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Viene de Parte Dos: La Revolución de Nueva Democracia y su Paso al Socialismo. En esta Sección Parte Tres: El Internacionalismo Proletario.

El Internacionalismo Proletario y el Derecho de las Naciones a la Autodeterminación

A la pregunta de si somos o no un partido internacionalista, al rompe y sin titubeos respondemos de manera afirmativa. ¿Por qué entonces hablamos tanto de la defensa de la patria y de la autodeterminación de las naciones? ¿No entraña esto un contrasentido flagrante? Ciertamente no.

Donde prevalezca aún el régimen capitalista, y ello sucede en la mayor parte del planeta, el proletariado combate por arrancarse del cuello el dogal de la esclavitud asalariada. Y este nudo no puede desatarlo a menos que haya barrido y echado a la basura la propiedad individual sobre los instrumentos y medios de producción. Pero como la burguesía, imitando a las clases que la precedieron en la usurpación de los frutos del trabajo de los demás, no cede las prerrogativas por las buenas, los obreros se ven compelidos, tal cual lo hemos anotado, a erigir sobre los escombros del poder estatal del capital un Estado suyo que les garantice sus atribuciones. Al hacerlo preludian la desaparición de las clases, o sea de la violencia organizada de unas gentes contra otras, y despejan la emancipación ulterior de la especie humana, al trocarla de víctima expiatoria y ciega de la evolución social en sujeto consciente y dominante de la misma. Los comunistas auténticos de todas las fechas y de todos los sitios han ensalzado en sus cánticos marciales estas máximas aspiraciones revolucionarias. No tienen intereses particulares qué alegar que los enfrenten entre sí o los aparten del conjunto del movimiento obrero. De ahí su indisoluble unidad internacional. Los que han vencido y ahora construyen el socialismo simplemente han comenzado a poner en práctica el programa máximo común, lógicamente ajustado a las singularidades de cada lugar, haciéndose merecedores del apoyo cerrado de los trabajadores de toda la superficie del globo. Por encima de las barreras idiomáticas, del ancestro y costumbres de los pueblos y de las modalidades de lucha según las etapas en que se hallen, los partidos proletarios forman un gigantesco haz de voluntades que les da una nítida superioridad sobre las banderías burguesas que, a pesar de sus eventuales avenimientos e invocar todas el capitalismo, no consiguen suprimir las trápalas y rebatiñas recíprocas, hervidas en la paila del lucro privado.

La proclama lapidaria de El manifiesto comunista salido del caletre de Marx y Engels en 1847 y que hoy retumba con inusitado vigor por los cuatro vientos, reza: "¡Proletarios de todos los países, uníos!".

De otra parte, en un mundo parcelado sin cura inmediata en múltiples naciones, al proletariado no le queda otra alternativa que darle a su lucha y a sus partidos una expresión nacional. Limitante sólo formal que lo empuja a concluir por países la revolución socialista, sin que ello vaya en desmedro de sus obligaciones internacionales. Así como nos valemos de la faja ecuatorial al demarcar el hemisferio norte del hemisferio sur en la esfera terráquea, el mejor rasero para diferenciar a los partidos autodenominados marxista-leninistas, catalogarlos entre legítimos y apócrifos, es la actitud que mantengan ante el internacionalismo. Cualquier postura o concepción que lesione el proceso de acercamiento y la solidaridad de los trabajadores de las diferentes latitudes desvirtúa su espíritu de clase. A la consigna de la unión internacional de los obreros ha de adosársele necesariamente la de la autodeterminación de los pueblos, que estriba en el derecho de cada uno de éstos a decidir independientemente su destino y a proporcionarse el Estado que les plazca sin intervención forastera. Porque la complicidad y la tolerancia otorgada en nombre del comunismo a la opresión nacional, sea cual fuere el móvil o la excusa que se esgrima, la menos torva o la más cínica, obstaculizará grave e ineludiblemente las relaciones fraternas entre el proletariado de la región sojuzgada y el de la república sojuzgadora. No defeccionando en la defensa de los principios de la determinación de los países y pidiendo la picota para quienes los violen, evitamos que las diferencias nacionales sirvan de laberinto en donde se pierdan y pericliten la unidad y la lucha internacionalistas de la clase obrera.

La nación moderna es un producto del capitalismo, del primaveral, el del curso ascendente, cuando blandía el "dejar hacer" y el "dejar pasar", las palabras mágicas con que rasgaba los enigmas del aislamiento y la dispersión feudales. Quería mercados seguros y armónicos, para lo cual fue agrupando aquí y allá a millones de personas que mantenían nexos de lengua, territorio, idiosincracia, economía, etc, en una sola comunidad nacional, regentada por disposiciones uniformes de pesas y medidas, moneda única e impuestos y aranceles aduaneros centralizados. Inspiró y animó los levantamientos independentistas, y tras éste y el resto de emblemas democráticos arremolinó en torno suyo a las muchedumbres. Pronto el jayán que saltó a la palestra lleno de nobles intenciones y que cándidamente creía que la creación empezaba y terminaba con él, se transmudó en un viejo ávido y avieso que, a la inversa del Fausto de Goethe, estaba condenado, para seguir viviendo, a destejer los pasos y a maldecir las ejecutorias de su juventud. El capitalismo otoñal, o imperialismo, dejó de ser el forjador y el libertador de naciones, ahora se esmera de gendarme y de corsario colonialista y las multitudes por doquier lo vituperan y le lanzan guijarros. Sin embargo, el capital monopolista destrozó definitivamente el caparazón nacional y con su entramado de negocios por el orbe entero posibilita la interrelación de las comarcas más apartadas, incrementando cada día el mercado mundial; pero todo en base a la opresión de unas naciones sobre otras. El proletariado es fervoroso partidario de aumentar la comunicación entre los pueblos, de estrechar sus lazos de amistad, estimular sus intercambios y colaboración en beneficio mutuo; no obstante propende porque este acercamiento se adelante respetando la decisión libre y voluntaria de las naciones, única manera de llevarlo a cabo. Las diferencias y recelos nacionales se desvanecerán a medida que haya un desarrollo económico equilibrado de todos los países, aparejado a un ejercicio pleno de la democracia. El imperialismo se opone ciegamente a ambos requisitos. Sólo el socialismo los hace realidad. La burguesía enfatiza en lo que desune a las masas, el proletariado en lo que las une. Las contiendas de Colombia y de todos los pueblos por su liberación y la salvaguardia de su soberanía constituyen el principal ariete para batir las murallas de la fortaleza imperialista. Nuestro internacionalismo proletario se refleja en la irrestricta solidaridad que les brindamos a esas luchas.
Al llegar al clímax la hegemonía del imperio estadounidense, a raíz de las dos guerras mundiales, especialmente la última, la explotación y dominación internacionales adoptaron la forma de neocolonialismo: bandolerismo de nuevo cuño, disfraz típico y perfeccionado del capital imperialista, cuyo quid radica en barnizar el saqueo de los pueblos con empastes de libertad y soberanía. La metrópoli no recurre a agentes propios para reinar sino a lacayos nativos y mandatarios títeres. Su preponderancia es tal, sobre todo la que le infunde su capacidad financiera colosal, que cualquier modelo de gobierno, desde el militar cuartelario de Argentina, hasta el democrático representativo de Colombia, pasando por el monárquico republicano español, cabe dentro de sus proyectos y se acopla a su pillaje. Los incidentes de Nicaragua, todavía sin epílogo, nos suministran harta documentación relativa al funcionamiento de dicho sistema. La dinastía de los Somoza, espejo de las satrapías asesinas del legendario Caribe, que ha exprimido el sudor y la sangre de ese pequeño pero bizarro pueblo de América Central durante cuatro escalofriantes decenios, ha sido lactada por los Estados Unidos. Al presidente Carter le preocupa que el muñeco nicaragüense desafine en su opereta de alabanza a los "derechos humanos". En consecuencia articuló una maniobra para sustituirlo, mediante un golpe electoral, por otra marioneta de menor desprestigio, y antes que el Frente Sandinista logre la liberación con la lucha armada. Se ha recostado en la OEA y ha movilizado a los tres o cuatro gobiernos serviles del continente que quedan designados por sufragio, entre los cuales no podría faltar el colombiano, el más obsecuente y obsequioso, con el objeto de manipular un movimiento nacionalista pro yanqui de Nicaragua, que, sin autorizar la salida de ésta del aprisco colonial, les permita al imperialismo y a sus monaguillos posar de democráticos y progresistas. A fuer de experiencia no podemos menos de desenmascarar esta horrenda farsa de la reacción continental y del oportunismo referente a los acontecimientos del hermano país, y advertir que la independencia nacional no se alcanza porque se reemplacen los uniformes y las charreteras por el smoking y el corbatín.

Si en algo se distinguen las administraciones liberales de las del gorilato es en el alto grado de fariseísmo que las caracteriza. En Colombia hay extorsión imperialista, tanto o peor que en Nicaragua; y aun cuando no se han presentado todavía conatos de rebelión popular, como los protagonizados por los sandinistas, proliferan los casos de represión violenta contra las masas trabajadoras, los presos políticos, los jóvenes torturados o masacrados, las restricciones a la información, los consejos verbales de guerra de la justicia castrense, los decretos fascistoides de seguridad pública. Conmover a los nicaragüenses con la horma colombiana o venezolana es envilecerlos y ponerlos a suspirar por una careta para el somocismo sin Somoza. Y quienes se presten a publicitar este licor alterado, con su nacionalismo de derecha o de "izquierda", envenenan el cuerpo y el alma de los pueblos y como bestias de carga llevan caña al trapiche imperial.

Por eso los comunistas no nos agregamos a cualquier tipo de reivindicación nacional; no coreamos las rogativas reaccionarias para que las masas se contenten con soberanías simuladas, autodeterminaciones restringidas y no intervenciones de mentiras. Bajo el neocolonialismo la más vulgar y prostituida expoliación se pavonea de dama recatada y pudorosa. La dependencia económica sustenta indirecta pero eficazmente la intromisión política de los magnates de las casas matrices, y sin arrancar de cuajo aquella no se suprime ésta. Enarbolamos y respaldamos los esfuerzos aguerridos de los pueblos de todos los países para asir las riendas de su desarrollo industrial y cultural, al margen de imposiciones extranjeras de cualquier etiqueta, y para edificar sobre estos cimientos el Estado que mejor les convenga. Al actuar así contribuimos a superar los valladares y prevenciones nacionales y a apretar el abrazo sincero y cariñoso de los obreros de todo el mundo, sin distingos de color o apellido.

Nuestro internacionalismo no se contrapone a la soberanía y autodeterminación de las naciones. Al revés, se complementan mutuamente.

Los Cambios en la Situación Internacional y la Teoría de los Tres Mundos

El socialismo representa la etapa de transición entre el capitalismo y el comunismo y abarca una época muy larga, de siglos, en la que la humanidad aún no se desembaraza de la lucha de clases ni de las divisiones nacionales, y por lo tanto persisten el Estado, la coerción política y las guerras. El hombre todavía ambulará un trecho grande con todos estos lastres que lo han acompañado a través de la civilización, su edad adolescente, hasta cuando el alto grado de dominio sobre la naturaleza y sobre las relaciones de subsistencia le permita abolir definitivamente no sólo los privilegios de clases, de razas y naciones, sino las disparidades sociales que prevalezcan por las desigualdades naturales de los individuos. Ese será el comunismo, el paraíso tantas veces soñado, en el que el Estado se extingue por ausencia de funciones -no tiene a quién reprimir ni quién reprima-, y "el gobierno sobre las personas es sustituido por la administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción", según la aguda frase de Engels (2). Antes habrá en la tierra un interregno de existencia simultánea de las fuerzas imperialistas moribundas y socialistas nacientes y de colisiones violentas entre ambos modos de producción y organización social; asimismo, los países socialistas serán teatro de aguerridas batallas, propicias unas y aciagas otras, entre los restauradores del capitalismo, que persisten no obstante las profundas innovaciones en la estructura y superestructura y reciben el aliento de la reacción externa, y los abanderados del comunismo, hasta el día del aplastamiento total y universal de los primeros por los segundos. Esta tendencia irresistible se irá imponiendo en medio de las peripecias de la historia, emanará sin falta del aparente caos que resulta de los conflictos y las crisis, y logrará su cometido tras los flujos y reflujos, ascensos y descensos, fracasos y vencimientos de los pueblos. Nos hallamos precisamente en la era socialista durante la cual, a semejanza de los estadios anteriores de la sociedad, lo nuevo no prevalecerá sobre lo viejo más que después de complicadas vicisitudes y prolongados antagonismos.

Y evidentemente en el mundo actual observamos una gran confusión y un gran desorden. Pero si el fuego que ilumina produce el humo que oscurece, los acontecimientos difusos e impredecibles están regidos a su vez por leyes coherentes, de fácil aprehensión, merced a las cuales sabremos ubicar a Colombia en el concierto mundial y percatarnos de nuestro papel de transformadores proletarios revolucionarios. Si no partimos del sello de la época no entenderemos el rumbo de los sucesos históricos, y careceremos de una estrategia global que nos proporcione la visión más amplia de conjunto y el conocimiento de las estaciones obligadas de nuestra travesía. Y esto no basta. Necesitamos discernir los disímiles períodos de la época y examinar la situación concreta económica y política de cada período a nivel internacional; ponderar certeramente los cambios en la correlación de fuerzas que se operan de tiempo en tiempo, según evoluciona la cohesión o el agrietamiento del bando imperialista, a causa de los relevos en la supremacía de unas potencias sobre otras, y según también los logros y tropiezos de la clase obrera mundial y de los países socialistas en particular. Sin lo cual no nos será posible elaborar un táctica consecuente y quedaremos a la deriva, aunque sepamos a dónde ir, como una embarcación con el timón roto y sin remos en medio del océano. Tan pronto el proletariado adquirió conciencia de clase y se pertrechó del marxismo empezó a preparar y combatir por el derrocamiento de la burguesía. Sin embargo, una cosa era hacerlo cuando prevalecía la libre concurrencia y otra muy distinta cuando el capitalismo llegó a su fase imperialista y acusó su decadencia. Luego de esta conversión aquél consiguió consolidar el mando político arrebatado a sus esclavizadores, a los 46 años del ensayo trunco de la Comuna de París y al final de la Primera Guerra Mundial, con el estallido bolchevique en Rusia y la fundación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, génesis de las revoluciones proletarias triunfantes.

Desde entonces vienen ocurriendo modificaciones de transcendencia. No nos referimos a que la lucha de la clase obrera haya mudado de principios o de metas; su comisión ha sido y seguirá siendo el exterminio del sistema capitalista y la implantación del socialismo. Ni tampoco a que el imperialismo haya variado su naturaleza voraz y expoliadora. Lo que se altera con cierta rapidez son las condiciones de aquella lucha. La misma aparición del Poder de los Soviets impuso un nuevo deber al movimiento comunista internacional, el de resguardar este primer bastión armado suyo, como una cuestión prioritaria para su propio porvenir. La segunda conflagración mundial se efectúa ya bajo tal circunstancia, y aunque toda guerra imperialista la ocasiona el reparto del botín colonial y de las zonas de influencia entre los filibusteros de los grandes monopolios, en la de 1939 a 1945 ronda el problema cardinal de la supervivencia de la Unión Soviética. Dicha apreciación llevó al comunismo a deducir que de salir avante el eje fascista capitaneado por la Alemania hitleriana, la patria de Lenin y Stalin quedaría en un inminente peligro. Y consecuencialmente patrocinó durante el conflicto bélico el acuerdo del Estado soviético con las naciones imperialistas del frente antinazi, cooperación que no significó en ningún momento el reconocimiento a las ambiciones piráticas de los aliados y, al contrario, salvó a la URSS y facilitó la creación del campo socialista con un buen número de países desgajados del podrido tronco de Occidente y entre ellos China, la república más populosa, donde habita una quinta parte de la población del planeta. Decisión política diferente a la puesta en práctica en la guerra de 1914, cuando los obreros no habían llegado al Poder en ninguna parte y los revisionistas de la II Internacional, detrás de la batuta del renegado Kautsky, convidaban al pueblo a servir de carne de cañón de sus respectivas burguesías, escindiendo y enfrentando a los proletarios de diversas nacionalidades en pro de la codicia colonial de las potencias disputantes. Lenin fustigó montado en cólera esta falacia abominable; rechazó enfáticamente todo tipo de entendimiento con cualquiera de los bloques que pugnaban por la hegemonía del mundo, e insistió en la conocida tesis de instar a los obreros a convertir dentro de sus territorios fronterizos la guerra imperialista en guerra civil, en procura de la caída de los explotadores y promotores de la matanza que a la postre cobró la vida de veinte millones de personas. Orientación y coyuntura que definen el repunte admirable del bolchevismo ruso en el Octubre glorioso de 1917 y explican el fiasco de la revolución europea en aquellos años traumáticos.

Los dos comportamientos tácticos traídos a colación, correspondientes a dos momentos distintos y distantes de la época contemporánea, nos muestran cómo los comunistas, por un lado, hemos de obrar siempre con un enfoque internacional de la problemática revolucionaria y, por el otro, sopesar cuidadosamente las particularidades del período de que se trate. Desde ese ángulo debemos identificar a los enemigos que encarnan la más seria amenaza, conforme a los realinderamientos registrados dentro de la revolución y la reacción; distinguir las facciones intermedias, aptas para ser ganadas o neutralizadas, y evaluar la importancia de los destacamentos propios. De no emprenderlo así, nuestra política vagaría en las nebulosas sin ningún contacto con los elementos materiales. Y el socialismo no es una profecía bíblica a la que se intente sujetar al género humano por pronósticos sobrenaturales, sino un nuevo orden social que surge del antiguo, con base en el aprovechamiento de las contradicciones de éste. Los marxista-leninistas que desdeñen olímpicamente los candentes asuntos atañederos a la correlación de fuerzas no merecen el calificativo de tales. Y los que se desapeguen de cuanto ocurra más allá de los parajes patrios y no tengan en cuenta para su lucha los flancos flojos y los robustos en la más amplia dimensión cósmica, estarán buenos para sacristanes de parroquia pero no para jefes de la clase obrera. Aunque deseáramos, la suerte de Colombia no podemos separarla de los avatares del movimiento mancomunado del proletariado internacional de los países socialistas y las naciones sometidas. Nos interesa vivamente el plan general que oriente a dicho movimiento. Si no se saca partido de las dimensiones del bando imperialista, o se equivoca el blanco de ataque, desperdigando el fuego entre los adversarios principales y los virtuales aliados, y si como efecto de semejante torpeza la reacción se fortalece, las repúblicas socialistas se debilitan y los pueblos colonizados no acaban por romper el cascarón y nacer a la independencia, probablemente la revolución colombiana también zozobraría, por mucho que estallara la insurrección, la apoyara una gran parte del pueblo y actuáramos con arrojo, porque los factores internacionales nos serían supremamente hostiles. Toda revolución depende de sus antagonismos y fuerzas internas, es cierto, mas para que éstos se desencadenen y actúen a plenitud precísase de condiciones externas favorables.

Marx y Engels, por ejemplo, recalcaban el hecho patente de que la lucha democrática y las posibilidades del proletariado en cada país de la Europa de entonces requerían en última instancia del hundimiento del zarismo ruso, el puntal número uno del absolutismo feudal. Después sus fieles discípulos y maestros de las generaciones bolcheviques procedieron con el mismo criterio al hacer la anatomía de los baluartes de la contrarrevolución y la de sus sitiadores, sin contentarse con el más cómodo de los análisis, el reducirlo todo a la división entre el socialismo y el capitalismo. Para ellos los países imperialistas no integraban una compacta mole de granito. Los unos eran más poderosos económicamente, poseían mayor cantidad de colonias y tendían por tanto a imponerles su férula a los demás; los otros se defendían, buscaban expandirse a como diera lugar o esperaban desasosegados la hora de la revancha después de las pérdidas sufridas al tronar de los cañones o en los ajetreos diplomáticos. Estas disputas frenéticas e inconciliables que persiguen al imperialismo cual la sombra al cuerpo, son inmanentes a sus leyes de desarrollo desigual y caótico, y generan uno de los ingredientes dinámicos del acontecer histórico de la era actual, al que habremos de rastrear sin extraviar la pista. Incluso las alegaciones de las potencias opresoras en torno al comunismo, o a favor o en contra de la democracia, constituyen comúnmente pretextos para explayarse e inmiscuirse en los asuntos internos de las naciones pequeñas o atrasadas, dentro del dares y tomares por el control del orbe. Al respecto de los feroces enfrentamientos interimperialistas, foco fundamental de las guerras mundiales, Lenin y Stalin recomendaron siempre valerse de ellos en beneficio del campo revolucionario, al que, a su turno, diseccionaron según sus partes componentes, reconociendo la incidencia categórica de las luchas de liberación nacional en el triunfo y la consolidación del socialismo.

Pues bien ¿Cuál es el balance de la coyuntura mundial presente? ¿Cuál la táctica del proletariado internacional? Soluciones magistrales a estos interrogantes ha ofrecido con su teoría de los tres mundos el camarada Mao Tsetung, el más connotado marxista-leninista de los últimos tiempos y cuyos aportes a los descubrimientos científicos de Marx y Engels en los ámbitos de la economía, la política, la filosofía, las artes militares, etc, sólo son cotejables a los efectuados anteriormente por Vladimir Ilich Lenin. En afinidad con sus antecesores, Mao tampoco parangona los dos grandes segmentos de la reacción y la revolución con "láminas de acero" indivisibles, inamovibles o inmodificables. El primer trastorno digno de anotarse, que emborrona los croquis trazados en la segunda postguerra, tanto para el uno como para el otro bando, ocasiónalo la defección de la camarilla revisionista de Moscú, engendrada por Kruschev y criada por Brezhnev, al enterrar el espectro de los zares, e invertir la Unión Soviética, como quién voltea un calcetín, de país socialista en la más sórdida potencia socialimperialista. Olvidar las lecciones de Lenin, que previno en varias oportunidades a su país sobre la catástrofe que le acarrearía la restauración del capitalismo, y producirse ésta, fueron escenas seguidas de un mismo drama en la URSS. Una minoría enquistada en los cargos claves procedió poco a poco a acaparar privilegios y canonjías hasta coger los rasgos distintivos de una burguesía burocrática, dueña de un poder incalculable, puesto que la economía socialista en provecho de los trabajadores desanduvo hacia un capitalismo monopolista de Estado al servicio de aquella. El campo socialista quedó desintegrado y el pueblo soviético sumido en una tiranía ominosa de corte romanoviano, que envidiaría Stolipin , y hasta Hitler, de la que sólo lo sacará la revolución, al igual que la Revolución Cultural Proletaria evitó en China el resurgimiento capitalista. Método aconsejado por Mao para la continuación de la obra revolucionaria bajo la dictadura democrática de la clase obrera.

En el plano exterior las autoridades moscovitas parodian el febril zarandeo de los trusts. Colocan a interés cifras fabulosas en los mercados usuarios de capital, adquieren acciones de bancos y consorcios industriales o fundan otros nuevos. Amasan ganancias comprándoles barato y vendiéndoles caro a los países pobres. En el tráfico de armas, en la instalación de satélites militares y en el control de territorios, mares y espacios aéreos, se tratan de tú a tú con los Estados Unidos, a los que ya superan en potencia de fuego convencional y emparejan en dispositivos nucleares. Ocupan extensas regiones en varios continentes, como Angola, en África, a través de mercenarios cubanos, o en Checoslovaquia, con tropas propias y del Pacto de Varsovia. Las repúblicas tributarias suyas de la llamada "comunidad socialista" soportan condiciones tales de sojuzgación y humillación que la corajuda Rumania resolvió hacer escuchar recientemente su voz de rebeldía, poniendo al descubierto no sólo las incisivas contradicciones fermentadas por la dominación colonial de la burocracia soviética, sino el ánimo rabiosamente chovinista y las intenciones de expansión y de guerra del socialimperialismo. En otros términos, la Unión Soviética, al rodar por el despeñadero de la restauración del sistema capitalista, es decir, de la primacía de una pandilla de encumbrados funcionarios y del confinamiento de las prerrogativas de las mayorías laboriosas, se ha contagiado de todas las endemias propias de aquél. Sin poder evitar la anarquía en la producción ni la proclividad a subsanar sus desarreglos económicos con la explotación de otros pueblos, tira su atarraya colonialista, sin tapujos, o veladamente, azuzando y lucrándose de las desavenencias nacionales de países rezagados, o valiéndose de estados subalternos, tal cual acaba de efectuarlo en Kampuchea, al gestionar, en un lance ostensible de provocación y bandidaje contra una nación paupérrima y débil, la invasión vietnamita enfilada a deponer a viva fuerza el gobierno instaurado soberanamente en 1975, después de erradicadas las vejaciones estadounidenses.

Las rivalidades cada vez más exacerbadas entre los círculos dominantes norteamericanos y soviéticos por la hegemonía del universo le transfieren al período histórico que cruzamos sus rasgos marcadamente peculiares. Los acontecimientos se desencadenan con súbita rapidez hacia la tercera conflagración total, instigada preferencialmente por los ademanes pendencieros del socialimperialismo que clama, sin admitirlo, en pro de la redistribución de las zonas de influencia del orbe. Cuando metió las narices en la partija colonial vio que Washington llevaba ganada la partida; y desde entonces caza pleitos y monta trifulcas para que se barajen y repartan de nuevo las cartas. Como su desarrollo económico continúa siendo inferior al de su mortal contrincante, sabe que de limitarse a bombardear por este costado no ganaría la batalla; mas como su capitalismo de Estado alcanza un grado de concentración superior, pone en juego tal ventaja relevante y militariza de arriba abajo la producción y el aparato estatal, ganando la carrera armamentista y alistándose frenéticamente para la confrontación bélica, único modo de pensar en cristalizar sus ilusiones imperiales. Los Estados Unidos por su parte bregan a no dejarse desalojar de sus posiciones conquistadas en medio siglo de carnicerías. Pero se encuentran a la defensiva aturdidos por los venablos y mandobles que les propinan los pueblos sometidos a su yugo; por la competencia comercial y monetaria con que los hostiga la saneada industria europea y japonesa y, desde luego, por el guante que les arroja al rostro la Unión Soviética, que pretende antes que nada suplantarlos a la brava en Asia, África y sobre todo en Europa, la fruta más apetecida y espinosa. El estruendoso fracaso de Indochina, después de guerrear estérilmente dos décadas contra Viet Nam, Kampuchea y Laos, las crisis económicas repetidas, la caída vertical del dólar y los descalabros y oscilaciones contradictorias en la política internacional son unos cuantos hitos en el proceso decadente iniciado varios años atrás por los imperialistas norteamericanos. Su estrella declina en el confín mientras la otra superpotencia apenas inaugura su ciclo. Por lo indicado sucintamente el socialimperialismo ha pasado a ser el enemigo más peligroso de los pueblos y la principal amenaza de la paz mundial, y aunque junto con los Estados Unidos conforman el primer mundo contra el cual las fuerzas revolucionarias de todos los países deben integrar un invencible frente de lucha antihegemonista, no hay duda de que éstas tendrán que hacer la distinción y enristrar prioritariamente las baterías contra la Unión Soviética que, además, acogiéndose a que muchos no han calado su verdadera faz, emboza sus fechorías e infamias con propaganda a favor del "socialismo", de la "emancipación nacional", del "internacionalismo", etc, lo cual añade un esfuerzo adicional a la tarea de denunciarla, destaparla y derrotarla. Ninguna treta le funcionará. ¿Acaso los cabecillas estadounidenses, inmediatamente luego del hundimiento del nazismo, no alardeaban de ángeles tutelares de la democracia y la libertad? En un principio engañaron a los más ingenuos. Hoy pocos se acuerdan de ello.

Al segundo mundo pertenecen las prósperas repúblicas capitalistas europeas, el Japón y Canadá. Aquel comprende en síntesis la franja intermedia de países que no emula con las dos superpotencias porque su nivel económico y militar está demasiado atrás del de éstas, pero muy por encima del de las naciones dependientes y atrasadas de Asia, África y América Latina; y en comparación con los Estados Socialistas sus regímenes social y político son diametralmente opuestos. En dicha franja encuadran los seniles imperialismos, otrora tristemente célebres por sus crueldades inefables, como el británico, en "donde nunca se ocultaba el sol", cuando el territorio de la Gran Bretaña, con Irlanda del Norte, escasamente bordea los 244.000 kilómetros cuadrados; como el alemán, cuya obra maestra fue la refrendación y promoción del fascismo, o el japonés, que infestó con sus ejércitos y martirizó a China casi tres lustros seguidos. En el presente, a pesar de la vertiginosa recuperación de los dos últimos, después de sus rotundos descalabros en la guerra, continúan de tumbo en tumbo, soportando la injerencia norteamericana en sus economías y contemplando su seguridad nacional gravemente comprometida por los preparativos expansionistas soviéticos. No han cejado de exteriorizar su escozor por tan chocantes tratamientos. Con frecuencia disienten sin ambages de las artimañas de Estados Unidos, al que no asistieron en sus aventuras de Indochina y dejaron que se sancochara solitario en su propio guiso: hurgan, pasivos o diligentes, en los desbarajustes del sistema monetario liderado por el dólar estadounidense y algunos de ellos no ocultan su franco deseo de sustituirlo por otro, y, dentro del forcejeo comercial, la corta duración de las treguas y las refacciones al Mercado Común Europeo, demuestran también el escalonamiento de sus repelones con la vieja mayordomía gringa. Y el socialimperialismo desliza meticulosamente sus fichas sobre el tablero internacional. Basados en las legiones del Pacto de Varsovia, en las cuñas introducidas en África y en el Medio Oriente, que les facilitarán el control paulatino de las comunicaciones de parte del Atlántico y el Indico y del Mar Rojo, y basados igualmente en sus desplazamientos por los mares del norte y sur de Europa, los nuevos zares del Kremlin han tendido alrededor de este continente una tenaza mortífera lista a cerrarse cuando sea preciso. Asimismo, en el Extremo Oriente amagan invadir a los países vecinos con ingentes cantidades de tropas acantonadas en las inmediaciones e incursionan desafiantemente por aguas septentrionales de jurisdicción japonesa. Todas estas intimidaciones y querellas vuelven al segundo mundo permeable a los vientos antihegemonistas y acicatean a sus burguesías gobernantes a tomar por su cuenta medidas defensivas, cautelando la integridad de sus naciones. Representan por tanto significativos contingentes candidatizables a aliarse con las corrientes revolucionarias y coadyuvar a la sublevación universal contra las superpotencias, de mediar circunstancias y estipulaciones positivas, no obstante su pasta imperialista y las contradicciones que mantengan con los pueblos que yacen aún bajo su arbitrio, o con aquellos en los cuales invierten capitales y extraen plusvalía. Aquí no se trata de litigios sueltos o, si se quiere, de revoluciones que las masas evacuarán según sus posibilidades y criterios; aludimos a la más dilatada óptica visual, al plan general táctico, a la obtención de una correlación tal de fuerzas que a la postre anulará cualquiera de las determinaciones violentas o pacíficas, militares o políticas, abiertas o taimadas de los Estados Unidos, pero fundamentalmente de la Unión Soviética para arrodillar el mundo ante su altar.

Quienes desde la ribera del comunismo se niegan contumaces a aceptar las palpables desemejanzas y los choques de intereses entre el primero y el segundo mundo y califican de sacrilegio imperdonable meter baza entre éstos y utilizar convenientemente sus acérrimas discrepancias, alegando con sobredosis de estupidez que en ambos privan los apetitos de capitalistas explotadores, fuera de degradar el marxismo-leninismo a la categoría de dogma disecado y absurdo, alimentan indirectamente la insolencia del hegemonismo y socavan el feliz desenvolvimiento de la revolución mundial. Nadie que conozca algo de estos problemas y haga uso de sus cinco sentidos colocará en la misma balanza las asechanzas soviéticas, digamos, con las inglesas. Nosotros agregaríamos que incluso con las norteamericanas. Inglaterra, por su ubicación geográfica, su solvencia económica relativa y su menguada pujanza militar, está años luz de poder y querer invadir a China. En cambio no afirmaríamos igual respecto a la Unión Soviética. Y sustraer a la República Popular China del atlas político significa restarle a la causa revolucionaria el primordial y más grande bastión socialista, la bicocada de 9'600.000 kilómetros cuadrados de territorio y 850 millones de habitantes. Estos asuntos reales y de monta no son definiciones librescas para despachar con un par de bastonazos doctrinarios. Al proletariado internacional le urge aislar a los enemigos principales y cercar al más agresivo, y no trabarse en una pelea indiscriminada y anárquica con cualquiera que le espante la palabra socialismo. Es decir, una táctica que contribuya a preservar la existencia de las repúblicas socialistas, impulsar el movimiento de liberación de las colonias y neocolonias, neutralizar y aun ganar a los países intermedios y movilizar concordantemente todas estas fuerzas adversas a los afanes monopolizadores de las superpotencias. Hasta los obreros del segundo mundo, sin silenciar sus concepciones de principio, deben hacer conciencia entre el pueblo sobre lo oportuno de atender a la seguridad de sus naciones amenazadas y estimular las medidas dispuestas a este fin. Los fosos y empalizadas que se provean en regiones tan neurálgicas contra la invasión extranjera, así como la permanente ebullición de la inconformidad popular en las esferas de control soviético en la Europa Oriental, les bajan los humos a los expansionistas, que no atraparán presa fácil y hacia donde viren, a babor o estribor, tropezarán con un piélago de fusiles erizados. Despreciar olímpicamente estas ventajas por el prejuicio de coincidir con unas cuantas burguesías de capa caída, enorgullecerá a las sectas dogmáticas que pululan en las crisis, pero ofende a la inteligencia de los partidos verdaderamente revolucionarios y de masas.

Y en el tercer mundo localizamos la centena y cuarto de países rezagados y dependientes de Asia, África, América Latina y Oceanía, cuyas resonantes y enconadas lides por la liberación nacional, la democracia y el socialismo les confieren la distinción de constituir los principales fortines contra el hegemonismo y simbolizar el pedal de las transformaciones históricas de nuestros tiempos. Para el imperialismo las colonias o neocolonias son el aire de los pulmones. De ellas succionan cuanto demanda el rodaje de sus complejos industriales y con ellas se desencartan de sus mercaderías. Esta transacción no sólo depara fabulosos gananciales sino que oxigena todo su sistema circulatorio. La emancipación política y económica de las naciones equivaldrá a la sentencia de muerte tanto para las sanguijuelas norteamericanas y soviéticas como para toda forma de expugnación imperialista. Y nunca antes esta perspectiva se había visto tan nítida ni tan accesible a los pueblos del mundo. Desde los días del triunfo de la revolución china y de la guerra de resistencia de Corea a la agresión estadounidense, hasta la victoria de Indochina, y más cercanamente todavía, hasta los combates que en la actualidad libran los camboyanos contra los invasores vietnamitas y los angoleños por repeler la ocupación soviético-cubana, no ha amainado un instante el huracán tercermundista. Corresponden a ese proceso episodios descollantes como las revoluciones de Cuba y Argelia, en 1959 y 1962, respectivamente; las luchas de los árabes y especialmente de los palestinos, de Egipto y Sudán, de Guinea Bissau y Mozambique, de Zaire y pueblos del sur de África, y, en América Latina, las altivas jornadas de las masas perseguidas contra las autocracias militares y civiles pro yanquis, incluidos los heroicos levantamientos de la Nicaragua sandinista. Realizar un inventario completo de tales acciones sería algo menos que imposible; mas no olvidemos que la atención pública mundial ha sido prioritariamente copada durante tres largos decenios por estas epopeyas que llevan bordada en sus pendones la insignia inconfundible de la independencia nacional. ¡Soberanía y autodeterminación de las naciones!, es el grito guerrero con el que el proletariado internacional conjura a los pueblos a revolucionarizar el cosmos.

Las fatigas y vigilias de los países socialistas concuerdan plenamente con el movimiento libertario de las colonias y neocolonias, al que guarnecen con una retaguardia extensa y sólida. Aquellos y éste configuran en últimas lo que hemos dado en calificar como el tercer mundo. El máximo conductor del Partido Comunista de China, el presidente Juan Kuofeng, recoge la herencia revolucionaria legada por Mao Tsetung y con él repite en sentencias similares: "Nunca procuraremos la hegemonía y jamás seremos una superpotencia. Debemos desechar resuelta, definitiva, cabal y totalmente cualquier manifestación de chovinismo de gran nación en nuestro trabajo relacionado con el extranjero". Los camaradas chinos han autorizado a que les endilguen el remoquete de socialimperialistas si llegaran a mofarse de esta solemne declaración suya. Gesto sincero que refleja su honda convicción y fidelidad a los principios inmarcesibles del marxismo-leninismo. Al proceder así China se confraterna íntimamente con las masas laboriosas de todos los rincones del orbe, las cuales la aplauden y reconocen como a su más confiable pregonera de la libertad, la coexistencia pacífica entre los Estados y la unión amigable y voluntaria de los pueblos. Contra su enhiesta posición se estrellan sin poderlo evitar los mandatarios moscovitas en la ejecución de sus proditorias ambiciones de reconstruir un imperio, y de ahí que la escojan de blanco predilecto de los espumarajos de sus iras luciferinas. Los revisionistas soviéticos han perdido la tranquilidad y la calma, no duermen, porque allí no más, en la vecindad, están los cientos de millones de miembros del milenario pueblo chino, los artífices de pasmosas proezas, los viejos tontos que trasladan montañas, recordándoles a cada hora, a cada minuto, tozudamente, incansablemente, las abominaciones de su conducta y la vileza de su apostasía. "¡Hay que acabar con China, si queremos ceñirnos la corona imperial!", piensan. Por eso el primer deber del proletariado internacional militante es cerrar filas en derredor de la más firme y grande nación socialista de la Tierra, viabilizando una táctica que contemple la mejor manera de auxiliar la supervivencia de la República Popular China, y así haya de aliarse temporalmente con el resto del mundo para mochar de un tajo la ofensiva del socialimperialismo. Este ha sido nuestro más meditado y sereno convencimiento.

Colombia, país pequeño y cautivo, corresponde a la categoría de las naciones neocoloniales del tercer mundo. Lo cual repercute en nosotros en un doble sentido. De una parte, nuestra revolución liberadora de nueva democracia que surca rompiendo el oleaje embravecido y a través de inenarrables penalidades, no obstante sus sesgos distintos, cuenta con apologistas y detractores análogos y tiende hacia la misma rada que los demás amotinamientos de las aplastantes mayorías del globo: y por lo consiguiente, no somos tan débiles como podría deducirse a primera vista, ya que engrosamos las huestes de combate de la más vasta y multitudinaria corriente renovadora de la que tenga noticia la historia. De otra parte, las luchas del pueblo colombiano no son tan insólitas, raras, excepcionales o parroquiales, para que nos enfundemos en un patrioterismo gregario, de cuartel, como lo sermonea la tendencia liberal de fuera y dentro del Partido, y nos taponemos los oídos evitando escuchar los ecos lejanos y cercanos producidos por el tropel de miles de millones de personas entregadas a cavar la sepultura del imperialismo y del socialimperialismo, los comunes enemigos. Con la teoría de los tres mundos Mao Tsetung descubre la salida perfecta, la única practicable en las circunstancias prevalecientes, para afianzar el derrotero de la revolución mundial, y dota al movimiento comunista internacional de una línea invencible estratégica y táctica. El tercer mundo, la fuerza básica, junto a los obreros de los países desarrollados, ha de procurar la cooperación con el lote intermedio, el segundo mundo, a fin de aislar, cercar y vencer al primer mundo, principalmente a la superpotencia de Oriente. La guerra global es apremiante, pero sea que la Unión Soviética se atreva o no a desatarla, de la orientación de conformar un frente único en la más amplia escala contra el hegemonismo dependerá la certeza de la victoria. Y en el acierto de aplicar esta línea a las condiciones concretas de Colombia estribará también la llave maestra de nuestro éxito.