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 El Apoyo del MOIR a Durán Dussán

Vastos sectores ya saben hacia dónde se inclinan las preferencias del MOIR en el actual debate por la presidencia de la república, no sólo debido a declaraciones del mismo Hernando Durán Dussán, sino a nuestra activa participación en muchos de sus actos. Cabe, sin embargo, examinar el porqué y el cómo de este desenlace político. Las progresivas identificaciones con el curtido luchador liberal abarcan varios años del último período, tal vez el más azaroso de la historia del país, cuando él precisamente logra alentar, con sus planteamientos y actitudes, una alternativa que se distingue harto de las tornasoladas ofertas características de las épocas electorales. Veámoslo. 1. LA DEMOCRACIA

Ante el incremento de la nueva violencia, esa peste que se ha ensañado en nuestros lares desde hace tres decenios y que pasma a propios y extraños, Durán ha tomado posición, al igual que los principales dirigentes de los diversos partidos. La diferencia con un gran número de éstos radica en que sus tesis resultaron ser más realistas, pues en tan delicada materia no ha creído ni en los letargos del apaciguamiento ni en los hechizos de la demagogia. Pregonó el derecho a la autodefensa de las zonas martirizadas por el boleteo y la vacuna. Con frecuencia se ha referido a la necesidad de proteger a las personas en sus vidas, honra y bienes, recordando el artículo 16 de la Carta, cual si se tratase de un programa innovador, innovador para una vieja sociedad sometida a todo tipo de brutalidades. Y a menudo ha advertido acerca de las nocivas repercusiones que para las labores productivas trae semejante situación. Sus malquerientes lo tildan por ello de ultramontano. No obstante, el 2 de marzo, en un incidente que le ha dado la razón, los ganaderos de Córdoba pusieron en venta la totalidad de sus ganados "para salvar el menguado patrimonio que aún nos queda".

Durán ha sido también partidario del diálogo, pero sin pretextos dilatorios y dirigido a la efectiva incorporación de los alzados a la vida civil, conforme a las normas constitucionales. Hace poco expresó, en compañía de los otros precandidatos liberales, el respaldo a los acuerdos suscritos entre el gobierno y el M-19. Mas sea como fuese, las conversaciones con la extremaizquierda las supedita a la suspensión total de los procederes delictivos.

A nosotros nos han parecido siempre justas tales apreciaciones, y lo decimos sin tapujos, pese a tener un criterio distinto de las cosas como organización ideológicamente contrapuesta. En Colombia, la violencia calificada de social hunde sus remotas raíces en una táctica terrorista de la liberación propiciada por Castro y sus conocidos patrocinadores, y no en la miseria del pueblo. En ninguna parte la indigencia genera guerras emancipadoras. He ahí la gran mentira con que miles de redentores han justificado entre nosotros todas las aventuras, las atrocidades y las demencias de más de un cuarto de siglo. El secuestro, el asesinato, la extorsión y la voladura de medios productivos fueron glorificados como armas revolucionarias. Nuestro Partido ha sido una de las tantas víctimas de esta insólita inversión de valores. Tuvimos que abandonar decenas de regiones campesinas y vimos caer acribillados a inolvidables camaradas bajo el fuego de quienes no admiten diálogo alguno cuando de alargar sus tentáculos se trata. Nosotros somos partidarios de que se pacte la paz con los grupos guerrilleros, con todos, sin excepción alguna. Que se les conceda el indulto y las demás garantías indispensables. Creemos que con ello habría, antes que nada, dos beneficiarios: la revolución y el pueblo. Pero rechazamos de plano que la tranquilidad se compre concediéndoles a los amnistiados "circunscripciones electorales especiales", bonificaciones económicas, favores del Estado o cualquier otro chocante privilegio. Que todos los individuos y partidos sean colocados en pie de igualdad ante la constitución y las leyes. Los alzados en armas que no quieran o se muestren refractarios a este máximo principio de la democracia, que cumplan entonces su destino de insurrectos errantes.

Durán también discrepa de los asesores de la "paz" que han insistido en añadirle al perdón "el premio especial de algunas curules", y coincide en establecer dentro de las disposiciones electorales un tratamiento igualitario para las minorías. El MOIR, por su lado, no aspira a prebendas de ninguna especie; con su política unitaria de todos estos años de aislamiento no solamente ha buscado prender un faro en la confusión reinante, sino conquistar un terreno democrático para reiniciar la marcha. De ahí que le concedamos prioridad a este aspecto tan desconceptuado bajo la administración Betancur, el de las reglas del juego, para llamarlo de cualquier manera.

2. LA PRODUCCIÓN

Nadie ignora que en las campañas electorales, peculiarmente en las que se decide el traspaso del mando, los aspirantes le presentan a la opinión pública un repertorio infinito de tesis económicas con el objeto de ganarse el favor de las más disímiles y hasta antagónicas influencias. Recapitular con exactitud los distanciamientos en estas disciplinas no resulta tarea fácil; y peor aún en la recta final de los comicios, cuando ocurre la verdadera floración de astucias, imprudencias y promesas. Nos limitaremos pues a recoger unas mínimas deducciones extraídas por el doctor Durán Dussán de las inocultables calamidades de la república, y que suponen voluntaria o involuntariamente el repudio a la incuria de los regímenes anteriores. Por supuesto que el precandidato liberal ha hablado de los perjuicios enormes que acarrean las altas tasas de interés vigentes, tanto para la agricultura como para la industria; del encarecimiento constante de los insumos extranjeros, motivado, entre otros factores, por los impuestos arancelarios que el Estado les fija; del nuevo gravamen norteamericano a las flores colombianas y de la ruptura del Pacto Cafetero, fenómenos deplorables ambos para una economía cada vez más asediada; del considerable porcentaje de nuestras exportaciones destinado al servicio de la deuda externa, que él mismo estima en más del 50%; de la estrategia, o de la falta de estrategia, en que ha incurrido Barco respecto al endeudamiento estatal con los financistas internacionales, al caer en el círculo vicioso de prestar para pagar, y del resto de evaluaciones y medidas, necesarias a su juicio, para sortear la inflación, el desempleo, la escasez, lo¡ desequilíbrios, etc. Es decir, ha tocado con cierta amplitud los notorios y complejos asuntos concernientes al progreso de Colombia, cuyos análisis podríamos o no compartir, dependiendo de numerosas consideraciones. Mas lo que deseamos resaltar son tres reiteradas afirmaciones suyas, que, sin configurar una teoría en el sentido estricto de la palabra, anuncian una actitud favorable, abren perspectivas para el reavivamiento de la producción nacional: la urgencia de brindarles "protección a la industria y al empresario", el convencimiento de que "sin seguridad no puede haber desarrollo económico" y el propósito de promover "un entendimiento entre el gobierno y el sector privado". Entre los candidatos con opción, ninguno ha emitido conceptos tan pertinentes y firmes en tomo a los escollos de los estratos productivos.

En Colombia se ha vuelto costumbre combatir los esfuerzos empresariales con la pretensión de obtener el aplauso de las masas. La última reforma agraria, antes que enjuiciar los latifundios atrasados o incultos, arremete contra los reducidos logros en la modernización del campo. Desde los días de las originalidades de L6pez Michelsen, a mediados de los setentas, se vienen agudizando los dolores de cabeza de los industriales, con quienes el poder central prácticamente no intercambia puntos de vista, excepto cuando se negocia una nueva cotización o se dirime un conflicto en concreto. Pero los presidentes no se han sentado con los gremios a examinar la situación en su conjunto, ni han propuesto planes coherentes, válidos, en bien del desarrollo industrial, que respondan a la dinámica de los inversionistas particulares y consulten las supremas miras de la nación.

La ANDI viene quejándose hace rato de que los funcionarios desfiguran, restringen o adicionan a su gusto la balumba de regulaciones gubernamentales, por lo general sin poseer ni pedir información, e introduciendo a cada paso motivos perturbadores que han llegado a entrabar artificiosamente la agricultura, el comercio, las finanzas, la construcción y, en particular, la industria, en donde tarde que temprano se reflejan las falencias de las otras áreas. La incertidumbre ha sido el ambiente natural de los fabricantes colombianos. El descabellado manejo de la deuda externa, los déficit presupuestarios, las emisiones permanentes, la desvalorización automática del peso frente al dólar, la constante inflacionaria, el sistema impositivo y las demás fluctuaciones dispuestas a diario por los organismos estatales especializados frenan sin duda el empuje creativo de la población. Hace su tiempo ya que en ninguna de las ramas económicas registramos expansiones dignas de mencionarse. Nada se afianza sobre la ininterrumpida distorsión de la moneda, de los precios, de los intereses, de las normas. Los pocos jalonamientos que puedan despertar el orgullo de las gentes se derivan de la acción mancomunada del Estado con el capital foráneo, primordialmente en el renglón de la minería, con las consabidas desventajas que en Colombia conllevan esas formas de asociación. Y ahora Barco, antes de despedirse, prepara su ulterior acometida contra los productos del país: la apertura económica, que al instante de llevarse a la práctica se traducirá inevitablemente en la entrega del mercado interno a los géneros extranjeros. Tras la voz de asalto, lejos de pasar al abordaje del comercio internacional, caeremos en manos de las gigantescas compañías multinacionales.

Por lo dicho arriba estamos de acuerdo con Durán en darles la debida prelación a las empresas colombianas, y resguardarlas, no únicamente ante los embates vandálicos del oportunismo sino ante los zarpazos de la competencia externa, El dictamen, si se cumple sin artificios, modificaría años de entrega y reacción. Asimismo permitiría al próximo mandatario disponer del aporte insustituible de los destacamentos gremiales en la elaboración de un diseño de desarrollo que tenga en cuenta y conjugue a plenitud nuestros recursos; o al menos abriría las posibilidades de efectuar estos cambios, sacudiendo las conciencias y estrechando los lazos de unidad nacional.

Los objetivos básicos de la planificación y de los entendimientos sugeridos por Durán infaliblemente han de ser la conquista y el despliegue de la grande industria. En los cotos de la mieroempresa, como ahora se dice, no puede asentarse el porvenir. Ernesto Samper, por ejemplo, en sus cuñas radiales, se propone acabar el desempleo impulsando los pequeños y medianos negocios, las cooperativas de producción y mercadeo, el campesinado minifundista, el trabajo por cuenta propia y las demás modalidades artesanales que, si todavía desempeñan un rol económico, se explica por el rezago secular del país. Y eso es casualmente lo que calculan los imperialismos, que ellos se dediquen a la producción pesada, estratégica y técnica, mientras el Tercer Mundo se recluye en la denominada ‘economía informal’, o sea, la venta ambulante, los tallercillos de dos o tres operarios, el minifundio, las faenas domésticas o las labores a destajo. En otras palabras, que nos confinemos a la miseria. Las ciudades nuestras están atiborradas de campesinos emigrantes, cuyo éxodo ha disminuido proporcionalmente con el tiempo. Este acomodo demográfico, junto a la proliferación de los más increíbles oficios, fue lo que le permitió al señor Barco meter ruido con el descenso de la tasa de desocupación en 1989. Pero la propaganda palaciega no comenta nada sobre el declive de la productividad, fruto de las mismas deformaciones. Cerca del 60% de las plazas corresponde a unidades que no rebasan los diez trabajadores. El país se moderniza o se arrienda. He ahí la disyuntiva.

3. LA UNIDAD

Uno de los compromisos terminantes que Hernando Durán Dussán ha contraído con el electorado se cifra en su solemne y reiterada oferta de erigir tras el triunfo un "gobierno de salvación nacional". El replanteamiento, de impredecibles repercusiones tácticas, responde, según textuales declaraciones suyas, a "las delicadas circunstancias que vive el país". Proveerá los cargos de dirección con personeros de todas las banderías políticas, incluidos los movimientos de izquierda, "siempre y cuando se acojan al respeto de la Constitución". Estas revelaciones entrañan, desde luego, la censura al esquema gobierno-oposición, un ensayo académico que, como la mayoría de las ocurrencias del agónico mandato, se consideró el invento más extraordinario de la época, así no correspondiera a las realidades de la hora y datara de los días lejanos de la revolución capitalista. Tanto más fallido cuanto que a lo largo del accidentado período el estrecho círculo presidencial no atendió a las jerarquías de su partido, ni siquiera para comentarles la razón de sus determinaciones. Y por el contrario, siempre que pudo dividirlo o desarticularlo, lo hizo.

En 1988 el liberalismo perdió la alcaldía de Bogotá porque los intrigantes apostados en el Palacio de Nariño impusieron, primero, a un ilustre desconocido, un favorito que no duró lo suficiente, merced a las denuncias sobre algunos abusos cometidos por éste en el sistema bancario, y luego, de sustituto, seleccionaron otro, que acabó despejando la victoria conservadora. Tampoco escondieron sus afectos por Luis Carlos Galán, cuyos afanes alentaron en mil formas, hasta el momento de su trágico deceso. Truncada de golpe la carta gananciosa corrieron a buscar un emergente, que hallaron en la figura improvisada del exministro César Gaviria, y, mediante las cortas palabras fúnebres del joven primogénito del jefe desaparecido, le expidieron a aquél la partida de militancia del Nuevo Liberalismo y lo consagraron como heredero y aspirante presidencial, negándoles a los dolientes seguidores el derecho incuestionable de discutir y de escoger. Si tales burlas hacia las personas y los procedimientos instituidos siguen prosperando, las huestes redivivas de Gabriel Turbay y Jorge Eliécer Gaitán estarán en peligro de salir, por segunda ocasión en menos de un lustro, no de las principales alcaldías, sino del poder, por más que recurran a la consulta popular para dirimir sus desavenencias internas.

Alrededor de éstos y otros puntos sustanciales son ostensibles los enfoques contrapuestos entre el precandidato de la mayoría parlamentaria liberal y el primer magistrado, y que han ido multiplicándose con el aluvión de los frescos, dramáticos e intensos sacudones registrados dentro y fuera de Colombia. "Yo uso anteojos, pero son de distintas dioptrías de los de Barco". dijo Durán Dussán en un reportaje a El País de Cali.

Vale la pena volver a recordar cómo en enero de 1986, seis meses antes del cambio de guardia en las almenas del Estado, nuestro Partido llamó a construir un frente único de salvación nacional. Veíamos con honda preocupación el desbarajuste que Betancur le legaría a quien le sucediera en el mando. Se había suscrito con las comandancias guerrilleras un ambiguo cese al fuego que les permitió a éstas expandir sus anárquicas operaciones hasta las capitales de los departamentos. Fueron tantos los halagos antidemocráticos, tantas las condescendencias, que el M-19 pudo, en completa calma, preparar y perpetrar la toma del Palacio de Justicia, que concluyó con el holocausto de la mitad de la Corte, una página siniestra y sin antecedentes en los anales de las naciones cultas.

En el frente externo se observaba la impaciencia de los fantoches prosoviéticos por apuntalar su intromisión dentro de nuestras fronteras, valiéndose de las condiciones propicias que les brindaban las felonías de las autoridades colombianas y el incremento de las guerrillas, a las que Cuba, Libia y otras republiquetas les enviaban armas y dólares, las adiestraban en las artes de la guerra y las asistían políticamente. Era entonces tal el entusiasmo de Fidel Castro que una vez en La Habana llegó a admitir, en presencia del expresidente López y del novelista García Márquez, que la Isla sí cumplía con su deber "internacionalista" de entrenar a los combatientes colombianos. Sobra añadir que la infidencia se reseñó públicamente pero no mereció ni un fruncir de cejas por parte de nuestros dos distinguidos compatriotas. Este incidente ya lo habíamos relatado cual un caso típico de la atmósfera de relajamiento que se respiraba y de los amenazadores nubarrones que pendían sobre la tranquilidad y la independencia del país.

La otra inquietud estribaba en algo que ya indicamos, los tremendos desarreglos económicos que, no obstante derivarse de la supervivencia de las anacrónicas relaciones de producción y de la presión expoliadora de las metrópolis, se habían acentuado con la crisis de comienzos de la década y con las astracanadas del "Mandato Claro", o "Mandato de Hambre", como lo tildó el MOIR. Entre los damnificados, encabezando la lista, estaban obviamente las gentes trabajadoras que con el ahogo de la industria y del agro irían a padecer las secuelas de la desocupación y el abandono recrudecidos. No es cierto que las masas laboriosas promuevan la desolación en la tierra para deshacerse de los yugos del trabajo. Pase lo que pase el pueblo aboga por el desarrollo material. En ello radica, sin peros ni sombras, una de sus armas insuperables, que, con la simultánea implantación y el uso de los preceptos democráticos, le habrá de transferir la supremacía moral y política sobre sus poderosos adversarios del Norte y sobre los que aquí les sirven de correveidiles. Por eso, además de la salvaguardia de nuestra soberanía, de la vigencia plena de las regulaciones democráticas y civilizadas en la contienda entre los partidos y de la atención a las justas reclamaciones de las masas, insertamos, dentro de los cuatro puntos unitarios por el frente único, la defensa de la producción nacional. Suspendimos, así, temporalmente, la propaganda del programa de la revolución ante la emergencia que atravesábamos, y que aún nos mina, tal cual lo ha comprendido el precandidato Durán Dussán.

Mientras hacíamos esta concesión en aras del aglutinamiento de las fuerzas patrióticas y pensando en facilitar los avances de Colombia, la administración Barco riñe sin ton ni son con el conservatismo, desafía insensatamente a Venezuela y provoca al clero con la intempestiva demanda de enmendar el Concordato. A pesar del entorpecimiento sistemático del poder ejecutivo, los postulados de unidad ganan audiencia. Alvaro Gómez Hurtado, Misael Pastrana y Carlos Lleras Restrepo recomiendan una cooperación de amplio espectro en cuanto ataña a los acuciosos retos del presente. Creemos que tales reflexiones no están desubicadas y que deben sopesarse con cuidado, no obstante que 1989 marcó un drástico y súbito giro en los estratégicos enfrentamientos a escala mundial, pues la culminación del tortuoso retorno hacia el capitalismo, emprendido hace tiempos por los revisionistas rusos, sumió a la Unión Soviética en un caos indescriptible, debilitándose a sí misma en el duelo singular que mantiene con Estados Unidos desde cuando Kruschev se quitaba los zapatos en la ONU para golpear en su escritorio. Tras la contraofensiva de Bush, que sin tardanzas ha tendido velas bajo los nuevos vientos, para los países pobres simplemente se ha presentado un vaivén de contingencias; los principales riesgos de un total vasallaje, sobre todo económico, provienen no ya del Este sino del Oeste. Mas los derechos a la autodeterminación y al bienestar hay que seguir luchándolos, con la pronta y efectiva concurrencia de las clases y capas afectadas por los malos presagios de estos lóbregos meses de diciembre y enero, e incluso parte del siguiente. Los auténticos patriotas prestarían su entusiástica colaboración a un frente que tuviera como mira a Colombia y no a las apestosas ambiciones de capilla. Y si el eventual gobierno de Durán Dussán se ciñe a esa pauta, no diferible ni negociable, el MOIR estaría dispuesto a brindar su ayuda sin exigencias burocráticas de ninguna índole.

A raíz del bloqueo marítimo, ordenado contra Colombia a principios de 1990 por el gobierno norteamericano, que colmara de temores al continente entero y diera lugar a un repudio espontáneo y unánime que obligó el desvío hacia la Florida del portaviones Kennedy, del crucero lanzamisiles U. S. Virginia y de las otras naves de la flota expedicionaria, el doctor Hernando Durán Dussán, al igual que muchas personalidades del país, comprendido el Canciller, sentó su enérgico rechazo ante el incalificable atropello del que era blanco la república. Durante su visita a la colonia colombiana de Miami precisó, desde el propio territorio estadinense, que se trataba de un ostensible intento de invasión que "no estamos dispuestos a aceptar, así provenga de un país amigo con el que tenemos dinámicas relaciones comerciales". El incidente ocurría a dos semanas de que la fortalecida superpotencia tomara por asalto a la nación panameña, cuyos escasos dos millones de habitantes han aguantado sin respiro el enclave colonialista del Canal, prácticamente desde 1903, y venían de atravesar un trecho largo de serios trastornos políticos y económicos por las acrobacias y provocaciones del comandante de la Fuerzas de Defensa, el depuesto general Noriega.

Se supone que la ocupación del pueblo vecino buscaba taponar uno de los cauces de las deslumbradoras ganancias del narcotráfico, ¿pero el hasta ahora frustrado cerco a nuestras costas cómo se explica, si para el actual mandatario colombiano los deseos de Washington son órdenes? A un Estado se lo pisotea porque no reprime la circulación de los suministros, dineros y artefactos de los carteles de la cocaína y al otro se lo humilla porque lo lleva a efecto. Nos resistimos a pensar que la Casa Blanca arme sin segundas intenciones tamaño alboroto sobre un antiquísimo trauma de la sociedad americana, máxime cuando en la gran nación existe de tiempo atrás más que una Colombia completa de marginados, no digamos de la ley, sino de la vida de la comunidad, por los cuales sus gobernantes hacen muy poco para rescatarlos de la penuria, la ignorancia, o el envilecimiento. ¿Prosperaría acaso el filón de la coca sin la complicidad de los vasos comunicantes del sistema bancario mundial que, entre sus múltiples servicios, proporciona a sus clientes el del lavado de dólares? ¿No serán capaces los Estados Unidos, recurriendo a su inmenso poder, de acabar con la venta , de estupefacientes dentro de sus fronteras? Sí pueden mas no se lo proponen. La cruzada antidrogas sostenida por Bush, que se realiza cueste lo que cueste, aun pasando por encima de las estipulaciones del derecho internacional, es un mero subterfugio para abrirle las puertas en América Latina a la intromisión extranjera, romper el ordenamiento jurídico de los países sometidos y suplantar a los productores nacionales con los magnates de los monopolios imperialistas. ¿No se congeniaba en Estados Unidos con Noriega cuando éste era un agente de la CIA? Pero además, ningún cometido, por humanitario que fuese, habilita a los poderosos del orbe para desconocer las libertades de los pueblos débiles y aplastarlos impunemente. Que se extermine el narcotráfico, sin demoras ni titubeos, mas no a costa de la independencia de las naciones, ni del trato respetuoso entre ellas. Que cada Estado solucione los problemas, particulares o generales, conforme a su voluntad soberana. Miguel Maza Márquez, el director del DAS, dentro del cumplimiento de su ovacionada y valerosa misión, describía a las mafias de la droga como "la principal amenaza de la humanidad". Son cosas que se afirman al fragor de la recia batalla. No obstante, el curso sorpresivo de los recientes acaecimientos mundiales confirma de nuevo que los verdaderos peligros para la feliz estancia de la especie sobre el planeta no van del Sur hacia el Norte sino que vienen del Norte hacia el Sur.

Después de dilatadas negociaciones secretas entre la delegación estadinense y la de los países andinos más implicados en el procesamiento y exportación de la cocaína, Bolivia, Perú y Colombia, se celebró en Cartagena lo que se ha considerado la primera reunión. multilateral sobre el narcotráfico en el hemisferio. Al encuentro lo rondaban tres fantasmas: la ocupación de Panamá, el bloqueo marítimo y las veladas injerencias del Pentágono dentro de la zona. En suma, el comportamiento despótico de Washington. En tales condiciones la cumbre no debió convocarse, pues significaba una implícita exculpación de los desmanes que tantas protestas habían generado. Una vez convenida, los discursos, y hasta el documento suscrito, hicieron eco a las observaciones planteadas con antelación por los presidentes suramericanos, que volvieron a implorar, cada quisque con sus manos juntas, el auxilio pecuniario, tratando de sacarle el máximo jugo a la visita del aliado rico.

Los cuatro signatarios reconocieron, por un lado, que la ¡legal circulación de estupefacientes contribuye "en algunas partes" a la "entrada de divisas y a la generación de empleos e ingresos", y por el otro, que la lucha contra aquel fenómeno abrumador ocasiona "trastornos socioeconómicos a largo y corto plazo". De todos modos se hizo hincapié en la necesidad de un "desarrollo alternativo" si se aspira a extinguir las plantaciones y la elaboración de la coca. Dentro de estos puntos la declaración alude tácitamente a la apertura económica, y pone una pica en Flandes cuando ensalza las bondades del libre comercio, la privatización y las inversiones extranjeras. En cuanto a la contención de la delincuencia organizada se dispuso que "las partes podrdn establecer los debidos entendimientos bilaterales y multilaterales de cooperación". Hubo, en síntesis, plena armonía en las cuestiones analizadas.

Y cuando la prensa, pletórica de emoción, se había convencido a sí misma de que las prevenciones estaban desapareciendo y de que los Estados Unidos amoldarían su conducta a los compromisos recién contraídos, aparece el señor William J. Bennett, el zar antinarcóticos de la Casa Blanca, a sólo cuatro días de la cita en la Ciudad Heroica, para insistir en que su gobierno no descarta el desplazamiento de barcos norteamericanos hacia las aguas caribeñas de Colombia con el fin de interceptar los envíos de droga. Hasta ahí llegó el tan cacareado borrón y cuenta nueva.

Definitivamente lo que Washington quiere dejar establecido es quién manda en América, sin excluir su "patio trasero". Sólo en el Nuevo Mundo se cuentan por decenas sus embestidas militares. Con la del 20 de diciembre van en trece las invasiones a Panamá. No yendo muy lejos, en 1986 Bolivia soportó dentro de su territorio los operativos bélicos de la DEA; la embajada yanqui en Lima inauguró hace poco una fortaleza en las selvas peruanas para atalayar a los narcotraficantes, y Colombia, en 1984, encaró la interferencia de sus rutas marítimas como un primer ensayo de la administración Reagan. A este grave entrometimiento se lo llamó "Hat Trick", o "treta simple", y fue proyectado por el señor Bush, cuando, además de la vicepresidencia, desempeñaba la jefatura de la oficina de control de sicotrópicos.

En repudio al alud de agravios de la superpotencia de Occidente, Durán Dussán, a quien le ayuda el carácter, reafirmó que Colombia no admitirá "ningún tipo de imperialismoK". A pesar de la contundencia de la aseveración, sus palabras no son portadoras de un ánimo antagónico; ni siquiera tienden hacia la agudización de las constantes fricciones con los Estados Unidos, a los que el precandidato cataloga todavía como un amigo confiable con quien habremos de "tener muy buenas relaciones" y "mejorar el comercio internacional".

Tales apreciaciones coinciden con las emitidas por algunos voceros de las capas más pudientes, aun de los estamentos industriales, que adoptan una actitud patriótica pero esperan que se atenúen los sordos e intermitentes pleitos con Norteamérica aplicándoles algo de sentido común. Nosotros secundamos cualquier esfuerzo encaminado hacia la búsqueda de unos reacoplamientos justos entre Colombia y los Estados Unidos. Sobre esto venimos repicando desde la década del setenta. No nos oponemos a que se reafirmen, e inclusive a que se amplíen los vínculos económicos entre las dos naciones, sin olvidar naturalmente las enormes disparidades que las separan o enfrentan. Nos late, sin embargo, el temor de que los deseos bien podrían seguir un rumbo y la realidad otro. Es la antiquísima antinomia de si los hombres gobiernan los acontecimientos o éstos a aquéllos. La sociedad norteamericana pasa por una prueba única tras su rápida y tortuosa evolución. Sus conductores, en medio de la peor encerrona desde la segunda conflagración mundial, ven de súbito hundirse, y casi sin explicación satisfactoria, a la Unión Soviética, que sale en desbandada de todas las trincheras estratégicas del globo. Una bendición caída del cielo. Pero como la pugna por la hegemonía mundial no se detiene, el coloso del Norte afronta en el campo económico la implacable ofensiva de los viejos y los nuevos competidores: la Comunidad Europea, el Japón y, por descontado, los mismos soviéticos, que no se rendirán tan mansamente y conservan intacta su portentosa maquinaria bélica. En tal trance, a la burguesía norteamericana no le queda otra que valerse de los aprietos de Moscú y lanzarse a colonizar, por completo y sin contemplaciones, las economías de los países subdesarrollados. Tan conscientes serán los gobernantes yanquis de la situación, que en la asamblea conjunta del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, llevada a cabo a finales de noviembre de 1989, George Bush aceptó que "no se nos ha presentado una mayor oportunidad como la que tenemos ahora en Polonia, y más ampliamente en la Europa Oriental".

La toma violenta de Panamá y la pacífica, en cierta forma, de Nicaragua, decididas por los actuales estrategas de la Casa Blanca, están indicando a las claras que, hoy por hoy, en el torrente de la historia contemporánea se observan desvíos de innegable trascendencia. Y, en cuanto a Cuba, nunca había estado la soledad tan sola. Fidel Castro, en algo más de doce meses, ha padecido, unas tras otras, las angustias de sus escandalosos y aplastantes fracasos. Los calamitosos efectos de la perestroika , la retirada de Angola, el fusilamiento del general Arnoldo Ochoa y del grupo de conspiradores acusados de narcotráfico, el secuestro de su exsocio panameño y la derrota electoral de su pupilo nicaragüense, simbolizan los cipos descollantes de una senda que conduce hacia el colapso ineludible. Comprendiendo que Gorbachov los había dejado en las astas del toro, los comandantes de la Isla, el bastión que aún queda en pie de la caduca política del socialiniperialismo, no obstante haberse negado desde un comienzo a prescindir del método de la sojuzgación directa de los pueblos esclavizados que les garantizaba las valiosísimas retribuciones del Krenilin, han ido bajando poco a poco el dejo de sus criticas. Si en el pasado próximo se inmiscuían en cuanto conflicto explotase sobre la pelota terráquea, en el presente su táctica se reduce a sobrevivir, ahora sí de verdad a noventa millas del monstruo. Por eso sentenciaron a muerte a los encargados del matute de la cocaína, y desde La Habana ya llegan comentarios que disimuladamente elogian el derribamiento de las burocracias de las repúblicas del Este europeo, sin que se omita el descrédito del asesinado presidente de Rumania, Nicolae Ceausescu. Carlos Rafael Rodríguez, el segundo dentro de la jerarquía del gobierno cubano, al interpretar la sorpresiva victoria de las fuerzas opositoras de Nicaragua, enumera como causas del revés,, además del levantamiento interno y del desastre económico, al "desplome del socialismo" en Europa y al fenómeno de que "el combate fue suplantado por la jovialidad", un tácito reproche a la conducta de los sandinistas. Lo destacable es que el vicepresidente dio como un hecho cumplido que Managua había cambiado de redil, con todo y lo que ello representa no sólo para Latinoamérica sino para el mundo. Total, que la existencia del régimen de Fidel Castro, a quien el oportunismo convirtiera en un ateo de tierra firme, depende casi que exclusivamente , de esa habilidad muy suya de mimetizarse ante los cambios globales de la correlación de fuerzas.

Dentro de ese gran marco, descrito al vuelo, se divulgan las providencias preliminares con que el gobierno colombiano ha echado a andar la tan discutida liberalización de nuestra economía. Cuando los consorcios de las metrópolis occidentales están listos para entrar a saco, nosotros corremos a entregarles las llaves. La primera observación consiste en que la estratagema oficial se limita a abrir el mercado interno a los artículos y a los capitales foráneos, con el argumento mendaz de que así apuntalaríamos el poder competitivo de la industria. Podemos sostener que no se ha promulgado una sola medida que avale esta afirmación. Basta repasar los pronunciarnientos de los distintos gremios para intuir la dimensión exacta del desagrado y el desconcierto que afloran en los dominios de la producción. Salvo uno que otro dirigente en éxtasis electoral, el repudio de la inmensa mayoría es unánime. Además, quienes pregonan que se quiten las medidas proteccionistas son los primeros en aplicarlas para todos los rubros del comercio. Us empresarios han advertido claramente que antes de hablar de apertura se debe proceder a la "reconversión", o modernización de las estructuras industriales, una tarea que necesariamente será prolongada, compleja y costosa. Los entendidos saben perfectamente bien que el auge de las importaciones y del contrabando, ocurrido entre 1975 y 1977, en virtud de las disposiciones permisivas del cuatrienio de López, se tradujo en preocupantes quebrantos productivos no tan fáciles de corregir.

Al señor Barco le interesará tan poquito la preservación de las fuentes de empleo y el equilibrio comercial o cambiario, que mientras 800 posiciones arancelarias hacen tránsito al régimen de libre importación y se ablandan las garantías que tradicionalmente han regido a favor de nuestra Flota Mercante, como la "reserva de carga" los créditos para las exportaciones se encarecen y tanto el monto de éstos como su cobertura se reducen. Si los organismos encargados de la planificación y el desarrollo no protegen con esmero la oferta de nuestros productos en el comercio exterior, y los medios en que los transportamos, el anunciado fortalecimiento de las escasas e incipientes factorías del país no deja de ser una pasajera distracción para facilitar el ingreso de las mercaderías, los capitales y los esquilmadores extranjeros.

En las postrimerías de 1989 se creó el llamado Fondo Colombia con el objeto de subastar una apreciable porción de acciones de las sociedades anónimas colombianas en las bolsas internacionales. También se autorizaron ampliaciones considerables de la inversión foránea dentro del sector financiero, modificándose sustancialmente las modestas normas que propugnaban la "colombianización" de la banca. A este menoscabo de las conveniencias nacionales hay que agregar el traspaso que de su participación en las empresas vienen efectuando los entes estatales, en beneficio de los monopolios de las grandes potencias, como en los casos de las ensambladoras de la rama automotriz. A veces los institutos oficiales de fomento se posesionan de las fábricas en bancarrota, y cuando éstas se han recuperado, las enajenan. Ningún ejemplo más a propósito que éste para esclarecer el auténtico rol económico del Estado dentro de las relaciones sociales prevalecientes, con el agravante de que sus cuantiosas disponibilidades no sirven plenamente ni siquiera a la burguesía colombiana, y mucho menos a la masa trabajadora, sino a las multinacionales con las que se asocia. Una tendencia contraria al progreso colombiano y a Colombia, y que estamos decididos a combatir precisamente por ello, por su carácter regresivo y antinacional.

4. LA PELEA

Otro aspecto irritante del asunto radica en que aquellos alocados ajustes y aquellas pueriles argumentaciones no son caprichos de Barco; responden, como nadie medianamente enterado lo ignora, a los veredictos inapelables del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, los comandos supremos de las finanzas del orbe. Debido a que los países menesterosos se hallan entrampados por sumas desmesuradas, no les queda más remedio que obedecer, no importa cuán absurdos sean los diagnósticos o los dictámenes. ¿Qué lógica o sentido tiene que a Colombia se le pida comprar 4.000 camiones y 2.000 buses anuales en el exterior, por ejemplo, cual lo recomienda un estudio reciente, elaborado a manera de programa por tales entidades? Y sin duda sucederá lo mismo con la agroindustria, los textiles, las confecciones, la siderurgia, el calzado y las demás manufacturas que habremos de importar forzosamente, camino hacia la ruina, aun cuando no requiramos muchos de sus productos.

¿Y qué pretenden los monopolios norteamericanos con la promoción de todo este desbarajuste? Evidentemente sentar los reales en Latinoamérica, su retaguardia, en cuyos limites y opulentos espacios piensan definir la supremacía del mundo, una guerra más endiablada que las de sangre y fuego. Van tras el mercado, tras los recursos básicos, pero fundamentalmente van tras la mano de obra barata, el arma secreta que decidirá esta guerra. Eso enseñan los famosos "dragones asiáticos". y de modo especial el modelo de Corea del Sur, en donde los obreros realizaron impresionantes manifestaciones de protesta en 1987, porque los salarios son exiguos y desde hace muchos arios no se les permite la organización sindical en infinidad de empresas. En nuestro caso, además de estas anomalías, el experimento implica la ruina de la producción nacional, pues hay una industria por quebrar, como en México, que ha visto desaparecer sus textileras, a tiempo que se instalaban en las poblaciones fronterizas con Estados Unidos las tristemente célebres maquilas, que no son más que talleres de subcontrataci6n donde se ensamblan o terminan los productos de ese importante renglón industrial. Y ese "milagro" mexicano, coreano, o taiwanés, lo generalizarán los monopolios sobre la faz del continente, derribando fronteras, transgrediendo leyes y pisoteando los derechos de los demás. Si el Pacto Andino era, cual lo advertimos en su momento, una singularísima reglamentación de la inversión extranjera, de modo que una fábrica instalada en Quito pudiese vender sin mayores trabas sus productos en La Paz, la apertura es la ausencia de toda reglamentación tras el mismo objetivo.

Pero lo más irónico es que los industriales colombianos, no obstante las dudas que les ronronean en el alma, todavía abrigan la ilusión de que el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial les financien los elevados costos de la "reconversión". ¡Que nos salven quienes nos emboscan!

En resumen, ha habido un cambio estratégico de la situación mundial, pero para los pueblos del Tercer Mundo, más de tres mil millones de seres, el horizonte sigue encapotado. No tienen más salida que luchar por la soberanía de sus repúblicas, la autodeterminación, el progreso, la democracia y la unidad por encima de las diferencias de razas, de lenguas, de culturas, de desarrollo. El triunfo será incuestionablemente suyo, si obran con audacia y acierto. Colombia contribuirá a la causa haciendo lo propio. "Sabiendo negociar", cual lo expresara el precandidato Durán Duasán, y sobre la base del respeto y el beneficio mutuos, habremos de recibir gustosos los capitales y la técnica que nos reporte la participación de la grande industria extranjera, igual la estadinense que la europea, la japonesa o la soviética. Y aunque nuestra producción sea atrasada en comparación con aquélla, la defenderemos utilizando la nación para lo que históricamente fue creada, para proteger la economía de los pueblos aún en crecimiento. No es lo mismo que la acumulación capitalista obtenida en Colombia vaya a parar a Wall Street o se quede aquí, bajo la vigilancia del Estado colombiano y la influencia directa o indirecta de las bregas de los obreros y los campesinos, cuyo trabajo asalariado al fin y al cabo la genera. Y a quienes vinieren a burlarse de la dignidad nacional les meteremos su gozo en un pozo.

Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario MOIR

Comité Ejecutivo Central

Francisco Mosquera

Secretario General

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Publicado en El Tiempo el 7 de marzo de 1990.