Inicio
 

Viene de Parte Tres:. El Internacionalismo Proletario y el Derecho de las Naciones a la Autodeterminación. En esta Sección Parte Cuatro: El Frente Unico.

El Frente Unico de Liberación Nacional y los Tres Cerrojos de la Unidad

En Colombia hemos visto desfilar en los últimos quince años un rosario interminable de grupúsculos seudomaoístas, cuya fertilidad reproductiva está en razón directa con su propensión a dividirse y subdividirse por camorras de suyo triviales y bizantinas, y cuyo diapasón político va desde el foquismo y el terrorismo cerril hasta las más virulentas e insensatas expresiones contrarrevolucionarias. Los revisionistas nativos suelen aprovecharse de las calaveradas de estas iglesias de elucubradores iletrados para tratar de distorsionar la imagen del MOIR ante las masas. Lo cual, anunciémoslo de pasada, no les surte efecto. Nosotros siempre hemos considerado, con exceso de discreción, que aquel universo grupuscular adolece de la enfermedad infantil del izquierdismo. Sus desviaciones prototípicas se limitan al inveterado error de calcar sobre el pergamino colombiano las dos o tres cosas que conocen de oídas sobre la experiencia de las revoluciones extranjeras, y a la excomunión de quienes no estén de acuerdo con sus acertijos, o sea del resto de sus congéneres.

Ahora, cuando el Partido Comunista de China redondea la teoría de los tres mundos y enriquece la tesis de que el socialimperialismo personifica en el plano mundial al principal enemigo de los pueblos, vuelve la burra al trigo y el dogmatismo a sus andanzas, al asimilar la situación de Colombia con la del planeta en su conjunto, confundiendo la partícula con el todo, y recabar, o bien un frente de liberación contra la Unión Soviética, o bien el sabotaje a la alianza única de las fuerzas revolucionarias contra el yugo neocolonial del imperialismo norteamericano. Nuestra nación soporta la inversión de capitales y abusos de la casi totalidad de repúblicas burguesas desarrolladas, y sobre su marcha hacia la libertad se cernirán, como sobre los demás países, las emboscadas del expansionismo socialfascista. Habremos de registrar dichos fenómenos y calibrarlos según sus genuinas repercusiones; pero ocultar tras ellos el hecho de bulto de que somos desde las postrimerías del siglo pasado una neocolonia de los Estados Unidos y que, por nuestra localización en el mapa, hacemos las veces de portón de América del Sur, el solar de la superpotencia de Occidente, y paralelamente ignorar que la independencia nacional tendremos que arrancársela a Washington y no a Moscú, anarquizando el ataque y embrollando la táctica, es una falsificación grosera del pensamiento de MaoTsetung y una estafa de las sagradas aspiraciones de los colombianos.

Nosotros apoyaremos al frente mundial antisoviético, sea cual fuese el eslabonamiento de los sucesos internacionales, y a escala nacional continuaremos alentando nuestra política de unidad y combate contra el imperialismo norteamericano. En apariencia estos dos objetivos se excluyen entre sí, mas en esencia no. Sin duda la mejor manera de incorporarnos a la justa antihegemónica del tercer mundo será en las condiciones del goce absoluto de la soberanía y autodeterminación nacionales, puesto que así podremos despertar plenamente la iniciativa, el empuje creador, la solidaridad revolucionaria y demás virtudes excelsas que dormitan en el alma del pueblo colombiano. Por ningún motivo arriaremos las banderas independentistas, y denunciaremos como traidores natos a quienes con uno u otro pretexto entorpezcan el aglutinamiento más completo y compacto de las fuerzas populares en la hazañosa empresa por deshacernos del avallasamiento de los Estados Unidos. Los seudomaoístas ocasionan a menudo igual o peor daño que el revisionismo que dicen refutar. Nuestro Partido ha fustigado con denuedo a los oportunistas de "izquierda": y desde la contienda interna del MOEC, en 1965, viene plantando los esquejes del marxismo y segando en el campo teórico y en la práctica los vicios sectarios y dogmáticos de aquellos, al persistir en la vinculación de los intelectuales revolucionarios a la clase obrera y al campesinado, adoptar formas de lucha acordes con el grado de conciencia y de organización de las masas, criticar el abstencionismo y utilizar adecuadamente las lides electorales y parlamentarias, divulgar los programas democráticos de liberación nacional, propender por el frente único y aplicar una línea consecuentemente unitaria, etc. Es decir, al sacar la revolución de la encerrona de las sectas y ponerla en contacto con la política y la realidad del país. Esta dura batalla, sin la cual no era factible arremeter correctamente contra el revisionismo, hasta cierto punto la hemos decidido a favor. Salvo quizás unos cuantos militantes inexpertos que no han reflexionado con responsabilidad sobre la historia del Partido, entre nosotros ya no quedan camaradas que se enloquezcan con el croar del estanque extremoizquierdista. Hoy, por el contrario, tendremos que cuidarnos del contagio del oportunismo de derecha, de la epidemia revisionista y liberalizante que nos arrastra a conmutar las transformaciones revolucionarias por los remiendos del reformismo, el patriotismo internacionalista por el chovinismo parroquial, la soberanía y autodeterminación de la nación por la dependencia simulada, la vanguardia obrera por la zaga burguesa, Estados Unidos por la Unión Soviética. Si no impugnamos ni descalificamos estas ruines pretensiones estropearíamos la unidad del pueblo y abjuraríamos de la propia revolución.

El transcurso singular de la revolución colombiana nos ha enseñado que la estructuración de un frente único en nuestro país demanda por lo menos tres estipulaciones generales: la concordancia programática, la obediencia a las normas de funcionamiento democrático y el no alineamiento. En su polémica con el oportunismo, prevalentemente con el Partido Comunista revisionista de Colombia, el MOIR desentrañó y desmenuzó los supuestos positivos sobre los que descansan estos tres cerrojos de la unidad del pueblo. Y todo indica que en contorno a ellos proseguirá rotando la pelea en el período que empieza a clarear.

I

El actual rango democrático y nacional, no socialista, de nuestro programa, se evidencia en que exige no la íntegra abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción, sino exclusivamente de sus manifestaciones monopolísticas, extranjeras y colombianas, y terratenientes. Son el compendio de las reivindicaciones económicas y políticas fundamentales de las clases revolucionarias para la primera etapa estratégica de la revolución, o sea el programa del frente único.

La síntesis más apretada de sus demandas medulares sería:
1) liberación nacional de la dominación neocolonialista de los Estados Unidos;
2) fundación de un Estado compuesto por todas las clases y capas antiimperialistas y democráticas que custodie celosamente ante cualquier intento de sojuzgación foránea, la soberanía y la autodeterminación alcanzadas;
3) supresión y nacionalización de todo tipo de monopolio;
4) confiscación de la tierra de los grandes terratenientes y su reparto entre los campesinos que la trabajen;
5) protección a los pequeños y medianos industriales y comerciantes;
6) control y planificación estatales de la economía;
7) educación nacional y científica al servicio de las grandes masas;
8) plenas libertades para el pueblo y riguroso cumplimiento de todos sus derechos;
9) cesación de las discriminaciones entre razas y sexos, garantías y ayudas para las minorías indígenas nacionales, amparo a la niñez y a la vejez y libre ejercicio de cultos;
10) esmerada atención a las necesidades materiales y espirituales de obreros y campesinos, según el avance económico y conforme al principio de sustentarnos en nuestros propios esfuerzos;
11) apoyo a los países socialistas, a las naciones oprimidas, al proletariado de las repúblicas capitalistas y a los movimientos revolucionarios del mundo entero, y
12) relaciones internacionales con base en la coexistencia pacífica entre los Estados, el respeto a la independencia y autodeterminación de las naciones y el trato en pie de igualdad y en beneficio recíproco.

El acuerdo programático resulta imprescindible. Sin él no habría manera de concebir la alianza de las clases y sectores revolucionarios. De por sí cualquier colectividad, de uno u otro color partidista, se inclina y porfía por objetivos más o menos determinados, sea que los sistematice o no, sea que los proclame con las formalidades del caso o los disemine en sus declaraciones, escritos y discursos. Muchas veces el obrar y el decir de los partidos se tiran de las mechas, y entonces sabremos por su práctica las miras efectivas tras las que andan. No hay pues movimiento político sin programa, ni programa que exprofesamente no sirva a la revolución o a la reacción. El frente único antiimperialista no tendrá por qué omitir el suyo, y como su propósito jamás será el de engañar o escisionar al pueblo, cuidará que sus actos no desmientan sus palabras.

El combate mancomunado de los destacamentos populares por los reclamos más sentidos de las clases explotadas y oprimidas nos facilitará paulatinamente fundirnos con estas fuerzas vertebrales, que irán comprendiendo paso a paso de qué lado está la salvaguardia de sus intereses, hasta el aglutinamiento del pueblo en una corriente unitaria indomeñable. Así, el programa conjunto nos dota de ventajas inequívocas. Por intermedio de la agitación y propaganda constante que hagamos de él, mostraremos a las masas hacia dónde han de apuntar los obuses de su artillería, y las educaremos en la observancia de sus obligaciones. La aceptación voluntaria y explícita de los aliados de acatar y defender las innovaciones de la revolución colabora en el aplacamiento del oportunismo. Si suscribimos un pacto reformista dizque para cuajar la unidad, ¿cómo instruiremos a los millones de desposeídos y analfabetas políticos acerca de los problemas colectivos y públicos que tan vivamente les incumben? ¿Cómo acortar el vuelo de la tendencia liberalizante y revisionista, a la que hemos dado alas?.

Las coaliciones propiciadas por el MOIR, aunque, debido a la debilidad y a móviles tácticos, han sido de escasa duración y por lo común circunscritas a las temporadas electorales, estuvieron invariablemente erigidas sobre plataformas revolucionarias, de idéntico contenido nacional y democrático, mas con redacción distinta. La cooperación convenida con los integrantes del Frente por la Unidad del Pueblo y que actualmente nos preocupamos por revitalizar, es del mismo tenor. En este aspecto el debate contra las posiciones de derecha se centra en rechazar las sugerencias a limar los "radicalismos" que "asustan a las gentes", según los argumentos usuales con que se nos persuade en el fondo a canjear el dictamen de destruir el sistema por el de emperifollarlo, con el objeto de seducir estamentos y personajes conspicuos e inconformes pero "sensatos" y "realistas". Quienes creen colocarnos en un aprieto al remembrar las exploraciones de nuestra política unitaria, pasan por alto lamentablemente que aun cuando hemos unificado esfuerzos con disidencias liberales, y en menor significancia con conservadores descontentos, en ninguna oportunidad lo hicimos plegándonos a los devaneos de los opositores oficializados que disparan al aire asegurándose de no atinar en el bulto. Tratar de seguir nuestras pisadas y parodiar nuestros afanes por el frente unido y amplio, ignorando el abismo que media entre la oposición y la revolución, equivale a sustituir la segunda por la primera. Esta sustitución, entre otros extravíos, ha preparado últimamente en Colombia el montaje de la versión tropical del sainete del socialismo español, un socialismo ni siquiera consecuentemente republicano, sino democrático-monárquico, que puja con los "eurocomunistas" en las intrigas cortesanas por definir quién es el benemérito acreedor de las mercedes de su majestad. No atribuimos a un hecho casual el que a nuestros populistas, de viejo y nuevo molde, se les vaya la respiración y pierdan la cabeza por la emoción que les producen las visitas al país del melifluo Felipe González, de cuyas vulgares reconvenciones a la izquierda colombiana, en sus cátedras de entreguismo, tomaron al parecer atenta nota. Reconocemos nuestra coincidencia con muchas voces de protesta a las que les atribula el escalonamiento represivo; sin embargo, silenciar en bien de un acuerdo con ellas que la persecución sangrienta del gobierno obedece innegablemente a que el imperialismo norteamericano no para de apretar la clavija de su saqueo económico, y que por ende sólo la liberación nacional garantizará la extirpación del despotismo y el disfrute para el pueblo de una democracia auténtica, resguardada por el Estado de las clases antiimperialistas surgido de la revolución, y más aún, consentir sacar del programa estas justas reclamaciones, se traduciría en una indulgencia cobarde al régimen. Combatimos contra toda mengua de las libertades públicas y de los derechos a las masas populares, sin lo cual nuestra brega por los objetivos estratégicos se quedaría escrita en el papel y los trabajadores no tendrían forma de aceptar ni de digerir los postulados revolucionarios, y estamos muy lejos, como el cielo de la tierra, de abogar por la vigencia y el adorno de las instituciones democrateras de la neocolonia, o de propalar el bulo de que los desafueros de la alianza burgués-terrateniente proimperialista se deban a la arrogancia del ala azul del gabinete sobre su ala solferina. El talante de los ministros influye, desde luego. Pero al abstraer de la situación el sustrato económico, los roces violentos de clases y las pretensiones mediatas e inmediatas de éstas, llegaríamos al desvarío de que los asuntos vitales de la democracia y del bienestar bailarían exclusivamente al son caprichoso de los mandatarios de turno, a los que, de contera, podríamos de vez en cuando recordarles que toquen también para alegrar al pueblo, cual lo hacen en las audiencias palaciegas semestrales, o trimestrales, los zancandiles de la oposición. El papelón de esta canalla se parece a las ambigüedades del falsario Juan Francisco Berbeo quien, en la rebelión comunera de finales de siglo XVIII se daba sus mañas para exhibirse de incitador de la revuelta armada sin afectar sus componendas con el virreinato. Toda revolución trompica con sus Berbeos. Y todo berbeismo justifica, ante los revolucionarios, las entendederas subrepticias con los guardianes del orden, discutiendo la conveniencia de no prescindir de pararrayos en la borrasca; y exculpa, ante los reaccionarios, los tratos semilegales con los rebeldes, arguyendo lo aconsejable de no despreciar los diques que evitan la salida de madre de los acontecimientos.

Desdorar el programa para congraciarnos con una oposición que, como cualquiera oposición dentro de la democracia burguesa, está encargada de amansar a los inconformes, sólo burlas nos granjearía. Sobre todo por la particularidad del período. Porque sabemos que el proletariado en circunstancias muy singulares se ha otorgado la dispensa de morigerar sus exhortaciones programáticas. El Partido Comunista de China, por ejemplo, suspendió la confiscación de la tierra de la clase terrateniente y redujo sus exigencias para el agro a pedir la disminución de los intereses del crédito y de los arrendamientos. ¿Cuál era la contraprestación? Ganar la aquiescencia de dicha clase en la guerra patriótica contra la invasión japonesa. Esta política obviamente fue correcta. Empero, ¿qué obtendríamos nosotros de pactar en la actualidad semejante acuerdo? Conseguiríamos la desmovilización de la masa campesina sin favorecer mayormente al frente único. ¿Y en qué consiste realmente el entendimiento programático insinuado por la tendencia liberalizante y el cretinismo parlamentario? Que se atenúen los puntos concernientes a la independencia nacional y a la conformación de un nuevo Estado de las clases populares contra la minoría oligárquica destronada. Tal "suavización" nos privaría de algo de lo que nos hallamos bastante urgidos: hacerles comprender cabalmente a los explotados y oprimidos que nada habrá cambiado mientras los ornatos legislativos y las remodelaciones de fachada a las covachuelas de las ramas del Poder logren todavía tapiar la podredumbre interior. Por lo demás, el programa arriba transcrito no corresponde a los máximos sino a los mínimos objetivos que pueda formular el proletariado en esta hora.

II

Hemos escarmentado igualmente acerca de lo esencial de unas reglas precisas de regulación de las actividades del frente y de las relaciones entre los aliados. En la coalición de las fuerzas antiimperialistas es inevitable el contraste de pareceres e intereses. Se requiere de ordinario pasar por un largo lapso de punzantes controversias políticas para protocolizar un piso firme de entendimiento. Aun arreglado éste, y si las disparidades no se resuelven con destreza, terminarán entrabando la cooperación en las luchas y hasta colocando en entredicho la unidad de los amplios sectores populares. El programa conjunto coadyuva a proteger la cohesión obtenida, al proporcionar una pauta para dirimir las desavenencias de peso. Sin embargo, hay que disponer los procedimientos conducentes, las formas organizativas, el cómo hacerlo. Y éste no puede ser otro que el método democrático, tanto para zanjar las discrepancias como para normalizar el funcionamiento de las operaciones propias de la alianza. Su principio guía se cifra en que todos los componentes de la unión concurren en igualdad de condiciones y, sin excepción, conservan su autonomía ideológica y orgánica. Dicha autonomía no ha de interferir en la feliz cristalización de los compromisos pactados ni en la diligente aplicación de las determinaciones aprobadas por los organismos directivos unitarios. Pero sí les confiere a las agrupaciones políticas y gremiales coligadas el derecho inalienable a que nadie se inmiscuya ni irrespete la organización partidaria, o de las asociaciones de las masas, según el caso, y a profesar las ideas que las caracterizan, emitir sus conceptos y opiniones, sin mordazas de ninguna índole. Cada colectividad cede parte de su albedrío, en beneficio de la coordinación y disciplina del frente, y recibe por ello la puntual colaboración de los conformantes de éste; se compromete a no transgredir el fuero interno de los otros, a tiempo que sus apreciaciones son escuchadas, tenidas en cuenta y debatidas al tomarse las decisiones que conciernen a todos. Las contradicciones que broten han de ventilarse sin cortapisas y en búsqueda de la consolidación de los acuerdos y del ambiente de mutua confianza. En fin, si los convenios programáticos señalan las metas últimas de la unidad, las normas democráticas de funcionamiento constituyen las herramientas para forjarla.

Seguimos siendo fervientes apologistas del criterio de que el frente no debe florecer exclusivamente en las estaciones electorales, o limitar su actividad a las escaramuzas parlamentarias, sino que transcienda más allá, prepare y cuide desde las luchas más simples e incipientes hasta las más complejas y avanzadas. Como estas cuestiones son problemas también de crecimiento y no dependen de cuán fervorosamente deseemos remediarlas, obrando al tenor de aquello de que gota a gota se ablanda la roca, convinimos aun cuando fuesen alianzas pequeñas y restringidas, con distintos aliados en diversos momentos, tendientes, entre otros propósitos, a instruir a las grandes masas populares en los preceptos de la unidad y difundir los principios rectores de la gesta antiimperialista. Complementando tal orientación hemos esclarecido hasta la saciedad el ofrecimiento expresado a las entidades amigas de impulsar e integrar paulatinamente una dirección compartida y observada por todas las clases y sectores revolucionarios, cuyas resoluciones se adoptarían ya por unanimidad, ya por centralismo democrático, conforme a las condiciones y a lo concluido previamente de consuno, e irían abarcando las materias palpitantes de la revolución, en consonancia con el desarrollo de ésta.

La unanimidad, como la palabra lo indica, estriba en que ninguna medida puede refrendarse sin el consentimiento de todos los aliados, es decir, subsiste el derecho al veto de cualquiera de los participantes. Reglamentación aplicada en las coaliciones promovidas hasta ahora por el MOIR, y que denota, antes que la veteranía, las bisoñadas de la lucha, puesto que se parte más de los recelos que de la entereza y se inmola muchas veces la eficaz y ágil operancia en aras de las supersticiones de grupo. La forma democrática ideal de funcionamiento será la que contemple la convencional subordinación de la minoría a la mayoría; en este contexto, la sujeción del menor número de partidos y agrupaciones de masas al número más grande. Corresponde a un escalón superior de cohesión y madurez, vigoriza le eficiencia del frente y, en especial, al proletariado le favorece en su papel de vanguardia de la revolución, como le conviene todo ambiente de libertad en que pueda blandir sin censuras sus puntos de vista, refutar los enredos del oportunismo y usufructuar las estipulaciones que regulan la prevalencia de las fuerzas mayoritarias sobre las minoritarias. El frente de liberación nacional, que de por sí favorecerá la labor decisiva del partido obrero dentro de la odisea por la segunda independencia de Colombia, al prescribir sus claras normas democráticas de organización y relaciones internas, que garantizan igualdad de derechos y deberes, protegen la independencia ideológica y orgánica de las colectividades unidas, permiten el libre juego de opiniones y ordenan el acatamiento a la voluntad mayoritaria, no sólo no embotellará, sino que hará expedita la senda a la dirección proletaria en el proceso revolucionario. En la brega por merecer esta distinción, la clase obrera, con su ejemplar conducta, enaltece como el que más los principios democráticos de la acción unitaria, sin lo cual el campesinado y el resto de contingentes amigos mirarían con resquemor sus proposiciones y sugerencias, por muy sabias que ellas sean. Eso de un lado, y del otro, al resguardar escrupulosamente su integridad partidaria y no caer en las veleidades burguesas, estará en posición envidiable, después del triunfo, de encarrilar la revolución de nueva democracia hacia el socialismo, impidiendo que la nación se deslumbre con unas cuantas conquistas más o menos inciertas. Si no somos respetuosos de la democracia nadie querrá escucharnos ni mucho menos considerar nuestros planteamientos; y si perdemos la independencia ideológica ningún valor tendría lo que dijéramos y daría igual que nos oyeran o no. Asimismo, como las otras clases y capas antiimperialistas observan los fenómenos económicos y políticos a través del cristal de las conveniencias individuales, y cultivan creencias encontradas con las de los trabajadores completamente desposeídos e indigentes, es necesario que las saquen a la luz y la contrasten con las nuestras. De lo contrario no habría manera de distinguir y escoger entre los asuntos materia de acuerdo dentro del frente y los que no lo son; ni el grueso del pueblo lograría identificar a quienes en verdad interpretan y respaldan fidedignamente sus intereses.

Los revisionistas colombianos, con el comportamiento suyo ya consuetudinario de infiltrar los aliados, mimetizarse mediante aparatos liberaloides de bolsillo, urdir intrigas, suplantar el debate abierto y franco por el comadreo, en suma, rehuir los compromisos democráticos cual aves nocturnas a la aurora, fuera de buscar colocar sus iniquidades al abrigo de toda crítica, echan tierra a las diferencias de clase y boicotean la unidad popular. Y a la tendencia liberalizante le importan un comino estos albures de las normas democráticas y de la independencia ideológica: lo definitivo es el frente; no hay por qué tocar temas que no sean del agrado de todos, y lo mejor es tragarnos los desenfoques discrepantes; poco interesa que los revisionistas se excedan en su despotismo, ellos son así, ¡qué le vamos a hacer!; a nosotros nos compete agachar la cerviz y poner el otro cachete, sobre todo ahora cuando recrudece la represión, después de expedido el Estatuto de Seguridad. Estas plañideras del conciliacionismo creen que el país entero les extenderá sus amorosos brazos y las colmará de gloria, conmovido por su catequesis jesuítica de humildad y estulticia. Mucho nos contristaría que alguien imaginara siquiera que podremos llegar a ser partícipes de tales conceptos, o que algún día los compartimos.

Cuando proponemos unas normas perentorias de relación y funcionamiento como uno de los requisitos para afianzar, en las peculiaridades nuestras, la cooperación de las fuerzas antiimperialistas, contemplamos, por supuesto, los aspectos atañederos a la buena marcha del frente y ensayamos rescatar la unión de manos de las obvias discordancias que afloran de trecho en trecho entre los coligados. Empero también avistamos la cuestión esencial de que el Partido no se disuelva en la alianza, conserve sus perfiles proletarios y se mueva en una atmósfera democrática que le posibilite expresar sus juicios e influir efectivamente en la lucha política. En ello van implícitas la jefatura obrera de la revolución y la implantación posterior del socialismo en Colombia. La democracia en la realización de las tareas unitarias la necesitamos vivamente porque tenemos puntos de vista y objetivos ulteriores desemejantes a los de los aliados. Incluso, aunque combatimos por un programa común, lo deletreamos de modo distinto. En no pocas oportunidades, sin lesionar acuerdos suscritos, hemos opinado y actuado independientemente. Usamos del derecho a la autonomía partidaria para que el pueblo no se confunda respecto a nosotros y sepa cuáles son nuestros proyectos cercanos y lejanos. Cualquier compromiso que conlleve el sacrificio de distorsionar nuestra imagen ante la opinión pública, así sea transitoriamente; de acallar nuestros criterios o bajarles de volumen; de someternos dócilmente a las exigencias arbitrarias de los demás, o aun cuando sólo fuese a las peticiones caprichosas, sencillamente, un compromiso de ese jaez, no podríamos aceptarlo. En esto se fundamentó una de las razones poderosas por las cuales el MOIR rompió todo nexo con los integrantes de la llamada Unión Nacional de Oposición, una vez el revisionismo pisoteó los pactos sellados paladinamente. La defensa y la rigurosa observancia de las normas democráticas, además de confluir en la consolidación de la unidad del frente, hacen parte de la contienda implacable que actualmente libramos contra el oportunismo de derecha.

III

Con las cuestiones relativas al frente de liberación nacional ya sucede en Colombia lo que acontece con casi todas las reivindicaciones de la democracia política. Son muy pocos los partidos, desde los más próximos a los afectos de los obreros y de los campesinos, hasta las fracciones vergonzantes de la izquierda burguesa, que no hablen ni sienten doctrina sobre ellas. Los trotskistas, contra toda lógica, han abogado a última hora también por un frente unido, sin parar mientes en que con éste, por definición, niegan de plano su disparate pertinaz del iluso asentamiento inmediato del socialismo. Los revisionistas, misioneros del socialimperialismo soviético, insuflan su propia unión de la oposición, tras la cual buscan arrastrar el país a un trastrueque de amos. Todos disertan acerca de la unidad para no pasar por bichos raros. ¡He ahí el alarido de la moda! Y mientras crece la audiencia, más remota aparece la concreción de la cantinela, más insondable se nos presenta la división. El ímpetu del movimiento unitario es tal que aun sus caracterizados saboteadores han de aparentar respaldarlo si quieren tener algún chance en la partida. La vehemencia de este movimiento se le debe en cierta forma al MOIR, quien le dio el soplo germinal con su decidida actitud de anunciar en la proclama y reafirmar en la práctica lo acertado de concertar convenios, sin exclusiones de ninguna especie, con aquellos resueltos a combatir conjuntamente al enemigo superior de la nación colombiana, el imperialismo norteamericano y sus encubridores, en torno a unos supuestos mínimos democráticos y revolucionarios. Nos aliamos con sectores y agrupaciones con los cuales se consideraba hasta entonces una espantosa herejía auspiciar cualquier trato. Andando se comprendió que en lo insólito radicaba lo normal. El frente habría de conformarse con fuerzas diversas a las nuestras, e incluso contrapuestas en muchos tópicos. Para solaz de la crónica jacarandosa de nuestros días quedaron los adefesios de los seudomaoístas de simular acuerdos sólo con facciones incontaminadas, químicamente puras y cosidas por los hilos de una armonía angelical. Coaliciones de ellos, entre ellos y para ellos, en otras palabras.

El apremio más imperioso de Colombia reside en salir del neocolonialismo, causa suprema de sus trágicas desventuras. En esa magna faena el proletariado requiere de la cooperación y la acción coordinada de los escuadrones más confiables en la lucha por la emancipación nacional y aún de los menos consistentes, sin desdeñar el concurso de las capas progresistas de la burguesía. La almendra del asunto yace en saber cómo alistaremos milicias tan abigarradas y disformes. Porque no vamos, cual quijotes, a lanzarnos solos a la carga, como nos azuzan los liquidacionistas de "izquierda". Ni contemporizaremos, porque tampoco fumaremos la pipa de la paz, como nos lo insinúan los sanchos de la derecha. Las clases y partidos honestamente comprometidos en la empresa liberadora han de transar sus divergencias, deponer sus reclamos particulares excluyentes y ceder por el éxito de la causa común. La derrota del usurpador extranjero y de los apátridas lo demanda. El don preciado de la independencia de la nación lo exige. Sin sacrificios y sin concesiones recíprocas no será asequible la movilización del 90 por ciento y más de la población colombiana, única manera de garantizar el triunfo. Lo que pasa es que éstas y aquéllos han de estar encaminados a la más rápida y completa obtención de los objetivos revolucionarios. Sacrificios y concesiones para traicionar la revolución no efectuaremos ninguno; para impulsarla sí los ha hecho el MOIR y lo seguirá haciendo en el futuro, sin que nadie pueda imitarle. Son las dos caras de una misma medalla. ¿Quién, con la cabeza en alto, se atreve a negarnos que estuvimos siempre en ánimo de transigir lo transigible en pro no de dos o tres sino de un solo frente?¿Y quién, que nos conozca y sin deshonrarse, no admite que preferimos la soledad antes que traficar con cualquiera de los preceptos mínimos que infunden y sostienen la alianza patriótica de liberación?

Cumplimos más de un decenio de lucha infatigable, superando la oleada extremoizquierdista de la pequeña burguesía intelectual que salta al cuadrilátero, desde 1959, al trompeteo de la victoriosa insurgencia cubana, y fustigando los ladinos y farisaicos acomodamientos al sistema, en un país en donde echó raíces primero el revisionismo que el marxismo-leninismo. Hemos elaborado una estrategia y una táctica de la revolución colombiana que, a pesar de estar en mora de bruñir e ilustrar en todas y cada una de sus múltiples aplicaciones, reto que la militancia del MOIR ha empezado a encarar y suplirá con creces, tipifican una respuesta coherente y satisfactoria a las inquietudes del momento y surten a las clases revolucionarias, preferencialmente a los obreros, de la piedra de amolar sus pacoras. El trípode sobre el que ha de reposar el frente único, o sea el programa, las normas de funcionamiento y el no alineamiento, propuesto indiscriminadamente por nosotros a las organizaciones políticas que agitan las enseñas de la liberación, no es una ventolera de fanáticos. No hemos inventado nada. La omnipotencia de nuestra teoría marxista revolucionaria hállase en la nitidez con que refleja los hechos reales y las leyes que los rigen. Si en calidad de animadores de la historia concurrimos más como actores que como autores de la misma, en recompensa sabemos que las ovaciones se las llevará la actuación que mejor interprete el curso de los acontecimientos.

¿Alcanzaremos la independencia sin constituir una alianza amplia, organizada y operante de las fuerzas antiimperialistas? Para una respetable mayoría aquello ya resulta imposible. ¿Conseguiremos semejante alianza sin un programa nacional y democrático, sin unas normas democráticas de funcionamiento y sin el no alineamiento? Esto es lo que se discute actualmente en Colombia. Y al MOIR tendremos que aceptarle sus proposiciones o probarle por qué carecen de sentido. Ocurra lo que ocurra la revolución no eludirá la polémica planteada. Si tantos al unísono se jactan de ser apóstoles de la unidad, ¿por qué entonces ésta se nos muestra tan esquiva? ¿El pueblo colombiano se aglutinaría hoy regocijadamente alrededor de la transformaciones socialistas, y aguijoneado por ellas expulsaría la opresión norteamericana? ¿O desafiaría el poder de sus verdugos y entregaría gustoso su vida por una plataforma reformista? Si por incongruentes desechamos ambas disyuntivas, la una utópicamente anticipada para que entusiasme a las numerosas capas medias de la cuidad y el campo, y que además prohíbe de un lapo el concurso de la burguesía nacional, y la otra ridículamente retrasada para unas masas que esperan más que sahumerios como preservativos de las pestilencias sociales, resta sólo el acuerdo programático que hemos sugerido. Dilema análogo se presentará con las normas democráticas y el no alineamiento. ¿Los acogemos o no? Nadie, por más avivato que se crea, evadirá su responsabilidades en tales fallos. Ni los transfugas que endosan copias falsas de nuestras fórmulas se saldrán con las suyas. Aguardaremos atentos y optimistas a que se sedimenten las aguas enturbiadas. Cientos de miles y millones de hombre y mujeres de Colombia que indagan hace rato por la verdad impondrán la línea justa, así tengamos antes que cruzar íngrimos el desierto para abrir el derrotero que los saque de la cautividad. Las condiciones concretas de la revolución colombiana, a las que nos hemos ceñido meticulosamente, son las que confieren la justeza a la posición del MOIR. Nos coligaremos con los partidos, clases, sectores, capas y personalidades decididos a contender contra el imperialismo norteamericano y sus secuaces y a favor de la soberanía y la prosperidad de Colombia, de los que no descartamos de antemano a ninguna fuerza política, ni siquiera a las banderías disidentes del liberalismo y el conservatismo. Mientras se acaten los requisitos mínimos de la unidad no abrigaremos temores de coordinar la acción con cualquiera agrupación partidista, por muy mucho que nos desagraden sus antecedentes. Mas pondremos en salmuera los llamamientos a rubricar alianzas que no impliquen compromisos y obligaciones claros, aun cuando fuera con grupos que comulgan con ruedas de molino y hacen fe pública de su revolucionarismo. En eso se condensa la política unitaria marxista-leninista, de principios.

Pero no hemos espulgado aún en el no alineamiento. Hagámoslo.

El no alineamiento está engarzado tanto con la situación interna como con la ubicación nuestra dentro del concierto internacional, y cuenta también con su propio itinerario histórico. Vale la pena intentar una reseña de su corta semblanza. Cuando fundamos en 1973 la Unión Nacional de Oposición, en asocio con el Movimiento Amplio Colombiano, la primera desmembración masiva de la izquierda de Anapo, y con el Partido Comunista revisionista, acordamos que el frente propugnaría la independencia de Colombia de las garras de los Estados Unidos y resaltamos la solidaridad "con todos los pueblos que luchan por la defensa de su soberanía y contra la opresión extranjera, por la revolución y el socialismo" . En forma táctica estipulamos igualmente que la UNO no se alinearía con ningún bloque de Estados, no obstante contemplar en general el apoyo a las naciones oprimidas, a los países socialistas y a los movimientos revolucionarios de todas las latitudes. A pesar de la vaguedad, pues no se hacía mención con exactitud sobre qué repúblicas se consideraban o no socialistas, era la formulación más aconsejable, en vista de las concepciones encontradas que desde entonces ya subsistían acerca de la problemática externa. A nosotros nos satisfizo el diagnóstico y la receta, porque, de una parte, se allanaba la vía hacia la cooperación con la únicas organizaciones susceptibles de aliarse a la sazón con el MOIR para afrontar las difíciles jornadas de aquellos años, y de otra, aunque no se consignó la plenitud de nuestras reclamaciones programáticas, sobre todo en el ámbito internacional, rescatábamos la lucha de los pueblos "por la defensa de su soberanía y contra la opresión extranjera". Norte y brújula del internacionalismo proletario. Y en el fondo este parágrafo terminó convirtiéndose en la manzana de la discordia de nuestras bravas y constantes refriegas con los revisionistas colombianos.

En un comienzo las desavenencias que echaron a pique a la UNO emanaron de los coqueteos de los aliados con el mandato lopista de hambre, demagogia y represión y de las violaciones de las normas democráticas de relación y funcionamiento. Las contradicciones se referían todavía, digámoslo así, a los tejemanejes de la política doméstica. Pero para la segunda mitad de 1975 la dirección mamerta, por intimaciones a control remoto, destapó su juego en materias internacionales, exigiendo, como condición de participar en el frente, el respaldo explícito al gobierno cubano que acababa de invadir a Angola con un ejército regular de aproximadamente quince mil hombres, adiestrado, armado, equipado, transportado, financiado y asesorado por la Unión Soviética. Mucha tinta y papel han consumido en componer y ataviar este episodio de la piratería contemporánea. La reputada pluma de García Márquez en un folletito que leímos en la gran prensa lo asimilaba inútilmente, ¡oh sarcasmo!, con el desembarco no subvencionado de los 80 valientes del "Granma" que ascendieron diezmados a la Sierra Maestra a encender la antorcha que iluminaría la larga noche de América Latina. La brisa apagó la llama, la revolución perdió la lozanía y pronto llegó a su climaterio y los soldados del Ejército Rebelde fueron sustituidos por los condottieri del último cuarto del siglo. Cuba, doloroso aceptarlo, de primer territorio libre se trocó en la cabeza de puente del socialimperialismo en el Hemisferio; de emblema del movimiento independentista pasó a ser el mascarón de proa del acorazado soviético en el abordaje de África. La bendición a todo esto, e indirectamente a las tropelías de Moscú, era lo que hubiese significado la venia a la voluble exigencia del Partido Comunista de rodear magnánimamente al gobierno de La Habana. Y decimos voluble porque, para formalizar tal exigencia, el revisionismo colombiano tenía que requerir la modificación del programa primigenio de la UNO, precisamente en el pasaje álgido, conflictivo, cuyo tratamiento circunspecto permitió la campaña electoral conjunta de 1974: lo tocante a no matricular la alianza en la determinada política de un Estado o de un grupo de Estados. E indefectiblemente concluyó alterándolo. Con lo cual se demostró que los nuevos zares del Kremlin, por sus pretensiones hegemónicas, no toleran a sus plagiarios en el mundo que se concedan a su arbitrio licencias de no secundar tajante y sumisamente sus planes expansionistas; y que los notables de la nómina mamerta, no obstante sus ínfulas de curtidos, veteranos y voluntariosos mariscales, no encarnan más que falderillos aventajados y gruñones. Sobra agregar que va ya para cuatro años que las tropas cubanas huellan el suelo de Angola, y su número, en lugar de disminuir se ha acrecentado, contrastando con las varias promesas de desocupación gradual hechas por el Primer Ministro Fidel Castro. La admonición de Marx se había cumplido: "un pueblo que oprime a otro pueblo forja sus propias cadenas".

La algarabía revisionista sobre la unión se redujo al fin y al cabo a solicitar el aplauso a la aventura cubana en el continente africano, forma taimada de mendigar el asentimiento para las arbitrariedades de la superpotencia de Oriente. El frente patriótico de liberación nacional ha de guiarse por Cuba: replantearon. Nosotros replicamos: preservemos como línea unitaria de amplia cobertura el no alineamiento. Así surgió la palabreja en el léxico político colombiano y ese es su historial. Al mamertismo, según parece, le infunde tanto o más pavor que la cruz de los cristianos al demonio.

El no alineamiento, acerbamente defendido por el MOIR, y tal cual se desprende de lo expuesto páginas atrás, consiste en una concesión que exprofesamente hacemos, motivada en el anhelo de suturar la división y la dispersión del pueblo. No ansiamos que los posibles convergentes a la coalición antiimperilista enarbolen todas y cada una de las tesis nuestras relativas a la compleja situación internacional, puesto que atravesaríamos un impedimento demasiado grande. Desde luego que esta postura, como tantas otras asumidas en variados campos, incomprensible y hasta escandalizante en un principio, obedece a factores reales, objetivos y subjetivos, ante los cuales procedemos. La contradicción salta a los ojos: propiciamos un frente mundial contra la Unión Soviética y convocamos en Colombia a la unidad contra los Estados Unidos. Pero la paradoja pertenece a la realidad, nosotros simplemente la registramos. El enemigo principal de los pueblos de la Tierra es el socialimperialismo y el de nuestro país es el imperialismo norteamericano. Tenemos sesos suficientes para captar la singularidad de la nación colombiana, y aunque pertenecemos también al mundo, discernimos que aquella sólo representa una pequeña pieza del ensamblaje de éste. Nos cabe el modestísimo mérito de haber señalado la identidad entre los dos polos de la contradicción: la mejor manera de participar en el frente mundial antihegemónico brota de las condiciones del disfrute pleno de la soberanía nacional; la lucha contra el hegemonismo configurará una burla, cuando no una deslealtad punible, sin la pelea consecuente por la independencia de nuestra nación.

Cuando aclaramos que el no alineamiento corresponde a una concesión, estamos diciendo simplemente que no es planta de nuestro vivero ideológico, sino fruto de una transacción, de un compromiso, en el que aflojamos temporalmente algunas cosas para asir más fuertemente otras. Denota asimismo que, como todo acuerdo, se halla limitado por el tiempo, va hasta la obtención de los propósitos previstos, o la supresión de las circunstancias que lo hicieron factible. Sin embargo, hay todavía dos aspectos de cimera importancia que no debemos pasar por alto.

En primer lugar, según las peculiaridades nacionales, no desconectadas del contexto exterior, el no alineamiento, absolutamente indispensable en este período, tanto por la correlación de fuerzas como por el arribae de conciencia y de organización de las masas explotadas y oprimidas de Colombia, despeja la senda hacia el aglutinamiento y la cohesión del pueblo. No se circunscribe a superar malentendidos con el mamertismo, conforme lo tergiversan los oportunistas de "izquierda", o seudomaoístas, que, encerrados en sus capillas escolásticas y obnubilados por su miopía doctrinaria, confunden el mundo con el país, el frente con el partido y con pedantería de sabihondos incomprendidos se encogen de hombros si los sectores populares no dilucidan sus galimatías. A los moiristas, al revés, nos obsesiona vivamente hacernos entender de las inmensas mayorías proletarias y no proletarias, llegar hasta sus mentes y ganarnos su corazón, indagar qué concepto se han formado de nosotros y bregar sin desmayo por convencerlas, con la dicción y con los actos, de que estamos íntegramente con ellas y batallamos por sacarlas del estado de postración espiritual y político en que se encuentran. La traición de la Unión Soviética, la dependencia completa de Cuba del socialimperialismo, la desintegración del campo socialista, la ruptura del antiguo equilibrio entre las potencias, las andanadas antichinas de Albania, la invasión de Viet Nam a Kampuchea, naciones estas dos recientemente liberadas de la dominación norteamericana, en suma, los cambios abismales en el panorama mundial, son fenómenos de lenta asimilación para un pueblo que, como el colombiano, rumia prejuicios nacionalistas de rancio ancestro y vibra aún con el patrioterismo de las clases expoliadoras. Dentro de tales premisas la concesión del no alineamiento contribuirá a desvanecer las prevenciones que contra el MOIR espolean sus enemigos entre los trabajadores; daremos muestras tangibles, irrefutables, de nuestras disponibilidades para desobstaculizar y acelerar la más vasta y sólida unión del pueblo; nos ayudará a crear progresivamente un clima propicio para la integridad de los asertos internacionalistas de la clase obrera y, lo más aleccionante, podremos empezar de inmediato la edificación del frente único con la consiguiente coordinación y orientación de las luchas de los oprimidos contra los opresores, por la liberación nacional y la revolución de nueva democracia.

En segundo lugar, el no alineamiento, por su origen - nacido de estirpe antimamerta - y por su significado -extracto del memorial de agravios anticolonialista-, no contradice ninguno de los fundamentos del internacionalismo proletario. Mas bien realiza aquél en que se sintetizan todos ellos: la consigna de la independencia y autodeterminación de las naciones y de su voluntario acercamiento entre sí. ¿No constituye por fortuna esta consigna el principal lema contra el imperialismo y el socialimperialismo? ¿No la subraya China cuando encabeza la justa universal por la democracia, la paz y el socialismo y pregona que no procurará la hegemonía? ¿No es esto lo que más hermana los pueblos del planeta con la más firme y populosa de las repúblicas socialistas? Fue porque reivindica cabalmente la cara lucha por la soberanía nacional antes que contravenirla, no sólo delante del actual vasallaje norteamericano, sino después de la liberación, contra cualquier intento de intromisión foránea, proscribiendo visionariamente la sustitución de patronos imperiales, cual le ocurrió a Cuba, que el no alineamiento recibió a la postre el repudio del revisionismo colombiano. El Partido Comunista muy a prisa lo anatematizó a despecho de sus alardes de unificador del pueblo, cuando intuyó que un frente galvanizado con el patriotismo internacionalista más auténtico se le invertiría, al levantar la escollera adonde irían a estrellarse las apetencias de engullirse a Colombia. Los dirigentes revisionistas prefirieron abjurar de los convenios contraídos en 1973, correr los riesgos de aparecer como peleles teledirigidos e instigadores de la división, desafiar los sentimientos de las mayorías que con justicia aspiran a que su revolución no sea manipulada, bajo ninguna excusa, desde el extranjero, con tal de no seguir ligados con la única cláusula que en materia de política exterior puede, sin la dimisión de los deberes internacionalistas fundamentales, viabilizar, en las circunstancias vigentes del país, la cooperación de las fuerzas más diversas contra la sojuzgación neocolonial de los Estados Unidos: la cláusula de abstenerse de enrolar la alianza en los prospectos específicos de algún Estado o bloque de Estados. Desde el instante mismo en que los proclamamos, cual uno de los tres requisitos para la construcción del frente unido revolucionario de Colombia, el no alineamiento siempre englobó el rechazo tajante a las atrabiliarias ambiciones de guindarnos a la percha moscovita. Que nadie se llame a engaño. La política de unidad y combate del MOIR no ha dejado nunca de apuntar hacia la consecución total de la independencia del país y de la autodeterminación de la nación, estimulando y sacando el mejor provecho de todos los factores positivos y taponando aquellos que la interfieran en el presente o nublen su porvenir. Por eso nos empecinamos en el no alineamiento. Denigrarlo, además de darle un puntillazo a las aspiraciones unitarias del pueblo colombiano, sería, de carambola, asistir a los revisionistas en la encrucijada a que los ha lanzado su sectarismo, atenuar el aislamiento a que los condena su compostura rodillona.

Precisamente, la tendencia liberalizante y cretina parlamentaria del Partido, que se había cuidado bien de no dejarse retratar sin sus afeites y oropeles, desistió del disfraz y mostró el rostro al discursearse en nombre suyo acerca de este punto. ¿Qué tesis transcendente iba a comunicarnos para obrar en esa forma? ¿Cuál fue ese anuncio que la obligó a emprender la agallinada fuga? Sencillamente que el no alineamiento debería esgrimirse no como una gracia que se concede a los aliados sino como un postulado propio. Quizá en ninguna otra manifestación aquella tendencia resuma más copiosamente su babaza derechista. Todo se reduce a que permutemos la posición proletaria por la burguesa. Que abdiquemos de la autonomía ideológica y le hagamos la corte a todos los embustes nacionalisteros de la hipocresía reaccionaria. ¡Vaya ingenuidad! Si ofrecemos el no alineamiento al resto de fuerzas antiimperialistas en prenda de animosa amistad, en un momento en que ni las condiciones internas ni externas del país permiten un programa más definido y avanzado en tales materias, no quiere decir que flaqueemos en llevar a las masas la propaganda partidista, o que renunciemos a desmenuzar, especialmente ante los obreros y los campesinos pobres, el conjunto de la política internacionalista proletaria, conforme lo hemos venido ejecutando, sin recabar de los integrantes del frente que prohíjen la plenitud de nuestro ideario revolucionario ni colocar en peligro el movimiento iniciado por la unidad del pueblo.

Sabemos que alrededor de la defensa exitosa de este movimiento gravita el discurrir venturoso de la revolución colombiana. Por lo tanto habremos de combatir y vencer en dos flancos. En el del oportunismo de "izquierda", que demanda contra la Unión Soviética una alianza en Colombia de las clases y sectores que padecen la opresión neocolonial de los Estados Unidos, desviando obtusamente el blanco de ataque de la nación en la etapa actual y favoreciendo el añejo yugo del imperialismo norteamericano sobre el país, añejo de cerca de un siglo de existencia. Los personeros de esa contracorriente transvasan mecánicamente la táctica que a nivel mundial despliega el proletariado, a la lucha en el plano nacional del pueblo colombiano por su independencia, sin detenerse a recapacitar sobre las inconmensurables disimilitudes que median entre una y otra dimensión. Y desde el flanco del oportunismo de derecha se nos sugestiona a que por la salud del avenimiento interior nos desentendamos en absoluto de cuanto acontece fuera de las fronteras patrias, preferencialmente de las asechanzas del socialimperialismo y de sus graves provocaciones que amenazan con la tercera guerra general, y nos encasillemos en el campanario natal, olvidándonos indolentemente de la suerte de los pueblos del orbe y de la íntima relación que ésta guarda con el destino de las masas trabajadoras colombianas. Los estafetas de ese bando suplen la Tierra con Colombia, como si fuésemos los goznes del universo y veinticinco millones de habitantes de un pequeño país pudieran más que los 4.200 millones de moradores del centenar y medio de Estados del planeta. Recluidos en nuestro microcosmos seremos "leves briznas al viento y al azar". Pero entroncados a la marejada histórica del tercer mundo, junto a las naciones sometidas, a China y demás repúblicas socialistas y al proletariado internacional, guerrearemos a la vanguardia de unas formaciones monumentales e invencibles y obtendremos, dentro de la pléyade de las naciones libres y fraternas, el derecho a ser los dignos arquitectos de la grandeza de Colombia.

De persistir en esa dirección nada nos detendrá. El pueblo colombiano un día no lejano tomará conciencia cabal de nuestra línea unitaria y de nuestro internacionalismo, y se imbuirá también del entusiasmo que nos embarga y de la convicción que nos mueve hacia la victoria definitiva. Los enemigos internos y externos de Colombia no prevalecerán. Al lado de los obreros y los pueblos del mundo les increpamos: si nos abren sus ojos les cerraremos nuestros puños, si levantan el látigo les amputaremos los brazos y si prenden la hoguera de la guerra los calcinaremos.

Francisco Mosquera
Oscar Parra
Enrique Daza

Bogotá, Enero 13 de 1979.