el desembarco de Normandía para apalear al tigre moribundo. Los caudillos de la vieja Europa brindarían un triste espectáculo de ingenuidad e indolencia. Inclusive en medio de la contienda armada, las clases gobernantes norteamericana y europea no desecharon por completo las quimeras de conciliación ni rompieron del todo con los genocidas. Hitler supo endulzarles el oído con el cuento de que su misión se concretaba en destruir la fortaleza comunista del Este, una piadosa mentira admitida y tolerada por los grandes imperios hasta cuando se estrellaron con el hecho cumplido y terrible de que sus hermosas propiedades tenían un inescrupuloso pretendiente. La lógica de los acontecimientos era tal que la invasión a la Unión Soviética sólo podría interpretarse así: quien aspire al hegemonismo universal ha de postrar a cada uno de los colosos del planeta; quien domine a Rusia contará con un poder descomunal para postrar el mundo. A nadie pasará ya desapercibido que una vez liquidado el inconveniente soviético, la Wehrmacht regresaría por los restos: Inglaterra y los Estados Unidos. 



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EXPERIENCIAS DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL PARA TENER EN CUENTA (Cont.)

La división entre las dos facciones alrededor de las cuales se realinderó la morralla capitalista, sus encontrados propósitos, el ascenso y la agresividad de la una, al lado de la decadencia y la indefensión de la otra, viabilizaron la alianza de la Unión Soviética con el contingente anglonorteamericano. Ninguna gestión, por desprevenida y contemporizadora que fuese, obraría el milagro de morigerar las diferencias interimperialistas. Al revés, éstas siguieron su curso normal, agudizándose a cada paso, hasta saldarse inexorablemente a cañonazos, por encima de los temblorosos pronunciamientos y las bobaliconas intrigas de la cuerda Washington-Londres-París. El zarpazo contra la seguridad del Estado socialista provenía incuestionablemente de parte de Alemania. Concertar la cooperación con los enemigos comunes del Eje, así encarnaran fuerzas de naturaleza expoliadora y colonialista pero inhabilitadas para hacer valer su iniciativa, respondía a una necesidad de legítima defensa que Stalin avizoró con bastante antelación e insistió en ella hasta satisfacerla. El acta de no agresión firmada por Ribbentrop y Molotov a mediados de 1939, absolutamente indispensable luego de la contumaz negativa de Occidente a convenir la lucha conjunta contra el fascismo, y sobre la cual tanto especularon los más disímiles comentaristas burgueses, no dejaría de ser un acuerdo eminentemente pasajero que, según el enfoque objetivo de la URSS, permitía ganar tiempo y esperar la arremetida germana desde posiciones militares lo más favorable posibles. La tergiversación respecto al mencionado protocolo soviético-alemán, que todavía hoy se zaranda después de cuarenta años, pretende en vano echar tierra a los titubeos y a las furtivas entendederas de los mandatarios occidentales con los jerarcas nazis. Abundan los testimonios de que el Krenilin repicó constantemente sobre la conveniencia de concertar la ayuda mutua con los gobiernos llamados democráticos, consciente de que se evitaría mejor el estallido de la guerra con el levantamiento de un poderoso dique de todas las naciones amantes de la paz, ante el cual se deshicieran las bravuconadas de los expansionistas, que con la adopción de la fementida política de "neutralidad" y "no intervención", con la cual se le daba luz verde a la masacre. La práctica corroboró la justeza de las directrices de Stalin para una coyuntura sin antecedentes en los anales de la clase obrera. Si bien las condiciones se asemejan a las de la década del diez, en el sentido de que la conflagración la provoca la rebatiña entre las naciones "civilizadas" por el control del orbe, había un factor nuevo: la permanencia de un próspero país socialista, habitado por 200 millones de personas, faro y ejemplo de los revolucionarios de todo el globo, cuya integridad entraba en juego al precipitarse la hecatombe. Como presa codiciada a los ojos de la sórdida reacción teutónica, la Unión Soviética no sólo no se eximiría de la contienda, sino que la vastedad de su territorio estaba destinada a servir de escenario principal de ésta. Bajo tales augurios, descubrir y facilitar los medios para la salvaguardia de Rusia, debía constituir el primer deber del proletariado internacional. Cuando Lenin encaró en 1914 el problema de la guerra imperialista calificó de judas y caínes a quienes, en nombre del comunismo y tras el argumento de proteger a sus "patrias", se coligaron con los bandoleros enzarzados en la criminal disputa por las tierras ajenas. Precisó: ni los trabajadores ni los pueblos oprimidos saldrían gananciosos de la matanza; se lucrarían únicamente los banqueros y potentados del bloque vencedor (el cual terminó siendo, como ya dijimos, el capitaneado por Gran Bretaña y Francia), y el desgaste general de los gobiernos por el esfuerzo bélico señalaría la hora de la insurrección, si los partidos proletarios no se contaminaban de chovinismo, ponían a salvo su independencia de clase y eran capaces de movilizar a las masas hacia la guerra civil contra los responsables del holocausto. Estas certeras apreciaciones sobre la época del imperialismo, o capitalismo descompuesto, se materializan magistralmente con el advenimiento de la gloriosa Revolución de Octubre. La estrategia se resume en sacar, en bien de la causa obrera, la máxima utilidad al recíproco despedazamiento de las potencias expoliadoras. Guiándose por aquellos principios leninistas básicos, Stalin propugna, en consonancia con las particularidades de la Segunda Guerra Mundial, la configuración, a la más amplia escala, del frente único antifaseista. Si se consideran los múltiples aspectos de la situación, el cerco letal que atenazaba a la Unión Soviética, el apogeo del nazismo, el eclipse de los imperios europeos y la tendencia irresistible hacia la, autodeterminación de las colonias amenazadas ahora por el yugo de Alemania y sus compinches, se comprenderá, sin quemar mucho fósforo, que aquel frente absolvía el interrogante de cómo aprovechar las contradicciones interimperialistas en pro de la Gran Guerra Patria y de las guerras de liberación nacional de los pueblos sometidos. Ni hablar de que las masas asalariadas de todas las latitudes recibirían el más duro golpe con el derrumbamiento de la URSS. Los resultados están a la vista. No obstante la alta cuota de sangre, la Unión Soviética sorteó la tormenta y arribó su nave a buen puerto. En Asia, medio millar de millones de chinos expulsaron fuera de sus fronteras a los japoneses y allanaron la senda hacia ¡a revolución de nueva democracia. Otro tanto les acontece a los vietnamitas y coreanos. En Europa la táctica aplicada permite desgajar, del podrido tronco derribado, a Yugoslavia, Albania, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria y Alemania Oriental. Al inicio de los años cuarentas subsistía una sola república bajo la conducción obrera; después del cataclismo y de entre los escombros brotaría el campo socialista. 
Al calificar de "agresores" a los alemanes y cía. y de "no agresores" a los ingleses y cía., Stalin, además de proferir un diagnóstico exacto de los gobiernos burgueses de aquel período, demostró un empleo sesudo, dialéctico, no dogmático, del marxismo-leninismo, el cual proporciona los basamentos generales para el análisis de las cosas, pero, desde luego, no profetiza las formas que éstas adoptan, ni la relevancia de tal o cual tópico dentro del, conglomerado, ni las incidencias del infinito número de casualidades que en el discurrir histórico operan en uno u otro sentido. Una de las regulaciones medulares del proceso capitalista descubiertas por Marx es la de su evolución anárquica y desigual. No se encuentra bajo este sistema una empresa, una sociedad anónima, una rama industrial, una nación que crezca pareja con otra. Hay constantemente una modificación de las proporciones y de la relación de dichas entidades económicas entre sí. Esto por una parte, y por la otra, no conocen más método que la fuerza para prevalecer sobre sus oponentes. En la fase imperialista tales contradicciones explotan con mayor acerbidad, adquieren la dimensión de pugnas entre Estados o coaliciones de Estados y se zanjan mediante la guerra. Cuando Marx y Engels abocan la problemática de su siglo, cabalmente se fundamentan en la norma del desenvolvimiento dispar del capitalismo para desentrañar el rol de los diversos pueblos en el conjunto de la revolución democrática. El dilema de a qué movimiento burgués progresista apoyar, lo resolvieron a favor o en contra según debilitara o no a Rusia, el principal fortín de la reacción de la época. ¿El postulado de Lenin acerca de la posibilidad del triunfo del socialismo en un solo país, de manera aislada, o en pocos países, no se sustenta acaso en el mismo criterio del desarrollo desigual de las repúblicas imperialistas y de sus irreconciliables antagonismos? Por idéntica razón los acuerdos entre los capitalistas y entre sus potencias, cuando se presentan, no dejan de ser traumáticos, inconsistentes y fugaces. Al quebrarse la estabilidad debido a la variación de las fuerzas e imponerse el interés colonialista, vuelan, cual vilanos al aire, las empalagosas y fofas disertaciones de los propagandistas del "apaciguamiento", o de la "distensión", como ahora se le nombra. El paraguas del necio señor Chamberlain no pararía las andanadas de los artilleros germanos. Moscú lo advirtió a tiempo, y se reía de la trampa tendida por Berlín a Occidente con el señuelo del "pacto anticomintern" y con las demás profesiones de fe, encaminadas a convencer de que los preparativos militares se circunscribirían a la destrucción de los bolcheviques. 
Stalin les increpaba a burladores y burlados:
"Es ridículo buscar focos de la Internacional Comunista en los desiertos de Mongolia, en las montañas de Abisinia, en los desolados campos del Marruecos Español. 
"Pero la guerra es inexorable. No existen velos que puedan ocultarla. Porque ningún 'e¡e', ningún 'triángulo' y ningún 'Pacto anticomintern' pueden ocultar el hecho de que el Japón se ha apoderado, durante este tiempo, de un inmenso territorio de China; Italia, de Abisinia; Alemania, de Austria y de la región de los Sudetes; Alemania e Italia, juntas, de España; todo esto, en contra de los intereses de los Estados no agresores. La guerra sigue siendo guerra, el bloque militar de los agresores, un bloque militar, y los agresores siguen siendo agresores".(2) 
El jefe de los revolucionarios soviéticos percibió diáfanamente que el entendimiento entre los dos grandes sectores imperialistas sería a la postre totalmente imposible. Harto urgidos se hallaban ambos bandos de las tierras coloniales que sólo uno de ellos ostentaba, como para confiar en que fructificarían sus transacciones públicas o secretas. Si al condescender a los caprichos del nazismo los políticos profesionales de los depauperados imperios soñaban en apuntalar la paz, los enviones cada vez más impetuosos del diabólico competidor se encargarían de sacarlos violentamente del letargo. Sin embargo, la historiografía burguesa de la segunda posguerra se obnubila con el desiderátum de calumniar a Stalin; y, con parcializado juicio, relega o desvirtúa la rapiña por las naciones oprimidas y el flujo y el reflujo de las potencias opresoras, como causas prioritarias de la conflagración mundial. Obviamente tampoco admite la coincidencia de metas y anhelos entre el régimen stalinista de los soviets y la humanidad dolida y avanzada del planeta. Por lo tanto no puede explicar nada de cuanto sucedió, lo que es lamentable; pero mucho menos de cuanto acontecería posteriormente, lo que representa una desgracia peor. 
Dentro de los aliados occidentales se da también el fenómeno de la ruptura del equilibrio económico y militar, con arreglo a lo cual se realizan la transformación de sus relaciones y la sustitución, a raíz del conflicto bélico, de la mayordomía inglesa por la norteamericana, en el ámbito imperialista. La industria estadinense, en sostenido auge desde hacía cerca de cien años y cuyos marcos nacionales le venían quedando cortos desde finales del siglo XIX, se encargaría no sólo de dotar satisfactoriamente a sus tropas sino de asistir, con los apoyos solicitados, a los países amigos, particularmente a Inglaterra y a Francia, que sin esa contribución no hubieran acariciado perspectiva alguna de triunfo, o simplemente no hubieran retornado a la liza en Europa. La primera se encontraba por el momento a salvo en su ínsula y parapetada tras su flota, pero sin recursos con qué emprender una contraofensiva de envergadura. La segunda había capitulado vergonzosamente, era un república presa, y por su honor sólo respondían la resistencia clandestina, en suelo patrio, y el general De Gaulle que, exiliado en Londres, disponía apenas de unas formaciones exiguas y mal provistas y de un área mínima del imperio de ultramar. El ejército inglés evacuado de Dunquerque abandonó su equipo y armamento en la huida. Como a los alemanes su fuerza naval no les garantizaba el abordaje de la Gran Bretaña, optaron por el ataque aéreo en lugar de la invasión. Durante meses los británicos sufrieron el inclemente castigo sin poder hacer mucho, excepto intentar una deficiente defensa de sus cielos y escuchar las ardorosas proclamas del Primer Ministro de Su Majestad. Por cada bombardeo de Hitler, un discurso de Churchill. Así, improvisadamente, entró esa orgullosa nación, con tantas posesiones coloniales por perder, a esta guerra tan anunciada y que tanto demandaría del elemento técnico y científico de la producción industrial. Siempre que Stalin, con el objeto de aliviar la pesada carga del Ejército Rojo, indagó sobre las dilaciones a las promesas de apertura del otro frente, el gobierno inglés se disculpó con el retraso en los aprestos de los Estados Unidos. Es decir, como las decisiones las toma y las imparte quien posea los medios, y en la guerra éstos se concretan en armas, provisiones, transportes, etc., en Occidente la iniciativa corría ya a cargo de los manipuladores del Pentágono, el monumental edificio que se inauguró precisamente por aquellos desoladores días. Quedó establecida una nueva relación: De Gaulle se esforzaba por sujetar a sus díscolos y dispersos partidarios; Churchill por sujetar a De Gaulle, y Roosevelt por sujetar a Churchill, a De Gaulle y a los partidarios de éste. Al imperialismo yanqui le llegó el turno de representar la función y saltó al escenario. Aunque su reputación militar brillaba por bisoña, él impondría los mandos y la táctica; aunque su afecto por los compañeros de odisea estaba al socaire de dudas, él se inmiscuiría en los asuntos internos de Inglaterra y Francia; aunque la adhesión a la democracia constituía su más preciado don, él quería para sí todas las riquezas, todos los mercados, todos los imperios de los demás y ser ungido déspota del universo. Esto, dentro del sistema capitalista, se entiende, porque el ladino de Roosevelt salió trasquilado siempre que fue por la lana del Estado bolchevique. 
En cierta ocasión la Casa Blanca insistió ante el Kremlin acerca de una autorización para que aviones americanos sobrevolaran Rusia y reubicaran en los planos aeródromos y bases estratégicas, so pretexto de capear una eventual acción japonesa por el Este. En cortante y perentorio mensaje al presidente gringo, Stalin replicó: "Su propuesta de que el general Bradley inspeccione los objetivos militares rusos en el Lejano Oriente y en otros lugares de las URSS me ha producido sorpresa. Debería ser perfectamente claro que los objetivos militares rusos únicamente pueden ser inspeccionados por rusos, al igual que los objetivos militares americanos sólo pueden ser inspeccionados por americanos. En esta cuestión no debería existir ninguna oscuridad".(3) 
La cooperación estadinense se convirtió para los desahuciados árbitros de Europa en otra fuente seria de alarmas. Hitler les vociferaba a mandíbula batiente: "El mundo está mal repartido", y para lograr la redistribución de las "propiedades mundiales" nos atenemos a la sentencia de que "el más fuerte determina el camino del más débil" .(4) Por eso aquéllos acudieron al otro lado del océano en búsqueda de amparo y comprensión. Pronto se percataron de que el aliado, no obstante combatir al Eje y proporcionarles los préstamos y auxilios pertinentes, propendía él también, a su estilo y con su propia filosofía, a un nuevo sorteo de las zonas de influencia. La maniobra de aplazar el desembarco de Normandía y el ir introduciéndose paulatinamente en la guerra, con abundancia de precauciones y escasez de riesgos, reflejaban a plenitud las conveniencias de Washington: aparecer, cuando todos los contendientes estuvieran agotados, a sofocar el fuego y presto a desenfundar la chequera, su arma predilecta. El cálculo sólo fue fallido con respecto al campo socialista, porque Europa se reconstruiría con los dólares americanos, aviso de que el sol de otro imperio despuntaba en el horizonte burgués, más poderoso que los anteriores y por lo tanto más cruel y más siniestro. 
¿Sugiere esto que la colaboración recíproca, para arrinconar al fascismo, entre la fortaleza proletaria y las repúblicas capitalistas "no agresoras", significó, al fin y al cabo, un desacierto? En absoluto. Nos enseña, por el contrario, a aprehender el meollo de la cuestión. Que los períodos de calma y de reposo en las relaciones de las potencias imperialistas se interrumpen abrupta y frecuentemente; que la quiebra del equilibrio obedece a la anárquica y desigual evolución material de aquéllas y al continuo cambio de sus fuerzas; que la rebatiña por las colonias se impone inexorablemente y se dirime mediante la guerra, al margen de los hipócritas oficios de los políticos de la reacción; que el proletariado debe aprovechar las contradicciones entre sus enconados enemigos para sacar avante y afianzar las conquistas del socialismo, y que la dirección obrera, en ninguna circunstancia, ha de perder de vista la naturaleza rapaz y expoliadora de los amos del capital, si no desea ahogarse en la charca del oportunismo. Indica, igualmente, que Stalin, connotado discípulo de Marx y Lenin, estuvo a la altura de sus responsabilidades. 
La entronización de la hegemonía norteamericana constituyó un vuelco notorio; mas hubo también otro digno de mencionarse: la generalización del neocolonialismo, que suplanta las antiguas formas coloniales de dominio directo de la metrópoli, por las del control indirecto, a través de gobiernos títeres, elegidos incluso por voto popular y adornados con todos los oropeles de la democracia burguesa. Al someter a su égida a las naciones más atrasadas, feudales y semifeudales, y verter en ellas las cornucopias rebosantes de dinero, el imperialismo, fuera de centuplicar su poderío económico con las materias primas así apropiadas y con los mercados así abiertos, propaga por doquier el modo de producción capitalista y, sin proponérselo, esparce los gérmenes de la rebeldía de los pueblos colonizados. Cuanto más desarrollo haya adquirido un país y más capital nacional posea, con mayor acucia siente los impulsos de recuperar sus riquezas, manejar sus recursos, obtener la soberanía y disfrutar realmente de la autodeterminación. Las poblaciones sacadas del aislamiento provinciano y puestas en contacto con la cultura mundial ya no pueden ser tratadas, tan fácilmente, con las herramientas medievales de sojuzgación; se requiere de otras más sutiles y, sobre todo, más eficaces. Además, el grado de concentración y de pujanza del monopolio llega a extremos tales en superpotencias como los Estados Unidos, que ningún régimen burgués, por democrático que sea, se halla exento de ver a sus funcionarios y mandatarios sobornados por el imperialismo más pudiente, es decir, de caer bajo la subordinación económica, mediante los contratos leoninos, las leyes elásticas y el "serrucho"(5) tristemente célebre en Colombia. 
En 1939, el capitalismo se había extendido ya por el globo entero y hasta las sociedades más rezagadas empezaban a saber del obrero de fábrica y de la burguesía criolla, clases permeables a las ideas liberadoras y cuyas inquietudes bullían con la guerra, con el cómico cuadro de la pusilanimidad de los rectores de Europa y con las intrigas de unos aliados contra otros. Cuando De Gaulle, en medio del vendaval, caló la determinación de Siria y el Libano de no admitir más por las buenas a la burocracia extranjera y de funcionar con administradores nativos, expresó la esperanza de que aquellas colonias, después de que "alcanzaran la independencia", todavía "tendrían mucho que ganar y nada que perder con la presencia de Francia".(6) El General, como colonialista consumado y ante lo inevitable, sintetiza en sus palabras el quid del neocolonialismo: conservar en la nación saqueada y oprimida la presencia del imperialismo saqueador y opresor, a pesar de la independencia política de aquélla. Por supuesto que ni la Cruz de Lorena ni De Gaulle serían los principales usufructuarios de la nueva teoría. 
Un ave de rapiña más vigorosa y joven, made in USA, se cernía sobre los países esclavos y traía consigo el bálsamo redentor de las reformas republicanas y el mensaje de la libertad formal, con base en los cuales serían restañadas las heridas y erigida otra comunidad de naciones, su propia comunidad. Mientras el lenguaje simula innovación, el dólar americano sigue reafirmando su preponderancia hasta configurar la divisa internacional en que obligatoriamente se tasan los negocios. En la Carta del Atlántico, programa de guerra suscrito por Roosevelt y Churchill, en agosto de 1941, se lee que los signatarios "respetan el derecho de todos los pueblos a elegir la forma de gobierno bajo la cual quieren vivir, y aspiran a que aquellos que están privados por la fuerza de esta libertad, recuperen el derecho a la soberanía y a la autodeterminación". De tal manera, presentándose como los portaestandarte de la democracia, los Estados Unidos tejieron su singular sistema colonial que les permitiría, por los cinco continentes, invertir ingentes sumas de capital, apoderarse de los yacimientos y recursos naturales estratégicos, vender sus mercaderías y aplastar la competencia. Muchas prebendas reporta el nuevo mecanismo a los estranguladores de pueblos, además de la demagogia que hacen. Sus inversiones y empresas están comúnmente al cuidado de los ejércitos fantoches, ahorrándose los gastos de guarnición dentro de muchos de los países sometidos. Las administraciones locales, elegidas ojalá por sufragio, son el blanco visible de las iras populares; y cuando el desprestigio las mina y la prudencia aconseja reemplazarlas por otras camarillas, el sistema no sufre demasiado, porque anda igual con liberales o conservadores, oficialistas u oposicionistas, socialdemócratas o revisionistas. Obsérvese que la estabilidad de los gobiernos de las neocolonias marcha en proporción inversa a la inflación, al alto costo de la vida, a la miseria de las gentes, males causados por la insaciable voracidad de los magnates de la metrópoli. 


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EXPERIENCIAS DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL PARA TENER EN CUENTA (Cont.)

Lo arriba descrito no significa, sin embargo, que la Casa Blanca haya renunciado a conducirse como solían hacerlo los antiguos déspotas. Ella también ha movilizado sus tropas y flotas por todas las latitudes, ha invadido, ocupado y establecido bases militares en territorios ajenos; ha asesinado, arrasado e incendiado. La democracia proimperialista, como lo recuerda el MOIR a cada paso, no excluye el estado de sitio, el Estatuto de Seguridad, la tortura, o el golpe cuartelario. Lo importante de entender es que la implantación generalizada del neocolonialismo sobre las naciones pobres y débiles cimienta la tan olvidada tesis del leninismo de que ninguna democracia, ninguna especie republicana de gobierno, ningún "derecho humano", impide la explotación económica de los países por parte del imperialismo. Sólo la revolución liberadora dirigida por el proletariado, en último término el socialismo, interpondrá la muralla impenetrable para los ardides de financistas y banqueros e inexpugnable para la violencia reaccionaria. El ignorar estos principios desfiguró a un sinnúmero de partidos comunistas, en cuya degeneración llegaron, después de la guerra, a entonar alabanzas a Roosevelt, porque el munífico prócer se tomaba la molestia de engatusar a los pueblos con las pláticas contrarevolucionarias sobre la largueza y las bondades de sus patrocinadores, el hampa de Wall Street. 
Hasta aquí hemos redondeado un análisis de la fase histórica que sirvió de telón de fondo a la Gran Guerra Patria de la URSS, sus causas y situaciones posteriores. Desafortunadamente pasamos por alto multitud de hechos, abultados y menudos, que hubieran venido en nuestra ayuda para ilustrar los lineamientos centrales expuestos. En otra oportunidad será. Respecto a este tema sí que cabe afirmar que sobra literatura. Sobre él circulan montañas y montañas de libros, de folletos, de artículos. Pero su abrumadora mayoría, particularmente en un medio como el colombiano, pinta color de rosa las canalladas de los imperialistas y no faltan los libelos justificativos de las atrocidades del nazismo. Que la presente recopilación de los discursos de Stalin alerte a los obreros avanzados y cultos acerca de la necesidad de no abandonar al enemigo de clase ni una sola de las esferas de la actividad ideológica y política, mucho menos la que concierne a las más aleccionadoras experiencias de la lucha internacional proletaria. 
Los empeños seculares tras suprimir la explotación del hombre por el hombre hállanse lejos de coronarse. Aún no hay un campeón definitivo y, el movimiento comunista encara pruebas tan delicadas o peores que las del pasado. En menos de veinte años las relaciones surgidas de la Segunda Guerra Mundial han sido desplazadas por otras muy distintas. Dos cambios radicales hemos contemplado en este tiempo: los dirigentes de la Unión Soviética abjuran de la causa de los trabajadores, abrazando el revisionismo y transformando su Estado en un régimen socialfascista; y el imperialismo norteamericano inicia su declinación, mientras Rusia procura afanosamente sucederle como gendarme del planeta. La gravedad del asunto y sus repercusiones dentro de las filas del proletariado militante son a todas luces catastróficas. Consiste en un mayúsculo timonazo hacia atrás. No obstante, a la clase obrera no le queda más remedio que sobreponerse al desconcierto y arrostrar el problema con entereza, sin cobardías, decidida a derrotar la derrota, como en tantas otras ocasiones lo ha hecho. No se pasará la vida llorando sobre la leche derramada. Su instinto revolucionario que la impele a vencer, no le permite resignarse a la opresión y al engaño. Mas, ¿por dónde empezar? Antes que nada volver al marxismo-leninismo, rescatarlo de las manos de los revisionistas y charlatanes burgueses, pues el fracaso no es de aquél, sino de quienes lo han traicionado y continúan usándolo de mampara. 
¿Atravesamos ciertamente un período de gran retroceso? ¿Son insólitas tales contramarchas en el acompasar social? Lenin subraya: "Imaginar el curso de la historia como parejo y siempre hacia adelante, sin ocasionales saltos gigantescos hacia atrás, sería no dialéctico, no científico y teóricamente falso".(7) ¿Puede el socialismo trastocarse en capitalismo? Proliferan al respecto las referencias de los inmortales preceptores del proletariado. En más de un pasaje previenen sobre los riesgos de semejante involución. En primer lugar, la sociedad socialista solamente representa un interregno entre el capitalismo y el comunismo, para cuya duración nadie se atrevería a fijar una fecha, pero de seguro abarcará varias centurias. En esta época de transición todavía no se difuminan las clases ni la lucha de clases. Aun cuando han emergido países en donde fue eliminada la propiedad privada de los medios de producción, en el resto de la Tierra subsisten el capital y el imperialismo, o sea la explotación del trabajo y la depredación de unas naciones por otras. En segundo lugar, el socialismo no prescinde del Estado, porque el proletariado gobernante precisa de éste para mantener aplastada a la burguesía interna, debelar sus tentativas de restauración y defenderse de las agresiones de los capitalistas externos. Las clases tampoco desaparecen dentro de las repúblicas emancipadas con la simple expropiación de los explotadores y la instauración de la dictadura de la masa laboriosa. Ahora bien, a fin de evitar el remozamiento de los estratos burgueses, resulta indispensable una brega, más recia y prolongada que la de la toma del Poder, para suprimir todos y cada uno de los privilegios sociales originados en las desigualdades naturales de los individuos, y en las diferencias entre el campo y la ciudad y entre los trabajadores manuales e intelectuales. Si aquellos esfuerzos se descuidan, si se consienten tales diferencias y desigualdades, si no se reprimen las conspiraciones restauradoras de la reacción y si, por añadidura, los dignatarios del gobierno se burocratizan, dejan de responder a los intereses de los obreros y se tornan en zánganos con aguijón, es decir, con jurisdicción y mando, nada raro será que el socialismo se retracte y regrese al estadio social contrario. Así como a nivel individual o partidario se presenta a menudo la traición y la combatimos, no existe teoría válida para negarla a nivel del Estado. La distinción radica en que el oportunismo, dueño del engranaje estatal, cuenta con muchísimos más medios para distorsionar la verdad y amordazar el descontento. Y estos instrumentos serán infinitamente superiores si se trata de la máquina soviética, reforzada además con los respectivos poderes de los países pertenecientes al extinto campo socialista, ahora bajo su omnímodo control. A tales dimensiones no basta con la pura crítica para destruir a los recalcitrantes; se requiere desafiarlos con otra fuerza equiparable, la única al alcance de los rebeldes perseguidos: la revolución. Mao Tsetung, sistematizando las lecciones extraídas de la etapa de la construcción socialista, propone la imbatible fórmula de las revoluciones culturales proletarias para precaver los timonazos hacia atrás y asegurar el progreso ininterrumpido del socialismo bajo las condiciones de la dictadura obrera. 
Tampoco debería sorprender, después de tanto insuceso, que las gentes vaguen confusas al vaivén de las más peculiares opiniones. Unas se consumen en la frustración al ver a los autodenominados fortines socialistas comportarse cual los viejos imperios, trasladando tropas de ocupación a naciones pequeñas y menesterosas; otras aceptan resignadas que aquéllos se sacudan las crisis económicas en forma bastante parecida a las de las sociedades regentadas por el capital. Semejantes opiniones optan por el total escepticismo, en la creencia de que los comunistas fracasaron también y que la especie se encuentra fatalmente sentenciada a tolerar los goces del rico Epulón, a costa de los pesares del pobre Lázaro. Contra tales tendencias habremos de esclarecer cómo la conducta de los socialimperialistas y sus agentes nada guarda en común con la revolución proletaria y las prédicas del marxismo. Algunos conceptúan que las repúblicas socialistas están autorizadas a imitar las prácticas filibusteras de los monopolios capitalistas, con tal de que apresuren el proceso revolucionario, y aunque los soviéticos, de contera, se engullan su parte del león por los servicios prestados. Estos conceptos llevan el sello típico de la propaganda mamerta, orientada a exculpar las tropelías de los nuevos zares, con el alegato de que los soviéticos desalojan a los gringos de sus zonas de influencia y los pueblos, así liberados, no pueden menos que pasar al regazo materno del oso siberiano. Toda nación que, a título de cualquier obra pía, invada y mantenga dentro de las fronteras de otros pueblos ejércitos de ocupación, o representa un país colonizado que recibe órdenes de amos extranjeros, o consiste en una potencia imperialista que actúa en su propio beneficio. 
El imperialismo ha sido, es y será la opresión de unas naciones por otras. Los agresores siempre se escudan en alguna consigna atractiva para llevar a cabo sus desmanes. En la Segunda Guerra Mundial los miembros del Eje le ofrecían la "libertad" a la India para devorársela. Los Estados Unidos posaban y posan de cauteladores de la "democracia" con el objeto de ambientar sus ambiciones colonialistas. Los soviéticos prometen el "socialismo" para instaurar su hegemonía mundial. Pero ni la "libertad" de Hitler, ni la "democracia" de Carter, ni el "socialismo" de Brezhnev, han de ser tomados en serio. El marxismo-leninismo rechaza de la manera más contundente e inequívoca todo tipo de sojuzgamiento entre los países, no sólo como una desfiguración de la democracia en general, sino como una gran traba que debe barrerse para hacer efectiva la unidad de los obreros de todas las nacionalidades y despejar el porvenir a la causa socialista. 
Desde 1867, los fundadores del socialismo científico, al reflexionar sobre las consecuencias del avasallamiento de Irlanda por parte de Inglaterra, desterraron el errático criterio de que los irlandeses habrían de aguardar el triunfo de la revolución proletaria inglesa para favorecerse. El asunto era completamente a la inversa. "La historia irlandesa muestra qué desgracia es para una nación haber sojuzgado a otra. Todas las infamias de los ingleses tienen su origen en el ámbito de Irlanda", le escribía Engels a Marx; y éste reafirmaba: "La clase obrera inglesa no podrá hacer nada, mientras no se desembarace de Irlanda... La reacción inglesa, en Inglaterra, tiene sus raíces en el sometimiento de Irlanda"(8). Al disipar el equívoco, el marxismo desentrañó cómo los verdugos de las naciones opresoras se nutren de la expoliación de los países sometidos; y pertrechó al proletariado con la orientación meridiana de propugnar y garantizar la independencia y soberanía de las naciones en provecho de su propia emancipación de clase. En ello se fundamenta Lenin para definir la era imperialista como la época del oportunismo. Con las migajas que les sobran del escamoteo de las riquezas de sus colonias, los señores de la metrópoli engordan a una élite aristocrática de trabajadores, comisionada de las labores de zapa y de felonía entre la masa esclavizada. Derribar la opresión nacional significa privar de su principal soporte al imperialismo y a sus mandaderos. Por eso el acercamiento entre los países y su recíproca solidaridad han de basarse en la pauta revolucionaria del mutuo respeto a sus libertades y derechos. 
Los revisionistas contemporáneos, siguiendo las huellas de sus predecesores, los chovinistas de la II Internacional, se mofan del principio de la autodeterminación de las naciones, cuya esencia reside en la facultad de cada pueblo para darse efectiva y no verbalmente, la forma de gobierno que a bien tenga, sin presiones externas, ni "asesores", ni "protectores" de ninguna índole. Norma democrática que, en lugar de añejarse con los triunfos y reveses socialistas, adquiere día a día mayor actualidad. El papel deplorable del gobierno cubano, al suministrar a los soviéticos tropas mercenarias para "ayudar" a la revolución angoleña, contrasta con una infalible admonición del marxismo pero a la vez le imprime vigencia: "Una cosa es segura: el proletariado victorioso no puede imponer la felicidad a ningún pueblo extranjero sin comprometer su propia victoria"(9).Desde 1975 para acá, de cincuenta a sesenta mil soldados cubanos operan en África, pisoteando los predios de Angola, Etiopía y otros países presididos por áulicos del socialimperialismo. Ni pensar que la Isla del Caribe, plagada de privaciones económicas, disponga de 1,s recursos financieros suficientes para sufragar los gastos de tan costosa empresa guerrerista. En el atolladero, el régimen de Fidel Castro ha de depender aún más de la Unión Soviética, duplicar las cargas a su pueblo y echar mano de los bienes de las poblaciones africanas entregadas a su custodia. 
Las aventuras expansionistas de Viet Nam, otro de los planetoides de Moscú, que ha invadido y actualmente ocupa a Kanipuchea y Lao con cientos de miles de hombres, tras el despropósito de instalar administraciones dóciles a sus dictados, igualmente riñen con el espíritu y la letra del socialismo: "El proletariado que se emancipa no puede mantener guerras coloniales"(10). Los trabajadores de ninguna lengua o región del orbe querrían leer más el Manifiesto Comunista, entonar las estrofas de La Internacional, o izar los rojos pendones de la revolución socialista, si se les obliga a importar la independencia e inclinarse ante la intromisión y las armas extranjeras. En efecto, la causa obrera no tendría futuro alguno, si no condenáramos enérgicamente la traición y la crueldad de los revisionistas vietnamitas, ni calificáramos su conducta como lo que es, el desespero bárbaro y sangriento por hacer de Indochina una avanzada de la reacción moscovita. 
Y los genocidios en Afganistán, perpetrados ya no por las fuerzas expedicionarias de los satélites de Rusia, sino directamente por su ejército regular, son la reencarnación viva, a los 73 años, de la "política colonial socialista", sepultada en el Congreso de la II Internacional, en Stuttgart, y fustigada implacablemente por Lenin, como "un franco retroceso hacia la política burguesa y la concepción del mundo burgués, que justifica las guerras y las atrocidades coloniales"(11). Los usurpadores del Krenilin se esconden tras el glorioso pasado de los bolcheviques para llevar a cabo sus fechorías. La coartada de que el lacayo de Karmal, subido en andas al trono sobre las bayonetas soviéticas, solicita a los victimarios salvar a su patria, causa no poco estupor, por lo cínica y descabellada. Más temprano que tarde las naciones y los gobiernos amantes de la paz identificarán en los cabecillas de la superpotencia de Oriente a sus agresores, y en los desafueros de ésta, los anticipos de la próxima guerra mundial. La República Popular China, amenazada de muerte por sus altaneros y rabiosos vecinos del Norte, ha contribuido decisiva y masivamente, gracias a las instrucciones dadas en vida por el camarada Mao Tsetung, al desenmascaramiento de la verdadera catadura y de las recónditas y torvas intenciones del socialimperialismo. Desde las populosas urbes capitalistas hasta los más apartados rincones del planeta, donde existan obreros no inficionados por la ponzoña del revisionismo, los incipientes núcleos revolucionarios se reorganizan para efectuar las tareas de propaganda y esclarecimiento entre el grueso de la multitud, preludio de la acción. Su tenacidad será recompensada. Entre más se obstina el lobo en disfrazarse de oveja más delata su perfidia. Cada aldea afgana arrasada convencerá a millones de personas de que las autoridades rusas renegaron de Lenin y cambiaron de consignas, de ideales, de moral. Las hordas invasoras, aunque sigan portando la hoz y el martillo, símbolo de la alianza obrero-campesina y de la fraternidad entre los pueblos; realizan una guerra injusta y en nada se parecen a los abnegados y bravos combatientes que murieron por Stalingrado. 
El mundo es demasiado grande para tomarlo preso. No hay hierro con qué construir una cárcel de tales magnitudes, ni policías suficientes con qué hacer efectiva la orden de captura. Todos los dementes que en la historia se lo han propuesto terminaron en la fosa y cubiertos de oprobio. La Unión Soviética se viene sistemáticamente alistando, como un III Reich, para tamaño disparate. Su trabajo nacional se halla en una alta medida militarizado. Relegó ya a los Estados Unidos en potencia de fuego convencional y nuclear. Con las divisiones del Pacto de Varsovia, en ventaja sobre las de la OTAN, amaga golpear a Europa, uno de sus objetivos estratégicos capitales. En el Este tiende un gigantesco cerco a China y acecha a Japón. Extiende sus cabezas de playa en el Medio Oriente, Asia, África y América Latina. Sus flotas surcan los mares braveando e intimidando. Con la enorme acumulación del material bélico y el descuido de renglones claves de la producción, la URSS entra en el círculo vicioso de que a mayores necesidades económicas, mayores deseos colonialistas, los cuales, a su vez, sólo puede satisfacer intensificando los preparativos de guerra y ocasionando más detrimento a aquellos renglones, y así sucesivamente. En el abismo de ese despeñadero la espera, con las fauces abiertas, la tercera conflagración mundial. 
A pesar de su retroceso y de los titubeos del presidente Carter, el Chamberlain estadinense, la superpotencia de Occidente se siente constreñida a reaccionar en preservación de sus posesiones neocoloniales. Europa y Japón, no obstante las debilidades manifestadas por su aliado norteamericano y las contradicciones financieras y comerciales con éste, aprobarán la máxima cooperación con él, ante los chantajes de Moscú, el enemigo principal. Las naciones atrasadas del Tercer Mundo que luchan por su cabal autodeterminación, así como los pueblos guindados a la escarpia soviética, junto a China y al resto de las repúblicas proletarias, forjarán, con todos los países capitalistas no agresores, un invencible frente único contra el socialfascismo. Con la victoria de este frente, se crearán las condiciones requeridas para la eliminación de cualquier tipo de expoliación colonialista y para la consolidación del socialismo. De la misma manera como el progreso de la humanidad ha pasado siempre por encima de las peores truculencias de las fuerzas reaccionarias, el ultimátum de la guerra nuclear tampoco impedirá que la revolución contemporánea cumpla su cometido de barrer de la faz de la Tierra la esclavitud entre las personas y entre las naciones. 
Después de rastrear el curso de las contradicciones que perfilaron el panorama internacional vigente, cuán romas e ilusas se nos presentan las invitaciones de los reformistas colombianos, marca Firmes, por ejemplo, a que nos enclaustremos en un nacionalismo pequeñoburgués a ultranza. Colombia de ningún modo se sustraerá a las tormentas mundiales, y en procura de su emancipación plena habrá de tomar su puesto al lado de las corrientes democráticas y revolucionarías, promotoras del frente único contra el socialimperialismo. Y el proletariado colombiano, al igual que sus camaradas de los demás países, debe principiar por redimir, de las "academias de ciencias" oficiales, las más aleccionadoras experiencias de los desbrozadores del comunismo; en particular las que se refieren a los 28 años de dirección de Stalin del primer Estado socialista que llegó a despegar, aquella edad madura y brillante de la revolución bolchevique. 

NOTAS

(1) Prólogo escrito por Francisco Mosquera para el libro José Stalin, la Gran Guerra Patria, Bogotá, Editorial Bandera Roja, traducido y acotado por Gabriel Iriarte.
(2) J. Stalin, 1nforme ante el XVIII Congreso del Partido sobre la labor del Comité Central del P.C. (b) de la URSS", 10 de marzo de 1939, en Cuestiones del leninismo, Pekín, Ediciones en Lenguas Extranjeras, pág. 900.
(3) J. Stalin, Correspondencia secreta dé Stalin con Churchill, Attlee, Roosevelt y Truman 1941-1945, México, D. F., Editorial Grijalbo, S. A., 1958, pág. 373.
(4) Adolfo Hitler, discurso; Habla el Führer, Helmut Heiber, H. Von Kotze, H. Krausnick, Barcelona, Plaza y Janés S. A. Editores, 1973, pág. 548. 
(5) Serrucho: "Ganancia obtenida ilícitamente en un negocio o asunto y que se reparte entre cada uno de los participantes, sobre todo tratándose de funcionarios públicos". (Nuevo Diccionario de Americanismos, Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1993, Tomo 1, pág. 371).
(6) General De Gaulle, Memorias de Guerra, Tomo II, Barcelona, Luis de Caralt Editor, pág. 27. 
(7) V. I. Lenin, "El folleto de Junius", en Obras Completas, Tomo XXIII, Buenos Aires, Editorial Cartago, 1970, pág. 431. 
(8) Tanto los apartes de Engels como los de Marx son transcritos por Lenin en su artículo "El derecho de las naciones a la autodeterminación". Op. cit., Tomo XXI, págs. 359 y 360. 
(9) F. Engels, "Carta a Carlos Kautsky", Obras Escogidas de C. Marx y F. Engels, Tomo III, Moscú, Editorial Progreso, 1976, pág. 508.
(10) F. Engels. Idem, pág. 508.
(11) V. 1. Lenin, El Congreso Socialista Internacional de Stungart, Idem, Tomo XIII, pág. 86.



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EXPERIENCIAS DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL PARA TENER EN CUENTA (Cont.)


La división entre las dos facciones alrededor de las cuales se realinderó la morralla capitalista, sus encontrados propósitos, el ascenso y la agresividad de la una, al lado de la decadencia y la indefensión de la otra, viabilizaron la alianza de la Unión Soviética con el contingente anglonorteamericano. Ninguna gestión, por desprevenida y contemporizadora que fuese, obraría el milagro de morigerar las diferencias interimperialistas. Al revés, éstas siguieron su curso normal, agudizándose a cada paso, hasta saldarse inexorablemente a cañonazos, por encima de los temblorosos pronunciamientos y las bobaliconas intrigas de la cuerda Washington-Londres-París. El zarpazo contra la seguridad del Estado socialista provenía incuestionablemente de parte de Alemania. Concertar la cooperación con los enemigos comunes del Eje, así encarnaran fuerzas de naturaleza expoliadora y colonialista pero inhabilitadas para hacer valer su iniciativa, respondía a una necesidad de legítima defensa que Stalin avizoró con bastante antelación e insistió en ella hasta satisfacerla. El acta de no agresión firmada por Ribbentrop y Molotov a mediados de 1939, absolutamente indispensable luego de la contumaz negativa de Occidente a convenir la lucha conjunta contra el fascismo, y sobre la cual tanto especularon los más disímiles comentaristas burgueses, no dejaría de ser un acuerdo eminentemente pasajero que, según el enfoque objetivo de la URSS, permitía ganar tiempo y esperar la arremetida germana desde posiciones militares lo más favorable posibles. La tergiversación respecto al mencionado protocolo soviético-alemán, que todavía hoy se zaranda después de cuarenta años, pretende en vano echar tierra a los titubeos y a las furtivas entendederas de los mandatarios occidentales con los jerarcas nazis. Abundan los testimonios de que el Krenilin repicó constantemente sobre la conveniencia de concertar la ayuda mutua con los gobiernos llamados democráticos, consciente de que se evitaría mejor el estallido de la guerra con el levantamiento de un poderoso dique de todas las naciones amantes de la paz, ante el cual se deshicieran las bravuconadas de los expansionistas, que con la adopción de la fementida política de "neutralidad" y "no intervención", con la cual se le daba luz verde a la masacre. La práctica corroboró la justeza de las directrices de Stalin para una coyuntura sin antecedentes en los anales de la clase obrera. Si bien las condiciones se asemejan a las de la década del diez, en el sentido de que la conflagración la provoca la rebatiña entre las naciones "civilizadas" por el control del orbe, había un factor nuevo: la permanencia de un próspero país socialista, habitado por 200 millones de personas, faro y ejemplo de los revolucionarios de todo el globo, cuya integridad entraba en juego al precipitarse la hecatombe. Como presa codiciada a los ojos de la sórdida reacción teutónica, la Unión Soviética no sólo no se eximiría de la contienda, sino que la vastedad de su territorio estaba destinada a servir de escenario principal de ésta. Bajo tales augurios, descubrir y facilitar los medios para la salvaguardia de Rusia, debía constituir el primer deber del proletariado internacional. Cuando Lenin encaró en 1914 el problema de la guerra imperialista calificó de judas y caínes a quienes, en nombre del comunismo y tras el argumento de proteger a sus "patrias", se coligaron con los bandoleros enzarzados en la criminal disputa por las tierras ajenas. Precisó: ni los trabajadores ni los pueblos oprimidos saldrían gananciosos de la matanza; se lucrarían únicamente los banqueros y potentados del bloque vencedor (el cual terminó siendo, como ya dijimos, el capitaneado por Gran Bretaña y Francia), y el desgaste general de los gobiernos por el esfuerzo bélico señalaría la hora de la insurrección, si los partidos proletarios no se contaminaban de chovinismo, ponían a salvo su independencia de clase y eran capaces de movilizar a las masas hacia la guerra civil contra los responsables del holocausto. Estas certeras apreciaciones sobre la época del imperialismo, o capitalismo descompuesto, se materializan magistralmente con el advenimiento de la gloriosa Revolución de Octubre. La estrategia se resume en sacar, en bien de la causa obrera, la máxima utilidad al recíproco despedazamiento de las potencias expoliadoras. Guiándose por aquellos principios leninistas básicos, Stalin propugna, en consonancia con las particularidades de la Segunda Guerra Mundial, la configuración, a la más amplia escala, del frente único antifaseista. Si se consideran los múltiples aspectos de la situación, el cerco letal que atenazaba a la Unión Soviética, el apogeo del nazismo, el eclipse de los imperios europeos y la tendencia irresistible hacia la, autodeterminación de las colonias amenazadas ahora por el yugo de Alemania y sus compinches, se comprenderá, sin quemar mucho fósforo, que aquel frente absolvía el interrogante de cómo aprovechar las contradicciones interimperialistas en pro de la Gran Guerra Patria y de las guerras de liberación nacional de los pueblos sometidos. Ni hablar de que las masas asalariadas de todas las latitudes recibirían el más duro golpe con el derrumbamiento de la URSS. Los resultados están a la vista. No obstante la alta cuota de sangre, la Unión Soviética sorteó la tormenta y arribó su nave a buen puerto. En Asia, medio millar de millones de chinos expulsaron fuera de sus fronteras a los japoneses y allanaron la senda hacia ¡a revolución de nueva democracia. Otro tanto les acontece a los vietnamitas y coreanos. En Europa la táctica aplicada permite desgajar, del podrido tronco derribado, a Yugoslavia, Albania, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria y Alemania Oriental. Al inicio de los años cuarentas subsistía una sola república bajo la conducción obrera; después del cataclismo y de entre los escombros brotaría el campo socialista.  

Al calificar de "agresores" a los alemanes y cía. y de "no agresores" a los ingleses y cía., Stalin, además de proferir un diagnóstico exacto de los gobiernos burgueses de aquel período, demostró un empleo sesudo, dialéctico, no dogmático, del marxismo-leninismo, el cual proporciona los basamentos generales para el análisis de las cosas, pero, desde luego, no profetiza las formas que éstas adoptan, ni la relevancia de tal o cual tópico dentro del, conglomerado, ni las incidencias del infinito número de casualidades que en el discurrir histórico operan en uno u otro sentido. Una de las regulaciones medulares del proceso capitalista descubiertas por Marx es la de su evolución anárquica y desigual. No se encuentra bajo este sistema una empresa, una sociedad anónima, una rama industrial, una nación que crezca pareja con otra. Hay constantemente una modificación de las proporciones y de la relación de dichas entidades económicas entre sí. Esto por una parte, y por la otra, no conocen más método que la fuerza para prevalecer sobre sus oponentes. En la fase imperialista tales contradicciones explotan con mayor acerbidad, adquieren la dimensión de pugnas entre Estados o coaliciones de Estados y se zanjan mediante la guerra. Cuando Marx y Engels abocan la problemática de su siglo, cabalmente se fundamentan en la norma del desenvolvimiento dispar del capitalismo para desentrañar el rol de los diversos pueblos en el conjunto de la revolución democrática. El dilema de a qué movimiento burgués progresista apoyar, lo resolvieron a favor o en contra según debilitara o no a Rusia, el principal fortín de la reacción de la época. ¿El postulado de Lenin acerca de la posibilidad del triunfo del socialismo en un solo país, de manera aislada, o en pocos países, no se sustenta acaso en el mismo criterio del desarrollo desigual de las repúblicas imperialistas y de sus irreconciliables antagonismos? Por idéntica razón los acuerdos entre los capitalistas y entre sus potencias, cuando se presentan, no dejan de ser traumáticos, inconsistentes y fugaces. Al quebrarse la estabilidad debido a la variación de las fuerzas e imponerse el interés colonialista, vuelan, cual vilanos al aire, las empalagosas y fofas disertaciones de los propagandistas del "apaciguamiento", o de la "distensión", como ahora se le nombra. El paraguas del necio señor Chamberlain no pararía las andanadas de los artilleros germanos. Moscú lo advirtió a tiempo, y se reía de la trampa tendida por Berlín a Occidente con el señuelo del "pacto anticomintern" y con las demás profesiones de fe, encaminadas a convencer de que los preparativos militares se circunscribirían a la destrucción de los bolcheviques.  

Stalin les increpaba a burladores y burlados:

"Es ridículo buscar focos de la Internacional Comunista en los desiertos de Mongolia, en las montañas de Abisinia, en los desolados campos del Marruecos Español. 

"Pero la guerra es inexorable. No existen velos que puedan ocultarla. Porque ningún 'e¡e', ningún 'triángulo' y ningún 'Pacto anticomintern' pueden ocultar el hecho de que el Japón se ha apoderado, durante este tiempo, de un inmenso territorio de China; Italia, de Abisinia; Alemania, de Austria y de la región de los Sudetes; Alemania e Italia, juntas, de España; todo esto, en contra de los intereses de los Estados no agresores. La guerra sigue siendo guerra, el bloque militar de los agresores, un bloque militar, y los agresores siguen siendo agresores".(2) 

El jefe de los revolucionarios soviéticos percibió diáfanamente que el entendimiento entre los dos grandes sectores imperialistas sería a la postre totalmente imposible. Harto urgidos se hallaban ambos bandos de las tierras coloniales que sólo uno de ellos ostentaba, como para confiar en que fructificarían sus transacciones públicas o secretas. Si al condescender a los caprichos del nazismo los políticos profesionales de los depauperados imperios soñaban en apuntalar la paz, los enviones cada vez más impetuosos del diabólico competidor se encargarían de sacarlos violentamente del letargo. Sin embargo, la historiografía burguesa de la segunda posguerra se obnubila con el desiderátum de calumniar a Stalin; y, con parcializado juicio, relega o desvirtúa la rapiña por las naciones oprimidas y el flujo y el reflujo de las potencias opresoras, como causas prioritarias de la conflagración mundial. Obviamente tampoco admite la coincidencia de metas y anhelos entre el régimen stalinista de los soviets y la humanidad dolida y avanzada del planeta. Por lo tanto no puede explicar nada de cuanto sucedió, lo que es lamentable; pero mucho menos de cuanto acontecería posteriormente, lo que representa una desgracia peor. 

Dentro de los aliados occidentales se da también el fenómeno de la ruptura del equilibrio económico y militar, con arreglo a lo cual se realizan la transformación de sus relaciones y la sustitución, a raíz del conflicto bélico, de la mayordomía inglesa por la norteamericana, en el ámbito imperialista. La industria estadinense, en sostenido auge desde hacía cerca de cien años y cuyos marcos nacionales le venían quedando cortos desde finales del siglo XIX, se encargaría no sólo de dotar satisfactoriamente a sus tropas sino de asistir, con los apoyos solicitados, a los países amigos, particularmente a Inglaterra y a Francia, que sin esa contribución no hubieran acariciado perspectiva alguna de triunfo, o simplemente no hubieran retornado a la liza en Europa. La primera se encontraba por el momento a salvo en su ínsula y parapetada tras su flota, pero sin recursos con qué emprender una contraofensiva de envergadura. La segunda había capitulado vergonzosamente, era un república presa, y por su honor sólo respondían la resistencia clandestina, en suelo patrio, y el general De Gaulle que, exiliado en Londres, disponía apenas de unas formaciones exiguas y mal provistas y de un área mínima del imperio de ultramar. El ejército inglés evacuado de Dunquerque abandonó su equipo y armamento en la huida. Como a los alemanes su fuerza naval no les garantizaba el abordaje de la Gran Bretaña, optaron por el ataque aéreo en lugar de la invasión. Durante meses los británicos sufrieron el inclemente castigo sin poder hacer mucho, excepto intentar una deficiente defensa de sus cielos y escuchar las ardorosas proclamas del Primer Ministro de Su Majestad. Por cada bombardeo de Hitler, un discurso de Churchill. Así, improvisadamente, entró esa orgullosa nación, con tantas posesiones coloniales por perder, a esta guerra tan anunciada y que tanto demandaría del elemento técnico y científico de la producción industrial. Siempre que Stalin, con el objeto de aliviar la pesada carga del Ejército Rojo, indagó sobre las dilaciones a las promesas de apertura del otro frente, el gobierno inglés se disculpó con el retraso en los aprestos de los Estados Unidos. Es decir, como las decisiones las toma y las imparte quien posea los medios, y en la guerra éstos se concretan en armas, provisiones, transportes, etc., en Occidente la iniciativa corría ya a cargo de los manipuladores del Pentágono, el monumental edificio que se inauguró precisamente por aquellos desoladores días. Quedó establecida una nueva relación: De Gaulle se esforzaba por sujetar a sus díscolos y dispersos partidarios; Churchill por sujetar a De Gaulle, y Roosevelt por sujetar a Churchill, a De Gaulle y a los partidarios de éste. Al imperialismo yanqui le llegó el turno de representar la función y saltó al escenario. Aunque su reputación militar brillaba por bisoña, él impondría los mandos y la táctica; aunque su afecto por los compañeros de odisea estaba al socaire de dudas, él se inmiscuiría en los asuntos internos de Inglaterra y Francia; aunque la adhesión a la democracia constituía su más preciado don, él quería para sí todas las riquezas, todos los mercados, todos los imperios de los demás y ser ungido déspota del universo. Esto, dentro del sistema capitalista, se entiende, porque el ladino de Roosevelt salió trasquilado siempre que fue por la lana del Estado bolchevique. 

En cierta ocasión la Casa Blanca insistió ante el Kremlin acerca de una autorización para que aviones americanos sobrevolaran Rusia y reubicaran en los planos aeródromos y bases estratégicas, so pretexto de capear una eventual acción japonesa por el Este. En cortante y perentorio mensaje al presidente gringo, Stalin replicó: "Su propuesta de que el general Bradley inspeccione los objetivos militares rusos en el Lejano Oriente y en otros lugares de las URSS me ha producido sorpresa. Debería ser perfectamente claro que los objetivos militares rusos únicamente pueden ser inspeccionados por rusos, al igual que los objetivos militares americanos sólo pueden ser inspeccionados por americanos. En esta cuestión no debería existir ninguna oscuridad".(3) 

La cooperación estadinense se convirtió para los desahuciados árbitros de Europa en otra fuente seria de alarmas. Hitler les vociferaba a mandíbula batiente: "El mundo está mal repartido", y para lograr la redistribución de las "propiedades mundiales" nos atenemos a la sentencia de que "el más fuerte determina el camino del más débil" .(4) Por eso aquéllos acudieron al otro lado del océano en búsqueda de amparo y comprensión. Pronto se percataron de que el aliado, no obstante combatir al Eje y proporcionarles los préstamos y auxilios pertinentes, propendía él también, a su estilo y con su propia filosofía, a un nuevo sorteo de las zonas de influencia. La maniobra de aplazar el desembarco de Normandía y el ir introduciéndose paulatinamente en la guerra, con abundancia de precauciones y escasez de riesgos, reflejaban a plenitud las conveniencias de Washington: aparecer, cuando todos los contendientes estuvieran agotados, a sofocar el fuego y presto a desenfundar la chequera, su arma predilecta. El cálculo sólo fue fallido con respecto al campo socialista, porque Europa se reconstruiría con los dólares americanos, aviso de que el sol de otro imperio despuntaba en el horizonte burgués, más poderoso que los anteriores y por lo tanto más cruel y más siniestro. 

¿Sugiere esto que la colaboración recíproca, para arrinconar al fascismo, entre la fortaleza proletaria y las repúblicas capitalistas "no agresoras", significó, al fin y al cabo, un desacierto? En absoluto. Nos enseña, por el contrario, a aprehender el meollo de la cuestión. Que los períodos de calma y de reposo en las relaciones de las potencias imperialistas se interrumpen abrupta y frecuentemente; que la quiebra del equilibrio obedece a la anárquica y desigual evolución material de aquéllas y al continuo cambio de sus fuerzas; que la rebatiña por las colonias se impone inexorablemente y se dirime mediante la guerra, al margen de los hipócritas oficios de los políticos de la reacción; que el proletariado debe aprovechar las contradicciones entre sus enconados enemigos para sacar avante y afianzar las conquistas del socialismo, y que la dirección obrera, en ninguna circunstancia, ha de perder de vista la naturaleza rapaz y expoliadora de los amos del capital, si no desea ahogarse en la charca del oportunismo. Indica, igualmente, que Stalin, connotado discípulo de Marx y Lenin, estuvo a la altura de sus responsabilidades. 

La entronización de la hegemonía norteamericana constituyó un vuelco notorio; mas hubo también otro digno de mencionarse: la generalización del neocolonialismo, que suplanta las antiguas formas coloniales de dominio directo de la metrópoli, por las del control indirecto, a través de gobiernos títeres, elegidos incluso por voto popular y adornados con todos los oropeles de la democracia burguesa. Al someter a su égida a las naciones más atrasadas, feudales y semifeudales, y verter en ellas las cornucopias rebosantes de dinero, el imperialismo, fuera de centuplicar su poderío económico con las materias primas así apropiadas y con los mercados así abiertos, propaga por doquier el modo de producción capitalista y, sin proponérselo, esparce los gérmenes de la rebeldía de los pueblos colonizados. Cuanto más desarrollo haya adquirido un país y más capital nacional posea, con mayor acucia siente los impulsos de recuperar sus riquezas, manejar sus recursos, obtener la soberanía y disfrutar realmente de la autodeterminación. Las poblaciones sacadas del aislamiento provinciano y puestas en contacto con la cultura mundial ya no pueden ser tratadas, tan fácilmente, con las herramientas medievales de sojuzgación; se requiere de otras más sutiles y, sobre todo, más eficaces. Además, el grado de concentración y de pujanza del monopolio llega a extremos tales en superpotencias como los Estados Unidos, que ningún régimen burgués, por democrático que sea, se halla exento de ver a sus funcionarios y mandatarios sobornados por el imperialismo más pudiente, es decir, de caer bajo la subordinación económica, mediante los contratos leoninos, las leyes elásticas y el "serrucho"(5) tristemente célebre en Colombia. 

En 1939, el capitalismo se había extendido ya por el globo entero y hasta las sociedades más rezagadas empezaban a saber del obrero de fábrica y de la burguesía criolla, clases permeables a las ideas liberadoras y cuyas inquietudes bullían con la guerra, con el cómico cuadro de la pusilanimidad de los rectores de Europa y con las intrigas de unos aliados contra otros. Cuando De Gaulle, en medio del vendaval, caló la determinación de Siria y el Libano de no admitir más por las buenas a la burocracia extranjera y de funcionar con administradores nativos, expresó la esperanza de que aquellas colonias, después de que "alcanzaran la independencia", todavía "tendrían mucho que ganar y nada que perder con la presencia de Francia".(6) El General, como colonialista consumado y ante lo inevitable, sintetiza en sus palabras elquid del neocolonialismo: conservar en la nación saqueada y oprimida la presencia del imperialismo saqueador y opresor, a pesar de la independencia política de aquélla. Por supuesto que ni la Cruz de Lorena ni De Gaulle serían los principales usufructuarios de la nueva teoría. 

Un ave de rapiña más vigorosa y joven, made in USA, se cernía sobre los países esclavos y traía consigo el bálsamo redentor de las reformas republicanas y el mensaje de la libertad formal, con base en los cuales serían restañadas las heridas y erigida otra comunidad de naciones, su propia comunidad. Mientras el lenguaje simula innovación, el dólar americano sigue reafirmando su preponderancia hasta configurar la divisa internacional en que obligatoriamente se tasan los negocios. En la Carta del Atlántico, programa de guerra suscrito por Roosevelt y Churchill, en agosto de 1941, se lee que los signatarios "respetan el derecho de todos los pueblos a elegir la forma de gobierno bajo la cual quieren vivir, y aspiran a que aquellos que están privados por la fuerza de esta libertad, recuperen el derecho a la soberanía y a la autodeterminación". De tal manera, presentándose como los portaestandarte de la democracia, los Estados Unidos tejieron su singular sistema colonial que les permitiría, por los cinco continentes, invertir ingentes sumas de capital, apoderarse de los yacimientos y recursos naturales estratégicos, vender sus mercaderías y aplastar la competencia. Muchas prebendas reporta el nuevo mecanismo a los estranguladores de pueblos, además de la demagogia que hacen. Sus inversiones y empresas están comúnmente al cuidado de los ejércitos fantoches, ahorrándose los gastos de guarnición dentro de muchos de los países sometidos. Las administraciones locales, elegidas ojalá por sufragio, son el blanco visible de las iras populares; y cuando el desprestigio las mina y la prudencia aconseja reemplazarlas por otras camarillas, el sistema no sufre demasiado, porque anda igual con liberales o conservadores, oficialistas u oposicionistas, socialdemócratas o revisionistas. Obsérvese que la estabilidad de los gobiernos de las neocolonias marcha en proporción inversa a la inflación, al alto costo de la vida, a la miseria de las gentes, males causados por la insaciable voracidad de los magnates de la metrópoli.

Agosto de 1980