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A Propósito de la Mesa Redonda sobre la Mujer (I)

La propuesta de llegar a los distintos frentes del trabajo del Partido, hurgar en sus dificultades e inquietudes, conocer sus experiencias para luego verterlas sobre los lectores, nos parecía a todos en la comisión de redacción del periódico, algo necesario, a más de novedoso. La militancia, especialmente la que a punta de persistencia se ha tornado perita en determinada actividad, tiene mucho de interés que contarles a los inconformes e insumisos de Colombia. Lo que no atinábamos era en la forma de hacerlo ni el por dónde empezar. ¿Por los activistas campesinos? ¿Los dirigentes sindicales? ¿Los artistas? ¿Mediante investigaciones? ¿Reportajes? ¿Crónicas? Cuando a alguien se le ocurrió sugerir, en aquella reunión de evaluación, que citáramos a unas cuantas camaradas "para que en mesa redonda nos dijeran cómo les va en su labor revolucionaria en un país que discrimina horrendamente a la mujer" comprendimos de súbito que había dado en el blanco.

Se trataba de un tema relativamente inexplorado, a pesar de las reiteradas preocupaciones que a través de los años ha suscitado en nuestras filas; y que, dentro del estilo del MOIR de ir resolviendo los problemas por partes, bien podría haberle sonado su hora más oportuna. Varios elementos parecen, corroborar esta apreciación. Antes que nada, la existencia de un nutrido destacamento de miembros femeninos del Partido que paulatinamente ha descollado en las más disímiles tareas, cuya conducta desbroza un camino a seguir y le suministra una sustentación viva, tangible, al viejo y discutido principio de que la mujer, igual que el hombre, es capaz de concurrir eficazmente en los múltiples terrenos del menester social. Ellas realizan un esfuerzo superior al de sus compañeros de lucha, puesto que además de encarar los embates ideológicos y propagandísticos de la reacción predominante y las medidas punitivas de los custodios de la ley, han de sobreponerse con valentía a los prejuicios que sobre el llamado sexo débil campean casi sin omisión en todos los estratos de la sociedad. Y se han salido con la suya, por lo menos al conseguir entroncarse con las masas, requisito de cualquiera acción verdaderamente política y revolucionaria. Aunque sólo sea un primer paso, sabemos que el comienzo de las cosas siempre resulta lo más difícil.

Las entrevistadas nos hablarían, como ocurrió, no únicamente de lo que piensan emprender sino de lo efectuado; no se limitarían a los planteamientos teóricos, sino que suministrarían abundantes enseñanzas amasadas en la brega cotidiana. Ya contamos con excelentes logros en este terreno de la participación femenina en el trajinar de la revolución, debido primordialmente al arrojo y a la clarividencia de decenas y centenas de camaradas nuestras que se han quitado los botines y metido en el barro, resueltas a ocupar su sitio en las diferentes líneas de combate del Partido. Urge resaltar tales avances y metodizarlos, a semejanza de lo intentado en otros campos. Habiendo tan buena simiente, el estudio y el debate no flotarán en el aire ni se quedarán en mera emoción. Por el contrario, habrán de pisar tierra firme y traducirse en el acopio de nuevas militantes que se decidan, por oleadas, a imitar a quienes las antecedieron en la lid, dentro de un clima de cálida fraternidad y de creciente respaldo partidario.

Otro componente del actual panorama, con el que nos tropezamos a menudo, lo facilita la descomposición de la unidad familiar colombiana, ocasionada por la quiebra galopante del sistema vigente, que en su desmoronamiento no perdona ninguno de los antiguos modos de producción ni de organización social. Los campesinos, acosados por los terratenientes y los grandes capitalistas, sueltan el azadón y huyen a los suburbios de las ciudades, en donde lejos de burlar el hambre, se consumen en medio del paro forzoso, el hacinamiento y la degradación total. Por su lado, la bancarrota de la industria nacional arroja a la calle a millares y millares de obreros, aumentando alarmantemente el monto de los desocupados, muchos de los cuales pasan a engrosar, manifiesta o disfrazadamente, el desventurado ejército de la mendicidad y la rufianería. De hecho el régimen se confiesa impotente para remediar tantos y tan agudos males. Los gobernantes no entienden más que el lenguaje de los monopolios, y sus ejecutorias se reducen a incrementar los gravámenes al pueblo y a darle vía libre a la especulación, operaciones ambas oficiales convertidas en fuente del enriquecimiento privado de la pútrida y profusa burocracia y de la depauperación de las gentes laboriosas. Bajo tales pronósticos no puede menos que presentarse un desarreglo en todos los órdenes, empezando por la violenta ruptura del primigenio núcleo de la vida ciudadana, la familia.

La rápida y turbia acumulación de fortunas no vistas en Colombia, exonera a las altas esferas del recato con que han escudado siempre su concupiscencia, y ahora hasta las aventuras amorosas y los excesos dionisíacos de las estatuas andantes se controvierten en público, desde los diarios o desde los púlpitos, en santo olor de republicanismo. El intercambio de esposas que escandalizó a los tiempos camanduleros de don Rafael Núñez y doña Soledad Román, en el presente imprime distinción, como el tráfico de narcóticos, entre una burguesía hipócrita que aún continúa discutiendo las conveniencias e inconveniencias morales del divorcio. Y en la base de la pirámide, en donde la miseria se enseñorea y hace su agosto dentro de millones de indigentes, los hogares se desgarran sin escapatoria. Si en esos niveles de por sí nunca tuvieron sentido los supuestos que regulan las relaciones familiares de las clases poseedoras, lo que la crisis actual destapa, atroz e inhumanamente, a su manera, con la prostitución decuplicada, el desempleo expandido y la floración de los niños desamparados, es que aquellas idílicas imágenes de la madre bondadosa circuida de unos hijos felices y de un marido solícito que vela, o está en condiciones de velar por el bienestar de los suyos, imágenes tan caras para los doctrinarios del bipartidismo tradicional, constituyen para la pobrería el más cruel de los sarcasmos. Aunque en esta tragedia la mujer personifique la desgracia y por doloroso que sea el procedimiento, las "amas de casa", aguijoneadas por las necesidades, terminan saliéndose del cautiverio doméstico en busca de unos ingresos que cada vez le llegan menos a las cuatro paredes de su universo vacío y rutinario. Y cuando se presentan a pedir una oportunidad para no perecer, se estrellan con la espantosa realidad de que, salvo planchar, lavar y cocinar, nada han aprendido a hacer, y de que el desarrollo fabril se ha erigido sobre la hipótesis de repeler el concurso femenino. Descubre que a ellas les han tocado en suerte los peores los más mal pagados los más humillantes oficios, y eso si corren con la dicha de adquirirlos (1).

Por ende en la mesa redonda, al examinar cuáles serían los medios adecuados de acercarnos a las mujeres y de disponerlas para la revolución, concluíamos, que aquéllos estribaban menos en los factores subjetivos que en los profundos desbarajustes sociales que acrecientan las penurias de las masas femeninas y las obligan a saltar a la palestra en defensa de sus fueros. Bastará con permanecer atentos al desenvolvimiento de la traumática situación y allí donde por lo intolerable de los atropellos se exteriorice la rebeldía de las combatientes, acudir sin falta a secundarlas y a orientar su causa. De ser ilusoria la visión descrita y Colombia atravesara por un momento de prosperidad en el que sus odiosas instituciones no estuvieran en franca disolución, como la de la familia inspirada en el avasallamiento de un sexo sobre el otro, nuestras prédicas y consignas, por muy asentadas que pudieran parecernos, dudosamente fructificarían. Sucede lo que acontece con todo proceso revolucionario, que la conciencia, encarnada y difundida por un reducido grupo de vanguardia, se torna gradualmente en una virtud colectiva, a medida que la subsistencia misma de los trabajadores se pone en entredicho y no encaja ya en los antiguos y obsoletos esquemas económicos y jurídicos. Hoy por hoy no son sólo los sindicatos los que pelean sus prerrogativas. Mayorías inmensas de la población se ven empujadas al mitin, a la asonada, a la revuelta, tras reivindicaciones aparentemente nimias, cuales serían derogar los recargos en los cobros del agua y de la luz, conquistar unos centímetros cuadrados de alguna acera concurrida en donde vender cachivaches, u obtener la gracia de morir sepultado en cualquiera de los incontables tugurios de las zonas de erosión. Al principio los desvalidos batallan sin claridad respecto a las razones y soluciones de sus calamidades, pero propensos a cuanto les expliquen e indiquen los sectores avanzados que se muestren solidarios con sus más inmediatos afanes. Hay desde luego revolucionarios de corazón que descuidan su adiestramiento ideológico y poco aportan a lo que las masas conocen ya por intuición o por aprendizaje empírico, fenómeno no tan extraño dentro del MOIR; mas quienes pretendan transformar el mundo confiados exclusivamente en la justeza de las ideas para merecer el apoyo de unas multitudes con las cuales no los ata otro nexo que el de las proclamas, ni convencerán a nadie, ni averiguarán jamás si sus juicios científicos eran tales. En el caso que nos ocupa encontramos una contradicción similar, quizás más acentuada. Por un lado, un arrume de criterios absurdos y de costumbres anacrónicas, transmitidos a través de miles de generaciones, que han acabado por forjar talanqueras mentales a veces mejor aceradas que las cárceles del régimen; y por el otro, una inaguantable agudización de las penalidades del pueblo que motiva a la mitad más apabullada de éste a maldecir la mansedumbre y a hacer valer sus reclamos. Al Partido le sobran pues las coyunturas, grandes y pequeñas, para incorporarse al trascendental litigio planteado en pro de la mujer y luego coronar la meta de instruirla, organizarla y encauzarla en el torrente incontenible de la revolución colombiana.

Los portavoces del imperialismo y sus lacayos, aunque posen de liberales modernos que han roto con los vetustos convencionalismos, le rinden culto al orden establecido, categoría que junto a otras, como las de tradición, familia y propiedad, han de conservar intactas al máximo para el suceso feliz de sus planes expoliadores. Y aunque consideren el matrimonio un contrato "libre" al que concurren en condiciones iguales las partes interesadas, no cesan de infiltrar las execrables concepciones acerca de la superioridad del hombre, la sublimación de los insignificantes quehaceres caseros de la esposa, o lo natural de la subordinación económica de ésta, que aguarda abnegadamente en su encierro domiciliario a que su cónyuge la provea del sustento. Sin embargo, por más que se empeñen en idiotizar a la mujer con el halago de que ella es la reina consentida del hogar, además de escucharse ya bastante ridículo, nada de eso funciona en la fecha. El sexo femenino comienza a preferir que se le trate con menos fingimiento y vana galantería, e incluso trabajar lo duro que sea, con tal de ganarse el pan por sus propios medios, alcanzar su independencia de acción, integrarse a las actividades sociales y convertirse realmente en un ser digno y útil. Y las que sin pertenecer a la cúspide privilegiada todavía suspiran por las creencias de sus abuelas, los hechos las sacarán del letargo, o por lo menos les sembrarán la espina de la duda. Si perennemente han oído sentencias difamatorias, chistes de mal gusto y adagios como "la mujer y la mula al fin dan la patada", "la mujer es un animal de cabellos largos y entendimiento corto", "del hombre la plaza y de la mujer la casa", "o bien casada o bien quedada", es apenas lógico que se crean inferiores y hasta que se sientan satisfechas de serlo. Empero, ¿cuál matrimonio?, ¿cuál casa?, ¿cómo salvar a los hijos?, ¿para qué la abnegación y la espera?, si no hay corrosivo peor que la indigencia, si el refugio hogareño se va reduciendo y transmutando en una cloaca infecta a donde difícilmente penetra la luz del sol, si los rezos no alimentan ni obran el milagro. Con la crisis, la proletarización progresiva y el común empobrecimiento se percibe la caducidad de las normas que la minoría dominante se obstina en idealizar, contra cualquier evidencia. El caos desbordado clama a gritos por un vuelco de raíz, no sólo en lo concerniente a la soberanía nacional y a los modos de apropiación y producción, sino en todos y cada uno de los aspectos de la vida de las personas, Y las que menos tienen que llorar por el pasado que se fue son las mujeres. No se aterrorizarán tampoco por las transformaciones revolucionarias que propugnamos, incluida la de la creación de una unidad familiar en la que desaparezca precisamente la servidumbre femenina. Comprenderán que todo cambia y debe cambiar. En el proceso del conocimiento primero se transforman las cosas y después las mentes. Y como de la vieja familia no queda piedra sobre piedra, ahora corresponde edificar una nueva.

¿Por qué relacionamos el problema de la familia y de su descomposición con la meta histórica de la emancipación femenina? Cuando la humanidad salta a la monogamia y pasa de lo que se ha dado en denominar derecho materno al derecho paterno, la mujer pierde el sitio de preeminencia de que gozó en las edades primitivas. Lo cual quiere decir que el sexo débil no lo era tanto en la antigüedad y que su vasallaje es un producto social, digamos como la explotación, que si en un principio simbolizó un empuje decisivo para el desarrollo, al final de su ciclo ha de desaparecer por las mismas razones por las que advino a este mundo. Ni el matrimonio, ni los lazos familiares, ni las costumbres sexuales fueron siempre las que hoy practicamos. La familia monogámica, que surge luego de una depuración larga y compleja, constituye uno de los pilares básicos de la civilización. Nace con sus hermanas gemelas, la propiedad privada y la esclavitud, a las que sustenta y les sirve de tejido celular. Ha de resolver la cuestión de la herencia, garantizando que los bienes se transfieran al descendiente comprobado del dueño, ya que no entusiasma acumular riquezas para que éstas terminen en las manos de los hijos de otros. Y para ello, además de que el primer propietario individual fue el hombre, se requería que, a diferencia de lo que se estilaba, la mujer no tuviera varios maridos sino uno solo. Así apareció la monogamia que ha sido y sigue siendo un deber fundamentalmente femenino, puesto que en este nuevo vínculo, los varones, que imponen al antojo su voluntad y hacen de la castidad de sus parejas una norma inviolable, nunca dejaron de ufanarse de la libertad sexual más absoluta. Desde entonces la esposa quedó confinada a la casa y restringida, como afirma Engels, al papel de "criada principal". Con cuánto rigor se ha juzgado y sancionado su infidelidad, lo narra la historia. Sin ir muy lejos, en Colombia, hasta hace apenas dos años, el Código Penal otorgaba el perdón y eximía de toda culpa al marido ofendido que, en "legítima defensa del honor", asesinara a su cónyuge adúltera. Nada de esto se lo ingenió el capitalismo. Ha recogido del legado testamentario de las sociedades explotadoras desaparecidas lo que le conviene, colocándole, eso sí, su impronta de clase y adobándolo con una buena dosis del fariseísmo que lo caracteriza.

La familia monogámica tradicional ha operado sobre las siguientes premisas: la propiedad privada y la prolongación de ésta a través de la herencia; la dependencia económica de la mujer frente al esposo, y el sostenimiento y la educación de los hijos. En el esclavismo, en el feudalismo y en otras formas superadas de organización social, como la patriarcal campesina, dentro del marco de la familia se efectúa además una serie de labores importantísimas e indispensables para satisfacer no sólo los requerimientos del consumo sino del trabajo mismo. Con el multifacético incremento de la producción capitalista tales labores desaparecen o se reducen a faenas domésticas completamente insubstanciales que no inciden en la marcha de las actividades productivas de la sociedad, pero cuya pura y desastrosa consecuencia consiste en condenar a la mujer al enclaustramiento y a la estulticia. Incluso, de cocer los alimentos, de lavar y alisar la ropa y de los otros oficios en los que tantas horas invierten las amas de casa más hacendosas, la industria ya se ocupa, despachándolos en cadena y ahorrando abundante mano de obra. Hasta la atención y la formación de los hijos que antaño se llevaban a cabo en el seno del hogar, hace rato se tornaron en objeto de un servicio público, al cuidado de personal experto que desde luego sabe incuestionablemente más de pedagogía y del resto de las ciencias que los padres, o que aquellos ilustres profesores particulares de los que León Tolstoi habla con respeto casi místico en sus Memorias. A medida que evoluciona, el capitalismo corroe sin remedio los goznes sobre, los que gira. Uno de ellos ha sido la vieja familia, cuyos fundamentos jamás tuvieron en verdad vigencia entre las clases desposeídas. A los matrimonios proletarios no los rige el ánimo de lucro, justamente por la carencia de riquezas qué resguardar y qué legar; y si todavía persiste allí discriminación contra la mujer responde más a los prejuicios reinantes que a la concurrencia de una base material para ello. En virtud de lo cual la compañera del obrero puede y debe unirse a éste en la batalla por la emancipación femenina, lo que obviamente no acaece en las filas de la burguesía. Con frecuencia, lo exiguo de los ingresos del "jefe" del hogar, si los hay, obliga a la mujer a emplearse, y sus hijos le representan generalmente una carga difícil de sobrellevar antes que un remanso de alegrías y de satisfacciones. El día que se suprima la propiedad privada, prácticamente el último factor que nos falta para el derrumbe definitivo de la familia como núcleo económico, brotará otra, infinitamente más humana, más grata y más estable, porque estará fundada y mantenida sólo por la comprensión, la atracción y el amor mutuos entre los esposos. No habrá mancomunidad de mujeres, con lo que los anticomunistas suelen promover terrorismo ideológico, ni se acabará la monogamia; únicamente ocurrirá que, como la mujer ya no estará constreñida a padecer las veleidades del hombre, éste tendrá que volverse monógamo, lo que, por lo demás, no es tan terrible. ¡Ah!, y desaparecerá la prostitución, el eterno aditamento de la vieja familia, que germina en el cieno de la sumisión económica del sexo femenino. La comunidad destinará un monto considerable de sus reservas para velar por las nuevas generaciones, desde la cuna hasta cuando se hallen aptas para asumir sus responsabilidades, con lo que el pueblo trabajador conseguirá por fin disfrutar a plenitud de los deleites y recompensas de los deberes de la procreación. Las minorías expoliadoras llaman a esto "el despojo de los hijos por parte del Estado".

Si todas estas metas, como se deduce, no las veremos coronadas más que mediante un alto grado de desenvolvimiento de las fuerzas productivas, o sea con el triunfo del trabajo sobre el capital y con la construcción del socialismo, lo notable de acotar es que la sociedad burguesa prepara las condiciones materiales para su cristalización. El marxismo no alienta ningún tipo de ideales, preceptos o moldes en los que busque fundir la existencia social; simplemente partiendo de los logros y de las posibilidades exactas de la producción, toma nota de las trabas que se alzan en su curso ascendente para pugnar por demolerlas. La empresa capitalista probó a través de sus enormes progresos que la especie no precisa ya de la familia cual pieza integrante del andamiaje productivo, y que, al revés, si ambiciona seguir adelante ha de prescindir de ella, redimiendo así energías laborales insospechadas. Sin embargo, el capitalismo defiende el interés privado sobre el público y reserva para unos cuantos privilegiados el bienestar que genera, mientras al grueso de la población le veda el pan de cada día. Industrializa las labores domésticas, inventa las guarderías, abre restaurantes para miles de comensales, colectiviza la educación, ete., y a la mujer continúa condenándola fatalmente a los bastidores del hogar, aun cuando allá nada tenga que hacer, salvo embrutecerse y morirse de tedio. Esboza las soluciones pero no las culmina; aguijonea las necesidades y, sobrándole los medios para atenderlas, no las complace. Y si en las metrópolis avanzadas semejante fenómeno se observa en cualesquiera de las manifestaciones del discurrir ciudadano, ¿qué agregaremos sobre Colombia, nación atrasada e influida por unas élítes aristocráticas que compaginan las antiguallas del oscurantismo con la peores aberraciones de la época imperialista, y en que la extorsión de los monopolios foráneos destruye, sí, las ancestrales fuentes de ocupación, pero asimismo impide que los colombianos las substituyan con las modernas? Las contradicciones, por supuesto, se expresan más violentamente. No obstante, y también debido a ello, los señalamientos revolucionarios se encuentran más al alcance de la comprensión de las masas, particularmente de la mujer, a la que sabremos explicar que su manumisión estriba en la manumisión del país y en las demás transformaciones económicas y políticas que demanda la sociedad colombiana. El sexo femenino necesita con acucia de la revolución, y ésta no será una realidad sin el concurso efectivo de aquel poderoso contingente que abarca a la mitad del pueblo. Aunemos firmemente estos dos elementos tan complementarios como el hidrógeno y el oxígeno en la composición del agua, y entonces Colombia florecerá entera bajo los efluvios de una nueva vida.

De lo resumido hasta aquí se desprende que la emancipación de la mujer, que despunta ya en el horizonte de la humanidad, llegará inexorablemente, porque antes que nada obedece a las exigencias del desarrollo, y quienes se empecinen en contenerla sucumbirán en el intento. No se trata de una mera proclama, de una consigna proselitista, o de un capricho nuestro. La sojuzgación de la mujer ha acompañado durante milenios a la explotación del hombre por el hombre: con su surgimiento inaugura el oprobioso período de la esclavitud, mas lo clausura con su desaparecimiento. A las generaciones contemporáneas les correspondió en suerte vislumbrar tan colosales cambios, viviendo en los umbrales de una era en que las gentes, para prodigarse lo de la subsistencia, no se verán arrastradas a entablar relaciones alienantes y vejatorias, ni en los ámbitos del trabajo y de las gestiones administrativas de la sociedad, ni en los menos extensos de la familia.

La reacción fracasará en sus propósitos de aplacar las crecientes inquietudes femeninas, o de desviarlas hacia el reencauche de los valores que confortan la opresión y el envilecimiento de la mujer, tejemanejes en los que han sido duchos maniobreros los dirigentes de los partidos tradicionales colombianos, lo mismo los liberales que los conservadores, los oficialistas que los semioficialistas. Todos se rasgan las vestiduras ante el agrietamiento de la familia y prometen refaccionarla y retornarla a su perdida posición. Unos, a semejanza de Belisario Betancur, rehusándose rotundamente a ofrecer a la mujer cualquier beneficio, ni aun el divorcio. Otros, a la usanza típicamente lopista, limitando esta prerrogativa al matrimonio civil, en un país por excelencia de enlaces católicos. Y el resto, como el candidato putativo del carlosllerismo, organizando "la jurisdicción de la familia, buscando su protecci6n y unidad, para devolverle su función vital de núcleo de nuestra sociedad" es decir, con frases (2). Ya indicamos cómo el régimen prevaleciente, por su propia estructura, minimiza a la mujer, y de hecho le cierra las puertas de la superación, así le consigne sus fueros en la norma escrita. Pero es que además de eso, la burguesía se ha mostrado incorregiblemente cicatera en cuanto a reconocer la igualdad de los sexos en los formalismos de la ley, incluso en sus momentos más revolucionarios. La revolución de independencia de los Estados Unidos y la francesa de 1789, que marcan hitos en la democracia burguesa, hicieron caso omiso del asunto y partieron del entendido de que las hijas de Eva son ciudadanos de segunda o tercera categoría. En tales circunstancias a las mujeres les ha tocado articular no pocos movimientos y emprender ruidosas luchas para que se les admitiera, verbigracia, el elegir y ser elegidas, el menos controvertido y el más gracioso de los dones dispensados por el Estado republicano. En el caso de Colombia, el viacrucis por el cual han transcurrido los derechos femeninos resulta inverosímil. Hagamos rápidamente una síntesis, a fin de tener una noción, y circunscribiéndonos a este siglo. Sólo en 1932 se suprimió el tutelaje del marido sobre la esposa, y ésta logra "comparecer libremente a juicio" y administrar y disponer de sus bienes: dejó de figurar en la lista de los incapaces. En 1936 se autorizó a la mujer para desempeñar cargos públicos, mas se le sigue negando la ciudadanía. En 1945 se le entrega la ciudadanía pero se le continúa prohibiendo la función del sufragio y la facultad de ser elegida (3). En 1954 Rojas Pinilla le concede el derecho al voto; sin embargo no le permitió ejercitarlo porque no convocó a elecciones. En 1976 se instituye, como arriba anotamos, el divorcio, el civil, para un país de matrimonios católicos. Antes, en 1974, se extiende la patria potestad a la esposa y quedan habilitadas todas las mujeres, con estipulaciones similares a las del hombre, para ser tutoras y curadoras. Habíamos comentado también lo de la "pena de muerte para la esposa infiel" derogada en 1980. No obstante lo anterior, y a que se acaba de sancionar la Ley 29 de 1982 por la cual se equipara a los hijos legítimos y naturales en cuanto a la herencia, la legislación todavía consagra irritantes tratamientos discriminatorios entre las personas, con ser que el sistema constitucional colombiano, desde el Congreso de Cúcuta de 1821, le ha dado ciento sesenta veces la vuelta al Sol.

A regañadientes y a través de cuentagotas, los países capitalistas han venido declinando, una tras otra, sus recalcitrantes posturas sobre la materia, y hoy algunos se glorían de haber realizado todas las concesiones, hasta la del aborto. Y en esas naciones, cabalmente en esas naciones en donde no resta conquista democrática por arrancar, fuera de ahondar las conseguidas, aparece. diáfano, cual lo advierte Lenin, que la condición de inferioridad de la mujer no radica en la ausencia de derechos, sino en el Poder que los refrenda. En Colombia, donde las oligarquías vendepatria han ido siempre detrás y muy atrás de sus modelos extranjeros, aún habremos de combatir al respecto por no escasas reivindicaciones, sin creer ni hacer creer que éstas encaman el colmo de las aspiraciones del sexo femenino. A la inversa, enarbolaremos, apoyaremos y aprovecharemos sus diversas contiendas para organizar sus huestes e instruirlas acerca de lo que al fin y al cabo interesa: que exclusivamente la revolución y el socialismo garantizarán la emancipación de la mujer.


NOTAS

1 En Colombia, de acuerdo con el censo de 1973, hay 22'915.000 habitantes. De éstos, 14'297.000 se encuentran en edad de trabajar (son mayores de diez años); y, según el Dane, se dividen así: 6'903.000 hombres, de los cuales laboran 4'186.000, o sea el 60%, y 7'394.000 mujeres, de las cuales trabajan 1'300.000, el 17%.

A 2'200.000 hombres y a 5'727.000 mujeres los clasifica el Dane como población no económicamente activa y los distribuye en rentistas, jubilados, estudiantes, quehaceres del hogar, sin actividad y sin información. En "quehaceres del hogar" hay 3'777.000 mujeres, es decir, el 65% de aquellas. De las mujeres que trabajan, el 45,3% lo hace en el renglón denominado "servicios personales", donde se incluye a las empleadas del servicio doméstico. Aunque las estadísticas oficiales no sean muy confiables, de todas maneras reflejan el cuadro de la discriminación de la mujer en nuestro medio. La participación femenina en las actividades productivas, comparada con la del hombre, es insignificante. La mayoría de las mujeres se ocupa como "amas de casa", o presta cualquiera otra clase de servicios personales.

2 Las frases fueron tomadas del programa de gobierno del candidato presidencial Luis Carlos Galán. El Tiempo, enero 16 de 1982.

3 En el siglo XIX y todavía muy avanzado el siglo XX, en Colombia predominaba el criterio de que la mujer, por decisión natural, o con arreglo a los designios divinos, estaba impedida para ejercer la ciudadanía y las demás atribuciones que se desprenden de ésta, como votar, atender cargos públicos, etc.

José María Samper, por ejemplo, en su libro Derecho Público Interno, al comentar la Constitución de 1886, emite los siguientes conceptos:
"Cuanto a la ciudadanía de las mujeres, aun cuando ya se practica para lo municipal en algún Estado norteamericano (¿y qué no se ensaya en los Estados Unidos, inclusive el mormonismo?), Colombia está muy lejos de aceptarla y con razón. Nadie aboga más que nosotros porque se dé a las mujeres una educación esmerada, pero práctica y digna de su sexo; nadie estima ni aprecia más que nosotros el talento y la cultura en la mujer, y la saludable y necesaria influencia que ella ejerce sobre el hombre individual, y sobre las costumbres y aspiraciones de la sociedad entera. Pero la verdad es la verdad: la mujer no ha nacido para gobernar la cosa pública y ser política, precisamente porque ha nacido para obrar sobre la sociedad por medios indirectos, esto es, gobernando el hogar doméstico y contribuyendo incesante y poderosamente a formar las costumbres (generadoras de las leyes) y a servir de fundamento y modelo a todas las virtudes delicadas, suaves y profundas.

"Si fuera posible transformar moralmente a las mujeres y volverlas ciudadanas, habría que pensar seriamente en convertir a casi todos los hombres en mujeres, a fin de que la misión de éstas no quedase baldía. Y no alcanzamos a ver el provecho que se sacaría, suponiendo la posibilidad, de trocar los papeles de los dos sexos, deshaciendo la obra de la Providencia, y haciendo desatinos por enmendar a Dios la plana".
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Tomado de Francisco Mosquera. Resistencia Civil. Bogotá: Ediciones Tribuna Roja, 1995. Publicado en Tribuna Roja No. 42, marzo de 1982.